Madre de alquiler
Capítulo 13
Saint-Cloud
- Quiero verla a solas.
–No es muy amable por tu parte. Después de todo, fui yo quien la encontró.
–¿Por qué demonios quieres estarte aquí charlando con una chica americana y desconocida? Puede que para ti no tenga el menor interés.
–Te equivocas, querida. Estoy muy interesado en ella.
Prácticamente me muero por ver a quién eligió la pequeña Christine para hacer el trabajo que no puede hacer por sí misma.
–Sabes que no me gusta que critiques a Christine. No es justo y no está bien. Hay otra razón por la que no quiero que estés conmigo durante la entrevista. Harás todo tipo de comentarios sarcásticos y asustarás a la pobre chica.
–Siempre estás a punto para juzgarme severamente, madre, y en este caso estás siendo terriblemente injusta.
Sabes que tienes que descansar un rato a las cuatro en punto. Ordenes del médico. Mientras haces la siesta, he pensado enseñarle la casa a la muchacha. Puede que incluso le guste nadar o jugar un partido de tenis. Es decir, si has planeado pedirle que se quede a cenar.
–Sí, quizá lo haga. Muy considerado por tu parte, Bayard.
Muy bien, quédate si quieres, pero ni una palabra contra Christine ni contra tu hermano, y no molestes a la chica. Se supone que tiene que disfrutar de su visita. No queremos que se vaya disgustada de Francia y vuelva precipitadamente a Estados Unidos. Que desaparezca con nuestro hijo.
–No, querida Rita, no queremos que esto suceda. La tendremos aquí con nosotros. De un modo u otro. Déjamelo a mí.
Bayard se echó atrás en su butaca cubierta de zaraza que había junto a la cama de su madre. Sobre su rostro
rosado y regordete se instaló una expresión de alegría, el aspecto de un gran gato con el canario colgando ya de su boca.
La limusina se detuvo junto al alto portón de hierro forjado rodeado de muros de piedra con vidrios rotos incrustados en lo alto. René se volvió hacia Cecil.
–Voy a salir y abrir el portón. No tardaré ni un minuto.
–Oh, tómese su tiempo -su voz goteaba sarcasmo-. La verdad es que no hay otro lugar en el que prefiera estar que en este coche. – Al instante lo lamentó. No había que culpar a René por haberle estropeado el día. Estaba a punto de averiguar quién había sido el culpable, e incluso la idea de conocerle la enfurecía de nuevo. A lo largo de todo el trayecto hasta la casa, en la Autoroute du Sud, y luego en la circular périphérique hasta la salida de la Porte Saint-Cloud, se había preguntado acerca de la identidad de la mujer que la había mandado buscar de una manera tan imperiosa.
Sabía que se trataba de una mujer porque lo único que René había dicho en respuesta a sus persistentes preguntas había sido: «Madame se lo explicará todo cuando lleguemos».
Cecil había intentado compartir los sentimientos de esa mujer, había intentado imaginársela de pie, presa de la inquietud en su dormitorio aguardando noticias de su bebé todavía por nacer. De todos modos, su imaginación había fracasado del todo. Todo lo que sabía acerca de esa mujer derramaba poder, fortuna, seguridad; ella, Cecil, no poseía nada de eso. De hecho, la verdad es que no poseía nada de nada.
René estaba de nuevo en el coche, conduciendo sobre un camino de grava bordeado a ambos lados por viejos castaños, abetos y cedros. Hacía sólo unos minutos, en la colina de Saint-Cloud, había visto la Torre Eiffel, el río ensortijándose, y ahora se encontraba en un parque con tantos árboles como un bosque. Cecil pensaba que las casas de campo como aquélla habían desaparecido con la guerra.
En su imaginación, la riqueza de esa mujer se hacía cada vez más enorme.
La limusina tomó una curva cerrada a la derecha y se detuvo frente a una impresionante casa de tres plantas de piedra oscura. Una mujer de cara enrojecida, huesuda, de unos cincuenta años y que llevaba un vestido estampado abrió la puerta en el momento exacto en que René apagaba el motor. Se retorcía las manos y parecía alterada.
