Madre de alquiler

Shelley V. Ashley · Capítulo 4 de 49

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Madre de alquiler

Capítulo 4

–Esto es todo por el momento. Seguiré con las entrevistas hasta que me digas que puedo parar. Ah sí, tengo que llamar a París…

–¡Muy bien! Dile a Christine que has hablado conmigo.

Dile… dile que todo va a ir bien y que no se preocupe. Hazlo por mí, ¿de acuerdo, Jeff?

–Encantado. ¿Cuándo volveré a tener noticias tuyas?

–Los preliminares tardarán una semana, pero en dos o tres días yo lo sabré. Siempre lo sé. Cuídate, Jeff. Nunca olvides que eres un don de Dios para los huérfanos, viudas y víctimas de accidentes de tráfico. Especialmente los que van en ambulancia[6].

Colgó el teléfono de un golpe y Jeff Sandlin se quedó escuchando el pitido de la línea. Una expresión de ira absoluta se aposentó sobre su apuesto y ancho rostro.

Capítulo 4

Dallas

Si Jeff Sandlin había desagradado a Cecil a primera vista, ella odiaba al doctor Samuel Sweeney. A los tres días de estar ingresada en el Centro Médico, su pasatiempo favorito consistía en imaginar métodos para vengarse del doctor: prender fuego al Mercedes del que se sentía tan orgulloso, conseguir que le revocaran su licencia médica o que le denunciaran por prácticas ilegales, o, lo mejor de todo, verle acabar como paciente en ese mismísimo hospital.

En sus escasos momentos de lucidez, Cecil tenía que admitir que no era al doctor personalmente a quien odiaba, sino el dolor y la indignidad a que había sido sometida desde que llegara ahí. De mala gana, incluso podía admitir que Sweeney podía poseer un cierto encanto, que en un marco diferente al de las paredes verde-letrina de la cámara de tortura de un hospital podría incluso haberle tenido cierto aprecio.

Pero aun con todo, sus agravios contra el doctor eran numerosos. En el lugar más destacado de su lista estaba el

hecho de que él había insistido en que se le hicieran todas las pruebas teniéndola ingresada en el hospital, cuando era obvio que se las hubieran podido hacer con la misma facilidad sin necesidad de tenerla internada. Lo único que él quería era poder dominarla, y atormentarla así más a sus anchas. A continuación, incluso antes de haberle pinchado un solo dedo, el doctor Sweeney le anunció que debería dejar de fumar si deseaba mantener su candidatura. Dejarlo de golpe. Y no sólo eso, sino también olvidarse de cualquier tipo de bebida alcohólica.

–Vino, cerveza, jerez, absolutamente todo. Lo más fuerte que beberá a partir de ahora será Coca-Cola sin cafeína. Y

en cuanto a fármacos, nada, ni uno, cero. Ni tranquilizantes, ni píldoras contra la gripe, ni siquiera vitaminas o aspirinas sin mi consentimiento. ¿De acuerdo?

Algún día me las pagarás todas juntas, se dijo Cecil para sus adentros. Mientras tanto, lo que más la afectó fue dejar de fumar.

–Debería agradecérmelo -dijo secamente Sweeney-. Es su vida, pero ya que ahora tengo un interés creado en ella, y ya que no tengo tiempo de seguirla a todas partes para ver si se porta bien o mal, comenzaré confiscándole el cartón de cigarrillos que he visto en el cajón de su armario.

– Una sonrisa positivamente sádica atravesó su temerario rostro irlandés-. Aquí no venden en ninguna parte, ni en el vestíbulo de abajo, así que ni se moleste en intentarlo.

Cecil estaba furiosa. El hecho de que la trataran como a una chiquilla descerebrada era más que suficiente para poner a cualquiera en su lista de seres odiados. El haberle arrebatado sus cigarrillos le colocaba en la categoría de un nazi experto en tortura.

Por suerte, la llevaban todo el día de un lado para otro, y no tenía mucho tiempo para lamentarse de sus desgracias.

