Madre de alquiler
Capítulo 40
de lo mal que se sentía. Algo en su interior iba a estallar en cualquier momento. Tenía que conseguir ayuda urgentemente, ¿pero dónde?
En su desesperación, Cecil tomó la única dirección que se abría delante suyo: la oscuridad absoluta del bosque.
Capítulo 40
Cercanías de Grasse
Tenía la impresión de haber caminado durante horas. Ni siquiera sabía dónde estaba, sólo descubría que en cualquier dirección que tomara no había sino troncos retorcidos, ramas que colgaban, arbustos goteantes, lechos de zarzas que la arañaban y desgarraban. Cecil ya no tenía miedo de que alguien la siguiera; era imposible que nadie lo hubiera hecho en aquella ruta absurda, azarosa y posiblemente circular que había tomado para atravesar el bosque. No, lo que ahora la aterrorizaba era la idea de no volver a salir de allí jamás. Y tenía que hacerlo porque el bebé estaba a punto de llegar, estaba segura. No era exactamente dolor lo que sentía, sino algo peor, una intensa presión en el bajo vientre que parecía incrementarse a cada paso, como si algo ya no encajara en su interior y comenzara a rezumar hacia el lecho del bosque cubierto de musgo.
Como confirmando sus peores temores, hacía unos minutos había sentido la súbita sensación de un líquido cálido corriéndole por entre las piernas, y después había comenzado a temblar de un modo tan intenso que los dientes le castañeteaban, ofreciendo un fatal contrapunto a su tambaleante paso.
Al principio, Cecil intentó razonar. Si iba de mal en peor, lo mejor era tenderse en el suelo y dar a luz. No sería la primera mujer en el mundo que lo hacía de aquel modo. De hecho, todos los seres que habían vivido sobre la tierra habían nacido de ese modo hasta una época muy reciente.
Sólo que ella procedía de la civilización; estaba
acostumbrada a la calidez y a la limpieza, y a disfrutar de unos especialistas que la cuidaran. No tenía ni idea de qué hacer. Educada en la ciudad, jamás había visto nacer un animal. Había leído centenares de libros, quizá miles, y, con bastante frecuencia, solía haber alguna escena en la que se describía un nacimiento, sólo que leerlo en un libro y sufrirlo en tus carnes eran cosas muy diferentes. ¿Qué ocurriría, por ejemplo, si el nacimiento se prolongaba durante horas y se quedaba inconsciente? ¿Sería posible que ella y el niño murieran de estar a la intemperie? ¿Y si no se desmayaba, ni se desangraba hasta morir, sería capaz de ponerse en pie y caminar después, transportando al recién nacido? ¿Seguir andando hasta que finalmente encontrara un camino para salir del bosque?
Se oía cada vez con más frecuencia el rugir de los truenos, y ella elevaba la vista constantemente, pero los pequeños retazos de cielo que podía divisar entre las copas de los árboles no mostraban ninguna estrella, ni luna, nada que la guiara.
¿Dónde está mi estrella de Belén?, se oyó susurrar a sí misma como un talismán. ¿Dónde está mi establo? Aceptaré todo lo que venga siempre y cuando no tenga el bebé sola con unos pocos animales salvajes como testigos.
Sin previo aviso, Cecil cayó hacia adelante, aterrizando sobre las rodillas y las palmas de las manos. Entonces comenzó a sollozar, desvalida. No podía seguir, no podía.
Alguien tenía que ayudarla, por favor, Dios mío. Quien fuera.
Cecil gritó una vez más, voceando los dos únicos nombres que representaban alguna ayuda para ella.
–¡Pancho! Maldita sea, aunque trabajes para esos cabrones, por favor, ven. Sé que lo harás. Me amenazaste con dejar que tuviera el bebé sola en medio del bosque, pero sé que no lo decías en serio. ¡Pancho! ¡ Monsieur Mezange! Estoy perdida. ¡Venid a buscarme, por favor!
¡Estoy perdida! ¡Mezange! ¡Pancho!
Mezange estaba acuclillado entre dos trozos de pared rota, oculto en las sombras de su abandonada casa.
