Madre de alquiler
Capítulo 24
levanta sus dedos bellamente formados hacia sus ojos cerrados para frotarse el sueño que no está muy lejos.
Con el cordón umbilical alrededor de su frágil cuerpo como una alegre cinta de Navidad, y la pálida piel cubierta de un untuoso barniz, parece un reluciente paquete atado y envuelto en plástico transparente. A punto para la entrega.
Una expresión de gran calma se asienta en su cara. La calma de alguien que aguarda la eternidad.
Capítulo 24
Saint-Cloud
Todos estaban allí… es decir, lo que quedaba de la familia.
La pobre Rita estaba apuntalada en un rincón envuelta en una manta de mohair. Parecía veinte años más vieja que en la última foto que se le tomara para el folleto de los accionistas. Sus cabellos rubios se habían vuelto parcialmente grises, y aunque alguien les había consagrado mucho tiempo y atención, todavía emanaba de ellos un aura peculiar de inminente calvicie. Sus enormes ojos azules se habían apagado, y todo lo que la rodeaba sugería una apatía como de ensueño. En aquellas dos horas sólo en una ocasión tomó la palabra.
Bayard estaba sentado junto a su madre, mimándola con gran empeño y emitiendo pequeños arrullos para animarla.
En un momento dado tomó una de sus manos como garras, la dobló cuidadosamente sobre la otra y colocó ambas sobre su regazo. Finalizó sus manejos enderezándole la espalda y arropándola con la manta de mohair. De ese modo, Rita parecía plácidamente satisfecha, casi normal.
También Bayard estaba muy contento, se deslizaba de un lado a otro de la biblioteca desde que Sam Sweeney había entrado a fin de comprobar, mientras procuraba que alguien se encargara de su abrigo, sombrero y bufanda, que el doctor recibía una saludable ración de bourbon y era debidamente presentado. Fue Bayard quien lo dispuso todo
después de la llamada de Sam desde Londres, y fue él quien insistió en que Sam pasara la noche con ellos en lugar de regresar a su hotel a través de la humedad y el frío de París.
Ahora, sin embargo, el primogénito estaba sentado como un gato gordo y contento, aunque vagamente enigmático, sonriendo con benevolencia a su huésped. Pues eran ahora sus huéspedes. Bayard era el amo de la casa de Saint-Cloud, y quien asumía toda la responsabilidad del destino de su madre.
Y, tal como Sam no dejaba de recordarse a sí mismo, era Bayard quien se quedaría con el dinero si algo le ocurría al bebé de Cecil.
Las personas locuaces eran los primos: Xavier Schomberg y su mujer, Edith-Ann, una mujer de unos cuarenta años que Sam encontraba atractiva pero hosca. La gente la llamaba Di-Di, un estúpido nombre que no encajaba con su fuerte personalidad. Sam podía darse cuenta de que Xavier y su mujer habían reñido por algo aquella noche, pero se veía incapaz de clasificarlos. Aunque de Xavier Schomberg podía decirse que era agradable y acomodaticio, y que parecía ansioso por llegar a un acuerdo.
Justo al principio había habido un torpe y apenas velado intento de sobornar al doctor. Sam les dejó hablar, sintiendo curiosidad por ver dónde llegarían. No al millón que Christine había prometido; eso era demasiado. Sam incluso dejó escapar la cifra como una broma, pero a partir del frío silencio que siguió, supo que jamás habían pensado en tales términos.
De todos modos aquello aclaraba las cosas; después de eso los Schomberg comenzaron a hablar del niño como de un ser con sustancia y realidad. Xavier anunció que él y Di-Di lo adoptarían y se lo llevarían a vivir con ellos. Esta nueva insinuación dejó tan asombrado a Sam que casi se perdió la mejor parte: que tanto los papeles para la adopción y para el descargo de Cecil ya estaban casi
redactados y esperando la firma de la interesada. El bebé formaría parte de la pequeña familia de Xavier y Di-Di, y como tal tendría los mismos derechos que sus dos hijos herederos.
Sam clavó los ojos en aquella pareja que de modo tan inesperado deseaba adquirir otro nuevo bebé, y les preguntó con su más exagerado acento de Tejas:
–Díganme, si no les importa, ¿por qué el niño debería renunciar a toda la fortuna de los Schomberg para recibir tan sólo un tercio de la parte de los primos? Una vez descontados los impuestos franceses, no le quedaría mucho más que para tomarse un vaso de agua, ¿no les parece?
Seré franco con usted, señor Schomberg. Esta semana pienso regresar a Tejas con la señorita Gutman. Los dos averiguaremos cuáles son los derechos legales del bebé desde Estados Unidos.
