Madre de alquiler
Capítulo 33
Cecil apretó el botón de off y se quedó mirando la negra pantalla. Ya estaba al corriente de todo lo que necesitaba saber: Christine, Frederick y Sam, todos muertos, y oía ya al locutor anunciando el siguiente nombre de la lista. La señorita Cecil Gutman fue encontrada acribillada, acuchillada, envenenada, asfixiada, en el fondo de un precipicio, ahorcada en un establo, arrastrada por las olas, un suicidio aparente, abatida por… Era algo tan implacable como los árboles cayendo bajo el hacha del leñador. Tres cadáveres y seguro que no tardaría en aparecer alguno más.
Capítulo 33
Cercanías de Grasse
¡Oraga se había ido! Había salido para alguna emergencia, mágica o de otro tipo, y Cecil estaba libre.
¡Sabía a ciencia cierta que Oraga no regresaría hasta las cuatro! ¡Era demasiado maravilloso para ser cierto! En menos de cinco minutos, vestida con una basta camisa de hombre (de Pancho), unos pantalones caquis y unas botas altas, Cecil estaba fuera de la casa y corriendo.
Bajo los árboles hacía frío y humedad, y las botas de Cecil sonaban al salpicar mientras pisaba los charcos dejados por las lluvias primaverales. El sendero desaparecía bajo la vegetación en algunos lugares, y estaba cubierto de piñas, cortezas de árbol y una masa esponjosa de hojas, hierbas y agujas de pino. Después de un rato, el vigor de Cecil comenzó a disminuir. El oscuro túnel bajo los árboles se convirtió en un lugar interminable e inquietante. Sin embargo, Cecil continuó andando, empujada por la idea de escapar de Pancho y de la atenta mirada de Oraga y de encontrar una solución a su delicada situación. Cecil no podía explicar por qué, pero había dejado de confiar en Pancho. A medida que su embarazo avanzaba y su cuerpo por fin se volvía redondo y pesado, sentía una necesidad casi instintiva de encontrar un amigo, un aliado, un protector.
Todo lo que la rodeaba eran olores de enebro y ciprés húmedo, mezclado con los aromas más silvestres de hojas enmohecidas y estiércol y hierba en descomposición. Cecil sintió como si retrocediera en el tiempo hasta un día muy concreto. ¿Cuándo y dónde había sido? Respiró profundamente y se sintió una niña de nuevo, en otro bosque, con el mismo olor a podredumbre. Sólo que no estaba sola; su madre y su padre todavía vivían; estaban juntos en un pic-nic unos días antes de que un accidente de coche acabara con ellos. Papá le estaba lanzando una pelota; podía ver sus cabellos rojos brillando a la luz del sol.
¡No! ¡No hoy, no cualquier día! Esa era una cosa más en la que no debía pensar; la mayor parte de su energía mental se dirigía ahora a establecer cortocircuitos insoportablemente dolorosos en su mente.
Había comenzado a ascender de nuevo casi sin darse cuenta, y ahora repentinamente se encontró en medio de un prado, maravillosamente iluminado después del oscuro túnel. Cecil se sintió feliz. Por primera vez, después de mucho tiempo, tenía ganas de cantar, de reír, de correr entre las flores primaverales, de dejarse embriagar por una vitalidad nueva.
Cecil había llegado a la mitad del camino que atravesaba aquel campo cuando oyó un débil rumor procedente de las altas hierbas que estaban a su espalda. El ruido creció en intensidad y ella se volvió para encontrarse cara a cara con un anciano de gran altura.
–¡Esta tierra es mía! ¿Qué hace aquí? ¡Váyase, váyase! –
tenía una voz como de tubería oxidada, y sus ojos sesgados y orientales destellaban rabia-. ¿No me ha oído? ¡Malditos sean todos los demonios, fuera de mi tierra!
Mientras gritaba, el hombre esgrimía un macizo bastón por encima de su cabeza. Los ojos de Cecil seguían con inquietud la enorme mano mugrienta que se movía en todos los sentidos. Su ceño estaba rojo de furia, y sus cabellos largos y de color ceniza asomaban a los lados de su cabeza como un manojo de hierbas apelmazadas. Su barba era del mismo color grisáceo; había en ella restos de comida y briznas de hierbas en medio de la maraña.
–¿Cómo podía saber yo que había entrado en sus tierras?
– Cecil intentó mantener su voz en un tono razonable-.
Acabo de salir del bosque ahora mismo.
–¡El bosque también es mío! No tiene derecho a seguir ese sendero sin mi permiso. ¿Es que no sabe nada, maldita sea?
El hombre había dejado de mover el bastón, pero en cierto modo aún parecía más amenazador a medida que su
cara se iba volviendo carmesí a causa de su furor. Dio un paso hacia adelante, y Cecil oyó el áspero sonido de su respiración. El viento cambió entonces, y por primera vez le llegó una vaharada de su olor. Y lo que el bastón no había conseguido, lo logró aquel tufo, Cecil comenzó a retroceder.
Sólo cuando hubo dejado suficiente espacio entre ambos para no quedar inundada por aquel olor, intentó dialogar de nuevo.
–Mire, lo siento, aunque no creo que le haya hecho ningún daño a su tierra atravesándola.
