Madre de alquiler
Capítulo 26
La pregunta de Mueller trajo instantáneamente a Cecil de vuelta al presente: a la deserción de Sam y al peso de todos sus problemas. Ir a una discoteca o al cine con aquel persistente y no demasiado inteligente joven no iba a ayudarle a solucionar nada; de todos modos, podía proporcionarle alguna distracción que tampoco sería mal recibida.
–No estoy segura… viernes o sábado. Deme su número de habitación, y le llamaré si puedo arreglarlo.
–De acuerdo, pero esta vez no aceptaré un no como respuesta. Pase lo que pase, hemos de hacer algo el viernes por la noche. Y escuche, Cecil, si tiene algún tipo de problema, lo que sea, llámeme, ¿lo hará? Esta ciudad puede ser bastante desagradable si uno se pasea en el vecindario equivocado o se relaciona con personas no muy adecuadas.
Le lanzó otra de sus grandes y amistosas sonrisas, le cogió la mano y se la estrujó. Los dedos de Cecil crujieron como mondadientes atrapados en la boca de un cascanueces. Cecil se separó de él y pronunció un apresurado buenas noches.
En el ascensor, de camino a su habitación, procuró evaluar la situación. Sam, la amistosa y protectora figura del padre, no iba a venir aquella noche, tal como había prometido. Quizá no acudiera jamás. Christine y Frederick Schomberg, sus, por así llamarlos, jefes, ya no estaban en este mundo. Y el hombre por cuya causa había ido a Francia, por quien se había quedado embarazada con el bebé de unos extraños…, Serge, se había separado de ella sin creerla y disgustado.
En su mórbido estado de ánimo actual, Cecil estaba segura de que a nadie le importaba si estaba viva o muerta.
Se equivocaba. Había al menos una persona a quien le importaba mucho… que estuviera muerta.
Capítulo 26
Sucursal de la BNP, Niza
-¿Podría recibirme el señor Papazian?
La chica que llevaba tejanos y jersey de angora color rosa se incorporó detrás del mostrador y dijo:
–Un momento. ¿Es usted la señorita Goodman, verdad?
–Gutman.
–Ah, sí. En seguida vuelvo, señorita Gutman. ¿Hace frío hoy, no le parece? Este mistral es terrible.
Y tanto que sí. El feroz viento del norte había traído consigo un cielo de textura de pintura azul húmeda y unas ráfagas heladas que azotaban lo suficiente como para que los habitantes de Niza hurgasen entre sus plásticos llenos de bolas de naftalina a la búsqueda de abrigos, chaquetas y sombreros. Como contraste, en el banco hacía una temperatura agradable, y resultaba acogedor.
Después de unos minutos, Cecil fue acompañada hasta el despacho del director. Monsieur Papazian estaba de pie, muy erguido tras su enorme mesa.
–Supongo que ya sabe quién soy -dijo Cecil con una educada sonrisa-. Necesito su autorización para sacar otros diez mil francos.
Una mirada de consternación atravesó la mirada del hombre, pero no dijo nada. Desde su última visita, el director del banco parecía haber perdido sus amables modales. Lo cierto es que miraba a Cecil como si algo desagradable hubiera entrado con ella en la habitación, un alienígena invisible y maloliente.
–¿Me recuerda, verdad? Tengo una carta de crédito…
La voz de Cecil se perdió ante el persistente y ahora ominoso silencio del director. En ese momento, un diminuto punto de temor se aposentó en el centro exacto del pecho de Cecil. ¿Se había vuelto amnésico ese hombre, o es que ella había cambiado de una manera tan sutil que él ya no era capaz de reconocerla?
De pronto Cecil observó que Monsieur Papazian no le había pedido que se sentara, ni tampoco le había estrechado la mano, tal como hacía habitualmente cuando
entraba en su despacho. Esa era ciertamente la primera vez que aquel francés de mediana edad desperdiciaba una oportunidad de tocarla.
