Madre de alquiler
Capítulo 50
Complacido por su acción, Pancho se colgó el bandoneón del hombro y salió por la puerta en compañía de la niña dormida.
Capítulo 50
–¡Se ha ido! – gritó Cecil-. El bebé se ha ido. Hay algo en la cuna. ¡Dios mío, mirad!
Sin comprender nada, Jeff Sandlin miró con cara inexpresiva el montón de luises de oro que había sobre una sábana todavía caliente del cuerpo de la niña. De mente más rápida que el abogado, Bayard se lanzó hacia el contrato mediante el cual acababa de entregar la fortuna de la familia a dos forajidos de Tejas.
–¡Devuélvalo! – gritó histérico-. Ya no hay bebé. El contrato no es válido. ¡Lo cancelo! ¡Devuélvalo!
Sus dedos se estiraron como las pinzas de una enorme langosta y agarraron el borde del documento, pero Jeff Sandlin se aferraba a él con todas sus fuerzas. Hubo un ruido de papel rasgado, pero el tejano arrancó el contrato de la mano de Bayard. Este se quedó mirando sus dedos horriblemente apretados; sólo quedaba en ellos un pequeño fragmento de papel sin ningún valor.
–¡No es justo, no es justo, no merece el dinero! ¡Los Schomberg han trabajado muchos años para conseguirlo, no lo merece! – Las lágrimas resbalaban por los rollizos mofletes de Bayard. Parecía a punto de morir de una apoplejía-. No es justo… no es justo… no… es… justo.
–Se equivoca -dijo Jeff Sandlin, con toda la santurronería del mundo en su voz-. La señorita Gutman merece algo por tanto sufrimiento. ¿Le parece demasiado mil millones de dólares?
Cuando pronunció la cifra, hubo un chasquido en la mente de Bayard. Su cara pasó del rojo a un alarmante tono púrpura; el temblor sacudió su fofo cuerpo de Buda. Sin previo aviso, se lanzó hacia adelante, sus dedos todavía retorcidos buscaron ávidamente la garganta de Jeff Sandlin.
La fuerza de su impulso derribó al abogado; Bayard cayó encima de él.
El tejano era pequeño pero fuerte; Bayard era fofo como un almohadón, pero le sobrepasaba en veinticinco kilos. Los dos rodaron por el suelo aullando como animales enloquecidos. Perdido en la refriega, el contrato flotó por un momento en el aire y luego voló hasta el suelo para quedar a los pies de los hombres que se retorcían.
Cecil no vio ni oyó nada de la lucha. Miraba por la ventana, hacia el sendero que llevaba a la colina.
Pancho y Aurelie -el hermano de Christine Schomberg y la hija de Cecil- se habían desvanecido como si no hubieran existido más que en su febril imaginación.
De pronto Cecil salió por la puerta en la misma dirección que había tomado Pancho. El camino era malo, tropezó y se deslizó camino abajo. Tacones altos… ¿cómo era posible correr con algo así? Cecil se quitó sus flamantes zapatos y los arrojó a la hierba.
No hacía ni dos minutos que Pancho se había ido. Podría alcanzarlos, ¿pero qué podía decirle? Las palabras eran su fuerza, era una persona convincente, pero qué podría decirle a un hombre tan descarado, tozudo e irreverente. A Pancho no le importaban nada las palabras; vivía sólo para la música, y, como él mismo le había dicho, ella no tenía el menor sentido musical. ¿Qué medio de comunicación les quedaba?
Llegó corriendo a una curva del sendero y se detuvo en seco. Allí estaban, sobre una pequeña colina, encima de ella. Pancho ni siquiera apresuraba el paso, no le importaba lo que ella hiciera. Iba todo vestido de negro y llevaba una gorra en la cabeza. Llevaba a Aurelie en un brazo, y el estuche del bandoneón colgaba del otro. No había otra palabra para expresarlo: Pancho deambulaba. Deambulaba de la manera más indiferente posible. ¡Era insultante!
–¡GABRIEL!
Al oír el sonido de la voz de Cecil, Pancho se detuvo. Al menos, ya era algo. Cuando se volvió hacia ella, el sol estaba a su espalda y Cecil no podía ver sus rasgos. Ella dio unos vacilantes pasos en su dirección, y Pancho esperó.
Aquello también era algo.
–Gabriel, yo…
–¿De dónde has sacado ese estúpido nombre? – su voz era fría e implacable.
–Me lo imaginé. No fue demasiado difícil. Gabriel es un arcángel, pero también un heraldo de las buenas noticias -
Cecil balbuceaba; apenas sabía lo que decía-. Pancho y Paco son la abreviatura de Gabriel, no de Francisco, ¿verdad? Por eso nunca me dijiste tu nombre. Viniste para protegerme a mí y al bebé, pero querías que lo comprendiera por mí misma. Me ha costado, aunque finalmente así ha sido.
–Es demasiado tarde -dijo Pancho con una voz tan fría como el hielo-. Ya no sirve de nada.
–Eso es lo mismo que le dije a Serge.
–Ah, ¿finalmente te libraste de tu despreciable novio? Y
por eso, supongo, ahora quieres transferir tu afecto hacia mí.
Cecil hizo una mueca de dolor.
–¿No podrías ser un poco más amable?
–La amabilidad nunca ha sido una de mis virtudes y tampoco una de las tuyas. Y, como ya te he dicho, no sirve de nada. Aurelie y yo nos vamos.
–Eso es bastante obvio, ¿no te parece? – Las lágrimas difuminaron la visión de Cecil. «¡Qué puedo decirle! Si encontrara las palabras adecuadas.»
