Madre de alquiler

Shelley V. Ashley · Capítulo 38 de 49

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Madre de alquiler

Capítulo 37

garabatos de Pancho, se leía: «Hotel George V, París, habitación 351. Burdeos, Gran Hotel et Cafe, Suite 138».

Debería haberlo imaginado. El «simpático» encuentro en el parque de Burdeos había sido como sacado de un guión de Hollywood. De modo que su buen amigo, su único amigo, Pancho Paso Real, de hecho la había seguido de París a Burdeos, de Burdeos a Niza, de Niza al Var, y no a causa de su amor ni porque valorara su amistad, ni porque le preocupara el bebé, sino simplemente porque le habían pagado para que lo hiciera.

¿Quién?

Los Schomberg, naturalmente.

Capítulo 37

Cercanías de Grasse

Cecil cambió la áspera luz del sol que reinaba en el claro por la oscuridad del bosque. Una vez fuera de la vista del viejo, comenzó a correr sin prestar atención a las ramas que le arañaban la cara y las manos, a las zarzas que se prendían en su falda, a las espinas de bardana que se enganchaban a sus medias. Corrió sendero abajo hasta salir del extenso túnel de ramas colgantes; allí tomó el camino de la carretera. Procuró ocultarse tras los árboles para evitar que alguno de los gitanos del campamento la viera. Los viejos ojos de Oraga estaban demasiado débiles como para distinguirla a aquella distancia, pero algún otro podría reconocerla, y estar encantado de decirle a Pancho dónde estaba.

Una vez en la carretera, para su consternación, descubrió que ningún conductor estaba dispuesto a llevar a una mujer vestida de modo tan estrafalario. Pasaron casi cuarenta minutos hasta que un pequeño camión se detuvo junto a ella y un joven granjero la ayudó a sentarse a su lado. Cecil agradeció que se concentrara en conducir y no en ella. El camión rodeó el lago durante otros dos kilómetros y luego comenzó a ascender la empinada cuesta hacia el pueblo

situado al borde de la meseta, como una aguilera. La carretera se estrechaba, y las curvas eran cada vez más cerradas; la pendiente hasta los campos era impresionante.

Durante todo el viaje, Cecil no dejó de mirar hacia atrás, esperando encontrarse con el pequeño Renault de Pancho tras el camión. Pero no había nadie; la carretera estaba vacía. Finalmente pasaron junto a un lavadero y un pequeño hotel y llegaron a la plaza mayor, con sus plátanos y su polvorienta pista de petanca.

Para su horror, Cecil descubrió que era día de mercado.

El pueblo estaba atestado de gente: granjeros que vendían mercancías en la parte posterior de sus camiones; campesinas con brillantes envases de plástico negro de plantas medicinales; vendedores ambulantes que trajinaban utensilios de cocina, retales de vivos colores, agua de colonia de lavanda, jabón de aceite de oliva, bolsitas con hierbas para la cocina. Una joven con pantalón vaquero reparaba una silla de mimbre al borde de la plaza. Una mujer rolliza y de cara alegre presidía una muestra de quesos frescos extendidos sobre una tela. Algunos coches intentaban abrirse paso entre la multitud a bocinazos, los perros deambulaban excitados, un grupo de adolescentes corría tras una pelota de fútbol.

Dios mío, no podía haber elegido un día peor. Tengo que llamar por teléfono y salir de aquí a toda prisa.

Cruzó la calle y entró en la oficina de Correos. Había dos personas haciendo cola en la ventanilla del teléfono. La empleada estaba tan ocupada mirando a Cecil desde su cubículo cubierto de cristal que no podía concentrarse en marcar el número. Sus ojos ya saltones parecían a punto de escaparse de las órbitas. Se inclinó y le susurró algo a su colega masculino, y él también se puso en pie para mirar a Cecil por encima de las cabezas de los clientes.

La cola no avanzaba. Era casi mediodía.

Sólo con que supiera el número, pensó Cecil desesperada, o si supiera cuántas monedas necesito para

llamar a los Alpes-Maritimes, podría intentarlo desde la cabina que hay aquí fuera. Pero probablemente no funciona.

La última vez que intenté llamar desde una cabina no había nada dentro… incluso el teléfono había sido arrancado de cuajo.

Cuando por fin Cecil alcanzó la ventanilla, la mujer de ojos saltones tapó la abertura con una lengüeta de madera y gritó: «¡Cerrado!».

–Pero si hace diez minutos que espero -protestó indignada Cecil.