El miércoles por la mañana, apenas se había despojado de sus ropas y ya la habían enfundado en un camisón del hospital que le daba el aspecto de un bromista en carnaval,

un enfermero le llevó un cuestionario para que lo rellenara

¡de una extensión de veinticinco páginas! Abarcaba todos los detalles de su vida, desde cuánto había pesado al nacer hasta el tipo de deportes que había practicado en la universidad. Había cuatro páginas dedicadas al historial médico de su familia más directa. La mayoría de estos últimos quedaron en blanco, ya que sus padres habían muerto en accidente de coche cuando ella contaba ocho años; no tenía ni hermanos ni hermanas, y a excepción de la abuela que la había criado, no conocía a ningún otro miembro de su familia. La totalidad del cuestionario acababa pues refiriéndose a ella y a su abuela, la cual, imaginó, había sido siempre una persona sana, y eso le hizo revivir recuerdos de Nana que eran sorprendentemente tiernos. Justo cuando comenzaba con esa parte del cuestionario, entró el doctor como Pedro por su casa, acompañado de su prohibición de fumar, y salió con la misma naturalidad. Después, un grupo de enfermeras, asistentes y residentes vagaron por su habitación para distraerla de su cuestionario, tomándole la temperatura, extrayéndole tales cantidades de sangre que parecían poner en peligro su vida, y enviándola pasillo abajo a fin de recoger muestras de orina y excrementos.

Un fotógrafo entró en la habitación para tomarle fotos de la cara desde tres ángulos distintos. «Como un presidiario», le dijo a ella alegremente. Así era exactamente como se sentía.

A las doce le trajeron en una bandeja un almuerzo ligero y bastante sabroso, y luego fueron a los pisos de abajo para una serie de pruebas que a las seis de la tarde la dejaron exhausta, hambrienta y llena de ira contra Sweeney. La mitad de la tarde la pasó en manos de un dentista enano, quien le hizo varias radiografías de la boca para medir, según le explicó muy jovial, su estado óseo y el grado de descalcificación. El dentista decidió hacerle una limpieza bucal y rellenarle una antigua caries. El resto del miércoles

lo pasó tendida sobre el duro lecho de una mesa de rayos X

en el sótano, mientras ella y un técnico de mediana edad y piel moteada intercambiaban viejos chistes de Woody Allen.

Durante todo ese tiempo él permaneció sentado tras la pared protectora, jugando a ser un director de cine. Los silbantes movimientos de la máquina le indicaban a Cecil cada vez que quedaba inmortalizado uno de sus órganos.

Nada de esto resultó particularmente desagradable, aunque tampoco era su manera favorita de pasar el tiempo, especialmente tras una mañana en la que la habían pinchado, hurgado y trajinado de aquí para allá. Cuando regresó a la relativa seguridad de su habitación, pensó que probablemente tendría anemia debido a la pérdida de sangre, y cáncer por haber estado expuesta a la radiación.

Tampoco es que al doctor Sweeney y a sus compinches les importara gran cosa. Todo lo referente a su futuro una vez transcurrido el año siguiente les sería por completo indiferente: una vez ella hubiera cumplido con su contrato, se desharían de ella como de una lata de judías vacía que ya no es de utilidad para nadie.

Si el miércoles resultó un fastidio, el jueves fue una pesadilla. Comenzó en el despacho de Sweeney, en el undécimo piso, donde había dispuesto otro cuestionario para ella, dedicado enteramente a los asuntos sexuales y reproductivos. Luego Sweeney y su enfermera la colocaron sobre otra tabla bastante dura -una mesa ginecológica- y hurgaron en ella un poco más. Le pareció que la cosa duraba horas. Cuando regresó a su habitación, se quedó asombrada al comprobar que no eran más que las diez y media.

Apenas tuvo tiempo para tomar un trago de agua antes de que un celador la llevara de nuevo hacia el ascensor y a otra sala de reconocimiento, llena esta vez de máquinas de todo tipo, un aposento realmente digno del doctor Frankenstein.

–Aquí -dijo un hombre pequeño con acento alemán y gafas de cristales azules que le daban el aspecto de una estrella del rock-, vamos a someterla a las pruebas de electrocardiograma, biometría, espirometría, tonometría y audiometría.

Cecil pronto se enteró de que iban a comprobar si su corazón le latía, si sus reflejos funcionaban más o menos normalmente, si podía oír, oler y ver. Le taparon los ojos y le pidieron que identificara una serie de ridículos objetos; se le pidió que diferenciara entre lo húmedo y lo seco, lo blando y lo duro, lo cuadrado y lo redondo. Su destreza fue puesta a prueba, al igual que su capacidad para responder a las señales luminosas, a las estructuras repetitivas de sonidos.

Era un grupo de test apropiados para un niño que aspira a ingresar en la guardería o para algún teórico de la imbecilidad, y probablemente tenían relación con el equilibrio emocional o la inteligencia o -¿quién podía saberlo?– la fertilidad. Sin otra opción, siguió adelante con las pruebas. A las ocho de la tarde estaba en la cama y caía en un sueño ansioso e inquieto.

