Madre de alquiler
Capítulo 30
nacimiento del bebé?
Capítulo 30
Cercanías de Grasse
Hacía más de medio siglo que nadie le llamaba por su nombre de pila.
«Ahí va el viejo Mezange», murmuraba la gente cuando pasaba. No era un comentario amistoso. Los del pueblo nunca hablaban a aquel gigante envejecido a menos que fuera absolutamente necesario. Había algo en sus ojos acuosos, medio ocultos por los párpados, que, con la fuerza del tiempo, se habían vuelto hacia abajo, hacia las esquinas de los ojos, que le conferían el aspecto de un guerrero tártaro, y que resultaba repelente y desafiante, como si dijera: «Alejaos de mí. Tocadme sólo una vez y os transformaré en una criatura como yo».
La gente se mantenía alejada.
Sin embargo, en su mayor parte, y a pesar de aquel temor curioso y no expresado que siempre inspiraba, los del pueblo reaccionaban ante Mezange de una manera olfativa.
El anciano olía tal como los del pueblo esperarían que oliera un cerdo. Siempre que subía al autobús en Grasse, los otros pasajeros se alejaban de él tanto como podían, pero nunca era suficiente. Todo el trayecto a lo largo de la carretera, hasta el puente en sombras que atravesaba el río Siagne, su presencia en el autobús se convertía en una especie de prueba, y no menos para el conductor. Era bien sabido que Mezange jamás pagaba billete, y los del pueblo creían que era porque el alcalde, un comunista prudente que había hecho una fortuna como administrador de correos, le daba instrucciones al chófer para que a toda costa evitara peligrosos altercados con el anciano. Mezange era un loco y alguien imprevisible. Si se le provocaba, podía volverse hacia el conductor e intentar estrangularle.
«¿Estrangularle… ¿lo has oído, no, Héctor, aquello de la chica…?»
Lo que todos sabían a ciencia cierta era que desde hacía ya cincuenta y ocho años Mezange había vivido casi como un ermitaño en un lúgubre edificio a orillas del Siagne.
Algunos consideraban que su casa era interesante (en su mayor parte turistas que iban de camino a lugares más animados, como Cannes, Grasse o Niza), pero los del pueblo lo consideraban una mancha en el paisaje, una monstruosidad arquitectónica que debería de haber sido derribada hacía años. Se trataba de una construcción de tres plantas, original del siglo xviii, con almenas, y tenía una parte trasera cuyas paredes, suelos, ventanas y puertas eran casi como las de una casa normal. La mitad de delante, sin embargo, había sido destruida en algún momento del pasado, de modo que sólo tres de sus cuatro paredes se mantenían todavía en pie bajo un techo casi desmoronado de tejas ennegrecidas. Desde la carretera erguiéndose por encima de los arbustos y altas hierbas que lo rodeaban, no parecía sino una monstruosa casa de muñecas con una parte sin montar para poder mover por su interior a los habitantes y los muebles. En aquel trozo abierto, parte del suelo se había podrido, y sólo los marcos en forma de arco de las puertas y ventanas habían resistido medio siglo de viento, lluvia y vandalismo. Y aun así, cuando el sol se las arreglaba para abrirse paso a través de las ventanas abiertas, toda aquella ruina adquiría un aspecto de melancólica belleza. En la planta principal, en lo que antaño pudo haber sido una sala de baile, las hierbas crecían a través de la piedra rota y oscilaban ante la brisa procedente del río o susurraban y azotaban cuando las agitaba el poderoso mistral.
Cada vez que el viejo Mezange dejaba su casa en ruinas y caminaba hacia el pueblo, «aquello» comenzaba de nuevo. El susurro. Interminable, incansable, maligno, odioso.
–Fueron unos normandos ricos. Su padre compró la casa y veinte hectáreas del mejor bosque antes de la Gran Guerra. Era una familia adinerada, pero Madame tenía mala
salud, y el doctor dijo que el sol del sur podía serle de ayuda. El chico y la hermana eran bien parecidos, y también muy listos. Recuerdo que nada podía detener a la señorita cuando quería algo. Un día, hizo que mi viejo papá colocara a su hermano encima de la mula. Se le había antojado verle caer al suelo, arrojado por la mula, y se cumplió su deseo.
