Madre de alquiler
Capítulo 6
–Muy bien, pero puede que todo te parezca distinto cuando estés en Tejas. Sois tan religiosos en esa parte del mundo, siempre hurgando en vuestras almas para ver si tienen pensamientos sucios. Quizá deberíamos hacerlo aquí… en Inglaterra o en Holanda, en algún lugar que estuviera más cerca.
–¡Basta, Christine! Ahora está en mis manos, y lo llevaré a cabo a mi manera, con los mínimos riesgos posibles para los dos.
–Lo siento, mon amour. Después de todo, tú eres el doctor, ¿no es cierto? Brindemos por eso, y por algo igualmente importante. Por ti y por mí. Por nuestro futuro.
Mientras levantaban sus copas, sonriéndose el uno al otro como conspiradores en una pequeña guerra, Sam fue consciente de que jamás, en toda su vida, había emprendido una carrera que implicara una sensación de peligro tan grande, una mayor certeza de encontrarse en el filo de la navaja.
Capítulo 6
El matrimonio entre Christine Teresa Lilianne Isabel Luisa Quadros de la Rouvay, hija del arruinado y poco importante marqués, y Frederick Felix Schomberg, heredero de uno de los mayores imperios económicos de Europa, no fue exactamente una unión por amor. Fue más como dos gases ya sumamente volátiles que confluyen por accidente y que entonces provocan una explosión que sacude la tierra, o, tal como la prima política de Frederick, Edith-Ann Schomberg, lo había expresado, «él era un agitado mar de aceite en medio del cual alguien, descuidadamente, arrojó una cerilla encendida. ¿Creéis que no pagaría mi buen dinero por saber quién arrojó esa maldita cerilla?». Edith-Ann Schomberg no sentía ningún aprecio por Christine de la Rouvay.
Como muchas otras familias francesas adineradas, los Schomberg eran de origen alsaciano. Hasta épocas muy recientes, habían sido personas dedicadas a su trabajo,
prósperas, y unos protestantes puritanos. El origen de su asombrosa fortuna se remontaba a la primera mitad del siglo XIX, cuando cuatro industriosos de Colmar previeron la expansión del ferrocarril en Europa y procedieron a transformar su modesta fundición en la empresa metalúrgica de más rápida expansión de Francia. Tan inteligentes a la hora de captar las oportunidades para sus negocios como a la hora de salir ilesos de los tumultuosos avatares políticos de la época en Francia, los hermanos fundadores rápidamente edificaron un enorme imperio.
Cada uno ejercía su control sobre un área específica. Hubert se quedó en Colmar fabricando componentes de acero, mientras que Gustave emigraba a Pennsylvania para abrir una sucursal en América del Norte. El hijo de Gustave, Le Second Gustave, como se le conocía en la familia, expandió los intereses norteamericanos en las minas de carbón y en el campo de la inversión bancaria.
Felix, tras una larga asociación con Hubert en Colmar, con el tiempo se trasladó a una pequeña ciudad en los alrededores de Nancy, donde estableció las instalaciones para la fabricación de básculas, cocinas y otros artículos de metal. A mediados del siglo XX, esta rama de los negocios fue la que hizo popular el nombre de Schomberg dándoselo a radios, televisores, lavadoras y otros populares electrodomésticos.
El cuarto hermano, el más joven, Thomas, era la rareza de la familia. Adquirió el genio familiar, lo dedicó a la tecnología de innovación y la aplicó a la manufactura de vidrio, abriendo otra factoría que llevaba el emblema de los Schomberg en el este de Francia. El negocio de fabricación de vidrio nunca dio beneficios, pero ya que Thomas era imaginativo, y su hijo Cyril, un genio, les servía para el útil propósito de alzar un aura artística sobre el imperio de los Schomberg.
Debido a que había crecido lo suficiente como para perpetuarse por sí sola, varias generaciones de aplicados
Schomberg fracasaron a la hora de mermar la fortuna familiar. Por el contrario, al igual que algunos abotargados parásitos que se alimentaban sin compasión de la economía francesa, se expandió en todas las direcciones posibles. Sin embargo, otra revolución industrial tenía lugar de modo invisible en el mundo occidental, y ésta fue tan discreta que sólo un miembro de la saga de los Schomberg fue capaz de ver los signos de aviso y de comprender su significado.
