Madre de alquiler
Capítulo 11
Éste es un momento peligroso para el feto. Un desorden de vasos atraviesa la superficie de su gran cabeza como riachuelos llenos de sangre. Las células nerviosas todavía no están maduras, y los lóbulos cerebrales son pequeños.
Es vulnerable.
Con el trémulo resplandor de un extraño planeta bajo esa piel tan delgada como el papel de arroz, el cerebro comienza a emitir débiles señales. Algo parecido a una mente refulge en el lejano horizonte del ser.
El feto, tan cercano al latido del corazón de la mujer, siente un estímulo que no tiene nombre; casi amor.
Capítulo 11
Saint-Cloud
Frederick entró de puntillas en la habitación a oscuras, creyendo que su madre estaba durmiendo. Cuando vio que su gran cama de bronce estaba vacía, fue hasta la puerta que conducía a su sala de estar privada y llamó a la puerta.
–¡Entra! – dijo la voz de Rita, completamente despierta, e incluso alegre.
Frederick abrió la puerta y se quedó sorprendido de ver que la habitación estaba tan a oscuras como el dormitorio.
No había ninguna iluminación, a no ser un brillo parpadeante y plateado que procedía de una esquina. Sintió un miedo súbito e irracional mientras permanecía de pie en el umbral: atravesó su mente la idea de que algo terrible estaba sucediendo ahí, algo que ni siquiera quería saber.
Entonces se dio cuenta de que en absoluto había nada de siniestro; sencillamente, su madre estaba viendo la televisión con las luces apagadas.
–¿Rita? – dijo-. Soy Frederick.
Últimamente, el estado de su madre había comenzado a deteriorarse con más rapidez incluso de lo que habían dictaminado los médicos más pesimistas. En su desesperación, Frederick había hecho venir a un joven especialista, que inmediatamente había probado con ella un
medicamento nuevo, y todavía en fase experimental, capaz de regenerar algunas de las conexiones nerviosas afuncionales de su cerebro. El joven neurólogo había advertido a Frederick y a Bayard de que esperaran antes de emitir un juicio definitivo. No podía garantizarles una mejoría permanente. Nadie sabía cuál podía ser el efecto a largo plazo del fármaco.
–¡Querido! – le llamó Rita-. Ven aquí y siéntate a mi lado en el sofá. Me lo estoy pasando estupendamente viendo
«Champs-Elysées». Esta noche hay todo un desfile de cantantes maravillosamente horribles. ¡Es tan divertido!
Frederick cruzó la inmensa extensión de oscuridad hasta llegar junto a su madre y se agachó para besarla en cada mejilla. El buen humor de Rita era un tónico para el suyo propio, y pensó aliviado que esa noche iba a poder hablar con ella. El volumen del receptor estaba muy bajo, y, a Dios gracias, la voz del cantante punk apenas podía oírse.
–Tengo buenas noticias para ti, Rita -dijo, avanzando a tientas hasta encontrar un lugar en el sofá de terciopelo marrón, junto a ella-. He esperado un par de meses para decírtelo porque queríamos estar seguros del todo…
–¿No me digas que Christine…? – preguntó en un arrebato de excitación-. ¿No me digas que está esperando…?
Frederick se quedó sin habla. Su madre, que durante meses no había sabido ni dónde se encontraba, ni tampoco quién era, había regresado en esa oscura habitación a su antigua y soberbiamente intuitiva personalidad. Leía en su mente tal como había hecho en los primeros recuerdos que Frederick tenía de ella.
–No exactamente -se vio obligado a replicar. A continuación, a medida que se adentraba en la luz de la parpadeante pantalla, vio cómo su feliz expresión se arrugaba hasta convertirse en una de extrema decepción, y decidió contarle la verdad-. Christine no está embarazada, pero vamos a tener un bebé, Rita.
–¿Quieres decir que vais a adoptarlo? – La expresión alicaída todavía se reflejaba en su cara.
–No, nada de eso. Christine y yo tenemos problemas físicos, como ya te dije hace algún tiempo. De hecho, no había ningún obstáculo insuperable que nos impidiera concebir, pero Christine nunca podría llevar a término un embarazo ni aun en el caso de que quedara en estado.
Todos los médicos a los que acudimos nos lo confirmaron.
Nuestra situación parecía desesperada hasta que consultamos con un médico norteamericano llamado Samuel Sweeney. Probablemente le habrás visto en televisión, en algún programa de entrevistas. Habla un francés muy fluido.
–Le he visto -le espetó Rita-. Un tipo endiabladamente atractivo, se parece a los Kennedy. Y no tiene mal acento para ser yanqui. Así pues, ¿qué ha hecho este hombre por ti y por Christine?
–Ha sido la fuerza motriz que hay detrás de la concepción inmaculada de los tiempos modernos. El niño es de Christine y mío, pero ha sido concebido in vitro, en el tubo de ensayo de un laboratorio, si quieres. Otra mujer lo lleva en su seno, una madre suplente, une mère porteuse.
Rita, sé que todo esto suena un poco raro, pero la tecnología en este campo es muy compleja, tanto más porque en ella se van implicando las funciones humanas más básicas. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
–¡Deja de hablarme como si fuera una niña idiota! – le soltó Rita-. Sé todo lo que hay que saber de este método. En todos los periódicos y revistas que leo hay un artículo que lo explica. ¿Quién es esa mujer que lleva a tu hijo?
–Una norteamericana. Una persona perfectamente fiable que el doctor Sweeney nos encontró.
–Quiero conocerla.
–Lo siento, Rita, pero eso es imposible. Sweeney cree que es mejor para todos los implicados mantenerse alejados unos de…
Ella le cortó en seco.