Entonces fue cuando Rita volvió a la vida.
–¡Nooo! – gimió, y todos, incluso Bayard, se volvieron hacia ella con una mezcla de temor y fascinación-. ¡Nooo!
No el hijo de Frederick. No puede volar. Es demasiado pequeño. No le dejéis que suba a ese avión, por favor, por favor. ¡No les dejéis que maten también a nuestro bebé, no!
Como Lázaro saliendo de la tumba, se desembarazó de los brazos de Bayard, que intentaba detenerla, y se puso en pie. Ahora estaba llorando, las lágrimas en seguida le inundaron los ojos y la nariz y la boca, y siguieron su rumbo hasta la manta de mohair, formando gruesas y pegajosas gotas. Balanceándose y temblando, Rita gemía y a continuación repetía ese «¡Nooo!» pronunciado con horror, perturbadoramente lastimero.
Edith-Ann tiró de la borla de seda roja que había en la pared como si fuera algo que deseara despedazar.
–Maldita sea, ¿dónde está? ¡Esta estúpida mujer nunca está aquí cuando la necesitamos!
Con inesperada agilidad, Bayard dio un salto hasta quedar a pocos centímetros de Sam. Su cara estaba roja
como la remolacha, y temblaba de un modo incontrolable.
Una expresión malévola había reemplazado sus rictus de gato satisfecho.
–¡Mire lo que ha hecho! ¡Ha perturbado a mi pobre madre! ¡Cómo se atreve a hablar así sabiendo lo enferma que está! Su bocaza tejana le acarreará algún problema un día de estos, muchos problemas, ¿me ha oído?
–¡Tú eres el que está perdiendo los estribos, Bayard! – le cortó en seco la voz de Xavier-. El estado de Rita no tiene nada que ver con esta reunión. Si no eres capaz de controlarte, es mejor que abandones esta habitación.
Sam se volvió hacia Xavier.
–Si me permitiera examinar a la señora Schomberg, quizá podría administrarle…
–¡Desde luego que no! – gritó Bayard, a punto de rebosar de histeria-. Mi madre tiene toda la medicación que precisa.
¡Manténgase lejos de ella! ¡Soy el único que puede calmarla cuando se pone así!
–¡Entonces llévatela a su habitación y quédate allí! – le espetó Xavier-. Aquí está la señorita Sánchez, a punto para acompañarles a los dos arriba.
Una enfermera de tez cetrina y aspecto severo entró en la biblioteca empujando una silla de ruedas. Ya había levantado a una Rita que no dejaba de protestar y la había tomado entre sus brazos musculosos. Rita volvió la cabeza, intentó no perder de vista a Sam. Era como una sordomuda llevando un mensaje que era cuestión de vida o muerte. Su boca se abría y cerraba frenéticamente; sus delgadas mejillas temblaban como rebanadas de gelatina. Cuando la señorita Sánchez pasó junto a Sam con la silla de ruedas, Rita levantó una de sus manos como garras hacia él, pero ningún sonido emergió de sus labios crispados. A continuación salió de la habitación y Bayard salió detrás de ella.
Después de aquel desagradable episodio, Sam Sweeney decidió que era el momento de decirle a Xavier cómo iban a
ir las cosas. Se lo expresó en unos términos lo menos ambiguos posibles. Sam y Cecil serían nombrados coguardianes de la herencia de los Schomberg. Un representante legal, quizá Jeff Sandlin, se encargaría de salvaguardar los intereses financieros del niño hasta que fuera mayor de edad. Xavier seguiría ocupando el cargo de director de SCHOMBERG MONDIAL, y Bayard mantendría su cómoda asignación, siempre y cuando ambos firmaran de inmediato y sin condiciones el reconocimiento del estatus legal del niño y sus derechos dentro de la familia.
–¡Brindemos por eso! ¡Y por nuestra futura colaboración!
– proclamó una sonora voz desde el umbral. Bayard había regresado sin que nadie se percibiera de ello, con las mejillas sonrosadas y su sonrisa de gato fatuo de nuevo en su rostro.
–Gracias, pero no deseo beber más -dijo fríamente Sam-.
Hoy ya he sobrepasado mi límite. De hecho, creo que ya es hora de que vaya a acostarme.
–Oh, vamos, ya he pedido que nos traigan una botella de un Bollinger de lo mejor de nuestra cave. Si no lo prueba lo consideraré como una prueba de rencor hacia mí por mi estúpido arrebato de hace un momento. ¡Por favor, diga que no está enojado conmigo!
Sam vaciló, irritado y con un deseo urgente y casi incontrolable de abandonar aquella casa lúgubre y oscura.