Este Schomberg era una persona muy joven, apenas acababa de salir de la escuela empresarial y no había hecho nada, o muy poco, que fuera digno de recordar. Pero no importaba; se dio cuenta, mucho antes de que otros lo hicieran, de que la industria pesada en general, y la del acero en particular eran empresas agonizantes en Europa.
Como se veía en el deber de cumplir el servicio militar, obtuvo una prórroga del jefe de Servicios Médicos del Ejército Francés, nada menos. Una vez dejada atrás la amenaza de todos esos meses perdidos, Frederick Schomberg se dispuso a labrarse un nombre por sí mismo y, en ese proceso, salvar la dinastía.
Cinco años antes, la brillante joya de la corona de los Schomberg -la fábrica de Colmar- había desaparecido. Había sido un cierre brutal, pero su pérdida apenas resultó una tragedia para el consorcio. De todos modos, Frederick ya estaba creando tantos empleos como los que se habían perdido en Alsacia, expandiendo la compañía hacia nuevas tecnologías como la robótica, la inteligencia artificial y los componentes electrónicos. La prensa europea le proclamó un genio, el primer descendiente verdadero de los cuatro fundadores. Todavía no había cumplido treinta años.
Un borrascoso día de otoño, en el trayecto hacia París, procedentes de Colmar, Frederick Schomberg pidió a su chófer que se detuviera en la fábrica de vidrio que había a la salida de Luneville. Era tan sólo un capricho. Luneville era una pintoresca ciudad conocida por su cerámica, sus bordados y el singular estilo, aunque bastante demodé, de
fabricación de cristal ideado por Cyril. Aunque nunca había reportado dinero, en esa factoría siempre ocurría una u otra locura, y Frederick Schomberg se sentía aburrido y necesitaba distracción.
Ese día en particular, una joven diseñadora se encontraba en el edificio, arguyendo acerca de lo que ella consideraba una muestra particularmente odiosa para la línea de embellecedores de oro destinada a un jeque de Qatar. Cuando oyó que el gallardo Frederick Schomberg, el más adorado por todos los consejeros de inversiones, banqueros y columnistas de la prensa amarilla, se había dejado caer por la fábrica para hacer una visita, fue directamente a su oficina para echarle un vistazo.
Frederick levantó la mirada de unos proyectos y vio a una joven vestida completamente de ante, en colores rojizos, que llevaba una camisa de hombre y corbata de lazo; el pelo largo y ondulado hacía juego con el ante y bailaba alrededor de su cara a medida que ella se movía inquieta por la habitación.
Sólo necesita un sombrero Stetson, fantaseó Frederick, y sería una cowgirl absolutamente perfecta.
La joven era de mediana estatura, pero parecía mucho más alta con sus botas de piel de serpiente de tacón alto y su arrogante manera de andar. Él sabía que ella le estaba estudiando, y no hacía el más ligero intento de ocultarlo.
Christine vio a un hombre delgado, por su aspecto casi un muchacho con el pelo oscuro y lacio y una cálida mirada.
De ningún modo parecía capaz de cerrar fábricas, de revitalizar una ciudad industrial agonizante, de enfrentarse a los sindicatos izquierdistas, y, por lo que había oído recientemente, de hacerse cargo de todos los intereses familiares después de dejar de lado a varios parientes aspirantes a directores, tanto en Francia como en Estados Unidos. No parecía nada de eso, pero ella, instintivamente, sabía que lo era. Ya fuera por la sorpresa de su aspecto vulnerable y juvenil o por la magia de su historia personal -
ella nunca lo supo de cierto-, Christine de la Rouvay se enamoró de Frederick Schomberg al instante, desde el momento exacto en que le vio por primera vez.
Aquella tarde ella regresó a París en los asientos traseros del vehículo de Schomberg.
La familia se quedó horrorizada ante la noticia de su compromiso. No era ya que Christine fuera una don nadie, una cazadora de fortunas, una pequeña advenediza. De hecho, según los criterios de la familia de ella, los Schomberg estaban mucho más abajo en la escala social.