Había que haberlo visto, él en su traje de marinero revolcándose en el barro, y ella con su pelo como la miel recién sacada de la tarrina, muerta de risa. ¡Shh, no te rías tan fuerte o nos oirá!
Este incidente, rememorado por el pequeño y delgado Etienne Barelli, había sido oído más de cien veces por los hombres y las mujeres que se sentaban junto a las aguas de la fuente, bajo las ramas de un tilo. Sin embargo, el narrador jamás dejaba de obtener la misma pregunta de Germain Baricolla.
–¿Dices que llevaba un traje de marinero? ¿Y que era bien parecido? Entonces dime, por todos los santos, ¿cómo ha conseguido oler ahora peor que un montón de estiércol?
Aun cuando se reían de aquella salida ya tan familiar para todos, los del pueblo no podían evitar la imagen de un gracioso niño en un traje sastre caminando junto a su hermana de cabellos color miel. ¿Cómo era posible que un muchacho rico y mimado, cuya vida se extendía ante él como una tierra fértil, se hubiera convertido en un ermitaño tan desventurado hasta el punto que los niños se mofaban de él y le insultaban, e incluso le tiraban piedras, siempre y cuando estuvieran fuera del alcance de sus fuertes manos de gigante y de su nudoso bastón?
En aquel momento, los del pueblo siempre acercaban sus sillas entre sí y bajaban aún más la voz.
–Se convirtió en un dandy, eso hizo, era el ojito derecho de su madre. De buena estirpe normanda, su madre le envió a París a estudiar Bellas Artes con los pintores más famosos de la época. Ya entonces se llamaba a sí mismo fotógrafo. Venía aquí abajo cada verano a sacar aquellas
desdichadas fotos. En el momento en que alguna mujer se iba al río a hacer la colada, o cuando una pareja que cortejaba se encaminaba al bosque, ahí aparecía ese Mezange. Parecía incapaz de refrenarse, tenía que fotografiar todo lo que se movía e incluso más. Sólo que aquello no era normal, la manera en que siempre se escondía, siempre mirando.
-¿Y cuándo empezaron los problemas?
–Más o menos en el año 26 o 27, creo. La familia se desintegró. Mezange cortejaba una muchacha que no tenía más de quince años, era una niña inocente. Las margaritas ya habían florecido, dicen, y ella gritaba y le imploraba piedad. Después de aquello, el muchacho intentó culpar a todos los que pudo… incluso acusó a su mejor amigo, y naturalmente ella ya no fue capaz de testificar, había perdido completamente el juicio.
Con el tiempo, los detalles de la historia se volvieron tan sórdidos que sólo los hombres osaban hablar de ellos mientras jugaban a los bolos bajo los plátanos, en una plaza polvorienta. Cuando un recién llegado intentaba separar los hechos de lo inventado, sólo se enteraba de que la familia Mezange había contratado a algunos profesores y expertos médicos para que testificaran que su hijo era un loco incurable, de que se le había absuelto de aquel horrible crimen y subsiguientemente emplazado bajo la custodia del tribunal por el resto de sus días; de que, antes de alcanzar la madurez -sólo tenía veinte años aquel fatídico verano- se le había declarado un niño eterno. Al igual que Charles Baudelaire antes que él, no podía ni firmar un cheque, ni obtener el pasaporte, ni votar. Tan monstruoso se consideraba Mezange que incluso le estaba prohibido casarse o reconocer legalmente cualquier niño que pudiera engendrar.
Los deshonrados padres de Mezange procuraron desembarazarse de aquel valle de sufrimientos con tanta rapidez que no se dieron cuenta de las consecuencias de la
acción. Bajo la ley francesa, su enorme herencia no podía transmitirse mientras su hijo y heredero permaneciera privado de todos sus derechos legales. Durante los siguientes cuarenta años, a lo largo de los cuales su pelo pasó del color miel al ceniza, la hermana de Mezange, Rose, intentó ayudar a su hermano a salir de su apuro, y obtener al mismo tiempo su parte de la fortuna familiar. Una sucesión de notaires que poseían la misma vitalidad que un grupo de caracoles anestesiados bloquearon sus esfuerzos de tal manera que durante más de medio siglo la herencia permaneció segura dentro de los límites de sus apretados puños.
Mientras tanto, Mezange se hacía más viejo y olía peor.