Observaba, como siempre. Había estado observando a aquel hombre en particular durante casi una hora. Era apenas un fuego fatuo, una sombra, el sueño de un hombre hecho curvas, líneas, motas de luz y sombra. Pero los ojos acuosos de Mezange lo veían perfectamente. Sonreía ante la idea de que el hombre no podía hacer ningún movimiento sin que él se enterara, pues no tenía la menor idea de que era observado.
Mezange tenía paciencia. No importaba lo quieto que estuviera el hombre, no importaba lo mucho que permaneciera allí creyendo que se había desvanecido en la sombra de la derruida pared de piedra, no importaba lo fría que fuera la noche, ni lo alto que ulularan los búhos, no importaba que estallara la tormenta y enviara sus gélidos ríos a empaparlos, nada detendría a Mezange. Seguiría esperando porque quería ver. A lo largo de toda su vida de espera había visto muchas cosas, toda la belleza y todo el horror. Todo lo que se veía en este mundo.
Pero aquella noche, aun encontrándose en una posición más cómoda, en anticipación a su larga espera, Mezange tenía la sensación de que algo inusual discurría por todo su cuerpo y se aposentaba en sus huesos. Tenía la premonición de que aquélla sería su última vigilia, la que le libraría de todo el dolor de su vida desperdiciada.
Al principio, Cecil pensó que se trataba de una ilusión óptica, una ilusión nacida de la angustiosa presión que parecía desgarrarle la carne. Justo delante de ella, vislumbraba un neblinoso resplandor de luz. ¿Podía tratarse de la tormenta, del resplandor de un rayo? No, la luz era débil pero constante, y ella se movía lentamente en aquella dirección, abriéndose paso por entre el bosque. El suelo estaba mucho más húmedo, casi como un pantano o una marisma, y por fin se dio cuenta de dónde se encontraba…
¡en el puente! De alguna manera se había abierto camino
por el bosque y había emergido junto a la vieja casa en ruinas que se erguía en la parte de atrás de la carretera, justo al borde del río. Más allá de la casa estaba el puente, y a continuación el pequeño café, como un faro, atrayéndola en medio de la noche. Y allí, en el interior, la esperaba Serge.
Cecil sollozó de alivio. No iba a tener el bebé sola, empapada en medio de la tormenta. Llegaría al café en un par de minutos y se encontraría en el interior de un coche provisto de calefacción, envuelta en la cálida chaqueta de Serge. O camino de un hospital. Cecil se sintió exactamente como un viajero que emergiera del desierto y encontrara un maravilloso estanque de agua fresca y cristalina para beber.
Ya se sentía mucho mejor. El malestar que se había apoderado de ella desde que encontrara el cuerpo descompuesto de René ya había desaparecido; lo que sentía ahora era lo normal… los dolores del parto. Eran soportables, y pronto se desvanecerían. Todo habría acabado, toda aquella angustiosa pesadilla.
Salió de entre los árboles y llegó a la carretera. Otros doscientos o trescientos metros y…
Algo se movió entre las sombras, a su lado. Cecil se sobresaltó y se quedó petrificada, dudando entre correr hacia el puente o mantenerse inmóvil hasta averiguar qué había en las sombras. La noche estaba completamente silenciosa: los pájaros habían dejado de piar y no se oía trueno alguno. Por la oscura carretera no pasaba ni un coche. Sólo el tenue destello del pequeño café la atraía.
Ahora sólo había una distancia muy pequeña entre donde se encontraba y el auxilio, y un nuevo dolor se había iniciado en lo más profundo de su vientre. Era distinto de la presión, era una sensación de estiramiento o desgarradura, una abertura que preparaba el paso del bebé. Era insoportable.
Tuvo que detenerse e hincarse de rodillas sobre la tierra empapada, tuvo que cerrar los ojos aunque sólo fuera por un instante.
De nuevo oyó el ruido; abrió los ojos de golpe. A aquella media luz distinguió una figura moviéndose de un modo extraño, como un cangrejo, y dirigiéndose hacia ella. Cecil respingó y retrocedió hacia los arbustos. La figura no mostró señal de haberla observado; continuó hacia adelante de la misma manera, lenta y oblicua, entrando y saliendo de la débil luz amarilla del café. A medida que se acercaba, le pareció que se volvía enorme.