Después de todo, los De la Rouvay afirmaban ser descendientes de Luis XV, y la propia Christine, aunque de modo completamente inconsciente, contemplaba a los miembros de la familia Schomberg como si la sangre del viejo Luis palpitara con fuerza e ímpetu por sus venas, y ellos se contaran entre sus más humildes súbditos.
Ya que Frederick aparentemente la amaba más allá de lo razonable, poco podía hacer la familia, excepto mostrarse mohínos y reunirse en secreto para discutir la situación.
Según su opinión, Christine tenía dos fallos incorregibles: no tenía una suma considerable de dinero (es decir, que su cuenta corriente tenía menos de ocho ceros), y, más importante, era católica. A lo largo de tres siglos, los Schomberg se habían mostrado adeptos a la preservación de su identidad protestante en un país predominantemente católico, recurriendo a la emigración e incluso a falsas conversiones cuando las circunstancias dictaban la necesidad. Mantener esta fe había provocado el derramamiento de la valiosa sangre de los Schomberg.
Ahora, por vez primera, una católica romana era empujada al mismísimo núcleo de la familia. Había que hacer algo,
¿pero qué?
Y aunque Frederick estaba al corriente de esos cónclaves, prefería ignorarlos. Todos le temían, incluso su hermano mayor, Hubert Bayard, que hubiera dirigido el imperio Schomberg de no haberse visto implicado en varios
desagradables incidentes que habían quedado permanentemente inscritos en su casier judiciaire. Su madre, Marguerite, conocida como Rita, había gastado una pequeña fortuna en honorarios y sobornos para limpiar la ficha de Bayard, pero ningún consejo directivo le elegiría jamás -ni siquiera nominalmente- para dirigir una empresa Schomberg.
Bayard jamás se había casado. Después de la muerte de su padre, Hubert, se trasladó a la hacienda familiar para vivir con Rita. Era propietario de una docena de caballos de carreras, a los que dedicaba gran parte de su tiempo, dinero y afecto, yendo y viniendo entre París y Deauville durante la temporada y dejando que le fotografiaran en sus establos para la Jour de France y otras publicaciones de moda.
Asistía a todas las inauguraciones a las que era invitado: clubes nocturnos, nuevos restaurantes de moda en Les Halles, presentaciones de joyas y muebles, incluso exposiciones de flores. Era uno de los habituales en las reuniones de la sociedad parisina: le encantaba acompañar a viudas ricas a colecciones de haute couture, soltar ohs y ahs en su compañía ante un sombrero chic, unas pieles, o en sus reuniones. También mantenía una de las mejores colecciones de Francia de cerrojos y llaves, algunas de cuyas piezas se remontaban a la época del imperio romano.
La especialidad que le había valido renombre en el mundo del coleccionismo eran cerrojos alsacianos de mecanismo visible. Le gustaba aproximarse a los invitados que admiraban sus piezas en el estudio de Rita y decirles:
«Permítame que le enseñe la pieza clave de mi colección», o, si estaba un poco achispado: «Sé que resultan fálicas, encanto. ¿Por qué si no iba a desperdiciar mi tiempo con estos trastos oxidados?».
Bayard era muy feliz con su vida y quería que prosiguiera sin ningún cambio. Naturalmente, sería agradable sacudirse el yugo financiero de Rita y tener algún capital propio. Y
todavía mejor sería escapar de lo que perturbaba la
superficie aparentemente calma de su vida y que le sumía en incontrolables arrebatos de ira: las mofas de su hermano.
Frederick se burlaba de él a la mínima oportunidad: porque era perezoso, porque estrujaba a Rita como si fuera una esponja, porque salía gordo y borracho en una foto en Figaro-Madame, porque recibía llamadas telefónicas de mujeres de más de setenta años y de muchachos de menos de diecisiete, porque se había enfurecido por algo que Rita había dicho y había desgarrado todas sus toallas de baño de Nina Ricci por la mitad con su navaja de afeitar. Las burlas de Frederick eran frías y desapasionadas, pero Bayard las percibía como el veneno salpicante y ardiente de un padre-ogro censor. Haría cualquier cosa para no tener que volver a experimentarlo.