La mujer lanzó una mirada de absoluto desdén a las ropas gitanas de Cecil y repitió la misma áspera e inexorable palabra:

–¡Cerrado!

–Por favor, debo llamar a Niza. Sólo he entrado para saber el número. ¿Al menos podría echar un vistazo a la guía?

–Cerrado. Vuelva a las dos.

La luz que había en la zona del público se apagó de pronto, dejando a Cecil en la semioscuridad. Cerrado quería decir cerrado. Cecil reprimió un impulso de insultar a la mujer de ojos saltones, a la que ahora podía ver levantándose de la silla y apresurarse hacia la puerta trasera. De todos modos, ¿de qué iba a servir enfadarse? Lo cierto es que debía regresar a las dos. Le haría saber a la mujer lo que pensaba del «servicio público» después de haber hecho la llamada.

Cecil salió a la intensa luz del sol. La polvorienta plaza, que era el centro del pueblo, estaba tan concurrida como antes. Aparte del mercado, había pocos lugares en los que pasar las próximas dos horas. Había una farmacia, cuya fachada estaba decorada con una elaborada cerámica roja, un bar-tabac de detestable formica, un supermercado Co-Op, una gasolinera, una panadería-pastelería, dos oficinas de agentes inmobiliarios, y, al otro extremo de la plaza, el ayuntamiento.

Nadie parecía prestarle especial atención. No había señal de Pancho, ni de Oraga, ni de ninguno de los otros gitanos.

Para escapar de la multitud, tomó una de las estrechas calles de la parte de atrás. Pasó junto a dos o tres pequeñas tiendas, y luego ya sólo quedaron las casas del pueblo, todas increíblemente pequeñas y estrujadas en configuraciones con frecuencia inclinadas. Las antiguas casas de piedra le recordaron a Cecil su aventura en las calles de Niza. El hecho de pasar de la plaza, tan iluminada y con su amplia vista sobre el valle, a estas callejas de piedra, oscuras incluso a mediodía, le daba la impresión de haber penetrado en un laberinto de cuevas. Los edificios tenían un aspecto medieval, con las persianas cerradas y unas puertas de hierro tan bajas que tendría que agacharse para franquearlas.

Cecil estaba aturdida en su asombro. Todo el tiempo que había vivido en aquella pequeña casa de campo había experimentado, alternativamente, cierta sospecha hacia los motivos que tenía Pancho para protegerla y una abrumadora gratitud hacia él por haberla salvado. Más que gratitud, en ciertos momentos incluso había creído estar enamorada de él. Y ahora, el hecho de que se confirmaran sus peores sospechas era más de lo que podía soportar.

Necesitaba ayuda desesperadamente; y la aceptaría de allí donde procediera.

La carretera se desviaba hacia la derecha, y delante de ella Cecil vio a una docena de habitantes del pueblo de pie, inmóviles. Llevaban unas sencillas ropas de color negro, y se mostraban inusualmente tranquilos para ser sureños.

Una pequeña camioneta se detuvo junto a ellos. Cecil imaginó que era una camioneta de reparto hasta que, para su asombro, vio que dos hombres, enfundados en sendos sobretodos, descargaban un ataúd por la parte de atrás.

¿Un funeral? Había oído decir que el alcalde, que era comunista, rehusaba permitir que los de pompas fúnebres trabajaran en el pueblo, considerándolos no sólo aliados de

la iglesia católica, sino también unos monopolistas que se aprovechaban de los afligidos. Y el alcalde se servía de los empleados municipales, incluyendo a los basureros, para acarrear los cadáveres por el pueblo.

Cecil sólo pudo atisbar una cruz de madera y latón y el manto púrpura con un ramillete de rosas rojas que se extendía encima del ataúd antes de que éste se desvaneciera en el oscuro interior de una destartalada y pequeña iglesia. Los del pueblo intentaban ser discretos, pero Cecil podía ver cómo todos y cada uno de ellos, a medida que seguían el ataúd al interior de la iglesia, lanzaban subrepticias miradas a aquella extraña de aspecto estrafalario.

No puedo pasarme dos horas así, pensó Cecil desesperada. Llamaré menos la atención si ven que soy americana o inglesa que si siguen creyendo que procedo del campamento gitano.

Antes de entrar en la iglesia para confundirse con los asistentes al entierro, Cecil se arrancó el pañuelo que le cubría sus cabellos rojos y lo utilizó para limpiarse el carmín que llevaba en la boca. Satisfecha de parecer ahora más una hippie que una bohemia, se sentó en los bancos de atrás de la iglesia. Esperaba que el funeral durara hasta que la oficina de Correos volviera a abrir.