–Encontré a la señorita Gutman -le dijo René-. Estaba en el Essonne.
–Gracias a Dios. Madame estaba tan preocupada cuando vio que no regresaba con ella para el almuerzo.
Cecil subió los escalones hasta llegar a una terraza cubierta por una marquise de vidrio y hierro en volutas.
Parecía un Guimard, y era con mucho lo más bonito que había en esa vieja y lúgubre casa.
–¿Debo llevarla arriba ahora mismo? – le preguntó René a la mujer.
–¡Oh no! Ahora no. – Se volvió hacia Cecil con una expresión de alarma-, Madame está echando su siesta. No he de despertarla antes de las cinco.
Cecil temblaba debido al relente de última hora de la tarde; rodeada por tantos árboles y altos arbustos, la casa quedaba completamente oscurecida del ya débil sol de diciembre.
–¿Podríamos ir dentro? – le preguntó a René con voz lastimera.
La mujer murmuró una excusa apurada y guió a Cecil hacia el interior de un amplio vestíbulo en el que había unos cuantos muebles macizos y utilitarios, de esos que duran varias generaciones. En el vestíbulo reinaba una oscuridad casi tan pronunciada como fuera, en la terraza.
–René, ¿lo he entendido bien? ¿La mujer que me ha arrancado de mi agradable día en el campo se está echando una siesta en este momento? ¿Es verdad que no podrá recibirme hasta dentro de una hora?
–Por favor, Mademoiselle -dijo el ama de llaves con cierto desasosiego-. Le prepararé una taza de té. ¿O preferiría comer algo?
–En absoluto. Lo único que deseo en este momento es marcharme. Estoy cansada y quiero regresar a mi hotel. –
Miró a René con insistencia. Este jugueteaba con su gorra, sin saber qué replicar.
–Muy bien, René, Henriette. Podéis iros. Creo que ha llegado el momento de ofrecerle a la señorita Gutman una copa y enseñarle la casa antes de que vea a Madame.
El extremo más alejado del pasillo estaba completamente oscuro, y de allí emergió un hombre. Era alto y gordo, y llevaba un albornoz que le llegaba hasta media pantorrilla, de color azul marino, con una gran «S»
dorada y una corona entrelazada sobre el corazón. A medida que se acercaba, Cecil observó los mechones de cabello rubio meticulosamente dispuestos encima de su calvo cráneo para dar la impresión de una exuberancia inexistente. Sus ojos, de un azul intenso y bastante atractivos, la miraban fijamente. Casi bailaban divertidos.
–Permítame que me presente… soy Bayard Schomberg. E
insisto en presentarle mis excusas en nombre de nuestra negligente familia. Teníamos la esperanza de darle una bienvenida absolutamente espléndida en París, pero por la expresión de su rostro apostaría a que hemos conseguido exactamente lo contrario.
Era obvio que se trataba de un discurso destinado a aplacarla, pero sólo una pequeña gota de curiosidad consiguió diluir la hirviente cólera de Cecil.
–¿Schomberg? Tengo un aparato de televisión en casa que nunca funciona, así como un secador que siempre está inservible. Creo que el nombre de Schomberg está en la etiqueta de los dos. ¿Quizás es usted el responsable?
–Querida, simplemente no lo sé. Debería preguntárselo a mi querido hermano, a alguno de los miembros de esta familia que pierden el tiempo trabajando. Lo único que yo
hago es gastar dinero. No tengo ni la más remota idea de dónde procede.
–Entonces supongo que usted es… el… el… -su voz titubeó, y por unos segundos creyó que sería incapaz de pronunciar la palabra-, ¿… el padre?