– Eh bien, Mademoiselle Gutman… Naturalmente que la conozco a usted y a su cuenta. Desde la última vez que estuvo, eh, en el banco… -Hizo una pausa y meneó la cabeza como si se preparara para comunicar una noticia catastrófica: el súbito fallecimiento de un director o la inesperada y absoluta insolvencia del propio banco-. Ha surgido un problema técnico que no tiene absolutamente nada que ver con, eh, nosotros, el banco de Niza.
Comprenderá usted que nosotros sólo actuamos como sucursal de la central de París, y que no hacemos sino ejecutar las órdenes de nuestros clientes, ¿verdad?
–¿Podría ir al grano, por favor?
–Sí, bueno, verá, la suya no era una carta de crédito con un límite establecido, sino lo que denominamos una carta
«discrecional». En otras palabras, la cantidad de fondos a su disposición cada semana venían fijados por, eh, nuestro cliente en París. Después de su último reembolso, hemos recibido un télex informándonos de que no se le proporcionen nuevas sumas de dinero… hasta nueva orden.
–¿Pero eso no puede ser cierto? – dijo Cecil indignada-.
Trabajo para esas personas. He firmado un contrato con… -
¿con quién exactamente? ¿De quién era la firma que había en el documento que Jeff Sandlin le había mostrado en Dallas? Entonces no le había parecido importante; en aquellos días ya olvidados, jamás había ni imaginado la posibilidad de que los padres naturales del bebé pudieran morir.
–Siento tener que informarle de estas noticias, Mademoiselle Gutman. Pero debo insistir de nuevo en que nuestro banco no es en modo alguno responsable. Quizá se trate de un tecnicismo que podría ser aclarado mediante, eh, una llamada telefónica. Sí, ¿por qué no llama a sus jefes en París?
–No se preocupe, lo haré. Mientras tanto, ¿podría usted adelantarme algo? Tengo que pagar mi cuenta semanal en el Negresco y en este momento dispongo de poco efectivo.
Necesitaré al menos unos cuantos francos para pagar el hotel.
–Oh, comprendo su problema, señorita. -Monsieur Papazian se había recobrado de su azoro y le sonreía a Cecil de una manera casi beatífica-. Yo quiero ayudarla. Sé que es usted una extranjera sin permiso de trabajo ni tampoco de residencia. A merced de la policía, por decirlo de algún modo. Y que le suceda esto ahora, sin ningún medio de subsistencia a la vista -se inclinó hacia Cecil y de pronto comenzó a retorcerse furiosamente los dos extremos de su enorme bigote plateado.
Cecil vio con absoluta claridad hacia dónde conducía esa repentina conmiseración. Retrocedió hacia la puerta, con un aire de diáfana despreocupación en su cara sonriente.
–Tiene razón. Se trata solamente de un estúpido error. En París saben que no puedo acabar mi libro si no dispongo de fondos suficientes. Les llamaré desde mi hotel y me enviarán el dinero a final de semana. Y por cierto, Monsieur Papazian, puesto que soy escritora, no necesito permiso de trabajo para investigar en Francia. Los artistas no tenemos por qué someternos a ese requisito.
Una vez llegó a la calle, la despreocupada sonrisa de Cecil se desvaneció como arrastrada por el mistral. Se adentró en el primer café que encontró, se sentó y pidió un café exprés. Cuando el camarero se hubo marchado sacó todo el efectivo de que disponía, lo colocó encima de la mesa y lo contó cuidadosamente. Estaba a punto de vaciar también el contenido de su bolso cuando se dio cuenta de lo ridículo que era todo aquello. Tenía exactamente dos mil setecientos francos, un poco menos de quinientos dólares.
No era suficiente para comprar un billete de avión para Estados Unidos ni aun en el caso de que pudiera salir del Negresco a hurtadillas. ¿Cuál era el precio de la maldita
fortuna que debía al hotel? Sólo se había fijado fugazmente.