–¿Está Monsieur Vlady, por favor?

La pasaron de una extensión a otra, luego le dijeron que volviera a llamar dentro de veinte minutos. Parecía ser que Serge estaba en la fábrica y no podían localizarlo por teléfono. Cecil sintió que su frustración aumentaba cada segundo que pasaba. No había dónde esperar ni ningún lugar para sentarse. Los empleados, aunque todavía la miraban boquiabiertos, eran un poco más amables ahora que habían descubierto que era una especie de excéntrica anglosajona y no una gitana.

No me extraña que Pancho desconfie de la gente. Toda su vida ha sido víctima de los prejuicios. No, no me olvido

de quién es Pancho: un traidor, un espía, un lacayo de los Schomberg. Posiblemente un asesino.

¿Pero entonces por qué no lo había hecho todavía?, preguntó otra voz en su interior. Había tenido todas las oportunidades del mundo.

¡Cállate!, le dijo su otro yo. No sabes nada de los hombres. Mira cómo te ha ido basta ahora. Voy a llamar a Serge y eso es todo.

-¿Eres… eres…? – Serge tartamudeaba terriblemente.

Parecía incapaz de acabar una frase.

–No digas más. Soy una vieja amiga de la universidad.

Hace tiempo que estoy en Francia, pero no he podido localizarte.

–¡Dios mío, te das cuenta de que han pasado dos meses y medio! ¡Me he vuelto loco de preocupación!

–Quería llamarte, de verdad, pero me ha sido completamente imposible.

–¿Pero dónde has estado todo este tiempo? ¿Dónde estás ahora?

–He dicho que estaba en Francia, ¿o no? Y no muy lejos.

–Cristo, haces bien en ir con cuidado. No debería haberte hecho esa pregunta.

–Serge, estoy metida en un buen lío. Necesito tu ayuda.

–Sólo tienes que pedírmela. Sé el peligro que corréis tú y el bebé. ¿Todavía estás…?

–Sí, sólo faltan tres o cuatro semanas para el parto.

–Entonces todo va bien. Muy bien, iré a buscarte, pero debemos tener mucho cuidado con lo que decimos. Desde que desapareciste me han ocurrido cosas muy raras…

llamadas telefónicas a todas horas del día y de la noche, coches desconocidos aparcados delante de mi casa, personajes sospechosos que me siguen por la calle. Quiero llevarte inmediatamente a comisaría para que cuentes tu historia.

–No puedo hacer eso, Serge. La policía… -Cecil se puso nerviosa al ver que alguien rondaba por el vestíbulo de

Correos. ¿Y si habían oído su voz desde fuera de la cabina?

¿Y si algún empleado curioso la estaba escuchando? ¿O, incluso alguien del campamento gitano?-. La familia… ya sabes a quién me refiero… son tan poderosos que puede que la policía trabaje para ellos.

–Muy bien, tengo una idea mejor. Conozco un método clandestino para salir a Italia. Desde allí podemos coger un avión y estar en Nueva York mañana por la tarde.

– ¿Y qué me dices de tu trabajo?

–Si no están de acuerdo, que se fastidien. Querida, ¿te das cuenta en que estás metida? Todo el mundo está contra ti. Hay millones en juego.

–Tienes razón, por eso hay tanta gente haciendo cola para verme muerta. – Nada más decir estas palabras, Cecil se echó a llorar. Todo lo que guardaba en su interior durante meses, se derramaba ahora en un torrente incontrolado de miedo y frustración.

–Calma, querida, calma, me encargaré de que nadie vuelva a hacerte daño. Dime solamente dónde estás.

Cecil se secó las lágrimas e intentó pensar. ¿Dónde podían encontrarse? No podía quedarse en el pueblo ni un minuto más; ya se había arriesgado mucho viniendo. Estaba segura de que no había ya ni un alma que no pudiera reconocer a una extranjera alta, pelirroja, posiblemente embarazada, que había estado vagando por las calles durante casi tres horas. Era cuestión de tiempo que la prensa o los Schomberg se enteraran. La casa también quedaba descartada. Seguramente Pancho sabía ya que había desaparecido y la estaría esperando.

Cecil tuvo una súbita inspiración. Sólo podía rezar para que, si la línea estaba intervenida, el que escuchara no pudiera identificar sus crípticas descripciones.

–Serge, estoy en una región muy cercana a donde tu estás, no lejos de la capital del perfume.

–Sí, ya sé qué quieres decir.