–¿El padre? ¿El padre de quién, o quizás, en mi caso, debería decir de qué? – Entonces, como si el entendimiento se abriera paso en su mente, Bayard Schomberg estalló en una alegre carcajada-. No, no. Pero encuentro muy halagador que usted lo crea. Yo jamás aportaría mis genes a una pobre criatura todavía por nacer. Además, es mi querido hermano quien ha de aceptar la responsabilidad de su situación… Frederick Schomberg. Espero que jamás haya oído hablar de él.
El hombre era bastante extraño, y Cecil siempre había tenido una cierta debilidad por los excéntricos. Se encontró con que le caía bien. Ciertamente no era lo que se había esperado cuando vio los formidables muros de la casa coronados de vidrios rotos.
–Siento decepcionarle, pero creo que vi su foto en la sección de negocios del International Tribune cuando venía en el avión.
–Dios haya impedido que leyera tal infamia. Si hubiera usted escogido revistas realmente interesantes, como Réalités, Country Gentleman, Vanity Fair, Maison et Jardin, entonces habría visto mi foto. Participé en la carrera de Deauville, sabe, y siempre asisto a los partidos de polo y a las fiestas que se dan cuando el príncipe Charles viene por aquí. Son tan apasionantes.
–Me aseguraré de buscar su foto, pero por lo que a este momento se refiere, es muy desconcertante ser conducida aquí como si se tratara de un asunto de vida o muerte, y luego, cuando llego, me encuentro a Madame dormida y a usted en el baño.
–¡Oh, qué divertida! ¡Qué muchacha tan deliciosa! Rita la adorará, le doy mi palabra. Pero no me estaba bañando,
querida, estaba dando unas relajantes brazadas en nuestra piscina mientras esperaba su llegada, que se ha anticipado bastante. Por favor, abandonemos este vestíbulo asfixiante y vayamos a un lugar más cálido donde podamos prepararnos una copa. Le prometo que la pondré al corriente de todos los detalles referentes a nuestra extraordinaria familia mientras nos achispamos juntos.
Bayard Schomberg ya había cogido con firmeza el brazo de Cecil. Antes de que ella pudiera exclamar una palabra de protesta, la guiaba hacia una puerta que estaba a la derecha del vestíbulo. Para ser un hombre de aspecto tan debilucho, observó Cecil, tenía unos dedos de acero.
–Y ahora, ¿puedo prepararle un cóctel, o prefiere un licor, como yo?
–No bebo. Ordenes del doctor -replicó amablemente Cecil, apartando de su mente la primera cena que tomara en el hotel-. Una Perrier, si tiene.
–Naturalmente, una futura madre. ¡Encantadora!
¡Encantadora! ¿No le importa si tomo un trago, verdad?
Habían entrado en una habitación de tamaño medio, que Cecil consideró que debía de ser el gabinete familiar. Había varias butacas y sofás de cuero, dos mesas de juego y una barra de bar alta y recubierta de espejo en una pared.
–¿Había estado antes en París? ¿Quiere que la lleve a dar una vuelta por esta típica mansión francesa? Es terriblemente burguesa, ya sabe, no del todo chic, pero la hemos dejado bastante cómoda, y no nos falta espacio.
Veintiséis habitaciones además de la piscina, una sauna balneario y una pista de tenis cubierta. Por cierto, ¿juega al tenis?
–No, pero me gusta nadar.
–Oh, sabía que le gustaría. Ustedes los americanos son tan atléticos. Le prometí a Rita que la llevaría a la piscina a tomar un baño antes de cenar.
–¿Cenar?
–Oh, ¿no se lo dijo ese estúpido chófer? Naturalmente queremos que se quede a cenar con nosotros. Rita se muere de ganas de tener una charla con usted, una charla de mujeres, ya sabe. De modo que creí que antes podríamos relajarnos un poco, y después podemos cenar y quizás ir a algún club. O hacer que René nos lleve a París para ver las luces de Navidad. Ha sido muy inteligente por su parte venir en esta época del año.
–La verdad es que yo no elegí las fechas, señor Schomberg. Y aunque aprecio mucho su ofrecimiento, toda esta actividad me agobia. Todavía sufro un poco de jet-lag.