¿Mil quinientos dólares? ¿Puede que fuera tan caro? El salario de un mes en Francia, una suma que no podía pedir prestada a nadie. ¿Cuáles eran entonces sus opciones?
¿Intentar ponerse en contacto con Rita Schomberg en uno de sus momentos de lucidez y pedirle el dinero prestado?
¿O a Jeff Sandlin, que no se había ni preocupado de volver a llamarla después del ataque de pánico que tuvo en París? ¿A Sam Sweeney? Eso sí que era gracioso; ni siquiera sabía en qué continente buscar a Sam.
¡Mica! Aun en el caso de que Mica consiguiera mandarle por giro el importe del avión, tendría que abandonar el hotel sin abonar la cuenta; podía ocurrir que finalmente la detuviera la policía en el momento de dejar el país. Dios, había sido tan tiquismiquis con Pancho en lo referente a la cartera de Alan Mueller, y allí estaba ahora planeando escaparse sin pagar una cuenta de hotel de mil quinientos dólares.
Tenía que haber otra solución. ¿Debería intentar llamar a Serge? ¿Se creería su historia si se la contaba por segunda vez? A la propia Cecil todo comenzaba a parecerle una comedia de enredo.
Bueno, tal como decían los franceses ante cualquier adversidad que se les interpusiera, tant pis. Lo único que podía hacer era afrontarlo.
Su primera medida en aquel aspecto sería regresar al Negresco a pie para ahorrarse el importe del taxi.
Cecil asintió nerviosamente al portero, enfundado en su disfraz medieval, a medida que éste hacía girar la puerta giratoria para dejarla entrar. Una vez dentro, caminó resueltamente junto al mostrador de recepción rumbo a los ascensores. Gracias a Dios que no había dejado la llave en conserjería al salir esta mañana. No tenía ni idea de qué le diría al director cuando éste le insistiera en que pagara la cuenta.
Ya estaba apretando el botón del ascensor cuando una mano la cogió del brazo desde atrás. Cecil ahogó un grito y se volvió para encontrarse con el rostro joven y lleno de granos de un botones.
–La estaba llamando, señorita Gutman, pero no me ha oído. ¿Podría venir a recepción, por favor?
–No… no puedo. Estoy esperando una conferencia desde Moscú. Van a llamarme dentro de un momento.
Dios mío, Moscú no sonaba en absoluto a dinero. ¿Por qué no había dicho Nueva York o Londres?
–Me han indicado que debe acudir ahora mismo -dijo el muchacho de mala gana. Al menos le había soltado el brazo; no iba a arrastrarla por la fuerza-. Hay alguien esperándola -añadió, mirando por encima del hombro como para verificar la verdad de sus propias palabras.
¿Podría tratarse de Sam? ¿Había llegado finalmente?
–¿Cómo se llama ese hombre? – preguntó Cecil sin aliento.
–No es un hombre, se trata de una mujer. La señora le espera hace más de una hora, y eso no parece hacerla muy feliz. ¿Qué debo decirle?
De la mirada servil que había en su cara, Cecil dedujo que la mujer en cuestión le había recompensado ya con largesse y que insistía en cobrar los frutos de inmediato.
Sintiendo curiosidad por su misteriosa visitante, Cecil le dijo al muchacho:
–Muy bien, la veré, pero sólo un minuto.
La mujer aguardaba a Cecil al otro extremo del vestíbulo; su cara estaba en sombras debido a un gran sombrero de fieltro que tenía la forma improbable de un frisbee.
- Señorita Gutman, ¿no quiere sentarse? – su voz era ronca pero atractiva. Le tendió a Cecil una mano enguantada en blanco-. Mi nombre es Edith-Ann Schomberg, y, como puede que sepa, soy la esposa de Xavier Schomberg. Frederick y Christine eran primos nuestros.