Relegado a la bastide de la familia en el sur, con la prohibición de regresar a Normandia, sobrepasó el medio siglo -fuera cual fuera el clima, fuera cual fuera su estado de ánimo- vagando por los bosques y campos que bordeaban el Siagne. Dormía sobre un montón de harapos en un rincón de la cocina de su ruinoso hogar; nunca se cambiaba de ropa, y se rumoreaba que despedazaba con los dientes a los animales salvajes que atrapaba en los muchos cepos esparcidos por las veinte hectáreas de su tierra. Asustaba a las jóvenes espiándolas desde detrás de los árboles y rocas y cobertizos. No tenía ningún amigo, ni lo deseaba.
La salud del viejo Mezange era perfecta excepto por un detalle: con el paso de los años se había vuelto tan loco como le diagnosticaran los médicos casi sesenta años atrás.
La luna amarilla inició un movimiento subrepticio y deslizante, pero, al divisarla, se detuvo para observar.
No, la cara que había más allá de los barrotes de su ventana era la de alguien conocido. Era la del doctor López, hasta que se quitaba una máscara de yeso para revelar el impúdico semblante de Bayard Schomberg. Pero también era una máscara, pues Bayard era realmente la infame y arrugada Edith-Ann, del cráneo le brotaban anguilas y se veía el resplandor de una luz amarilla tras las vacías
cuencas de sus ojos. Y entonces Edith-Ann también se transformaba a su vez; ella era… siempre había sido… Oh, sólo si pudiera ver su cara, verla claramente, ella sabría.
Cecil quería que todos se fueran, pero cuando abrió los labios resecos y enfebrecidos para decírselo, no vio más que la luna de nuevo, como con una lente de aumento ajustada en el círculo de un ojo amarillo.
Lo más apropiado para observarla.
–¿Pancho?
–Aquí estoy.
Su voz sonó tan cercana que Cecil se estremeció de la sorpresa.
–¿Dónde estás? ¿Por qué no puedo verte?
–Aquí, deja que te coja la mano. ¿Crees ahora que estoy aquí?
–¿Pero eres realmente tú?
-Querida*, ¿quién otro podría ser si no? Espera, encenderé la luz.
–No, no lo hagas. Sólo dime…
–¿Qué?
–Hace unos minutos, cuando me desperté por primera vez…
–¿Sí?
–Sentí tu aliento en mi cara, el tuyo o el de otra persona, alguien inclinado encima de mí -las palabras brotaban con tanta rapidez; que ella no podía detenerlas; la habitación estaba tan negra, tan negra-. Estaba asustada y quería gritar, pero no podía porque estaba paralizada. Pensé que quienquiera que fuese deseaba matarme.
–Todavía estás muy débil, pimpollito*. Has estado muy, muy enferma.
–¿Pero hay alguien viviendo en esta casa, un Santa Claus muy viejo y de aspecto perverso? ¿Con una larga barba blanca?
–Aquí no hay nada parecido a eso. Ahora descansa.
Hablaremos mañana. Es más fácil describir una pesadilla a
la luz del día.
–¿Estás seguro? – preguntó Cecil con la voz de un niño que desea que le tranquilicen.
–Estoy seguro -replicó él, como si, de manera indiscutible, lo estuviera.
¿Cuántas noches había permanecido despierta Cecil, escuchando los interminables crujidos y golpeteos de una contraventana? Sólo que en esta casa no había contraventanas, y la noche era tan silenciosa como un sepulcro. El bebé también estaba despierto, moviéndose incansable como si tampoco pudiera soportar el sonido del viento espectral.
Ambos tenían miedo de algo cercano; vigilaban como una bestia oculta en las sombras y esperando su hora.
Niños cambiados por otros, expósitos, identidades confundidas. De eso se trataba. El bebé y yo sólo somos parte de un mito, de una vieja leyenda. Sólo con que mi mente funcionara correctamente… Si no estuviera enferma, entonces podría pensar, lo comprendería todo. Sabría qué hacer exactamente. Sólo con que, sólo con que…
–¿Quién eres? – preguntó Cecil adormilada.
–Oraga.
–¿Pero quién te ha dejado entrar?
– ¡Cretchuno! -La vieja mujer cacareaba mientras atizaba el fuego y añadía otro leño. Era como la bruja de un cuento de hadas, inmensurablemente diminuta y con unas encías rojo brillantes que albergaban unos pocos dientes amarillos y partidos-. Ya hace tres días y tres noches que estoy aquí sentada.