–Sé exactamente cómo se siente. Por eso le sugiero la sauna, es lo que la pondrá más en forma después de un vuelo largo y cansado. Eso y un baño.
–Bayard, esta niña no quiere nadar. Es invierno y hay nieve y hielo en el suelo. ¡Se quedaría congelada si entrara en nuestro estanque!
Cogida por sorpresa por segunda vez desde que entrara en la casa, Cecil se volvió a tiempo de ver cómo una menuda mujer aparecía por el umbral. Llevaba un camisón y un negligé de seda azul pálido ajustado con un lazo más oscuro y extremadamente delgado. Una gorra de dormir le cubría sus rizos rubios, y parecía aturdida. Era una mujer muy hermosa, pero incluso a la luz amortiguada de aquel gabinete, Cecil podía ver que tenía más de cincuenta años.
No me extraña que me contratara para tener el bebé: ya no es joven. Probablemente su marido quiere un hijo, y ella ya se encuentra en la edad límite para dar a luz. Por la foto que vi en el Tribune, Frederick Schomberg es mucho más joven que su esposa.
–Tráela aquí, Bayard, no puedo verla con esta luz tan mala. Por favor, ha de perdonarme, querida, últimamente no me encuentro muy bien.
Cecil caminó a regañadientes hacia la mujer. La ansiedad que había sentido al ver aparecer la limusina en el camino que conducía al cementerio ruso volvía de nuevo aunque
más fuerte. Estaba completamente asustada por aquella mujer menuda como un pájaro que tenía una expresión tan ausente en los ojos; asustada de su obsequiosa ama de llaves y de su chófer demasiado educado; asustada de esa casa oscura, imponente y horrible, y de todo, a excepción de Bayard Schomberg. Sólo él le parecía agradable e incluso encantador, aunque de un modo anticuado y ligeramente ridículo. La mujer levantó las manos y las puso en la cara de Cecil, haciendo que bajara a su altura hasta que pudiera abrazarla. El beso fue húmedo, duro y muy agradable.
–Rita, querida, ésta es la señorita Gutman. Tenías muchas ganas de conocerla, ¿te acuerdas?
–¿Qué estás diciendo, Bayard? – Su voz delataba una enojada impaciencia. Una mano como una garra se desplazó de la mejilla de Cecil hasta su gorro de lana amarilla. Con un súbito movimiento se lo arrancó y recorrió con sus dedos los largos mechones rojizos del pelo que había soltado.
–¿Así que después de todo se trata de Christine? Es Christine quien va a tener el bebé. ¿Por qué nadie me lo dijo? Bayard, deberías habérmelo… seguro que lo sabías todo. Christine, querida, me encanta que seas tú y no esa chica americana de la que todo el mundo habla. ¿Por qué Frederick me lo ha ocultado? ¿Qué es esta sorpresa tan maravillosa? ¿Un regalo de Navidad?
Lágrimas de felicidad brotaron de esos ojos intensamente azules y ausentes. Bayard Schomberg intentaba llevarla de nuevo hasta el vestíbulo cuando, con un gesto airado, ella le empujó hacia atrás y volvió a agarrar el pelo de Cecil. Era obvio que la mujer estaba muy enferma. Cecil sabía ahora por qué había experimentado esa creciente ansiedad en cuanto la vio. Siempre era capaz de reconocer un desarreglo mental; era como un olor débil y repugnante que sólo ella podía percibir. Un olor a podrido.
–Mamá está un poco fuera de sí esta tarde, señorita Gutman. ¿La excusará, verdad?
–¿Mamá? – De cerca, la mujer parecía mayor, pero apenas como para ser la madre de un hombre de mediana edad como aquél.
