Madre de alquiler
Capítulo 18
–Por supuesto que sí, señor Schomberg. Encantado de poder serle útil. Y ya que trabajamos juntos, ¿puedo llamarle Bayard? Por favor, llámeme Jeff. Veamos, mi secretaria acaba de traerme la ficha. Cecil Gutman se encuentra en el Grand Hôtel et Café de Bordeaux. Un poco lejos, ¿no le parece? La dirección es Place Comedie, Burdeos, teléfono 90-93-44.
–Muy amable por su parte, señor… eh, Jeffrey. – Bayard soltó una risita. Se sentía en la cima del mundo. Nada podía detenerle ahora-. Quédese tranquilo, nunca olvidaré lo que ha hecho por nuestra familia, Jeffrey. Sólo espero poder expresarle mi agradecimiento en persona algún día.
Bayard colgó el auricular, aguardó un instante y volvió a cogerlo. De su garganta brotó una carcajada y tardó varios minutos antes de poder hacer la siguiente, y muy importante, llamada.
Al otro extremo del mundo, Jeff Sandlin se quedó tamborileando sobre la mesa de mármol de su despacho con su regla de oro. Denise estaba sentada al borde de la misma mesa, a unos quince centímetros de distancia. Vestía una blusa de seda azul y una minifalda de terciopelo, y lanzaba miradas provocativas a su jefe. Pero los pensamientos de Sandlin estaban en otra parte.
–Ese fulano francés ha ido un poco demasiado lejos con lo de su cuenta en Suiza. Algo muy extraño está ocurriendo ahí, y voy a averiguar de qué se trata.
–¿Puedo ayudarte, cariño?
Sandlin le lanzó una de sus maquiavélicas sonrisas.
–¿Qué me dirías de llevar a una amiga a una cena con champán, al Country Club de Dallas?
–¿A cuenta de tu tarjeta de crédito?
–A cuenta de mi tarjeta de crédito.
–¡Me parece magnífico! ¿Y quién es mi amiga?
–Estelle Blaney. La enfermera jefe de Sam Sweeney.
Capítulo 18
Aeropuerto de Burdeos – Mérignac El primer vuelo Burdeos-Niza de la mañana salía a las ocho. Cecil llegó a la oficina de embarque del aeropuerto de Mérignac a las 7:20, sólo para que le dijeran que el vuelo sufría un retraso de al menos una hora debido a ciertos problemas mecánicos. Compró un montón de revistas en el quiosco de prensa y luego se sentó en la barra del bar.
Mientras aguardaba a que le trajeran un croissant y un café crème, hojeó con desgana las páginas del París-Match. Sus pensamientos se centraban en la semana que había pasado en Burdeos.
Cecil había ido a ver el show de Pancho Paso Real tres veces, y se habían encontrado para almorzar en los muelles casi cada mediodía. Aunque Pancho fascinaba a Cecil, también le daba un poco de miedo. No sabía decir por qué.
Dejando aparte el hecho de que era un músico soberbio, sabía muy poco de él, pero se había quedado impresionada al ver lo mucho que su público, predominantemente joven, apreciaba los sonidos dramáticos y emocionantes del bandoneón. Gran parte de la música la componía él mismo: mezclas voluptuosas de tango, ritmos africanos y candombe de su Uruguay nativo. Todo vestido de negro, con aquella cara repleta de ángulos y huecos, pálido debido a la fatiga de haber estado tocando sin parar durante dos largas horas, Pancho asumía en cada actuación el disfraz de una persona inquietante, procedente de otro mundo y ferozmente obsesionada con la música.
Cecil pensaba que los dos eran muy buenos amigos hasta dos días atrás cuando Pancho desapareció de su vida tan abruptamente como había irrumpido en ella. No supo cómo encontrarle. El festival latinoamericano había concluido, y Pancho nunca le había dicho dónde se alojaba en Burdeos.
Fue su desaparición, más que ninguna otra cosa, la que la decidió a proseguir su viaje hasta Niza. El súbito cambio meteorológico también había contribuido a ello. El
espléndido sol había desaparecido, reemplazado por unas nubes púrpuras y oscuras y por un viento helado que el portero del hotel le dijo que procedía directamente del Macizo Central. Cuando comenzó a llover, unas gotas heladas le golpearon la cara y las manos y parecieron penetrar su ropa hasta los huesos, Cecil hizo su reserva en Air-Inter, y luego fue andando hasta la Place de la Victoire para despedirse del Rendez-Vous des Sportifs. Adiós a un sueño al que todavía no estaba segura de poseer el coraje de renunciar.
