Madre de alquiler
Capítulo 27
–Claro, conozco el lugar adecuado para usted. Es pequeño y limpio, y al otro lado de la calle hay un restaurante donde sirven socca. Y también es muy barato.
¿Por qué había dicho eso? ¿Por la manera en que iba vestida? ¿Por su atiborrada bolsa? ¿Por la mirada de pánico que había en sus ojos?
–¡Eso es maravilloso! ¿Podríamos ir ahora? Me gustaría encontrar habitación y deshacer la maleta antes de almorzar.
Si Alan Mueller se preguntaba por qué Cecil se hundía tan profundamente en el asiento delantero, de modo que ni la parte superior de su roja cabellera quedara visible al exterior, no lo preguntó. En lugar de eso condujo lentamente hacia las angostas calles de la parte antigua de la ciudad.
Capítulo 27
París
-¡Dios mío! ¿Ha visto esto?
–¿Qué le ocurre? ¡Parece que se vaya a morir!
–¡Cuando haya leído esta carta puede que usted también haga compañía a los gusanos!
–Guárdese sus desagradables comentarios, se lo advierto. Bueno, ¡deme eso! ¡No puede ser tan malo como dice…! ¿Qué? ¡Los muy idiotas! ¡Esos locos de atar!
–¡Contrólese! ¡Puede que afuera haya alguien escuchando!
–¿Pero por qué han esperado todo este tiempo para contactar con nosotros? Nadie puede ser tan cretino…
–Son suizos -fue la críptica réplica del otro.
–Pero eso quiere decir que el doctor… ¿Todo eso para nada?
–No se queje de esta manera, me ataca los nervios. De todos modos, es más una tragedia para el doctor que para nosotros, ¿no le parece?
–Pero los riesgos que hemos corrido, y la enorme suma que tendremos que pagar para desembarazarnos del cuerpo…
–¡Le digo que se calle!
–Muy bien, lo único que quiero que me diga es por qué han esperado tanto para escribir. Ha pasado casi un mes desde el accidente de Christine y Frederick.
–Puede que no lean los periódicos. Puede que aguardaran a consultar con un astrólogo. Quizás han tardado todo este tiempo en comprender lo que se esperaba de ellos.
–Bueno, pues ahora lo han comprendido perfectamente.
Veo que preguntan a quemarropa si sabemos dónde está Cecil Gutman.
–Por suerte es muy fácil responder a eso. No sabemos nada de la señorita Gutman, y mucho menos acerca de ese cuento de hadas del niño. En nuestra opinión, todo este asunto no es más que una broma pesada.
–Eso no les detendrá. Esta carta procede de Zurich, lo que quiere decir que no son sólo suizos, sino también alemanes. Conozco a estos tipos. Cargan como una división panzer y no cejan, aplastan todos los obstáculos que encuentran a su paso hasta que alguien les ordena que se detengan.
–Me pregunto quién está detrás de esto.
–La senilidad de Rita debe de ser contagiosa. Ya no sabe usted leer.
–No se haga el listo; no encaja con usted. Ocurre que esta carta me parece ambigua.
–Para mí es lo suficientemente clara… esa pequeña zorra de Christine no confiaba en nosotros. Acudió a una empresa de abogados suizos e hizo redactar un nuevo testamento. Y
no sólo eso, sino que dejó instrucciones para que buscaran a Cecil Gutman si algo le ocurría a ella o a Frederick.
Nuestro error fue subestimar a la pequeña Christine de la Rouvay. Deberíamos haber recordado cómo nos humillaba al hablar de su maravilloso padre el marqués, pero jamás ni
una palabra acerca de su madre. Y por una buena razón, como pronto averiguó nuestro detective. Christine siempre tuvo unos abogados propios. Cuando comenzó a sospechar de nosotros, debía de haber…
–¡No hay que hablar más de eso! – cortó el otro.
–Todo lo que yo veo es que nos hemos metido en unos líos y unos gastos enormes para arreglar esos accidentes, y ahora nos encontramos en una posición terriblemente peligrosa debido a un feto de cinco meses.
–No es el feto, es la joven. Y se olvida de que poseemos una gran ventaja con respecto a esos gnomos de los Alpes.
Sabemos dónde está Cecil Gutman, y ellos no.
–Sí, pero cuando esos abogados vean que no obtienen de usted ninguna respuesta satisfactoria, comenzarán a poner anuncios buscándola por toda Europa. Algún periodista inteligente saltará a por ese caso. Cuando se descubre una historia como ésta, se extiende como el fuego; no habrá manera de pararlo.
–Cuando se descubra, periodistas y abogados encontrarán a la señorita Gutman. Sólo que ya no estará embarazada, y a nadie le importará nada lo que cuente.
–¿Qué quiere decir?
–Voy a poner en marcha la Operación Médica.
–¿Su hombre todavía la vigila?
–Constantemente.
–Espero que no cometa dos veces el mismo error. Cecil Gutman es una zorra casi tan inteligente como lo era Christine.
–Si Mademoiselle Gutman nos juega otra mala pasada temo que su destino se acabe tan trágicamente como el de nuestra pequeña Christine. Es muy probable que si la señorita Gutman muere sosegadamente… será en la cama de un hospital.
–Una chica tan joven. Es triste, ¿no?
–Oh, mucho.