–Oh, no se la he presentado todavía. Sí, la verdad es que nunca se lo hubiera imaginado al verla, pero esta pequeña belleza es mi querida madre, Marguerite Schomberg. –
Luego añadió, como si lo hubiera meditado antes de decirlo-. Y la madre de Frederick Schomberg, que pronto se convertirá en el orgulloso padre de su bebé. Es todo tan complicado, ¿no cree? Quiero decir que este tipo de situaciones no aparecen en los libros de etiqueta. Menudo desliz cuando uno se encuentra con algo así en la vida real,
¿no está de acuerdo, señorita Gutman?
Marguerite Schomberg todavía se resistía a su hijo con toda la fuerza de su cuerpo de metro cincuenta y dos de altura; se volvió de nuevo hacia Cecil y dijo:
- Christine, dile a este imbécil que deje de llamarte por otros nombres. Ya sabes que no le caes nada bien. Nunca le has gustado. Sólo te desea mal. Estate atenta a todo lo que diga o haga esta noche.
–Muy bien, mi querida Rita. La señorita Sánchez te espera arriba para darte un estupendo y relajante masaje.
¿Puede esperar aquí hasta que regrese, señorita Gutman?
Sé que lo hará porque estoy seguro que tiene un montón de preguntas referentes a nuestra amada y unida familia.
Cuando Bayard regresó al gabinete unos diez minutos más tarde, Cecil estaba arrellanada sobre uno de los sofás de cuero, hojeando una revista francesa de decoración y procurando no llorar. Todas las tensiones del día parecían a punto de hacer erupción en su interior; a pesar de sí misma, no podía evitar sentir piedad y conmiseración por esa pequeña mujer que obviamente había perdido el juicio y que, finalmente, se habían llevado por fuerza al piso de arriba. Bayard se encaminó al bar y le sirvió a Cecil un whisky solo. Ella dio unos pocos sorbos y esperó a ver si la
hacía sentirse igual que las heroínas de las novelas de misterio: mucho mejor al momento.
–Me doy cuenta de que se encuentra confusa y aturdida, y no la culpo en lo más mínimo -dijo Bayard alegremente-.
Esos dos pajaritos enamorados, Frederick y Christine, la esposa de mi querido hermano, como ya habrá supuesto, deberían haber estado aquí para recibirla. En lugar de eso están en algún lugar de Suiza, pasan las vacaciones de Navidad esquiando. Tendrá que conformarse conmigo hasta que regresen en enero.
–¿Son sólo ustedes cuatro? – preguntó Cecil mientras daba otro sorbo de whisky. Dejó el vaso en la mesa y se apretó las sienes en un gesto de fatiga. No se había sentido tan cansada desde su enfermedad… y se sentía un poco bebida. Hacía horas y horas que no comía nada.
–Sí, la sucesión de los Schomberg se reduce a mí y a mi querido hermano. Por eso estamos tan ansiosos de que dé a luz ese bebé. Tenemos algunos parientes en América, pero sus negocios quedaron separados de los nuestros después de la guerra. Oh, ¿me olvidaba de mi primo Xavier y de su esposa Edith-Ann? ¿Y de sus dos hijos? Estúpido de mí.
Naturalmente, ellos también son franceses, pero la línea principal de la familia se transmite desde Hubert, mi padre, hasta mí. Frederick es mi hermano menor.
–¿Y no está usted casado, señor Schomberg?
–Me temo que soy otro de los defectos de la naturaleza, querida, un sensualista en búsqueda de experiencias, un esteta nacido para apreciar y observar, pero no para crear ni para procrear. Señorita Gutman, verá a nuestra familia como ninguna otra persona ajena a ella la ha visto nunca.
Lo único que sé es que usted va a sernos de gran ayuda, Cecil. Puedo llamarla Cecil, ¿verdad? Tengo la sensación de que estamos destinados a ser grandes amigos. Ya ve, la necesitamos de manera desesperada para traer sensatez y salud entre nosotros.
¡Sensatez!, Cecil casi se rió en voz alta. Bueno, quizá, comparada con los Schomberg, soy la que ostenta la marca más alta en el campo de la cordura.