Mientras tomaba un chocolate caliente, sentada en una de las mesas del interior sobrecalentado por la calefacción, Cecil había visto asombrada cómo Madame Vlady entraba en el bar tirando del carrito de la compra que utilizaba para transportar sus vituallas. Madame Vlady se había dirigido directamente a la barra y había pedido un coñac; llevaba un abrigo de lana verde que le llegaba casi hasta los tobillos y un sombrero a cuadros para la lluvia. Cuando distinguió a Cecil reflejada en el espejo que había detrás de la barra, un rubor de sorpresa lleno de culpabilidad se asentó en su rostro delgado y aristocrático. Rápidamente dejó su coñac en la barra y se encaminó hacia la mesa de Cecil.
-Bonjour, Mademoiselle Gutman. Me ha sorprendido verla aquí. La creía en Niza.
–¿Ah sí? – preguntó Cecil en tono evasivo. Un destello de cólera había asomado a sus ojos desde el momento en que viera a Madame Vlady en la puerta, agitando su paraguas.
–He tenido ocasión de hablar con mi hijo desde la última vez que nos vimos. Se sintió muy molesto al saber que yo no tenía el nombre de su hotel en Burdeos.
Cecil dio un sorbo a su chocolate caliente y no dijo nada.
Tampoco invitó a Madame Vlady a sentarse a su mesa.
La mujer no dejaba de lanzar nerviosas miradas a su carrito de la compra, obviamente temerosa de que alguien pudiera huir con sus puerros y cebollas mientras ella
conversaba con aquella fastidiosa americana. Viendo que Cecil no iba a facilitarle la tarea, le entregó el mensaje.
–Mi hijo me pidió que le dijera, si volvía a verla, que estará encantado de que le llame tan pronto como llegue a Niza. ¿Tiene el número que le di?
–Lo tengo.
–¿Le llamará entonces?
–Ya he recibido su mensaje, Madame Vlady -dijo Cecil bruscamente-. Puede decirle a Serge que es todo lo que tenía que decir -de manera lenta y deliberada, volvió la cabeza y fingió observar a los dos jugadores del flipper.
Sin embargo, la mujer continuó allí de pie.
–¿Puedo saber qué día va a salir para Niza?
–La verdad es que no estoy segura. El miércoles por la mañana. Es posible.
–¿En el primer avión?
–Quizá.
–Señorita Gutman, tengo la impresión de que conoce usted a mi hijo mejor de lo que dejó entrever el día que vino a mi casa.
–Se equivoca, Madame Vlady. Serge es un completo extraño para mí. Siento decir que ignoro hasta el menor detalle de él.
La mujer vaciló un momento, insegura de cómo prolongar su interrogatorio.
–Muy bien, entonces, Mademoiselle Gutman -dijo nerviosamente antes de apresurarse a tomar su precioso cargamento de frutas y verduras. Luego, con una última y perpleja mirada a Cecil, salió a la calle bajo una lluvia torrencial.
De modo que después de dieciocho meses de silencio total, pensaba Cecil mientras giraba con aire ausente otra página del Paris-Match, en el aeropuerto, al niño de mamá le vienen de pronto unas terribles prisas por verme. ¡Qué conmovedor! De pronto se sintió mareada; apartó su café a un lado y se puso la cabeza entre las manos, apretándose
las sienes con los dedos. Tuvo la esperanza de que no llegara a convertirse en un dolor de cabeza antes de despegar. Quizá tenía sueño. Se había tenido que levantar a una hora muy temprana para tomar ese vuelo.
Un hombre alto que llevaba un chándal azul estaba sentado en el taburete vecino al suyo; llevaba una gran bolsa de deporte de tela con la palabra Ellesse estampada a un lado. Puso la bolsa en el suelo y pidió un café crème.
Tenía unos treinta años, el pelo rubio y ondulado y el rostro bronceado. Parecía un alemán grande y saludable.
–¿Usted también toma el vuelo para Niza? – le preguntó a Cecil. El hombre no poseía el menor acento alemán, al contrario, su voz poseía el ritmo soleado del francés sureño.