–¡Le digo que no tiene ningún derecho! ¡No puede utilizar mi sendero! – gritaba todavía el hombre, pero su cara ya no estaba tan roja, y Cecil podía darse cuenta de que sus ojos medio cerrados y astutos la estaban observando.
–Creo que se equivoca en lo del sendero -aventuró a decir Cecil-. Quiero decir que según había oído era un camino comunal… -sus palabras se interrumpieron, ya que el hombre volvió a levantar el bastón-. Muy bien, no se enfade. Me iré a otro lugar si eso va a hacerle feliz.
–¡Puede quedarse si me paga! – La locura desapareció de su rostro ajado por el tiempo; parecía más que astuto, triunfante.
Ha encontrado una víctima, pensó Cecil con súbita claridad. Un pigeon, como dicen los franceses.
–Por favor, no me grite. No estoy sorda, y creo que sería mejor para usted si no se excitara de ese modo. ¿Cuánto quiere?
–Veinte francos -replicó rápidamente, con gran codicia.
–¿Veinte? Eso es mucho para mí. ¿Podríamos dejarlo en quince?
Tengo que estar desesperada, -pensó Cecil-
,paraponerme a discutir con un viejo por unos cuantos francos.
-¿Quiere venir aquí cada día?
–Es posible -replicó ella cautamente, pensando: Si puedo escaparme de Oraga, si Pancho no me mata primero. ¿Y a
qué otro sitio puedo ir? El pueblo está a kilómetros de aquí.
No puedo caminar por la carretera. No me atrevo a coger el autobús…
El viejo se quedó de pie, rascándose y reflexionando acerca de la aceptación medio implícita de Cecil. De pronto tuvo un arrebato de reconocimiento: la había visto antes, un atisbo apenas recordado…
Un miedo helado inundó a Cecil y le llegó hasta los huesos. ¿Podía ser que los Schomberg hubieran enviado a un hombre viejo y retrasado a espiarla? ¿Podía tratarse incluso de un miembro de la familia, otro loco del que jamás había oído hablar? No, eso era demasiado improbable. No era más que el loco del pueblo. En todos hay uno.
Probablemente ni siquiera era peligroso; los vociferantes gestos de amenaza no eran más que para impresionar a los turistas. Pero otros recuerdos afloraban ahora; durante aquellos momentos de pesadilla en que había estado tan enferma, había visto los airados ojos de un viejo mirándola en medio de una cara retorcida de ramas y oscuro follaje, como un retrato vegetal de Arcimboldo. ¿Había sido aquello real o sólo una fantasmagoría, como el phurdini de Oraga?
–Veinticinco francos -dijo el hombre cortando sus pensamientos-. Veinticinco por toda la semana, y la siguiente gratis.
–¿Entonces veinticinco por dos semanas? Eso es una ganga, ¿no cree?
Cecil intentó disimular su temblor con aquel comentario pueril, y el anciano se lo tomó a mal.
–¡No, veinticinco por una semana! ¡Ya se lo he dicho! La segunda es gratis -hablaba roncamente y miraba el suelo como obsesionado por sus botas llenas de barro, y Cecil estaba segura de que la observaba con disimulo. Decidió que sería prudente presentarse como una mujer con protección.
–Muchas gracias. Se lo agradezco, y también lo estará mi marido si le llevo algunas hierbas de su campo. ¿Habrá que
pagar un extra si por ejemplo recojo un poco de menta?
–¡Todavía es pronto para la menta! Maldita estúpida, no sabe nada… Y tampoco el gitano es su marido. Es un asqueroso intruso. No podrá engañarme, le vigilo, sé donde va cuando… -Siguió farfullando, y Cecil sintió cómo se le formaba un nudo en el estómago. De modo que el viejo la espiaba. ¿Y qué había descubierto de Pancho? Fuera lo que fuera, necesitaba saberlo. Podía tratarse de una cuestión de vida o muerte.
De pronto, con las largas y pesadas zancadas de un verdadero gigante, comenzó a retroceder a través del campo. Cecil intentó pensar en algo para retenerle.
–Espere… ¡no me ha dicho cuándo quiere los veinticinco francos!
–¡Antes de que acabe la semana! Y tampoco intente engañarme. Si lo hace, la echaré de mi tierra. – Ni una vez volvió la mirada; estaba casi al borde de los árboles.
–Por favor, antes de marcharse, ¿podría decirme su nombre?
El viejo se detuvo en seco, tan inmóvil ahora como una estatua recortada contra la negrura del bosque en sombras.
Cuando se volvió, sus ojos lanzaron truenos hacia Cecil. Esta sintió cómo le volvía de nuevo el miedo y la sospecha. Este viejo ermitaño era un Schomberg retrasado al que habían enviado como señuelo para distraerla de la llegada de los miembros más capaces de la familia.
–Mezange -dijo por fin-. Me llaman Mezange.
-Monsieur Mezange -dijo Cecil formalmente-. Encantada de conocerle.
Él siguió mirándola como si Cecil hubiera dicho algo increíblemente estúpido o totalmente fuera de lugar.
No se parece en nada a la oveja negra de una rica familia industrial. En este mismo momento podría pasar por un profeta, un visionario a la búsqueda de una secta.
-Monsieur Mezange, yo… me llamo Ana. Ya que voy a utilizar su campo, ¿podría decirme su nombre de pila?