Madre de alquiler

Shelley V. Ashley · Capítulo 47 de 49

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Madre de alquiler

Capítulo 47

–No tienes elección, querido primo -le cortó fríamente Bayard-. Si quieres conservar tu empleo, soy yo y sólo yo quien ha de convencer a la chica.

–¡Vas a difamarnos, lo sé! – replicó Edith-Ann-. A echarnos la culpa de todo lo que ha ocurrido cuando…

–No tiene sentido proseguir esta conversación -dijo Bayard mientras lanzaba una mirada hacia la pequeña construcción que había en lo alto de la colina. Abrió la puerta de la limusina, y, jadeando ligeramente, salió-. Nos veremos en el hotel. Os doy mi palabra, queridos primos, de que defenderé vuestros intereses hasta mi lecho de muerte.

¿Qué más puedo decir?

Capítulo 47

La Casa de Campo

- Estoy en el pueblo. ¿Puedo venir ahora?

–Ahora no puedo verte -replicó Cecil con una voz apagada-. Bayard Schomberg llegará de un momento a otro para firmar un acuerdo referente a la herencia de Aurelie.

–¡Ese cerdo asqueroso! No puedes verle sola -dijo Serge indignado-. Alguien tiene que encargarse de proteger tus intereses.

–Creo que Jeff Sandlin ya se ha asignado ese papel.

–Querida, Jeff es un buen abogado, pero necesitas a alguien que tenga en cuenta tus intereses personales.

–Y ése eres tú, ¿no es eso?

–Naturalmente, Cici. ¿No te das cuenta de que cualquier decisión incidirá en la fecha de nuestra boda, en el lugar en donde vayamos a vivir y en la escuela a la que asistirá Aurelie, por no hablar de nuestras necesidades financieras y de la posición que ocuparé en SCHOMBERG MONDIAL?

–Sí, me doy cuenta de eso, Serge. Sólo que es demasiado tarde. Ya no hay necesidad de que acudas ahora.

–Bueno, ¿cuándo entonces? ¿A almorzar? ¿A tomar una copa? ¡Ya sé, querida! Salgamos a cenar fuera, y después pasaré la noche contigo en la casa de campo.

–¿Es eso lo que quieres hacer? – preguntó Cecil en un tono suave e insinuante.

–¿Por qué lo preguntas? – la voz de Serge literalmente palpitaba de deseo-. Ya sabes la respuesta.

–Muy bien, dejémoslo así. Yo te llamaré. O te enviaré un télex, o un cable, o un mensajero. O una postal. O quizás una carta. O, mejor aún, me pondré en contacto contigo a través de tu madre, en Burdeos. Pase lo que pase, de todos modos, estaremos en contacto. Todavía podemos ser amigos, ¿no crees? Ya sabes… toda esa mierda.

–Cecil, ¿qué demonios te pasa? ¿Ceci? Cici, querida, escúchame, yo te amo…

Pero ella ya había colgado.

Capítulo 48

La Casa de Campo

- Querida niña, todo esto no ha sido más que un quid pro quo, un estúpido malentendido. Todo fue culpa del insolente de mi primo y de la bruja de su mujer. Yo me encargaré personalmente de que su encantadora hijita jamás vuelva a estar en contacto con esos monstruos.

–¿Y usted, señor Schomberg? ¿Tuvo usted en cuenta mi bienestar desde el principio?

–¡Naturalmente! Lo ha expresado usted con gran perfección. Luché contra esas diabólicas criaturas con uñas y dientes. Si no hubiera sido por mí, la querida hija de mi hermano podría haber perecido. ¡Oh, apenas puedo resistir pensar en ello!

–Es asombroso averiguar cuánta gente ha estado cuidando de mis intereses. – Cecil dejó que su mirada fuera de Bayard Schomberg a Jeff Sandlin. Sus ojos se habían hecho más oscuros; como duras piedras púrpura en medio de la palidez de su cara.