Mucho menos satisfecho con su vida estaba el primo carnal de Frederick y de Bayard, Xavier Schomberg. A causa de varios giros del destino de Francia en general y de los Schomberg en particular, Xavier había quedado a cargo de las siderúrgicas de Colmar. Era un hombre orgulloso, de carácter reservado, y nunca había superado del todo el hecho de que la familia no poseyera título alguno y que jamás fuera ya a adquirirlo, después de las disputas con Napoleón III, perdiendo así su última oportunidad de entrar en la aristocracia. Sin embargo, Xavier era un hombre de negocios serio, y se identificaba completamente con las siderúrgicas, cuya fundación había coincidido con el inicio de la inmensa riqueza de la familia.
Xavier era también el hombre de confianza de Hubert Schomberg, y en general se aceptaba que se quedaría al frente cuando Hubert se retirara. Durante un tiempo, el anciano depositó todas sus esperanzas en su hijo mayor, Bayard, pero cuando resultó obvio para todo el mundo -y sobre todo para el padre- que Bayard no sería más que un indolente playboy, y posiblemente de tendencias patológicas, Hubert intentó mitigar su dolor y decepción volviendo la mirada hacia la otra rama de la familia. Si
Bayard le había fallado de un modo tan absoluto, lo mismo ocurriría con su hijo Frederick, por entonces un adolescente tímido y aparentemente introvertido. Él deseaba genes diferentes y frescos para el consorcio.
Su sobrino Xavier poseía todas las cualidades de un hombre de negocios de éxito; su mujer, la ya mencionada Edith-Ann Grumman, procedía de una adinerada familia de Alsacia y gozaba de múltiples contactos en el mundo de los negocios y las finanzas. El propio Xavier era una persona que trabajaba duro, santurrona y carente de humor, y si poseía alguna debilidad pasional, nadie la conocía, y Hubert menos que nadie. Xavier era el perfecto segundo de a bordo; incluso poseía un cierto encanto basado en su rechazo a implicarse en cualquier tipo de cuestión que pudiera remitirse a Hubert.
Debido a que había sido elegido por su tío para sucederle, la caída en desgracia de Xavier fue doblemente dolorosa y humillante. Una semana después de la muerte de su marido, Rita convocó una junta general de accionistas.
Se trataba de una necesidad legal, aunque para todos los propósitos prácticos era una pérdida de tiempo, ya que Rita controlaba la mayoría de acciones de la compañía. En cualquier caso -y ante el asombro de todo el mundo-, ella dominó completamente la junta, convenciendo a los dos primos segundos de Estados Unidos, Thomas y Gustave Schomberg-Smith, de que votaran con ella en todos los asuntos importantes. Los principales resultados de esa junta fueron que Frederick se convirtió en titular al frente de la compañía. Fue un atrevido golpe de Estado, dado que Frederick era diez años más joven que Xavier, y, hasta entonces, el trabajo más importante que había tenido había sido el de reparador de ordenadores para una cadena de televisión norteamericana durante unas vacaciones de verano. Cuando dos años más tarde, el mismo muchacho, anunciaba su intención de liquidar todas las posesiones
siderúrgicas de la familia, Xavier le declaró la guerra abierta.
La enemistad subsiguiente perduró tres años y finalizó cuando Xavier vio que no sólo las siderúrgicas se habían cerrado y vendido, sino que él mismo se veía relegado a un pequeño negocio secundario consistente en fabricar maquinaria de jardinería en un pueblo situado ahí donde las afueras de París se desvanecen en medio de los húmedos, verdes y aparentemente interminables campos de Normandia. Xavier no se hubiera encontrado más lejos del mundo de las altas finanzas y de los grandes negocios si lo hubieran desterrado a la isla de Elba.
Ni él ni su estirada y fríamente atractiva esposa Edith-Ann perdonaron jamás a Frederick. Acudieron a Rita a expresarle sus quejas, pero esto fue algo necio en extremo: estaban atacando a la persona que Rita más amaba en este mundo. Esa confrontación sólo sirvió para que aquella mujer se volviera extremadamente suspicaz hacia su sobrino y acabara por enterrarles más profundamente en sus montañas de herramientas para jardinería.