Cecil no se hubiera quedado más sorprendida si la mujer le hubiera anunciado que era una mensajera celestial. ¡Ahí estaba -y qué rápidamente había llegado- la mujer que podía ayudarla a solventar sus problemas! Cecil se hundió agradecida en la butaca que le ofrecían y miró a Edith-Ann con asombro. La cara de la mujer era un extraordinario surtido de pecas color arena que anidaban sobre su piel seca y ligeramente arrugada. La mayor parte de su pelo se adentraba en los confines de aquel gran sombrero cuyo color Cecil no podía ni imaginar. Sus ojos también habían desaparecido detrás de una ancha banda de plástico verde oscuro. De hecho, prácticamente nada resultaba visible del rostro de Madame Edith-Ann Schomberg.
–No podría alegrarme más de verla -comenzó a decir Cecil-. Ha ocurrido un estúpido incidente en el banco donde recibo habitualmente mis fondos de París. Acabo de venir de allí y…
–Sé todo lo referente a ese asunto -la interrumpió Edith-Ann-. Yo misma lo dispuse así.
–¿Que usted qué…? – Cecil medio se levantó de su asiento al tiempo que una mirada de incrédula irritación le surcaba la cara.
–Siéntese, señorita Gutman, no hay por qué perder el tiempo discutiendo. Me llevará menos de diez minutos exponerle mi caso. Después, si es usted una mujer juiciosa, y por su aspecto deduzco que así es, entonces nuestros tratos habrán acabado. Por cierto, hay algo que deseo que quede absolutamente claro, se trata de un encuentro de negocios entre dos personas cuyos intereses han convergido inesperadamente.
–Por el momento soy incapaz de ver lo que tenemos en común -dijo fríamente Cecil.
–Deje que comience por su situación financiera, ya que estoy segura de que es lo que ocupa su mente en este momento. El viernes pasado, lo dispuse todo con nuestro banco de París para que dejara de suministrarle fondos. No
recibirá nada más, y por eso debemos llegar a un entendimiento rápidamente. Esta mañana, de hecho, ya que tengo que estar de regreso en París esta noche. Mi limusina está aparcada en la puerta de este hotel. Si está de acuerdo en lo que tengo que proponerle, mi chófer permanecerá todo el día con usted, y mañana por la mañana la conducirá al aeropuerto para que tome un vuelo para Dallas.
La mujer hablaba con frases secas y cortantes, y lo que más retuvo a Cecil fueron las palabras «vuelo para Dallas».
¡Teniendo en cuenta la diferencia horaria, podría estar allí mañana por la tarde!
–Estoy segura de que debe usted una importante cantidad a este hotel, y que le queda muy poco dinero para pagarla. – Edith-Ann parecía precipitarse de cabeza hacia algún misterio de su propia cosecha, y no dejó a Cecil ni un momento para replicar-. Mientras usted hace las maletas, yo pagaré el hotel. Más tarde, hoy mismo, le proporcionaré dos mil dólares en efectivo para que cubra sus gastos de viaje.
Finalmente, y aunque no ha cumplido usted con sus obligaciones contractuales para con nuestra familia, le daré esto.
La mujer abrió su bolso blanco y sacó de él un trozo oblongo de papel amarillo. Lo puso delante de ella, fuera del alcance de Cecil. Era un cheque emitido por el Bank of América a favor de la mismísima persona que la estaba contemplando en aquel momento con descarado asombro.
¡Un cheque por valor de treinta mil dólares!
Por un momento Cecil se preguntó si estaba alucinando.
¿Podía ser que Edith-Ann sólo fuera una quimera de su enfebrecida imaginación, alguien que ella había creado porque necesitaba desesperadamente ayuda?
–Esto es algo del todo inesperado, señora Schomberg -
dijo Cecil con una ironía mal disimulada-. ¿Qué se supone que debo hacer a cambio de este dinero? Además del equipaje y abandonar el país, naturalmente.