–Querida muchacha, no he hecho otra cosa desde que llegué al sur. Acabo de llegar del commissariat de Draguignan, y me alegro de decirle que el caso en el que se

vio implicado aquel ermitaño se ha cerrado definitivamente.

Ni su nombre ni el de nuestra familia se verá ensuciado a causa de aquel viejo demente y asqueroso.

–Tenía la sensación de que la persona más peligrosa en todo este asunto era Alan Mueller. Casi me estranguló,

¿sabe? ¿O acaso ése es un hecho demasiado remoto como para interesar a nadie?

–Pobrecita… Mueller era uno de los asesinos más peligrosos de Europa. ¡Para no hablar de lo caro que era! No puedes ni imaginarte lo que cobraba. Es verdaderamente horrible pensar que aquel hombre la perseguía. Pero olvidémonos de todo esto. Mueller ya no volverá a molestar a nadie; ya no puede hacer ningún daño. Otra chapuza en la cuenta de mi detestable y del todo incompetente primo.

–Supongo que quiere decir que Xavier Schomberg es un chapucero porque Mueller no consiguió matarme. ¿Y qué me dice de René? ¿Quién le envió?

Durante un instante, la rolliza cara de gato fatuo de Bayard enrojeció. Pareció tan incómodo que Cecil ya no tuvo la menor duda de para quién había trabajado René.

–Es mejor que no removamos el pasado, muchachos -

interrumpió Sandlin-. No sirve de nada. ¿Qué me dicen de fumar la pipa de la paz y continuar con nuestros asuntos?

Tengo un papelito aquí que sólo espera sus firmas. Después abriremos una botella de champán y brindaremos por nuestro futuro éxito. Muy bien, acercad vuestras sillas.

El abogado ya había colocado varias copias del acuerdo sobre la mesa que había junto a la ventana. Sacó su pluma de oro y se la entregó a Bayard.

–¿Le importaría a usted ser el primero, señor?

Bayard vaciló. Sus ojos resbalaban sobre las palabras mecanografiadas, y una mirada de repugnancia se extendió por sus rasgos como una mancha. ¿Cómo era posible que él, Bayard Schomberg, entregara la fortuna familiar a una mercancía sin valor procedente de Tejas y a su fullero y liante abogado? Algo en su interior luchaba

desesperadamente por desencadenarse; tenía que utilizar toda su fuerza de voluntad para refrenarlo. Bayard todavía sostenía la pluma de oro encima del papel, pero su lengua no dejaba de chasquear, como una serpiente determinada a escupir su veneno. De todos modos, cuando comenzó a hablar, su tono era dulce como la sacarina, y su cara se recompuso meticulosamente para evocar solamente amabilidad y solicitud.

–¿Dónde se halla hoy nuestro apuesto gitano? ¿No tiene planeado unirse a nuestra celebración?

–No lo creo. No le gustan los gajos.

–¿Y qué es eso, querida?

–Los extranjeros. La gente sin valor que no es gitana.

–Oh, pero rompió la regla cuando conoció a nuestra pequeña Christine, ¿no cree?

–No sé de qué me habla.

–¿Quiere decir que no se lo contó? Me deja de piedra.

Creía que usted y él eran muy… íntimos.

–¿Qué insinúa, señor Schomberg?

–Creo -dijo Jeff Sandlin, con un deje de pánico en su acento sureño- que dos personas tan maravillosas como ustedes deberían aplazar esta conversación hasta que nos hayamos hecho cargo de las formalidades legales.

–¡Oh, cállese! – gritó Cecil, las mejillas arreboladas de cólera-. Quiero oír qué clase de veneno va a escupir la boca de sapo del señor Schomberg.

–No se trata de veneno, querida, sino sólo de hechos, la pura verdad. Su querido protector vagabundeaba por Europa en la más completa ruina hasta que Christine se cruzó en su camino. Un gitano apuesto reconoce una oportunidad en cuanto la ve… lo demostró con usted, ¿no?

Nuestra pequeña ninfómana Christine se encaprichó del gitano de camisa con chorreras, tanto que le buscó locales por toda Francia para que pudiera tocar, y le inundó con el dinero de mi hermano para que pudiera alojarse en hoteles

de cuatro estrellas, comer en los mejores restaurantes y volar en primera clase.