Se hundió hacia atrás en una silla baja, al lado de la cama de Cecil, desapareciendo casi de su vista. La imagen era tan cómica que Cecil comenzó a reír. Luego preguntó:
–¿Está usted aquí para hacerme compañía?
–Seguro. Paco tenía que ir a tocar a Niza esta noche, y dice que no puedes quedarte sola, de modo que he venido a protegerte del viento de afuera.
Cecil apiló varios almohadones contra la cabecera de latón e intentó incorporarse. A pesar del fuego, la habitación estaba helada, y se dejó ir un poco hacia atrás, tirando de todo lo que la tapaba hasta llevarlo a su barbilla.
–Me protege usted de las corrientes de aire, ¿es eso lo que intenta decirme?
–También hago eso, ¡y además soy capaz de alumbrar un buen y crepitante fuego! ¿Pero ves ahí fuera?
Con sorprendente agilidad, la bruja saltó de su silla y casi fue bailando hasta la ventana. Señalaba algún lugar en el pequeño jardín con setos.
Cecil siguió su mirada más allá del adornado emparrillado. Unas enormes alas blancas y negras se agitaban enloquecidas contra el telón de fondo de un cielo lavanda. Cecil se incorporó y se quedó boquiabierta al ver la nieve. Estaba en todas partes, sobre las ramas de un manzano en el que se posaban grandes pájaros, sobre los inclinados tejados de la pérgola de madera, en lo alto de una pared de piedra al extremo del jardín. Más allá había un espeso y oscuro bosque, en el que grandes arroyos de nieve caían de las copas de los árboles como cucharadas de natillas. ¿Cuánto tiempo, se preguntó Cecil, había estado echada allí sin darse cuenta de que estaba nevando? ¿Sin saber nada en absoluto?
-Phurdini por todas partes -murmuraba Oraga para sí misma en un tono ominoso-. El viento de phurdini entra en la casa de Paco -regresó trotando de la ventana y lanzó una severa mirada a Cecil-. Phurdini el de largas narices, mata a los pájaros y a las ratas.
–¿Tejones? – sugirió cautamente Cecil-. ¿Está usted hablando de tejones o visones, quizá? ¿No? ¿Zorros?
¿Comadrejas?
La arrugada cabeza de Oraga de pronto comenzó a balancearse de excitación.
–Eso es, comadrejas. Cuando están asustadas, las comadrejas, phurdini, jadean y traen mala suerte a la casa
de Paco, mala suerte para el bebé.
Una cosa es segura, no he visto comadrejas a través de esa ventana, ni siquiera en mis sueños.
- Oraga, no sé qué relación pueden tener las comadrejas con mi bebé, pero si es algo que da miedo, por favor, no me lo diga, ¿de acuerdo? Últimamente he tenido suficientes temores como para llenar toda una vida.
La mujer intentó una sonrisa tranquilizadora, y el esfuerzo atrajo miles de arrugas a su anciano rostro.
Mechones de pelo color de la nieve que había en el jardín sobresalían de su sucio pañuelo color ciruela, y llevaba suficientes capas de ropa de diversas formas y tamaños como para convertirla en una hippie a la última moda.
–Te prepararé un té. Te sentirás mejor.
¡Ya se sentía mejor! De pronto estaba llena de energía; quería levantarse y bailar de tanta alegría como sentía ahora. ¡Y por encima de todo, quería estar sola!
–No, por favor, no se preocupe por el té. Estoy segura de que preferirá volver a su casa.
–Me quedaré aquí contigo. Tal como dijo Paco. No irás a ninguna parte, no harás nada sin mí.
–¿Se refiere a Pancho, no? – preguntó Cecil, observando de pronto la discrepancia de nombres.
–Pancho, Paco, para mí todo es lo mismo. Quédate en la cama. Prepararé la cena. Paco dice que debes empezar a comer, eso es bueno para el bebé. Estás demasiado delgada. Prepararé romen morga, muy sabroso, te engordará.
–¡Espere! ¡Tiene que decirme cuánto hace que estoy aquí, cuándo volverá Paco, dónde se encuentra esta casa exactamente!
–Paco te lo contará todo. Yo cocinaré. Un asado caliente, con muchas especias.
Con su reciente buena salud, Cecil se sentía hambrienta, pero un tanto suspicaz ante el plato de Oraga.