–Abortar -replicó ásperamente Edith-Ann-. Ya lo he dispuesto todo. Tiene habitación reservada en el Hospital de Niza. Un doctor la atenderá a las dos en punto. – Miró su reloj de pulsera, extraplano y adornado de piedras preciosas-. Dentro de unas dos horas. Todo habrá acabado a las tres. Es usted libre de pasar la noche en el hospital, aunque la verdad es que no creo que sea necesario. Le indicaré a mi chófer que la lleve al Holiday Inn que está justo enfrente de la vía hacia el aeropuerto. Es un lugar como cualquier otro para pasar la noche.
–No puedo hacerlo -mientras decía esas palabras, Cecil se daba cuenta de lo inexorablemente que echaba por la borda su salvación-. Lo que me está pidiendo es absolutamente imposible.
–¿Usted cree? – Edith-Ann apartó las gafas de plástico verde que cubrían sus ojos para mostrar unas cejas que mostraban un gesto de escepticismo-. ¿Y puedo saber por qué?
–En primer lugar, ningún médico me practicaría un aborto en estos momentos. Estoy embarazada de casi cinco meses. El niño podría… podría sobrevivir.
Edith-Ann echó la cabeza hacia atrás y rió alborozada, como si Cecil le acabara de contar un chiste muy gracioso.
–Se muestra usted ridículamente sentimental, y en estos momentos no puede permitirse ese lujo. Las oportunidades de que un feto de cinco meses sobreviva a un aborto son probablemente de cien a una. Hasta hace poco, los niños con el síndrome de Down tenían que abortarse en ese plazo.
Lo sé porque yo misma tuve uno. Como puede ver, he estudiado el asunto cuidadosamente, señorita Gutman, de modo que déjelo todo en mis manos. A largo plazo le será todo mucho más fácil.
Cecil meneó la cabeza en un gesto de cansancio.
–La verdad es que no les comprendo. El bebé del que tantas ganas tiene de desembarazarse no es mío, sino que es un Schomberg. Por hacer uso de un tópico gastado, es el
futuro de la familia. ¿Por qué, en nombre de Dios, está usted tan ansiosa de acabar con él?
–Querida, la única persona a quien le importaba este niño es a la abuela, y ahora es poco más que un vegetal. Y
por lo que se refiere al resto de la familia, no veo por qué debo malgastar mi tiempo lavando nuestros trapos sucios en su compañía. Sólo permítame que le diga que sería conveniente para todos nosotros que este niño desapareciera de nuestra memoria colectiva.
–No haré lo que me pide -dijo Cecil pronunciando cuidadosamente sus palabras-, aunque sólo sea a causa de sus padres ya fallecidos. Christine y Frederick Schomberg querían que su hijo viviera. Esperaban de mí que lo protegiera. Le di mi palabra a mi médico de que…
–¡Su médico! ¿Se refiere usted a ese irlandés dipsómano que pasó por París de camino entre orgía y orgía? ¿Cuándo fue la última vez que vio al doctor Sweeney, señorita Gutman?
–Hace… tiempo -admitió Cecil a regañadientes.
–Sweeney era el amante de Christine, supongo que lo sabe. Viajaban juntos por toda Europa hasta que la propensión al alcohol del doctor hizo que Christine quisiera abandonarle. Y por lo que se refiere al juego… ¿supongo que también está al corriente de eso?
Cecil hizo un gesto nervioso con las manos, como si borrara la imagen de Sam que Edith-Ann Schomberg le estaba dibujando. ¿Sam Sweeney una persona promiscua, e irresponsable, jugador y bebedor? No había una palabra de verdad en todo aquello, ella lo sabía. ¿Pero por qué Sam no había acudido a su cita de Año Nuevo?
–Espero que usted misma no se prendara de él -sonrió Edith-Ann de una manera maliciosa-. Siempre ocurre entre mujeres solitarias y frustradas y ginecólogos atractivos y complacientes. Es casi inevitable, ¿no le parece?
–No creo que tenga ningún objeto proseguir esta conversación.
–Sí que lo tiene… para usted. Olvídese de su médico; no volverá a verle.