–Cuenta esta historia según su propia conveniencia, señor Schomberg. Es obvio que usted odiaba a Christine tanto como me odia a mí. ¿Es por eso que la mató? ¿Fue usted quien saboteó los mandos del avión, no es cierto señor Schomberg? ¿Qué tenía exactamente contra Christine que le empujara a matar a su propio hermano para quitarla de en medio? ¿O fue al revés? ¿Christine tenía que morir debido a lo mucho que codiciaba el dinero de su hermano?

–Por favor, POR FAVOR -intentó intervenir Sandlin-, es mejor que nos calmemos…

–Pero mi querida… -Las manos de Bayard volaban como dos aviones de juguete fuera de control alrededor de su gruesa cabeza-. Lo pasamos realmente mal con aquella guarra de Christine mandando despóticamente sobre todo el mundo, hablando de sus ancestros aristócratas como si los Schomberg fueran unos don nadie, una escoria que sólo estaba a su altura debido a su dinero. Contratamos a un detective para averiguar algo más de Christine de la Rouvay, y dimos con un filón a la primera. Su padre, el arruinado y viejo marqués… y ya completamente senil, ¿con quién cree que se casó al final de su vida? ¿Sabe quién fue la bienaventurada madre de Christine? ¡Ni más ni menos que una condesa descalza! ¡Una bailarina de flamenco! ¿Me ha oído bien? Nuestra altanera Christine, de sangre azul, fue engendrada por una española sin la menor fortuna, una fulana, una prostituta…

A medida que chirriaban las vulgaridades de Bayard, una imagen se formaba en la mente de Cecil: era casi increíble contemplarla, y aun así lo explicaba todo, incluso aquella infausta foto que Pancho ni había negado poseer ni explicar y que había formado un muro tan insuperable entre ellos desde el nacimiento de Aurelie.

–No era española como se creía -dijo Cecil con aire ausente cuando Bayard hizo una pausa para coger aire-. Era

de Montevideo.

–Tanto da, aquella zorra hablaba español. Todo el mundo se reía de ella debido a su terrible acento cuando hablaba francés -de nuevo chillaba con aquella voz aguda o rencorosa-. Averiguamos toda la porquería referente a la zorra de Christine y a su madre. La boda fue un escándalo tal que ningún cura quiso casarlos. Los dos tortolitos tuvieron que ir al ayuntamiento por la puerta falsa para que alguien les casara por lo civil, y después de eso nadie les invitó a ninguna parte. El conde y la condesa de París no volvieron a dirigirles la palabra, e incluso Gracia y Rainiero no les aceptaban en los bailes de la Cruz Roja. ¡Imagínense!

–Aquella bailarina de flamenco, ¿cómo se llamaba? –

preguntó Cecil, lanzando nerviosas miradas hacia la habitación de la niña.

–Algo vulgar, naturalmente… la Polilla o la Libélula o…

–¿La Mariposa? – sugirió Cecil.

–Es muy posible. De todos modos, ¿a quién le importa?

¿Y cómo puede haber llegado a conocerla? Hace años que murió.

–Nunca conocí a la Mariposa. – Cecil se puso en pie y dio unos pasos hacia el cuarto en donde dormía Aurelie-. Pero conozco a su hijo. Tengo que ir a ver cómo está el bebé ahora mismo.

–Cecil, por amor de Dios, siéntate y firma este documento -dijo impaciente Jeff Sandlin-. La niña no llora.

Puede esperar cinco minutos más. Y usted firme también, señor Schomberg. Si volvemos a aplazarlo, puede que jamás llegue a firmarse.

–Muy bien -concedió Cecil, observando fijamente a Bayard Schomberg con una renovada sensación de horror-.

Lo firmaré tan sólo para sacarle el dinero a este buitre y a sus rapaces primos. Sólo que después me marcharé. No resisto un minuto más en esta habitación. Literalmente, apesta a podrido.