Madre de alquiler

Shelley V. Ashley · Capítulo 14 de 49

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Madre de alquiler

Capítulo 14

suelo frío y desolado estaba cubierto de una nieve tan gruesa como una mortaja.

Cecil se dio la vuelta hasta colocarse boca abajo y se estiró cuan larga era sobre el banco, abarcando con los brazos las planchas de madera, aplastándose contra su dura superficie a fin de que el frío penetrara en su cuerpo ardiente. Ahora temblaba, tan helado estaba el estanque.

Antes de sumergirse en sus heladas profundidades, intentó por última vez ver el termómetro, pero en ese mismo instante las luces que había en el techo se apagaron y se quedó completamente sola en la oscuridad, atrapada en un lugar frío y sin fondo muy por debajo de la superficie del agua.

Abrazó el banco con más fuerza, pero ya no la protegía.

Finalmente se dejó hundir.

Capítulo 14

Saint-Cloud

Como carne derretida por las llamas, los párpados del feto están pegados. Poseen tacto, sin embargo, y lo que sienten en este momento es una pétrea dureza estrujando el cuerpo de la mujer contra el suyo propio. ¡La carne de ella está ardiendo! Para escapar de ese insoportable calor y dureza, el feto comienza a girar, primero hacia un lado y luego hacia el otro.

El corazón de la mujer late con una velocidad terrible.

Está en todas partes a la vez. Se mezcla con el calor y la dureza, algo liso que aprisiona su estómago contra el espinazo.

Además hay algo en su sangre que recorre el cerebro y las arterias, que hace que el diminuto corazón bombee más rápido y que su sangre fluya tan rápida como la de la mujer.

El feto se sobresalta. Ella siente como si el corazón le fuera a saltar del pecho. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Es un ruido terrible. ¿Significa algo? ¿El qué?

Intentando escapar de esa cosa dura y caliente, el feto flota sobre su cabeza, luego se endereza. No puede dejar de moverse debido al ímpetu de la sangre. Se inquieta, se lleva un diminuto pulgar a la boca, comienza a chuparlo, luego lo retira. Sufre una súbita sacudida a la derecha, luego a la izquierda.

No puede escapar de los brutales golpeteos del corazón, de ese calor punzante, de lo que hay en su sangre. Gira y gira. No hay ningún lugar adónde ir.

Volvió la luz, y la puerta se abrió casi al mismo tiempo.

-¿Mademoiselle? -dijo una voz asustada y vacilante.

Cecil se incorporó, frotándose los ojos. Tenía frío y calor al mismo tiempo; el corazón le palpitaba y el cuerpo le dolía terriblemente. ¿Dónde estaba? Era como la habitación del hotel en la que la doncella le había despertado en la oscuridad, sólo que se trataba de una habitación distinta, de una madera color pálido, y no había ventanas. La luz amarilla le hacía daño en los ojos, por lo que volvió a cerrarlos.

– ¿Mademoiselle? La hemos buscado por todas partes.

René, la cocinera y yo, la hemos buscado por toda la casa.

Incluso subimos al desván… -la voz sonaba ahogada por las lágrimas-. Vine aquí antes y apagué todas las luces, creía que se había ido. No tenía ni idea…

–¿No le dijo monsieur Bayard que estaba aquí? – Cecil se quedó asombrada al darse cuenta de que podía hablar.

-Monsieur tuvo que llevar a su madre al hospital. Ha sufrido otro ataque, y se fue con ella en la ambulancia…

estaba tan asustado, debió de olvidarse de mencionarlo… -

su voz se desvanecía poco a poco.

–¿Cómo abrió la puerta?

–¿La puerta? Como siempre cuando vengo a barrer la sauna y a fregar la madera. Simplemente la empujé y la abrí. ¿Por qué, qué ocurre con la puerta? – de nuevo había en su voz una nota de temor.