Tengo que moverme, tengo que moverme, tengo que moverme, se dijo a sí misma a través del dolor que subía de su vientre. Se puso en pie temblando y avanzó hacia la parte posterior de la vieja y destartalada casa. Justo delante de ella distinguía el perfil irregular de una vieja pared. Si pudiera esconderse allí, rodearía la casa por la parte de atrás, llegaría hasta el puente e intentaría correr hasta el café. Sólo que Cecil tenía la certeza, en lo más profundo de sí misma, que no podría correr ni aunque su vida dependiera de ello, lo cual, por supuesto, era el caso. Si al menos pudiera llegar hasta el puente, podría gritar pidiendo ayuda. Serge o alguna otra persona en el café la oirían.
Había una oportunidad.
Lejos de la tenue luz que había en la parte delantera de la casa, Cecil no podía ver casi nada. El bosque, a su izquierda, era un muro de árboles azul negruzco e impenetrables sombras. Algo blando y húmedo pareció avanzar hacia ella y tocarle la mejilla en una caricia fantasmal. Pensó en la masa amorfa de la mano de René y ahogó un grito, pero sólo era la niebla procedente del lago.
Ahora la sentía a su alrededor en medio de la noche helada.
Llegó a la pared posterior de la casa, y, por lo que pudo percibir o imaginar, no había nadie detrás de ella. Quizá la figura que se movía como un cangrejo había proseguido hacia la carretera, imaginando que ella había regresado a la casa de campo. O quizá lo había soñado todo, y su mente desvariaba a causa del dolor provocado por el inminente nacimiento. Habría dado cualquier cosa para estar de nuevo
en Dallas, en la cocina de vivos colores de Mica, tomando café, mirando alguna estúpida película de terror en la tele, bebiendo una Coca-Cola, decidiendo si ir a la piscina o a la biblioteca. Una persona normal con una vida normal. ¿Cómo había podido perderse todo aquello? La realidad era como
un episodio de «La dimensión desconocida»[10]. Nada más
penetrar en el despacho de Jeff Sandlin había sido
transportada a otra dimensión de la que no había posible
regreso.
Cecil adelantó una mano hacia la húmeda piedra de la pared para guiarse y tocó… ¡carne! Entonces era eso; sólo tenía un segundo para gritar y…
Una tira de acero le cubrió la boca, ahogando cualquier sonido. Intentó morder, dar patadas, retorcerse, pero la persona que la sujetaba era enorme e implacable. Era como la noche en la clínica del doctor López, cuando el hombre la había agarrado…
–Cecil, por amor de Dios, quédate callada. Hay alguien ahí fuera, en la esquina de la casa -el susurro de aquella voz estaba poseído de una intensa emoción. Lo había oído antes; era de alguien que conocía. ¿Era realmente un amigo?
De todos modos estaba demasiado asustada y el dolor era demasiado atroz como para poder razonar. Quería dejar de luchar, comportarse racionalmente, pero estaba como poseída; todos los músculos de su cuerpo parecían retorcerse, sacudirse, intentar librarse de aquellas manos crueles y fuertes.
–Cecil, ¿te estarás callada si te dejo libre? Tenemos que entrar en la casa antes de que ese hombre nos encuentre.
¿Me has oído?
De pronto reconoció la voz. Era Alan, Alan Mueller, el bobo entrenador de tenis que se había enamorado infantilmente de ella en Niza. ¡Alan! ¿Cómo había llegado allí? La conmoción de la sorpresa hizo que parte de la terrible tensión de su cuerpo se relajara; se dejó caer contra
su cuerpo grande y musculoso. Con cautela, Alan aflojó la fuerte presión que amordazaba a Cecil.
–¿Estás bien? ¿Te mantendrás en silencio si te suelto?
–Sí -susurró ella a través de sus labios tensos y dolidos-.
¿Quién… quién está ahí fuera?