–Sí.
–Este retraso es un verdadero fastidio.
–¿Cree que existe alguna posibilidad de que el avión salga a las nueve?
–Nunca te dicen lo que pasa, ¿no cree? No nos queda más que esperar.
El corazón de Cecil palpitaba con fuerza. No deseaba entablar conversación con nadie, aunque este hombre era bastante agradable. Por su aspecto y por su bolsa Ellesse, dedujo que era un tenista profesional. Giró otra página de la revista y de repente contuvo el aliento. Las letras casi saltaban de la página: próspera mujer de negocios francesa era el título en letra negrita. En el epígrafe de la foto podía leerse: christine de la rouvay, presidenta de la mundialmente famosa empresa que lleva su nombre.
De modo que allí estaba por fin: su imagen reflejada en el espejo. Sólo que en el lado del espejo que habitaba Christine Schomberg todo titilaba con el lustre del oro puro, mientras que en el suyo los destellos eran falsos. No podía apartar sus ojos de la alborotada maraña de pelo, más oscuro que el suyo pero más tupido, más generoso. Ése era el cabello que Sam Sweeney y Rita Schomberg habían tenido en mente mientras recorrían el suyo con los dedos.
¿Había sido ésa la perversa razón por la que la habían elegido? ¿Debido al parecido superficial con la mujer cuyo hijo iba a traer al mundo? Sólo que Christine Schomberg, ahora podía verlo, era mayor que ella; se observaban unas arrugas sutiles y apenas perceptibles alrededor de sus ojos violeta, de su boca carnosa. Cecil por tanto tenía la juventud de su lado. La juventud y un niño que todavía le pertenecía durante cinco meses. Christine Schomberg tenía todo lo demás.
Dio un sobro al café que quedaba en la taza que había apartado. Estaba frío y amargo, y volvió a dejar la taza con un rictus de disgusto.
–¿Puedo ofrecerle otro?
Ella levantó la mirada asombrada; era su vecino, el atractivo rubio de la bolsa de deporte. Antes de que ella pudiera responder, él le hizo seña al barman y pidió dos cafés.
–¿Supongo que con este tiempo no querrá tomarse el café frío? ¿Dónde se alojará en Niza?
–No tengo ni idea. ¿Cuál es el mejor hotel?
–El Negresco, si le gusta la opulencia fin de siglo. El Ruhl es más moderno, y está más cerca de la Place Massena.
–Creo que optaré por el Negresco.
–¡Estupendo! Ahí es donde me alojo yo. De día me entreno en el Sophie-Antipolis, a una media hora de Niza, pero todas las tardes vuelvo a la ciudad. ¿Qué me diría de…?
Cecil sintió que algo le golpeaba el codo. El café se derramó encima del brillante pelo de Christine Schomberg, cubriéndolo de una fea mancha marrón.
-Querida mia*, lo siento. Estaba tan excitado de verte sentada aquí que te hecho derramar el café. Perdóname, por favor. De todos modos debemos irnos. ¿No has oído que están llamando a nuestro vuelo?
Con una mirada tan inocente como la de alguien que acaba de caer directamente del cielo, Pancho permanecía
de pie, estrujado en el angosto espacio que había entre Cecil y el deportista rubio. Ya había cogido su pequeña bolsa de viaje con una mano.
–¡Pancho! ¿Qué demonios estás haciendo aquí? ¿Dónde has estado?
–Te lo contaré todo en el avión. ¡Date prisa! ¡Sólo nos quedan quince minutos antes de despegar!
Y de pronto, de manera increíble, corrían juntos hacia la puerta. Pancho iba delante, tirando de Cecil.
–Hay estrictas medidas de seguridad porque se teme un atentado en París. Debes darte prisa. Vamos… ¿no puedes correr un poco más deprisa?
–No, no puedo. No me encuentro bien.
–¿Qué te pasa, pimpollo*? ¿Es porque te he apartado de ese impresionante rubio que estás tan débil?
–¡Deja de empujarme! Me duele el costado, y cada vez va a peor. – Cecil frenó el paso, y dijo intentando despertar su comprensión-. Se supone que no debo correr, Pancho.
Estoy embarazada.