–No, nada. ¿Cuánto hace que apagó las luces? – Cecil tuvo la brumosa visión de una mujer de pie en la puerta de la sauna. El ama de llaves, la mujer del vestido estampado que la había hecho entrar antes. ¿Cómo se llamaba?

¿Henry? No, claro que no. ¿Henriette? Sí, eso era, Henriette.

–Oh, Mademoiselle, no estoy segura. Debían de ser las siete. Hace al menos una hora y media. No tenía ni idea de que estuviera usted sola en la oscuridad…

–Ha salvado mi vida.

–¿Su vida? ¿Apagando la electricidad? No la entiendo.

–¿Podrías encontrar mis ropas? – Cecil permanecía de pie y se envolvía con la toalla todavía caliente su carne desnuda y torturada. Un dolor punzante le recorría todas las partes del cuerpo. Apoyándose en la pared para mantenerse en pie, se encaminó hacia el solárium. Todavía estaba aturdida, pero una cosa tenía clara: quería salir de aquella casa lo antes posible. Con la misma celeridad con que Henriette se movía alrededor de la piscina. Tropezó con una taquilla parcialmente abierta y vio que sus ropas estaban todavía donde las había dejado.

–Voy a vestirme, Henriette. No me llevará más de cinco o diez minutos. ¿Podría conseguirme un taxi para entonces?

–¡Un taxi! Oh no, René estará de vuelta del hospital en cualquier momento. Simplemente ha ido a dejar…

–¡No! No quiero ir con René -Cecil hablaba de modo cortante, como si se dirigiera a un niño pequeño-. No quiero ir con nadie de esta casa. Quiero un taxi público. Por favor, llame a uno. Estaré lista para irme en cinco minutos.

–Muy bien, Mademoiselle. Como guste.

Un cuarto de hora más tarde, Cecil se acurrucaba en el asiento trasero de un taxi en medio de un monumental atasco de tráfico en el puente de Saint-Cloud. A medida que los trompetazos de las bocinas se entremezclaban con los gritos de los furiosos motoristas, Cecil se envolvía con el abrigo y la bufanda y se acurrucaba hasta quedar en posición fetal, a la busca de calor. No podía dejar de

temblar. Ni en los edificios con aire acondicionado de Dallas se había sentido así. Era como un frío que procediera del interior de sí misma, y no tenía ni idea de cómo combatirlo.

Sentía deseos de saltar fuera del taxi y correr en medio de la fría noche.

¡Sí, correr! ¡Eso era! Mañana, antes de que ningún Schomberg llegara al hotel a preguntar por ella, se escaparía. Tomaría un avión a Burdeos, y una vez que estuviera allí llamaría a Sam y le contaría lo que le había ocurrido. Le contaría… ¿exactamente el qué? ¿Que alguien había intentado matarla en la casa de los Schomberg? ¿Se creería eso? No importaba. Él era un hombre astuto y lleno de recursos. Le diría lo que debía hacer, adonde ir.

Mañana se escaparía.

Él estaba de pie en el jardín, junto al estanque helado, y se reía.

¿Por qué demonios había intentado algo así?

Era estúpido, completamente estúpido. Los otros todavía estaban vivos, ¿o no? Aun en el caso de que hubiera tenido éxito en su crimen, ¿de qué habría servido? No hubieran tenido más que salir a comprar otro hijo mestizo, y aun así, se reía cuando pensaba en los gritos procedentes de detrás de la puerta obstruida, el golpear de sus puños en la madera ardiente. Aunque hubiera sido una estupidez, algo había aprendido de esa experiencia.

Ya había anotado sus conclusiones en un libro grande y encuadernado en piel. El orden es el fundamento de un buen plan, es la forma de la que depende la belleza.

Comenzar por el principio. Cada cosa a su tiempo. Primero Frederick y Christine, luego el feto. La chica no era importante. Incluso podía dejar que viviera si encontrara un método de matar al feto sin que nada le ocurriera a ella. Sí,

¿por qué no? Dejarla ir. Ella no importaba. Incluso le caía bien.

Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar.

Establecer el orden adecuado.