Rita poseía muchas cualidades, incluyendo buen sentido, un astuto criterio económico y un gran encanto personal; todo lo cual se lo había transmitido a Frederick, por quien estaba dispuesta a hacer cualquier cosa, incluyendo el perdonarle un matrimonio que no aprobaba. Durante años, la menuda y fiera Rita había sido una influencia moderadora en todas las peleas y apuñalamientos por la espalda familiares. Ya que controlaba tantas acciones, todos la escuchaban cuando hablaba.
Sin embargo, a lo largo del último año, Rita Schomberg había comenzado a volverse olvidadiza de un modo peculiar. Entraba en el cuarto de baño de la doncella para ducharse en lugar de utilizar el suyo propio; intentaba abrir la puerta principal de la casa haciendo uso de una lima para las uñas; de repente, era incapaz de recordar el nombre de
Edith-Ann (ante lo cual Bayard replicó: «Es su cara lo que yo he estado intentando olvidar»).
Una tarde, cuando una limusina la trajo a casa procedente del barrio de Saint-Honoré, donde había ido de compras, Rita le dio al chófer un brazalete de diamantes y de rubíes valorados en un millón de francos en lugar de una propina. Aquel hombre tan amable, que la había llevado a todas partes durante diez años siempre que el chófer de ella no estaba libre, regresó esa misma tarde con el brazalete.
Le explicó al hijo de Rita lo sucedido.
Bayard no perdió tiempo y llamó a Frederick.
–Mamá ha perdido la chaveta, querido hermano.
Tendremos que retirarla de la circulación. Creo que está senil.
–No digas tonterías, Bayard. Los dos estamos tan lejos de la senilidad como lo está o lo estará alguna vez Rita.
–Lo que pasa es que no quieres admitir que nuestra chère maman se está haciendo vieja.
–Cuando yo estoy con vosotros, es el metro cincuenta y cinco de Rita quien marca el paso, y tú, querido hermano, le vas bastante a la zaga. ¿No crees que es tu esforzado calendario social el que te retrasa tanto?
Se estaban aproximando a terreno peligroso, y Bayard percibía ya cómo aumentaba la presión de su sangre. Sin embargo, se veía incapaz de refrenar su lengua. Por una vez, tenía algo importante que señalar.
–Pero Frederick, últimamente está haciendo unas cosas muy raras. Yo casi tengo miedo de seguir viviendo con ella.
–¡Pues entonces lárgate! – fue la réplica instantánea. Sin palabras de despedida, Frederick colgó de un golpe, dejando a Bayard, como siempre, enfadadísimo.
Dos semanas más tarde, Frederick trajo unos documentos a Saint-Cloud para que Rita los examinara y firmara. Ella los estudió cuidadosamente e hizo varios acertados comentarios, sorprendiendo a su hijo, tal como hacía con frecuencia, por su comprensión de las
complejidades del carácter de los Schomberg. Cuando hubieron acabado, Rita invitó a Frederick a su sala de estar privada a tomar un Grand Marnier delante del fuego. Ella se sentó tranquilamente durante un rato, y Frederick tuvo la sensación de que algo le rondaba por la cabeza. Aguardó pacientemente, sabiendo lo difícil que podía ser ese tema, y que tarde o temprano habría que mencionarlo. Por fin, ella se irguió y se giró hacia él, con una expresión interrogativa en su cara todavía sin arrugas.
–Querido, ¿hay alguna buena noticia? ¿De Christine…?
–¿Qué quieres decir?
–Quiero decir que no me gusta fisgonear, pero me gustaría oír que se nos bendecirá con… un niño.
Frederick vio que sus inmensos ojos adquirían un brillo sospechoso, y se quedó sorprendido al darse cuenta de que sus palabras la habían emocionado.
–Te doy mi palabra, Rita, dedicamos a ello todos nuestros esfuerzos. ¿Crees que podrás resistir un poco más?
Ella no aceptó el tono despreocupado.
–Frederick, puede que yo no tenga todo el tiempo del mundo. No querría que nada me sucediera antes de saber que se ha asegurado la sucesión familiar.
–¡Haces que esto parezca la familia real británica! En primer lugar, nada va a sucederte porque yo no lo permitiré.
Necesito a alguien que interprete correctamente las entradas y errores del balance.
–Por favor, querido, no cambies de tema.