–¿Es eso cierto? – Se detuvo en seco, dejó sus bolsas en el suelo y rodeó con los brazos a Cecil, acercándola a él. Su mirada no parecía feroz ahora, sino burlonamente tierna.
–Pareces terriblemente complacido por eso -dijo Cecil, con una nota de resentimiento en su voz.
–Por supuesto que lo estoy, querida*, por ti. Los gitanos aman a los niños más que a ninguna otra cosa. Son nuestro capital, nuestra fortuna.
–Ojalá éste pudiera ser mío -dijo Cecil con tristeza, pero Pancho no la oyó.
Un oficial de seguridad había cogido su equipaje de mano y conducía a Pancho hacia una cabina rodeada de cortinas. Cecil fue en dirección contraria: cuando salió de la cabina, se encontró con un enorme alboroto alrededor de la máquina de rayos X. Un hombre armado hablaba con Pancho mientras una mujer pequeña y de piel oscura señalaba cautelosa la caja oblonga cubierta de cuero negro
que había en la mesa delante de ella. Las asas, los cierres y los adornos eran de plata, y parecía un ataúd en miniatura.
¿Llevaba Pancho eso en la mano cuando se encontraron en el bar? ¿Había estado realmente tan emocionado por el hecho de que ella estuviera embarazada, era probable que esa caja contuviera posiblemente un diminuto cadáver? No era de extrañar que los guardias estuvieran tan alterados.
Esa era entonces la razón por la que Pancho había desaparecido durante dos días de Burdeos… para ir a un funeral. ¡No! Debía dejar de pensar eso; de nuevo se comportaba de modo irracional. Pancho no intentaría transportar un cadáver en avión. ¿Cómo podía haber llegado a pensar una cosa así? Si al menos la cabeza dejara de palpitarle de un modo tan horrible.
Ante las inflexibles exigencias de la oficial, Pancho abrió los cierres y levantó la tapa de la caja. Varias personas se reunieron para mirar por encima de su hombro; hubo un comentario, risitas y toses nerviosas. La mujer insistía en que sacara el objeto de su lecho de cuero negro, y Pancho la obedeció y de la caja sacó su bandoneón. Lo sostuvo en el aire y tocó una serie de notas que resonaron a través del aeropuerto como la súbita vibración de un órgano en la nave de una catedral vacía.
–¿Qué es esto? – preguntó la oficial de seguridad. Todavía mostraba una expresión de desconfianza.
–Un instrumento musical denominado bandoneón.
–Nunca había oído hablar de él -insistió ella con terquedad.
–Eso es cosa suya, Madame, no mía.
A continuación, ante la carcajada general, volvió a colocar el instrumento en su caja. De nuevo echaron a correr: llegaron al interior del avión segundos antes de que las puertas se cerraran y el capitán comenzara a bombardearles con detalles del vuelo. La cabina estaba sólo a medio llenar, y no había señal alguna del atleta rubio del bar. Cecil concluyó que había perdido el avión.
–Se llama ataúd -la voz de Pancho pareció caer del cielo y Cecil se sobresaltó. ¿Había leído sus pensamientos en la puerta de control?-. Es el nombre que los músicos de Montevideo y Buenos Aires dan a esta caja debido a su color negro y a sus ornamentos plateados. En la máquina de rayos X el bandoneón parece unas paletas de metal, de modo que es natural que la mujer lo tomara por una especie de arma o bomba. A propósito, no me gusta tu amigo. Una chica como tú, que pronto va a ser madre, no debería relacionarse con una persona como esa.
–¿Qué amigo? – preguntó inocentemente Cecil.
–Ese gigante rubio que intentaba ligar contigo.
–¿De qué estás hablando? Apenas intercambié dos palabras con él, y fue extremadamente educado. De todos modos, ¿es eso asunto tuyo?
–Lo será a partir de ahora. – Lanzó a Cecil una de esas sonrisas que lo hacían parecer feroz, enloquecido, impredecible. Cecil tembló, aunque fue incapaz de decir a causa de qué emoción.
–Bueno, ¿qué había de malo en él?
–Sólo una cosa, llevaba una pistola.
–Una pistola. Has visto demasiadas películas de gangsters. ¿Qué te hace pensar eso?
–La noté. Llevaba una funda bajo la holgada chaqueta del chándal, y en la funda, voilà, una pistola. No me mires así.