–Si no he comprendido mal, es ese médico
norteamericano el que trabaja para nosotros y no al contrario. Eres tú quien le paga, ¿o no? Y muy bien, me imagino.
–Claro que sí, pero debes confiar en el doctor Sweeney, tiene más experiencia en estos asuntos…
–He dicho que quiero conocerla, Frederick. Es la mujer que lleva a mi nieto. Posiblemente el único que tendré. ¿Qué edad tiene?
–Creo que veintitrés.
–¡Veintitrés! Pero si es una niña. Debo verla y hablar con ella. Lo antes posible.
Frederick suspiró.
–Si eso va a hacerte feliz, procuraré arreglarlo.
–El solo hecho de saber que tu hijo está en camino ya me ha hecho feliz. Más de lo que te imaginas. ¿Cuándo se espera que nazca?
–A primeros de junio. El doctor Sweeney se encargará del parto personalmente. En el Hospital Americano de París.
–¡Junio! Y casi es Navidad. ¿No me equivoco, verdad? –
Miró a su hijo momentáneamente confusa, luego recobró la compostura-. Deberías habérmelo dicho antes. Sabes que últimamente no me he encontrado bien. La edad, supongo, algo terrible que le puede pasar a cualquiera. Hay días en que estoy… un poco olvidadiza.
–Para mí siempre has sido la misma.
–No, ya no soy la misma, y no hay por qué mentir en ese punto. Tenemos que afrontar los hechos, Frederick. Este bebé cambia muchas cosas. Quiero modificar mi testamento. Procura que Monique venga a casa la semana que viene. Dile que esté preparada para redactar un codicilo que llevará mi firma.
Frederick apretó la mano de Rita en un gesto tranquilizador. Le horrorizaba tener que contarle a su madre una historia tan complicada, pero todo había ido
estupendamente, y ahora sentía como un nudo en la garganta, una mezcla de orgullo, ante el pensamiento de haberle dado tanto placer, y de aflicción debido a la idea de que quizá Rita no pudiera vivir para ver a su nieto. Gracias a Dios que había esperado a que se encontrara mejor para darle la noticia.
Mientras permanecía sentado junto a ella, observó cómo el cantante punk desaparecía de la pantalla y era reemplazado por el atractivo presentador del programa.
–Querido, por favor, que Christine sepa lo contenta que estoy. No debe sentirse avergonzada ni disminuida de ningún modo por la manera en que esto ocurre. A fin de cuentas, el resultado será el mismo, un maravilloso bebé,
¿no es eso?
–Por supuesto que sí. Y Christine se encuentra estupendamente. Era yo el que me sentía un poco ridículo con todo este asunto… supongo que es un golpe a mi orgullo masculino.
–No seas tonto. Tenemos suerte de vivir en una era de tecnología avanzada en la que tales cosas son posibles. De otro modo, esto podría haber acabado en tragedia familiar, una catástrofe para la dinastía de los Schomberg. Escucha, querido, estaba pensando… ¿no hay nada que podamos sacar de todo esto?
–¿Algo que sacar de esto? – De nuevo sintió ese miedo, esa desazón, la aprensión de que su madre no sabía qué hacer ni qué decir.
–Para la compañía. ¿No te parece que podríamos abordar el campo de la ingeniería genética?
–No se te escapa nada, ¿eh? – rió Frederick-. La semana pasada le pregunté a Gradwohl si podríamos comenzar a investigar en este campo. De modo que nuestras dos mentes corren de nuevo parejas.
–Bueno, dejemos por ahora las cosas como están. Haz que esa chica venga por aquí tan pronto como sea posible.
–¡Siempre serás la misma! – Frederick la besó en ambas mejillas y se puso en pie-. Será mejor que me vaya. Le prometí a Christine que la llevaría a un nuevo restaurante en Les Halles esta noche. Le encantará saber que estás de tan buen humor.
–Querido, estoy en éxtasis desde que empezó este programa. Ha cambiado mi forma de ver la vida. ¿No has visto quién sale en pantalla? Pensaba que dirías algo al respecto, en especial ya que vi cómo le mirabas desde que entraste.
–Me temo que esta noche no he visto a nadie digno de mención, aunque no soy ningún fan del pop -le sonrió a su madre-. ¿No me digas que te has prendado de uno de esos rockeros?
–¡No seas ridículo! Quiero decir en este momento. ¡Mira!
¡Mira! No lo ves o qué… ahí, justo ahí, ¡con el micro en la mano! – Rita se excitaba hasta un grado peligroso. Se levantó del sofá y cogió a su hijo por los hombros, volviéndole la cabeza para que mirara el receptor-. ¡Mira, cariño! ¡Es Hubert! ¡Tu padre! Podría echarme a llorar de lo feliz que estoy de verle. No puedo ni imaginar lo que está haciendo con esa serpiente, ¿y tú? ¡Pero qué guapo es! ¡Oh, la verdad es que no soy capaz de esperar hasta que vuelva esta noche después del show!
Frederick se quedó helado en medio de la oscura habitación, observando cómo el más popular maestro de ceremonias de Francia contaba aún otro chiste y se quedaba a un lado mientras presentaba a su invitado, una hermosa encantadora de serpientes de la India oriental.
Rita se inclinaba hacia adelante, sus manos pequeñas y delgadas se extendían hacia el receptor de televisión.
Parecía haber olvidado la presencia de su hijo. En su rostro, iluminado por el resplandor del televisor, había una expresión de completa alegría, de estática gratitud. Estaba a punto de reunirse con su marido, el amor de su vida, que hacía ya casi diez años que había muerto.