–¿Qué le digo al cocinero que prepare para cenar? ¿Su plato favorito? No, no me mire así. Queremos que sea feliz aquí. Póngase en mis manos, y le prometo que le haré pasar una velada que nunca olvidará.
Esta vez se rió. Resultaba un hombre ridículo pero divertido. Era fácil darse cuenta de cómo había alcanzado el éxito en su círculo social. Las viejas damas debían de adorarle. Poseía un entusiasmo contagioso y casi infantil, y, a pesar de sus sarcasmos, parecía verdaderamente ansioso de complacer.
–Venga. Mientras me dicta el menú de esta noche, le enseñaré la piscina. Tenemos bañadores de todas las tallas y formas, pero naturalmente, puede bañarse sin nada si lo desea. El lugar es todo para usted. ¡Para usted y para el bebé!
Cecil se levantó con un aire de fatiga. Ya no tenía fuerzas para resistir. Qué diablos, se dijo a sí misma. Decidete a abrazar el modo de vida de los ricos y famosos. ¡Hazlo, adelante!
El calor resultaba maravillosamente reconfortante, y Cecil se despertó para encontrarse con que todas las tensiones del día le rezumaban por los poros. ¿Cuánto tiempo había dormido? Había un pequeño reloj de arena sobre un saliente de madera situado encima de su cabeza, pero no se había preocupado por darle la vuelta cuando entrara por primera vez. Debían de haber pasado quince o veinte minutos, pues ahora notaba que la temperatura había aumentado significativamente. Hizo oscilar las piernas a un lado del banco de madera donde estaba sentada. Se encontraba en una gran sauna, lo suficientemente grande como para que media docena de personas se tendieran en ella. Había un hornillo en el que apilaban unas piedras planas que parecían proceder del lecho de un río, así como
todo tipo de accesorios: un termómetro redondo colgado de la pared, a unos quince centímetros del techo, reposacabezas curvos en los extremos de los bancos, varias escobillas hechas de ramitas de abedul formando manojos, un balde lleno de agua y un cazo de largo mango para regar las piedras, tal como le había dicho Bayard, en caso de que deseara más humedad en el aire. No necesitaba más: la sauna estaba agradablemente cálida y seca, incluso quizás hacía un poco más de calor del que hubiera deseado.
Se preguntó indolente si Sam aprobaría el que tomara una sauna. ¡Oh, basta de Sweeney! Últimamente se encontraba con que el doctor se imponía por encima de su propia voluntad de manera tan persistente que era incapaz de hacer un solo movimiento sin ver su atractiva cara irlandesa alternativamente reprendiéndola e importunándola. Ciertamente, no le gustaría lo que ella había hecho hasta ahora en París, beber champán y whisky y permitir que la sobresaltaran de mala manera, la primera vez cuando la doncella se introdujo en su habitación en el hotel, y de nuevo aquella misma tarde, cuando la limusina apareció en el camino del cementerio. Era del todo estúpido tenerle miedo a René. Intentó conjurar aquel amable rostro, pero ahí aparecía de nuevo Sweeney, superpuesto sobre la cara de René, sobre todas las personas en las que intentaba pensar. ¿Se estaba enamorando de él? Qué tontería.
Sweeney no sólo estaba casado, sino que tenía a sus pies a centenares de ricas y hermosas mujeres. O mejor dicho en la punta de su varita mágica: su escalpelo.
Cecil pensó en aquella tarde en el hospital de Dallas, cuando se había quedado sentada al sol llevando su nuevo albornoz azul. No se había dado cuenta de que Sweeney estaba en la habitación hasta que sintió los dedos de él en sus cabellos y oyó su voz, tan desacostumbradamente baja y llena de emoción, diciéndole lo mucho que le gustaba ese color. Había seguido jugueteando con su pelo, al igual que había hecho hoy Marguerite Schomberg. Sólo que la madre
de Bayard había creído que se trataba de Christine, había confundido a las dos completamente. Cecil se irguió de un salto. ¿Era también eso lo que Sweeney había pensado, que su largo pelo rojo se parecía al de Christine Schomberg?