Lo que te digo es sólo la verdad.
–Pancho, los dos estamos de acuerdo en que eres un genio de la música, pero cuando empiezas a imaginarte historias para intrigar a las jovencitas, tu valor disminuye drásticamente. ¿Cuándo estuviste lo suficientemente cerca de ese hombre como para notar la pistola?
–Cuando le quité esto -debajo de su larga bufanda de cachemir, Pancho sacó una cartera de color marrón, perfectamente plana y de una piel de reptil brillante.
Cecil meneó la cabeza, incrédula.
–¿Le has robado la cartera?
–Naturalmente.
–¿Pero por qué?
–Por qué ha de haber una razón. Entre los míos robar carteras es un deporte, como las carreras de coches o el tenis en tu país. Antes de saber leer, incluso antes de ir a la escuela, ya era un experto en robar carteras.
–¿Quién te enseñó?
–Mi abuela.
–¿Tu abuela? – Cecil comenzaba a sentirse como una estúpida: parecía incapaz de hacer otra cosa que no fuera repetir las palabras de Pancho inmediatamente después de que él las pronunciara. ¿Debía asumir una actitud de diversión o de indignación? Quizá lo mejor sería, sencillamente, reírse. Probablemente no había ni una palabra de verdad en la historia de Pancho.
–¿Tu abuela te enseñó a robar carteras por alguna razón en especial, o fue simplemente algo que los dos practicabais juntos en vuestra roulotte en los días de lluvia?
–Yo era el acompañante de mi abuela. Comenzamos juntos en los mercados de Montevideo, y posteriormente nos trasladamos a Buenos Aires. Ella me eligió de entre todos sus nietos a causa de mis manos. Cuando era niño ya eran así. – Se las enseñó a Cecil para que las examinara. Los dedos eran finos, largos y ahuesados. Unas manos de músico. También unas manos de ladrón-. Cuando lo hacía bien, me refiero a pasarle las carteras y las joyas, ella me compraba alfajores*, Son unos pasteles dulces que hacen en Argentina. Los de chocolate eran mis favoritos. Y como era un niño muy goloso, me convertí en un magnífico carterista.
–Ya veo. ¿Y por qué cogiste esta cartera en particular?
Pancho soltó una sonora carcajada.
–Tengo que practicar o me oxidaré.
–¿De modo que no es más que una estúpida broma?
–También algo más. No me gusta este Alan Mueller.
–¿Cómo sabes su nombre?
–Estaba en su carnet de identidad francés.
–Parecía alemán, pero tenía acento de Niza. Quizá se trate de un alsaciano que se crió en el sur de Francia.
–Deberías estarme agradecida -comentó sardónicamente Pancho-. La cartera del señor Mueller nos ha proporcionado un interesante tema de conversación para nuestro vuelo, que de otro modo hubiera sido muy aburrido. Se ha resuelto el misterio de sus dudosos orígenes. Y quizás haya una buena recompensa para la persona que le devuelva su dinero.
–¿Vas a quedártela?
–No, sólo para hacerte feliz, la dejaré en la bolsa de nuestro asiento. La azafata o la mujer de la limpieza la encontrarán y la entregarán a la compañía. Tu amigo Alan Mueller pasará algunas horas intentando averiguar cómo pudo perder un billetero en un avión que nunca tomó.
–Y qué tal sí me explicas por que vas en este vuelo. ¿Y
qué ocurrió en Burdeos?
–No ocurrió nada. ¿Qué quieres decir?
–Desapareciste sin mediar palabra.
–Es una de mis desafortunadas costumbres. Había estado demasiado tiempo en el hotel de Burdeos. Tenía que escapar. Me fui dos días al campo a dormir bajo las estrellas.
Fuiste tú quien habías desaparecido cuando regresé a buscarte. Estoy muy contento de que nos hayamos vuelto a encontrar.
–¿Y por qué vas a Niza?
–Tengo un contrato con un club nocturno. Una semana, quizá más tiempo si al público le gusta.
–Les gustará.