–No lo hago. Lo abordo de la única y torpe manera que sé hacerlo. Christine y yo hemos tenido algunas… digamos dificultades de fabricación, pero en este momento estamos solucionándolas. Creo que puedo prometerte con toda seguridad que nuestra línea de producción estará en marcha antes de fin de año, puede que incluso antes.
–¿Significa esto que Christine ha ido a ver a un especialista?
-Los dos hemos ido a ver a uno. El mejor en su campo.
–Explícamelo con palabras sencillas, querido. ¿Va a haber un bebé?
–Sí, entregado con todas las garantías, además. ¿Te parece esto suficiente?
–Sí. Si tú me dices que va a ocurrir, entonces sé que no tengo que volver a preocuparme.
Todo asomo de lágrimas se había desvanecido ahora.
Rita ofreció a su hijo una brillante sonrisa que iluminó su menudo rostro y que por un instante le confirió el aspecto de una joven y lozana adolescente. A continuación, Rita se inclinó hacia adelante para besarle ambas mejillas, manifestando todo su amor y devoción en ese abrazo.
Luego pidió disculpas, se dirigió al dormitorio adyacente y se rapó un considerable mechón de sus hermosos y rizados cabellos, todavía rubios.
Consultaron a varios médicos, contrataron a varias enfermeras y Bayard tuvo la incomparable satisfacción de decirle a su hermano: «Te lo había advertido». Y aunque los médicos no encontraron inmediatamente una etiqueta para su enfermedad, Frederick ya no podía fingir que su madre gozaba de perfecta salud.
De este modo, unos ciento cuarenta años después de que esta historia de éxitos comenzara, la gran familia Schomberg se veía reducida a guerras, muertes, fusiones y un debilitamiento general de su línea sanguínea, a un cada vez más confuso matriarcado, a varios primos lejanos que eran más norteamericanos que franceses, y tres herederos en Europa: Frederick y su hermosa y presunta descendiente de Luis XV; Bayard, el decadente dandy que nunca se casaría y nunca procrearía; y Xavier, el primo que comenzaba a hacer todos los esfuerzos posibles para enterrar viejas querellas y recobrar el prestigio perdido ante Rita.
Xavier y Edith-Ann Schomberg poseían una suprema ventaja sobre sus primos: eran los padres de dos fornidos muchachos. Los herederos de los Schomberg.
Ella espera.
Sólo la separa la cuatromilésima parte de una pulgada; su tamaño es monstruoso en comparación con el de sus pretendientes: es ochenta mil veces más grande que el más débil del millón de menudos seres que la codician.
Completamente inmóvil, no hace nada para atraer a sus amantes espermáticos, aunque ellos se abren paso como si ella fuera Salomé quitándose el velo en una danza increíblemente erótica.
Las infinitésimas criaturas que nadan hacia ella realizan una carrera mortal. Como serpientes de agua en un mar primigenio, atraviesan la solución lechosa, azotando sus colas de un lado a otro para proyectarse hacia adelante.
Algunos ya la han alcanzado. Forman una melé, luchan como perros rabiosos para conseguir un lugar tan cerca como sea posible de esa pared aparentemente diamantina.
Una de esas frenéticas criaturas encuentra un menudo nicho y culebrea su cabeza una vez, una segunda vez, una tercera. Desesperada, lo intenta de nuevo. De pronto, contra toda esperanza, se abre una brecha. Sin vacilar ni un segundo, penetra hacia el interior para acceder a un lugar desconocido del que nunca saldrá.
Luego, como en un cuento de magia, el recién forjado círculo mágico se cierra, y los frustrados pretendientes quedan fuera. Para marchitarse y morir.
El momento de triunfo del conquistador es breve. Ahora se ve encerrado en el interior de un óvulo gigante. Una vez quedan bloqueadas todas las rutas de escape, la matriarca comienza a devorar a su cautivo con total impunidad. Ya ha consumido su cola y su parte central. Con más de medio cuerpo desaparecido, él gasta un último cartucho para salvarse, hinchándose en el interior de ella hasta que la invade totalmente y la pone en peligro. Ya no puede rechazarle: es el protonúcleo masculino.
Después de conquistar a su amada contra tan aplastantes contratiempos, el esperma ha estado a punto