El viernes no resultó duro desde el punto de vista físico, pero fue el que le supuso un mayor esfuerzo. Lo primero que hizo por la mañana, incluso antes de desayunar, fue someterse a un examen ultrasónico de la región pélvica, a continuación de lo cual fue escoltada al departamento de psiquiatría, donde fue entrevistada por dos residentes, y finalmente por el propio Sweeney. Para entonces, ya sabía que no le iban a dar de desayunar, y tampoco le importaba.

De todos modos, no habría podido comer nada. Sweeney quería saberlo todo acerca de su crisis nerviosa. Para su sorpresa, se encontró con que se lo estaba contando sin ocultar casi nada. Sólo se guardó una cosa: la peor parte, acerca de la cual había mentido en todos los cuestionarios.

Finalmente, Sweeney meneó la cabeza.

–No puede ocultarle una cosa así a su propio médico -dijo con benevolencia-. Me enteré ayer.

–¡Váyase a tomar por el culo! – le soltó ella. Deseaba abofetearle, pero en lugar de eso rompió a llorar. Estuvo sollozando durante un buen rato, y luego, sintiéndose ya mejor, se despreció a sí misma por haber obrado así.

El doctor Sweeney la observó mientras se limpiaba las lágrimas, de nuevo con su habitual sonrisa sardónica.

–Sé que me odia por haberla obligado a dejar de fumar y por someterla a todos estos test. Y ahora voy y me entrometo en su último y pequeño secreto.

–Odiar no es el verbo exacto, doctor Sweeney. En su caso, hace dos días que lo que siento va más allá del odio.

–Bueno. Eso confirma lo profundamente sólidos que suelen ser sus juicios.

–¿Quiere usted decir que, después de todo lo que ha averiguado de mí, hay algo que merezca su aprobación?

–Oh, vamos, Cecil, no juegue conmigo a ser una chica modesta. Eso no va con usted. Si una cosa nos dicen todos estos test es que es usted una persona obstinada y orgullosa. Tiene usted una opinión muy elevada de sí misma, cosa que, debo añadir, es algo que está justificado.

–Sí, supongo que poseo un cierto talento a la hora de sufrir crisis nerviosas. Es algo que no está al alcance de sus pacientes más corrientes, ¿no le parece?

–Tuvo usted un asunto amoroso que acabó mal. Eso le pasa a todo el mundo. El único aspecto poco corriente en su caso es que a usted le afectó. A casi nadie le ocurre.

–¿De verdad, doctor? ¿Me está usted diciendo que me puse enferma porque quise apurar la última gota de amor que había en el mundo?

–Sólo le digo lo que veo a mi alrededor. Hay muchas emociones que aspiran a ser catalogadas mediante esa grandiosa palabra, pero muy pocas resistirían una investigación seria.

–Ya veo que es usted de esos cínicos que consiguen que nuestro feliz mundo siga girando.

–Puede que sí, y también puede que no. Hablemos de usted, Cecil. Usted me odia y yo la aprecio. No estoy seguro del porqué.

–Quizá se deba a algo que ha descubierto en las veintiséis horas de pruebas que me han hecho. A algo que me ha encontrado en la sangre, o en el páncreas. Desde luego no en el corazón. No creo que le gustara ver lo que hay ahí.

Sweeney echó la cabeza hacia atrás y rió. Ella observó que tenía una dentadura perfecta.

–Probablemente así es como la gente se casa. Se hacen test el uno al otro por si existe alguna posible enfermedad, alguna falla genética, algún defecto mental, y luego intentan conjuntar todos los elementos positivos que quedan.

–¿Me está usted proponiendo matrimonio?

–Por desgracia, ya tengo una esposa.

–¿Por desgracia?

–Y con todo un lapsus demasiado freudiano.

Rió de nuevo, un poco menos felizmente, pero todavía consciente de su capacidad de seducción.

–¿Entonces qué me propone?

–Un empleo. Todavía lo quiere, ¿verdad? No me gustaría pensar que ha pasado por todas estas penalidades para nada.

–Ya le dije a su amigo el abogado que una vez daba mi palabra nunca me echaba atrás.

–Sandlin no es necesariamente mi amigo, pero sí es abogado, y ha preparado un montón de papeles para que usted los firme. ¿Debo decirle que venga aquí con ellos?

–¿No podría irme a casa ahora? – Su voz adquirió de pronto la entonación de una niña cansada-. Vivo con una amiga. Estoy segura de que estará preocupada. No esperaba quedarme.

–No, quiero que se quede en el hospital hasta que el papeleo haya acabado. Una vez hayamos arreglado eso, le