¿Estaba chiflado por Christine y no por…?
De todos modos, ¿qué le importaba? Ella amaba a Serge.
Había sido a causa de Serge que se había embarcado en aquel asunto, en primer lugar. Sólo que desde que estaba embarazada se sentía… amoureuse. Por primera vez desde que rompiera con Serge había comenzado a fijarse en otros hombres, a encontrarlos atractivos. ¡Era algo demasiado perverso! Decidió no desperdiciar ni un minuto más pensando en eso.
Definitivamente, la sauna se estaba calentando demasiado, pero todavía era agradable, y Cecil se sentía demasiado perezosa como para moverse, después de todo el whisky que Bayard le había servido. Se estiró sensualmente sobre el banco y se puso a imaginarse -sólo por un segundo- cómo se sentiría en caso de que Sam Sweeney la tuviera en sus brazos, cómo se sentiría si esos dedos fuertes recorrieran de nuevo sus cabellos, y viajaran sobre sus labios, cuerpo abajo.
¡No, ella le odiaba! ¡Odiaba todo lo que se refería a él! No debía bajar la guardia de ese modo, flaquear ante otro hombre. ¡Dios, hacía calor allí dentro! Miró el termómetro que había en la pared y vio que había subido hasta los 80
grados. ¿Era eso normal? ¿No había leído 70 grados al entrar antes de quedarse dormida? Bayard le había dicho que la sauna era «buena y estaba en su punto», fuera lo que fuera lo que eso significara. Debería haberle preguntado cuál era la temperatura adecuada.
Cecil se puso en pie y se encontró con que las planchas del suelo le quemaban los pies. Arrojó la toalla al suelo y caminó sobre su gruesa superficie hasta alcanzar el termómetro. Tenía la esperanza de encontrar un termostato a mano, pero no parecía haber ninguno. Naturalmente, no
podía haber interruptores eléctricos con un calor tan intenso. Los controles debían de estar fuera de la habitación. Había estado en otras saunas pero sólo tenía una noción muy vaga de cómo funcionaban. Siempre había habido una asistenta que controlara el tiempo, alguna mujer malhumorada que asomaba la cabeza cada cinco minutos con calamitosas advertencias de diabetes, desvanecimientos, y ataques al corazón.
Cecil volvió a sentarse en el banco y se levantó de un salto. Se estaba quemando. Extendió la toalla que Bayard le había dado y volvió a tenderse, pero aun así estaba demasiado caliente. Podía ver el termómetro desde donde estaba echada; la aguja estaba ya en 85 grados. ¿Eran grados Farenheit o Celsius? Pensó que en Europa sólo se utilizan los grados Celsius, pero no podía hacer tanto calor,
¿o sí? ¿No eran 37 grados centígrados la temperatura normal del cuerpo? ¿Podía soportar un ser humano una temperatura el doble que la de su cuerpo? No tenía ni idea.
Oh, ¿por qué soy tan ignorante! Cecil se regañó a sí misma. Éste es el tipo de información que tanto Serge como Dimitri tendrían a mano. Será mejor que salga de aquí antes de que me ase y los Schomberg decidan servirme para cenar. Probablemente Madame ni se daría cuenta. Si me ha tomado por su nuera, no le costaría nada confundirme con un plato de vaca bien cocida.
Sacrificando un pie, Cecil se dirigió dando saltitos hacia la puerta. Intentó abrirla, pero no se movía.
Esto sólo puede pasarme a mí, pensó con amargura. Soy la única persona en el mundo que se queda atrapada en una sauna abrasadora.
Cecil volvió a lanzar la toalla al suelo y caminó por encima de ella, pero el calor era insoportable. La aguja había vuelto a moverse, esta vez marcaba 87 grados.
¿Quién habría puesto el termostato? Quienquiera que fuera, antes debería haberle preguntado si estaba acostumbrada a un calor tan intenso. ¿Se había quedado la puerta atascada
cuando la cerró Bayard? ¿Por qué no había comprobado él que la sauna funcionara antes de marcharse y dejarla allí prisionera? Un calor tan terrible no podía ser bueno para el heredero de los Schomberg.