–Shhh. No digas nada. Voy a abrir la puerta detrás de ti.
Entra en la casa y sube las escaleras hasta el piso de arriba.
Me encargaré de que nadie nos siga, entonces me reuniré contigo.
–No quiero entrar ahí -gimió Cecil-. Tengo que llegar al café. Por favor, Alan, necesito un médico.
–Maldita sea, Cecil, no sé si ahí fuera hay media docena de hombres al acecho. Quienes quiera que sean, probablemente están armados. No tenemos la menor oportunidad de cruzar el puente ahora. Estarás segura aquí hasta que vaya a buscar ayuda. Ven, no malgastes un tiempo precioso hablando.
En la oscuridad, sintió la áspera madera de la puerta, oyó su débil crujido al abrirse. Alan la sujetaba del brazo, la guiaba en medio de la más absoluta oscuridad. Llegaron al primer peldaño.
–Sigue, empieza a subir. Estaré detrás de ti. No temas nada, Cecil, no dejaré que te pase nada. Te amo. Te amo desde el primer momento en que te vi en el aeropuerto de Burdeos. Continúa subiendo y sé una buena chica.
Su voz sonaba estridente y falsa, pero eso debía ser porque estaba asustada. Apenas sabía lo que hacía. Puso un pie en las escaleras y luego otro, subía, peldaño a peldaño.
La oscuridad le daba miedo. Ascendía a un agujero negro, al vacío útero, regresaba al interior de su madre, que había de cuidar de ella. Mamá…
Era la casa más alta de las que había estado, y cuando por fin llegó al final de la escalera, vio que había una enorme habitación con una pared que se abría hacia un vacío absoluto. Era un lugar algo más iluminado, aunque de todos modos sólo podía percibir el perfil de las tres paredes
de piedra que se erguían con sus ventanas como bocas abiertas. Fue la más distante la que atrajo su atención, la que se abría hacia la noche. Remolinos de niebla la atravesaban como tenues serpientes. Cecil dio un paso hacia adelante y tropezó cuando la madera podrida cedió bajo sus pies. Con un débil grito se lanzó hacia atrás y percibió, más que vio, el espacio que se abría a sus pies.
¿Qué era aquel lugar? Era como una de aquellas casas que aparecen en los sueños, cuyos habitantes hace mucho que se han marchado, han muerto, y en la que cada milímetro es una trampa.
Una puerta golpeó detrás de ella. Alan ya no se preocupaba por no hacer ruido. Caminó rápidamente hacia ella. Cecil iba a advertirle que no era un lugar seguro cuando las manos de Alan regresaron a la boca de Cecil, cortando en seco sus palabras. Luego, con la misma rapidez, bajaron hasta su garganta y se hundieron allí, impidiéndole toda posibilidad de respirar.
–Ya hace demasiado tiempo que juegas al ratón y al gato conmigo, querida Cecil. Me has causado demasiados problemas y me has hecho trabajar mucho más duro de lo que a mí me gusta. Estoy seguro de que comprenderás por qué quiero acabar de una vez. No luches y acabaremos en un momento. Te lo prometo, apenas sentirás nada.
A medida que hablaba, Alan Mueller empujaba a Cecil hacia el enorme espacio vacío que había detrás de ella, hacia una caída a través de la niebla hasta las ruinas que había debajo. La obligaba a retroceder como un bailarín de tango, y ahora ella seguía su ritmo, tal como era el deseo de Alan. Cecil todavía podía controlar las piernas, pero no los pulmones, que estaban a punto de estallarle, ya no le quedaba aire en ellos. Y entonces sintió el borde inferior de la ventana en ruinas, y él inclinó la espalda de ella allí, en el vacío; no podía hacer nada, nada…
Mezange se acurrucó contra la pared, en medio de la oscuridad, y observó cómo los dedos del hombre rodeaban
el cuello de Cecil y empujaban su cuerpo contra el de ella, inclinándola hacia atrás sobre el alféizar de la ventana. Se movían como dos amantes en un acto de cópula mortal, Cecil resistiéndose apenas, el cuerpo arqueado para escapar de la cruel fuerza del hombre, de aquellos dedos que rodeaban su garganta como tentáculos. Continuamente hacia atrás, milímetro a milímetro.