Cecil echó el asiento hacia atrás y dejó que sus párpados se cerraran, fingiendo dormir. Sentía unas fuertes punzadas que le roían su abdomen, y el dolor de cabeza había regresado como una venganza. Y por sí fuera poco, estaba preocupada por su compañero. Estaba segura de que había algo más en el episodio del robo de la cartera de lo que
Pancho le había dicho. Procuraría mantener su bolso bien sujeto. Después de todo, se había alojado en uno de los mejores hoteles de Burdeos. Probablemente Pancho creía que era una turista rica. Era más que probable que la hubiera seguido desde el hotel hasta el aeropuerto aquella misma mañana.
–Estás pensando que quiero robarte. ¿Me equivoco?
Los ojos de Cecil se abrieron de golpe. Pancho la estudiaba muy de cerca, con una socarrona sonrisa en los labios.
–Me ha pasado por la cabeza.
–Ya sé lo que hay en tu bolso. Dinero en efectivo y una tarjeta de crédito de un banco francés, pero nada más de valor.
–¿Cómo… cuándo…?
–La primera tarde que nos vimos en el café junto al río.
Me lo pusiste fácil bebiendo demasiado vino. No estoy contigo por tu dinero, querida*. Si me lo dieras, lo tiraría.
–Una vez dije algo parecido… a un abogado.
–¿Y te has arrepentido?
–He llegado a pensar que era un comentario extremadamente estúpido.
Cecil le lanzó una triste sonrisa y decidió que tan pronto como encontrara habitación en Niza, ella y Pancho se separarían. Tan sólo esperaba que no estuviera leyendo su mente en aquel mismo instante.
Se encontraban todavía a media hora de Niza cuando un terrible dolor atravesó el abdomen de Cecil. Boqueó y se dobló sobre sí misma, intentando aflojar el cinturón de seguridad con sus dedos temblorosos. ¿Se lo había apretado tanto que le había hecho daño al bebé? ¿O habían sido sus pensamientos de hacía un instante? Pensamientos de llegar a la Riviera en otras circunstancias que llevando un bebé de otra mujer, traducido en forma de afiladas agujas que le aguijoneaban la carne, intentando expulsar a un ocupante no deseado.
Cecil se volvió hacia Pancho y comenzó a temblar. Él levantó la mirada de las notas que tomaba en una libreta, vio su cara completamente blanca, y se quitó los auriculares.
-Chica, ¿qué te pasa?*
– Dolor. ¡Mucho dolor! -ella casi gritaba, sin tener conciencia de que hablaba en español-. ¡Por favor, llama a la azafata!*
Cecil esperaba que Pancho apretara el botón que había encima de su cabeza, pero en lugar de eso salió disparado de su asiento y corrió por el pasillo en dirección a donde se hallaban las azafatas. Cuando regresó con una mujer de mediana edad, Cecil se había estirado sobre los tres asientos y estaba echada con las rodillas levantadas y apretándose el estómago con ambas manos.
– Madame, soy la jefa de cabina, ¿puede decirme qué clase de dolor siente?
Cecil no podía hablar. Algo terrible estaba sucediendo en el interior de su cuerpo, un dolor atroz, como si la desgarrara un garfio de insoportables proporciones. ¿Cómo podía ser que eso le ocurriera en un avión? Iba a morir en el cielo, al igual que un pájaro martirizado.
La mujer se volvió hacia Pancho, con una expresión de inquietud.
–¿Es usted su marido? ¿No sabe qué le ocurre?
–Puede que esté embarazada. Debe avisar a Niza para que envíen una ambulancia.
–Muy bien. Haré que el piloto lo notifique por radio. ¿Se quedará usted con ella?
–Sí, vaya, por favor. Yo me encargaré de ella hasta que aterricemos.
Otra azafata trajo toallas, y Pancho se arrodilló junto a ella intentando torpemente secarle el sudor de la frente.
Ella gemía, y todo su cuerpo se había puesto a temblar como si estuviera sacudido por los escalofríos y la fiebre.
Pancho extendió su chaqueta sobre su cuerpo tembloroso.
–¿Cuánto… cuánto falta…?
–Otros diez minutos. No es nada. Simplemente relájate, ya casi hemos llegado, pobrecita*.
La jefa de cabina regresó. Habló con Pancho en voz baja y tranquilizadora.
–La ambulancia se reunirá con nosotros en la pista de aterrizaje, y un médico subirá a bordo tan pronto como tomemos tierra. Se ha dispuesto todo para llevarla directamente a una clínica para un tratamiento de urgencia.
–Muy bien -replicó él-. ¿Y quién ha dispuesto todo esto de que me habla?