Cecil le lanzó una mirada penetrante tras esa frase, pero Edith-Ann sonrió enigmáticamente y siguió hablando.
–Demasiados personajes sombríos seguían la estela de ese médico. Con todas las deudas de juego que ha dejado, Sweeney tendrá que esconderse durante meses o semanas, quizá para siempre, por lo que he oído. Intente concentrarse en sus propios problemas. Usted cree que porque lleva en su seno a un hijo de los Schomberg posee un cierto estatus.
Nada más lejos de la verdad. Después de todo, no hay nada que pruebe que este niño es un Schomberg.
–¿Qué me dice del acuerdo que firmé en Dallas?
–Ocurre que la otra firma de ese documento es la del doctor Sweeney. No hay la menor referencia a nuestra familia. Consideremos el resto de su situación punto por punto. Cualquier prueba genética de la paternidad se esfumó con nuestros queridos primos. Rita no la distinguiría de un poste de carretera. El resto de nosotros negará todo lo que usted diga, y si intenta obligarnos la llevaremos a juicio. Será su palabra contra la de una de las más prominentes y poderosas familias de Francia. Tanto mi marido como Bayard poseen la insignia de la Legión de Honor. ¿Quién es usted en cambio?
–¡Un ser humano con derechos iguales a los suyos y a los de cualquier otra persona! – dijo Cecil con energía.
–Es obvio que no conoce bien Francia.
–¿Y el abogado que redactó los documentos?
Seguramente él podría…
–¿Se refiere al señor Sandlin? ¿Un caballero de Tejas con una inteligencia legal tan eminente a quien nuestra familia utiliza para manejar sus intereses en América? En pocas palabras, querida, Sandlin está ahora en la nómina de SCHOMBERG MONDIAL. ¿Debo añadir que recibe unos honorarios obscenamente altos?
–No puede usted comprar a todos los periodistas de Francia y América. Si es necesario, haré público mi caso.
–Hija mía, ¿posee usted medios para defenderse de una acusación por libelo de la más alta magnitud? ¿Usted, una joven perseguida y quizá convicta por no poder pagar la cuenta de un hotel? Cuando acabemos con usted, señora Gutman, la mirarán por encima del hombro con el mismo desdeñoso escepticismo con el que contemplaron a aquel hombrecillo de Utah que intentaba obtener la herencia de Howard Hughes, o al alemán que elaboró los así llamados diarios de Hitler.
Cecil sintió el definitivo e inconfundible apretón de un nudo corredizo. Naturalmente, podía haberse imaginado lo que iba a ocurrir desde el momento en que Edith-Ann se presentara. ¿Qué otro «negocio» podía tener ella con la familia Schomberg que no fuera llevar su bebé y ahora matarlo? ¿Cómo lo había expresado Serge? «Esas personas que te compraron.»
Cecil utilizó los últimos restos de su espíritu de lucha.
–Si todo esto es cierto -preguntó-, ¿por qué iba a preocuparse de mí, entonces?
–Debido al valor de las molestias. Mientras vaya usted por el mundo embarazada y resentida, tenemos que mantener un diminuto rincón de nuestras mentes concentrado en usted. Es usted como un mosquito revoloteando a nuestro alrededor. No se trata de nada personal. Sólo negocios. A mí misma me gustaría ver a una guapa e inteligente joven como usted regresar a Estados Unidos con su cartera repleta de dinero en efectivo y un futuro brillante y con posibilidades.
–Pero no puedo creer que…
–¿El qué, querida?
–Christine. Se me hace difícil creer que ella no hiciera alguna previsión para el niño. Un testamento, una declaración de intenciones, algo. Quería a ese niño desesperadamente.
–Es una vergüenza, ¿no le parece? – una pequeña sonrisa afloró de nuevo en los labios de Edith-Ann. Se inclinó hacia Cecil con la ávida expresión de un león a punto de saltar sobre una gacela acorralada-. Quiero decir que murió antes de tener tiempo para hacer tal cosa.