La propia respiración de Mezange se aceleró mientras observaba. La excitación creció en él como una bilis amarilla, la excitación que siempre buscaba en su vida de observador. Sí, el túnel de imágenes que se comprimía en su memoria se aceleraba aquella noche. Retrocedía a una velocidad de vértigo, viendo de nuevo todos los horrores que le habían consolado y hecho sentir vivo. Se encontraba de nuevo en el Siagne una tarde de invierno, observando a un chico del pueblo levantar la falda de una ciega, dejando al descubierto sus medias de lana, sus gruesos muslos y su mata de vello pùbico. Vio a la profesora solterona arrodillándose para prender la leña que le daría luz para enterrar a su niño recién nacido. Un niño que nadie había sabido que llevaba en su seno y al que había asfixiado después del nacimiento. Sólo Mezange conocía aquellos horrores. Había visto cómo un hombre prendía fuego a un coche con alguien agitándose en su interior; había descendido a la gruta que había a un lado de la carretera para observar unos trozos de carne embutida dentro de una bolsa de plástico. Había visto los ojos abiertos, aquel pelo tan hermoso, tan hermoso.
Había observado… ¡Qué no había visto en cincuenta años de vagabundeo por los bosques y a lo largo del río!
Había oído los gritos de judíos atrapados por un centinela italiano. Había visto a un adolescente alemán de bruces sobre una roca en sus tierras, la garganta rebanada de oreja a oreja.
¿Había existido algún acto de horror del que no hubiera sido testigo silencioso?
Todavía se encontraba en aquel sibilante túnel, moviéndose más y más rápido, arrojado violentamente en medio del baldío de su vida. Había observado sin hacer nada, nunca había ayudado a nadie, nunca había protestado ni hecho ningún gesto porque no podía, porque el observar le paralizaba y le convertía en un bloque de piedra inmóvil, un niño desvalido y deforme con ojos pero sin voz, sin brazos y sin piernas. Y la observación le hizo… feliz. Sí, eso era… feliz. Eran los momentos en que vivía de verdad, paralizado de alegría y horror en una mezcla indescriptible mientras era testigo de lo que un ser humano podía hacerle a otro.
Mezange continuó retrocediendo en el tiempo, a través de aquel túnel, y a medida que proseguía vio, superpuesta sobre las dos figuras sombrías que luchaban en la ventana, otra escena, mucho más lejana, casi al final de…
Algo terrible está sucediendo.
Los gritos agudísimos suenan exactamente igual que su miedo. Aquellos chirridos siguen y siguen, horriblemente mezclados con otros sonidos ásperos y guturales. Al mismo tiempo existe una fantasmagoría de correr, caer, girar, reptar, agitarse, temblar, tirar, deslizarse, estremecerse, todo esto hasta que su propia cabeza nade en medio de aquel confuso torbellino. A continuación, sobreviene una completa quietud acompañada de una insoportable pesadez que se extiende allí donde ella se encuentra y que se apodera de todo su cuerpo, hasta el espinazo.
El miedo le recorre el cuerpo, un miedo candente que comienza en el cerebro hasta llegarle a las puntas de los pies, el peor miedo que ha experimentado. También se percibe una ausencia, la ausencia de algo que debería encontrarse en el corazón y en la sangre de ella. Tiene una desesperada necesidad de aquello, un ansia desesperada.
Sus pulmones, que hasta entonces jamás han sufrido el menor movimiento, están a punto de salirse de la cavidad torácica.
El feto, cabeza abajo dentro de su reducido nicho, la cabeza ya medio fuera del fluido cálido y confortable, y atascada en el canal de salida, está muriendo. Ella sabe que está muriendo, y no puede hacer nada, está impotente, sólo puede mandar un mensaje con sus débiles pataditas y sus pequeños dedos que arañan la pared, un mensaje a quien sea para que la salve… la salve…
Algo que debería latir dentro de su sangre, algo que debería estar en su cerebro, en su memoria, ha desaparecido. Para siempre.