Cecil empujó la puerta con más fuerza, pero nada ocurrió. Tenía las palmas de las manos abrasadas, y el sudor le caía por la cara, oscureciendo su visión. Por primera vez se dio cuenta de que en la habitación no había ventanas.
Nunca le habían gustado los lugares cerrados, y ahora experimentaba una histeria claustrofóbica que le subía del estómago, del lugar en donde el feto estaba atrapado en su propia jaula cerrada.
Había unos pequeños paneles de cristal en lo alto de la puerta; estaban hechos de cristal casi opaco, y no se podía ver a través de ellos, aunque probablemente sería capaz de romperlos. La más pequeña abertura dejaría pasar un poco de aire frío. De todos modos, ¿qué podía utilizar?
Ciertamente no las manos; ya le habían salido manchas rojizas en las palmas de tanto empujar la puerta. ¿El cazo?
Lo cogió y lo lanzó contra el centro de uno de los paneles. El mango se hizo astillas y se partió en dos. Ahogó un sollozo.
No había nada más en la habitación con lo que intentar romper el cristal.
Cecil se dio cuenta de que comenzaba a tener todos los síntomas de un ataque de pánico; el corazón se le aceleraba y la respiración era cada vez más agitada. Las paredes parecían moverse hacia dentro. Sí, se estaban cerrando sobre ella. Era como en un cuento de Edgar Allan Poe: estaba en una tumba; no había aire; nadie sabía que ella estaba allí.
Si no salgo ahora mismo me desmayaré e iré a caer directamente sobre este suelo ardiente; moriré.
Dio unos pasos hacia atrás, tan lejos como pudo, y luego se lanzó contra la puerta chocando con su hombro; el golpe seco contra la ardiente superficie le provocó náuseas, pero la puerta no se movió un milímetro.
Cecil se volvió para mirar el termómetro, al mismo tiempo que se decía a sí misma que no debería hacerlo.
¡Dios mío! ¡92 grados! ¿Era posible que hubiera aumentado cinco grados en sólo un par de minutos? ¿O es que había perdido toda noción del tiempo?, ¿llevaba en aquel lugar infernal varias horas o varios minutos?
Se volvió hacia la puerta y por primera vez se dio cuenta de que tenía una manija cuadrada a medio camino del suelo.
¿Esta estúpida puerta se abre hacia dentro! ¡He estado intentando empujar una puerta de la que había que tirar!.
Con una sensación de absoluto alivio, Cecil agarró la ardiente manija y tiró hacia ella con todas las fuerzas que pudo reunir. Nada sucedió.
Entonces se le ocurrió a Cecil que estaba realmente atrapada. Podía quemarse hasta la muerte o asfixiarse o morir de un ataque al corazón o de una embolia o simplemente de miedo. Nadie iba a venir. Comenzó a golpear la puerta con ambas manos, gritando los nombres de Bayard Schomberg y de René. Cuando el silencio que siguió a cada serie de gritos finalmente fue algo superior a sus fuerzas, se agachó hasta quedar acuclillada en el suelo, sollozando una y otra vez: «Ayuda, ayuda, por favor que alguien me ayude»,
Al final no pudo resistir más el tacto de la madera bajo sus pies abrasados. El sudor le resbalaba por la cara en tal cantidad que apenas podía leer los números del termómetro. ¿Marcaba 97 o 107 grados? ¿Qué importaba?
La cabeza le palpitaba horriblemente. Se dejó caer hacia atrás sobre el banco, sin preocuparse ya de la gruesa toalla adornada con la inicial de los Schomberg y con la corona de oro.
Extrañamente, la habitación estaba fría ahora, gélida.
Era como si estuviera echada sobre un macizo bloque de hielo ardiente. ¿No le había dicho Madame que no fuera al estanque? ¿No le había advertido de que fuera nevaba? El