Pancho se dio la vuelta; ella sólo podía ver el movimiento de su silueta recortada contra el sol. Dentro de un instante los dos se habrían ido, habrían desaparecido de su vida para siempre.
–¡Pancho, maldita sea, espera un momento! ¡Yo la engendré, no tú! Fue a mí a quien arrastraron a una clínica para hacerme abortar, fue a mí a quien casi tiraron por una
ventana, fui yo quien prácticamente dio a luz en medio del bosque. Merezco al menos un pequeño favor, ¿no crees?
–¿Cuál? – en su voz no había ni simpatía, ni concesión, ni amor. Nada de amor.
–¿Podría tener en brazos a Aurelie sólo una vez antes de que te vayas? Sabes que nunca la he cogido. Probablemente crees que no tengo corazón, pero desde el principio se me dijo que era una Schomberg, que tendría que entregarla tan pronto como naciera. Me obligué a no quererla.
–Y también lo conseguiste.
–¡Y también la he mantenido con vida durante nueve meses, y al final ha sido para mí lo más importante!
Cecil dio un decidido paso hacia Pancho. Aurelie estaba en los brazos de él, completamente despierta y mirando a Cecil con unos minúsculos ojos de no-me-olvides. Su pelo rojo parecía la piel de un zorro.
Es pelo de Christine, pero también el mío. Y el de Nana, y el de mi padre.
- Estoy completamente segura que no se parece en nada a ti -dijo Cecil, mordiéndose el labio para no gritar. ¿O para no sonreír? De pronto se sintió alegre.
Pancho mantenía un extraño silencio; dejó que Cecil cogiera a la niña sin una palabra de protesta. Aurelie era una maravilla, tan ligera como un pájaro sin huesos, un pequeño capullo en flor. Cecil hundió la nariz en el pelo limpio y fragante de Aurelie.
–¿Quién te lo dijo?
–¿El qué? – preguntó ella inocentemente, besando la mejilla de la niña.
Pancho fruncía el ceño; parecía esforzarse para no parecer severo e implacable.
–Mi nombre… y que yo soy el padre.
Cecil le miró con sus inmensos ojos púrpura. Estaba completamente despeinada; el pelo le caía sobre la cara en caóticos rizos de colegiala; tenía la cara arrebolada y veteada de suciedad. Nunca había estado tan hermosa.
–Nadie me ha dicho nada. Soy una bruja, una drabari.
Oraga me enseñó.
De pronto, Pancho prorrumpió en una sonora carcajada.
Atrajo a Cecil hacia él y la besó, estrujando a la niña entre ellos. Apretada como estaba, Aurelie no protestó; la distraía la risa del músico y el tacto de aquellos cuerpos blandos y cálidos que la rodeaban.
–No irás lejos sin zapatos -dijo Pancho suavemente, rozando la oreja de Cecil con sus labios.
–Hemos vivido en aquella casa durante tres meses y todavía no sabes nada de mí -le susurró Cecil-. ¡Siempre llego allí donde me propongo ir!
Con su más insinuante voz de Jean-Luc, Pancho dijo:
-Querida*, creo que has pronunciado las palabras mágicas para seducirme. ¿Qué te parece si los padres de esta niña llegan a conocerse mejor?
–Creo que es una oferta que no puedo rechazar.
Al cabo de unos momentos, Cecil murmuró de manera un tanto aturdida.
–Pancho, tengo una idea.
–¿Qué es, querida mía*?
- Bueno, ¿no crees que hemos actuado al revés de lo normal en estos casos? Quiero decir que si alguna vez decidimos tener otro hijo, ¿no sería más divertido hacer el amor primero?
Pero Pancho ya la besaba de nuevo, y la cabeza de Cecil daba vueltas, y por eso, finalmente, dejó de hablar. Y ella que no tenía sentido musical, en aquel momento oía sonar una arrebatadora melodía.
* * *
[1] Happy Hour: En los bares de Estados Unidos (y en los
bares americanos en otros países), a determinadas horas los
combinados se cobran a mitad de precio. (N. del T.)
[2] En español en el original. (N. del T.) (A partir de
ahora, todos los textos en español en el original irán en
cursiva con un asterisco.)
[3] Literalmente. Parane Monte de Ratas. (N. del T.)
[4] En inglés, squash, como verbo, significa aplastar,
apabullar. (N. del T.)
[5] WASP: white anglo saxon protestant (blanco,
anglosajón y protestante): así se denomina en Estados
Unidos a aquellos que presumen de no tener antepasados
«de color», ni judíos ni católicos. (N. del T.)
[6] Referencia a los abogados turbios en EE.UU. que
ofrecen sus servicios a los heridos mientras los transportan
al hospital.
[7] Juego de palabras: Mica dice embarrass por
«embarazar, preñar», cuando en realidad significa
«azorarse, desconcertarse». (N, del T.)
[8] Shandy: mezcla de cerveza y limonada. (N. del T.)
[9] En inglés, wet es «húmedo», pero también «soso,
bobo». (N. del T.)
[10] Se refiere a la serie norteamericana The Twilight
zone, emitida por Televisión Española y por algún canal
autonómico. (N. del T.)
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- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- JOYEUX NOËL!
- MUERE LA PAREJA SCHOMBERG
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- Capítulo 37
- Capítulo 38
- Capítulo 39
- Capítulo 40
- Capítulo 41
- Capítulo 42
- Capítulo 43
- Capítulo 45
- Capítulo 46
- Capítulo 47
- Capítulo 49
- Capítulo 50
Terminaste Madre de alquiler
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