Estaba ahí para sacarles lo máximo posible a aquellos cabrones; no podía dejarlos mientras todavía tuviera una racha ganadora. ¿Qué importaba media hora más cuando todos los triunfos estaban en su mano?
–Muy bien, descorchemos esa botella -dijo Sam con forzada afabilidad-, Christine y Frederick estarían satisfechos de saber que estamos brindando por la salud de su bebé.
No una, sino varias botellas trajo Madame Henriette, y luego las colocó en unas cubiteras de plata para que se enfriaran. Bayard insistió en mostrarle a Sam su colección
de llaves y cerrojos, y cuando retornaron a la biblioteca la primera botella ya estaba descorchada y su contenido servido en las copas que estaban sobre una bandeja.
Siguiendo la indicación de Sam, Xavier propuso un brindis por el niño que les había unido. Si su voz era casi tan seca como el propio champán, Sam prefirió no darse cuenta.
Tenía tanto que hacer; ésta sería la última velada que durante mucho tiempo, quizá para siempre, dedicara a beber. Mientras levantaba su copa, tuvo la repentina visión del pelo de Christine bailando por encima de él a la luz del fuego de la chimenea; su boca carnosa y sensual estaba hinchada de pasión, y sus labios magullados de tanto hacer el amor.
El champán se había acabado; la copa estaba vacía. Sam necesitaba más. La abstinencia la dejaría para mañana y para noches subsiguientes, para las solitarias noches que le aguardaban.
Sam observó el interior del agua tibia. Las burbujas que surgían de sus profundidades color chartreuse le recordaban la sangre agitándose en las máquinas del hospital. A excepción de dos focos que había en cada extremo de la piscina, todas las luces del invernáculo estaban apagadas.
El techo de cristal en forma de cúpula era una impresionante masa de oscuridad encima de su cabeza, y formas grises y confusas aparecían en los bordes de la piscina. De pronto Sam se vio invadido por un pánico casi animal de sólo pensar lo que podía estar al acecho en la oscuridad. Luego, disgustado consigo mismo, se zambulló en el agua y comenzó a nadar a lo largo de la piscina. El fondo de la pileta era muy hermoso, lo más hermoso que había visto nunca. Aunque estaba seguro de haber nadado en una piscina como aquélla hacía años-luz.
¿Cómo demonios había llegado ahí? Recordaba vagamente copas chocando la una con la otra y brindis exageradamente amistosos. En algún momento, Bayard le había dado unos golpecitos en la espalda y le había
sugerido compartir una sauna. Eso había sido un estúpido error, ya que Sam lo sabía todo acerca de Bayard y sus saunas. Y aun así allí estaba, completamente desnudo y nadando en aquellas maravillosas aguas verdes y cálidas.
En un súbito movimiento, Sam regresó a la superficie.
Salió del agua como una foca lustrosa y tomó una gran bocanada de aire. Luego, más tranquilo, se puso de espaldas e hizo el muerto. Era un completo imbécil por nadar solo después de haber consumido tanto alcohol. Haría una o dos piscinas más, sólo para despejarse, y luego se iría. De la piscina, de la casa, de Francia. De nuevo a Tejas, allí donde pertenecía.
Con grandes y poderosas brazadas Sam se impulsó hacia el extremo más profundo de la piscina. Estaba tan oscuro allí, tan muerto. Sólo el agua estaba viva. Dos objetos espectacularmente blancos, en forma de serpiente, nadaban justo detrás de él; Sam tardó unos segundos en reconocerlas como sus propias piernas, transformadas por las rizadas aguas en unos miembros engañosos y malformados de un feto que flotara dentro de su vasija de formaldehido.
–¿Quién está ahí? ¿Hay alguien ahí?
Se había oído un furtivo sonido, como si hubiera alguien en el trampolín que estaba encima de su cabeza. Sí, allí estaba de nuevo. Sam no podía ver nada en aquella negrura. Naturalmente, no había nada que ver; no era más que su mente rebosante de alcohol que le gastaba bromas.
Como salido de la nada, tuvo una visión de Bayard Schomberg de pie y desnudo junto a él al borde de la piscina. Su mano se posó en el hombro desnudo de Sam.
–Estúpido muchacho, el agua es buena para usted. Ya sé que no se hace, esto de prescribirle tratamiento a un médico, lo sé, pero quiero ayudarle. Vamos, salta, estúpido muchacho.
¿Quién había dicho eso? Debía de haber sido Bayard, pero en medio de las distorsiones de su ebria memoria, la
voz no sonaba en absoluto como la de Bayard. ¿Y por qué no podía recordar Sam haberse zambullido en la piscina?