–Ya veo. – Tras un largo y penoso silencio, Cecil preguntó con una apagada voz de derrota-. ¿Cómo sé que llegaré a ver mi cheque si hago… lo que usted quiere?
Reconociendo su victoria, Edith-Ann se levantó de la silla.
–Vaya a hacer las maletas mientras pago sus facturas.
Por cierto, en el hotel no he dado mi verdadero nombre, y negaré haber estado aquí si usted intenta probarlo algún día. Por lo que se refiere a su cheque, es muy fácil. La acompañaré a la sala de partos, y se lo entregaré una vez haya usted firmado el documento de aborto ante el médico.
Nadie quiere engañarla, sépalo. El dinero no nos preocupa en lo más mínimo.
–Muy bien. Estaré aquí dentro de quince minutos.
Cecil caminó hacia los ascensores tan enérgicamente como fue capaz. Ya se imaginaba a sí misma diciéndole a Serge que todo había sido una broma. No estaba embarazada y nunca lo había estado. Vio cómo los dos se reunían para contar el dinero, abrían una bolsa de papel llena de billetes de cien dólares. Trescientos billetes. El rescate por el secuestro de un niño. Eso era lo que estaba haciendo, ¿o no? Nada más que devolver un niño no nacido a su legítima familia. ¿Quién podía culparla por eso? Vio los billetes alzándose en el aire y luego cayendo por encima de ambos mientras sus labios se encontraban con el champán que burbujeaba y se derramaba helado sobre los bordes de las copas que tenían en la mano.
Un sueño en el que todo lo que ella había deseado se convertía en realidad.
Diez minutos más tarde, vestida con un par de tejanos desteñidos, mocasines y su abrigo de piel de cordero, llamaba por teléfono al conserje.
–Dejaré la habitación dentro de cinco minutos. ¿Podría enviar a alguien a por mis maletas? Quisiera que me las guardaran en el hotel hasta que venga a recogerlas mañana por la mañana, de camino al aeropuerto.
Colgó el auricular e intentó cerrar la bolsa; estaba tan atestada que no conseguía cerrar la cremallera. Quizá su torpeza se debiera a lo mucho que le temblaban las manos.
En su desesperación, simplemente ató la anilla con una tira de nailon y dejó que el resto quedara suelto.
Con su maleta grande bien a la vista y la puerta entreabierta, dejó la habitación y bajó apresuradamente hasta el vestíbulo por las escaleras. Arrastraba la bolsa detrás de ella, escuchando cómo golpeaba escalón tras escalón en su aparentemente interminable viaje hacia abajo. El bebé le daba patadas al ritmo de los golpes de la bolsa, la golpeaba de un modo brutal, como si conociera y vilipendiara el destino que Edith-Ann había planeado para él. ¿Qué solían decir los franceses? Faiseur d'anges.
«Hacedora de ángeles.» Eran capaces de hacer poesía incluso con algo tan desagradable como un aborto.
Cecil empujó la pesada puerta que la adentraba en el vestíbulo en el mismo momento en que el botones con la cara llena de granos entraba en el ascensor que estaba enfrente para ir a buscar la maleta que había dejado en la habitación. En el mostrador de recepción, Edith-Ann estaba contando billetes mientras un caballero que llevaba un traje cruzado de color gris perla no dejaba de prestarle atención.
Junto a Edith-Ann permanecía un chófer en librea, René, que debía de haber sido apartado del servicio de Rita para hacer el viaje a Niza. Lo más probable es que hubieran aparcado en la zona de recepción para no perder de vista a Cecil, pero, en lugar de eso, el chófer observaba el creciente montón de billetes casi con un fervor erótico.
Efectivo, pensó Cecil. Todo el mundo lo adora. Capta la atención de la gente mejor y con más rapidez que un cuerpo desnudo.