La mujer lo miró sorprendida.
–No lo sé. Alguien en la torre de control, supongo. ¿Por qué lo pregunta?
–Siempre resulta prudente saber adónde vas en esta vida, y por qué. En especial si estás tan enfermo como ella.
Ella le observó con suspicacia.
–¿Es usted el marido? ¿Está seguro de que está embarazada?
–No, pero creo que es mejor llevarla a un lugar bien equipado para este tipo de emergencias. Si está en ese estado, seguramente no querrá perder al bebé.
–Por favor… -Cecil se había medio incorporado ahora. Su cara no tenía ningún color, y todavía se sujetaba el estómago-. Pancho… no lo comprendo… ¿Cómo puede ser que este dolor aparezca tan de repente?
–Pronto lo sabremos. Ahora relájate.
El avión aterrizó minutos después en una pista que bordeaba las aguas azules del Mediterráneo. Una azafata pidió a los pasajeros que permanecieran en sus asientos hasta que la evacuación de emergencia de una persona enferma hubiera finalizado. Los más próximos a Cecil se volvieron hacia ella con curiosidad.
-Madame, la silla de ruedas está aquí. ¿Puede sentarse?
–Sí, eso creo. Me siento un poco mejor. Incluso podría andar.
–No, no, no se esfuerce. Ya viene el doctor.
Un hombre de rostro agradable, de unos cuarenta años, apareció por el pasillo llevando un maletín. Tenía el pelo negro y rizado, los ojos profundamente engastados y se presentó a Pancho con un pronunciado acento norteafricano. Era, obviamente, lo que los franceses llamaban un pied-noir, hijo de colonizadores de Marruecos, Túnez o Argelia.
–Soy el doctor López. Bajaremos a esta joven en el ascensor hasta la ambulancia. Por favor, Mademoiselle, no intente andar, quédese sentada y tranquila. La sacaremos de aquí en un minuto.
Un empleado de tierra ya empujaba la silla de ruedas hacia una puerta en la zona de cocina que conectaba directamente con un camion ascensor que se utilizaba para evacuaciones de emergencia, así como para cargar los alimentos y otros objetos. El doctor se volvió hacia Pancho y dijo:
–Ahora está en buenas manos. Procuraremos que le llame más tarde para darle noticias.
–Voy con ella.
–No hay sitio en la ambulancia -dijo secamente el doctor López-. Le llamaremos.
–Creo que no me ha entendido. He dicho que yo también voy. Iré sentado con ella en la parte de atrás de la ambulancia.
-Mais c'est impossible, Monsieur. No haga una escena.
Esto es una emergencia médica.
Pancho apartó al doctor y corrió por el pasillo tras la silla de ruedas. Esta ya se encontraba en la cabina elevada del camión de carga. Viendo la expresión de ira de la cara de Pancho, el enfermero intentó cerrarle el paso; al mismo tiempo apretó el botón que cerraba las puertas neumáticas.
Pancho saltó hacia adelante y aterrizó en el interior de la cabina, justo en el momento en que las puertas metálicas se cerraban detrás de él.
–Cecil -dijo sin aliento-. Quiero quedarme contigo. ¿Estás de acuerdo? ¿Quieres que esté aquí?
–Oh sí, por favor, no me dejes sola -susurró. Para su vergüenza, las lágrimas corrían por sus mejillas. Esta era la llegada a Niza que ella había osado imaginar como una maravillosa celebración, con Serge esperándola en el aeropuerto, portando un gran ramo de flores. Aun en el caso de que estuviera allí (advertido por su madre de su posible llegada aquella mañana) nunca sabría que la habían llevado a un hospital gravemente enferma. Mientras descendía, comenzó a llorar de verdad. Pancho le cogió una mano y se la apretó como si comprendiera que lloraba menos de dolor físico, el cual había aminorado un poco, que por la pérdida de sus estúpidos sueños juveniles.
El doctor López les esperaba junto a la ambulancia. Su actitud había cambiado completamente.
–Por favor, vaya delante con el conductor -dijo amistosamente a Pancho-. No me di cuenta de que eran buenos amigos. Estoy seguro de que su apoyo moral la complacerá.