¿Era otro momento en blanco de su mente, como le había ocurrido en Londres? Dios le ayudara, no podía permitirse eso en aquellos momentos…
Cristo, allí estaba de nuevo aquel ruido. Justo encima de él. Un sonido amortiguado y como de arañazo, como si algo pesado fuera arrastrado por las baldosas, el peso muerto de un cadáver. No, no era eso en absoluto. Era más como algo arrastrando una alfombra o un enorme saco de arpillera lleno de paja. ¿En la oscuridad?
–¿Hay alguien ahí? ¿Bayard, eres tú?
Sam nadó un tanto inquieto alejándose del borde de la piscina, surcó el agua de nuevo y levantó la cabeza hacia aquella misteriosa negrura llena de formas oscuras y borrosas. De repente sintió mucho frío. Por primera vez percibió el ininterrumpido golpeteo de la llovizna que azotaba la gran cúpula del invernáculo. Cristo, estábamos a finales de diciembre, no era la época apropiada para ponerse a nadar, ni aun en una piscina climatizada. Tenía que salir de allí; tan sólo esperaba poder encontrar las ropas que ni recordaba haberse quitado.
Sin previo aviso, las luces de la piscina se apagaron.
–¡Qué demonios! – exclamó Sweeney enojado-. ¿Quién está ahí? ¡Maldita sea, volved a encender esas luces! ¿Me habéis oído? ¿Qué clase de cretino sois, apagar las luces mientras todavía estoy en la jodida piscina?
Su pregunta fue saludada por un siniestro y angustioso silencio.
Sam braceó vigorosamente hacia el borde de la piscina.
En el mismo instante en que sus manos se asían al azulejo, algo plano y brutalmente pesado cayó encima de su cabeza y le devolvió al agua. Aquella cosa se abrió alrededor de él y comenzó a hundirse. Sam intentó escabullirse nadando por debajo de aquello, que se volvía cada vez más pesado, más
oscuro, más sofocante, y que se extendía sin cesar en todas direcciones, empujándole inexorablemente hacia abajo.
Sam abrió la boca para inhalar desesperadamente el aire que necesitaba, y su garganta se llenó de agua. Se atragantó e intentó toser, pero cada bocanada sólo dejaba entrar más agua. Penetraba por todas partes, ahora, en su nariz y en su garganta y en su esófago y en sus pulmones, y en todas aquellas partes donde entraba agua sentía un dolor que parecía desgarrarle, como si sus entrañas fueran a despedazarse de un momento a otro. Abrió los ojos para encontrar alguna manera de escapar, pero no había absolutamente nada en la negrura, tan sólo una bestia empapada arrastrándole en su mortal abrazo.
¡Iba a morir! No era posible, no de ese modo, nadie moría de ese modo, cayendo a plomo al fondo de una piscina vulgar, ahogado en una masa de pieles, asesinado vilmente por una alfombra. Por favor, no, Virgen Santa, no puedo morir así, por favor, Dios mío, soy un médico, no me dejes morir.
Entonces, de improviso, Sam dejó de luchar. Sus pulmones dejaron de palpitar con el imposible anhelo de respirar, y se sintió inundado por una especie de paz.
Milagrosamente, de nuevo era capaz de ver. «Una luz amarilla titilaba en aquellas aguas negras como la tinta; en el centro había un objeto infinitamente deseable. Sam estiró los brazos con suavidad, creyendo que se trataba del rostro vital y luminoso de Christine que le estaba haciendo señas, pero lo que vio en la brillante luz que no dejaba de avanzar fue aquello mismo que le había arrastrado a través del vasto laberinto de su vida hasta ese preciso lugar. Era una rueda, y giraba de manera vertiginosa. Impúdica. Y cuando la vio, Sam no sintió más que una profunda alegría.
Oh dulce madre de Dios, he buscado durante tiempo el lugar al que escapó mi buena suerte, mi suerte de Midas, y aquí está, la he encontrado de nuevo, oh gracias a ti, Jesús, gracias, ésta es, ésta es la rueda de la fortuna. Mi fortuna,
sólo con que el agua no estuviera tan turbia, sólo con que no se me nublara la vista, pero apenas puedo ver la aguja, la rueda todavía gira, ya no, no, está parando, oh si sólo pudiera verla, por favor, un poco más de tiempo, para ver dónde se detiene la aguja.
Se detiene, se ha detenido. No, por favor Dios mío, por favor Jesús mío y todos los santos, por favor María madre de Dios, no dejes que se detenga ahí, por favor, no en el doble cero, no dejes que se detenga en el doble cero, no esta noche, no me hagas esto a mí, no, por favor.
Soy médico.
Por favor.