Sin esperar a ver nada más, Cecil dio media vuelta y caminó en dirección opuesta. Se encontraba en un estrecho corredor en el que se alineaban escaparates de cristal en los que se veían el tipo de objetos hermosos que codiciaría un huésped del Negresco: porcelana fina, objetos de plata, relojes bordeados de joyas, pulseras. Había una puerta al final del pasillo, y Cecil fue directa hacia aquella enorme habitación, el Restaurante Chantecler. Los camareros estaban ocupados dando los últimos toques a las mesas; una joven llenaba los vasos de cristal con rosas amarillas.
Con una cara tan tiesa como su almidonada pechera de la camisa, el maître se aproximó a Cecil.
–¿Es esta la cafetería? – preguntó Cecil con el más pronunciado acento americano que fue capaz de imitar-.
George me ha dicho que me reúna con él en la cafetería para poder tomar algo antes de ir a navegar -dio unas palmadas a su bolsa-. No veo a George por ninguna parte.
–Por aquí, Madame -dijo el maître, ahora el estoicismo predominaba sobre la corrección en la expresión de su solemne cara-. Lo que usted busca es La Rotonde. El otro restaurante. Por esta puerta, por favor.
–Gracias. No sé qué debe de estar haciendo George. Ya debería haber llegado.
En el interior de aquella sala más pequeña, decorada en colores ácidos para que pareciera un circo, Cecil saludó a un camarero rubio que era un perfecto desconocido para ella.
–Hey. ¿Cómo se encuentra hoy? Estoy perdida, igual que ayer. Soy incapaz de orientarme en este hotel. No tenemos nada tan grande en Kansas.
El camarero le sonrió con indulgencia y le abrió la puerta de la calle; no pareció ni darse cuenta de la bolsa de tela que, Cecil se dio cuenta horrorizada en aquel momento, rebosaba de elásticos de sujetador, pantis enrollados, calcetines y paquetes de Kleenex.
Una vez en la Promenade des Anglais, casi gritó de alegría. ¡Lo había conseguido! ¡Había dejado el hotel con
todas sus pertenencias y nadie le había hecho ninguna pregunta! ¡No había necesitado la ayuda de nadie! Todo lo que tenía que hacer ahora era coger un taxi antes de que la limusina negra de René la encontrara.
Cecil tomó la pequeña calle lateral del Negresco y se encontró de cara con el mistral. El viento parecía arrastrarla hacia el mar. Por suerte no tuvo que luchar durante mucho tiempo. En la siguiente esquina estaba la Rue de France, una calle importante cuyas aceras siempre estaban atestadas de gente. Allí estaría segura. Se hallaba a poca distancia de su meta cuando se abrió la puerta de un deportivo, bloqueándole el paso. Un hombre se inclinó encima del asiento del copiloto y la llamó.
–¡Eh, aquí! ¿Lleva el mismo camino que yo?
Enojada, Cecil comenzó a rodear el obstáculo de la puerta cuando se dio cuenta de que el conductor era Alan Mueller. La amplia sonrisa habitual reinaba de nuevo en su cara bronceada.
–Parece tener prisa. ¿Puedo llevarla a alguna parte?
Después de vacilar un momento, Cecil levantó la pesada bolsa y la arrojó tras el asiento delantero. Subió al coche.
–Sí, la verdad es que sí. Le agradecería que me ayudara a encontrar algún pequeño hotel en la parte antigua de la ciudad. No resisto el Negresco ni un minuto más, quiero decir que he venido a Francia para empaparme del ambiente, y ese lugar es muy snob y está lleno de turistas, y… -estaba balbuceando; debía hablar más despacio, con normalidad-. Es una suerte haberle encontrado así. Hace media hora que estoy en la Promenade des Anglais. No sé por qué el portero no encontraba ningún taxi.
–Es a causa del frío que no hay suficientes taxis. ¡Bueno, estoy encantado de verla! ¿Se da cuenta de lo difícil que es llegar a quedar con usted para algo?
Cecil ignoró aquel comentario.
–¿Puede sugerirme algún hotel?