Cecil fue colocada en una camilla. Mientras el doctor subía a la parte de atrás de la ambulancia con ella, por un instante pudo ver el límpido azul del cielo. A muy poca distancia de la pista de aterrizaje, con su color turquesa y sus crestas de plata, el Mediterráneo centelleaba a la luz del sol.
Durante el camino hasta la clínica, el doctor López controló mediante un monitor las contracciones de Cecil, así como los latidos del corazón del feto.
–¿Puede decirme exactamente en qué mes de gestación se encuentra?
–Pasa un día o dos de los cuatro meses.
–¿Quién es su médico?
–El doctor Samuel Sweeney de Dallas. Antes de hacer nada, póngase en contacto con él. Aquí tengo su número de teléfono. Es muy importante que hable con él -pero al decir
estas palabras recordó que ella misma hacía una semana que intentaba encontrar a Sam sin ningún éxito. Jeff Sandlin le había prometido hacérselo saber tan pronto como le localizara, pero en Burdeos Cecil no se había vuelto a preocupar de llamarle.
–Lo intentaré, Mademoiselle, pero es posible que precise usted un tratamiento de urgencia en cuanto lleguemos a la clínica. ¿Supongo que no querrá perder el bebé a causa de demoras innecesarias?
La expresión alarmada del doctor sólo sirvió para aumentar la angustia de Cecil.
–¿Quiere decir que estoy perdiendo el niño?
–Yo diría que puede ocurrir. Dígame, ¿había estado embarazada anteriormente? ¿Ha perdido algún bebé o le han practicado un aborto?
–Sí -la voz de Cecil apenas era audible.
–Entonces le haremos una punción amniotica en cuanto lleguemos. La someteremos a un test de sensibilidad, y si da positivo será necesario suministrarle una transfusión de emergencia a su hijo.
–¿Al niño? ¿Una transfusión? No le entiendo.
– Mademoiselle Gutman, es probable que el Rh de usted y de su bebé sea incompatible. Antes eso era algo muy grave y solía acabar con la muerte del feto, pero por fortuna la tecnología ha avanzado y podemos «cambiar» la sangre de un feto suministrándole una transfusión intrauterina. Su bebé aún es muy pequeño para emplear el método, pero si es necesario lo haremos. Voy a darle algo para dormir. Debe encontrarse perfectamente relajada cuando…
–¡No! No quiero ninguna inyección. Tengo que estar despierta cuando hable con el doctor Samuel Sweeney. No tengo derecho a tomar una decisión así sin su consentimiento.
–¿Derecho? Mademoiselle, le estoy diciendo que es cuestión de vida o muerte. Su médico nunca insistiría en
tratarla desde el otro lado del Atlántico si supiera el riesgo que corre el niño.
–Doctor, ¿existe la mínima posibilidad de que cometa usted un error? Ese terrible y violento dolor que tenía en el avión ha cesado. Es casi como si hubiera… desaparecido. Sé que parece raro, pero ésa es la mejor descripción que se me ocurre.
La ambulancia se detuvo y el conductor abrió la puerta de atrás. Pancho estaba detrás de él. Escrutó el interior, sus ojos iban de un lado a otro y su boca estaba tan contraída como si él mismo sufriera el dolor.
-Querida*, ¿cómo te sientes ahora?
–Después de todos los problemas que te he causado, me avergüenza decir que me siento mejor. Creo que… -dijo volviéndose hacia el doctor López- me gustaría ir a un hotel en lugar de ingresar en la clínica.
–¡Pero es imperioso que le practique la prueba que le he mencionado! Le dije que era cuestión de vida o muerte.
–¿Para quién?
–¿A qué se refiere? – su irritada mirada fue de Cecil a Pancho y luego regresó a ella.
–¿Cuestión de vida o muerte para mí o para el bebé?
–Naturalmente me refería al feto.
–Doctor López, le prometo que llamaré a mi médico en cuanto llegue a mi hotel. Si su opinión es que debo someterme a esta prueba o a la transfusión, o a ambas cosas, entonces volveré mañana.
–Pero Mademoiselle…
–Ella no quiere quedarse aquí -dijo Pancho con una voz engañosamente serena. Se colocó entre Cecil y el doctor, con una expresión amenazante en sus ojos negros-. No intente obligarla.
–Creo, joven, que no debería entrometerse en este asunto. Mademoiselle Gutman podría perder el niño por su culpa.