Madre de alquiler

Shelley V. Ashley · Capítulo 15 de 49

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Madre de alquiler

Capítulo 15

Ese era el único modo de actuar.

Pocas veces se lo había pasado tan bien; casi como él lo había querido.

Sí, todo había sido muy divertido.

Capítulo 15

Gstaad

-¡Frederick, por amor de Dios, despierta!

–¿Qué… qué pasa?

–¡Abre los ojos! No sé si me escuchas o no. ¡Dios mío, mírame!

Frederick Schomberg, normalmente el más considerado de los hombres en todo lo que se refería a su esposa, sólo sintió irritación al ser despertado tan brutalmente de su siesta, ya que estaba muy cómodamente estirado sobre una silla de lona colocada directamente sobre la nieve. Se había quedado completamente amodorrado a causa de las dos botellas de excelente vino que él y Christine habían compartido, para no mencionar la combinación del sol intenso y puro aire alpino que tanto inducía al sueño.

–¡Qué demonios!

–¡Escucha! Me acabo de enterar por Henriette que ha estado a punto de morir. ¡La pasada noche se quedó encerrada en la sauna durante más de una hora, más de una hora! Cuando Henriette finalmente la encontró, se fue corriendo en la oscuridad como un conejo asustado.

Finalmente Frederick disipó los efectos de su almuerzo

«bien regado».

–¿Quieres decir que Rita se quedó encerrada en la sauna? ¿Es que ese estúpido de Bayard…?

–¡No se trata de Rita! ¿Es que ni por un momento puedes olvidarte de tu preciosa madre? Oh, querido, es la chica americana la que estaba ahí… Cecil Gutman.

–¿La mujer que lleva nuestro bebé? – preguntó incrédulo Frederick-. ¿Está en París?

–Eso parece, ya que se encontraba en la sauna de tu madre la noche pasada. – Christine no podía ocultar una nota de sarcasmo en su voz-. ¡Frederick, podía haber perdido el niño! ¡Después de todo lo que hemos pasado, que ocurra algo tan idiota como esto!

–Chrissie, ¿qué demonios estaba haciendo Cecil Gutman en la casa de mi madre en Saint-Cloud?

–Henriette cree que fue Bayard quien la invitó para que conociera a Rita. En cualquier caso, fue tu querido hermano quien la llevó a la sauna y la dejó ahí para que se quemara viva.

–La gente no suele prenderse fuego por estar en una sauna -replicó secamente Frederick.

–Puede que sí lo haga si se queda ahí encerrada toda la noche.

–Veamos cuáles fueron los hechos antes de acusar a Bayard de intento de asesinato. Ya sabes que Henriette no es un testigo demasiado de fiar, incluso en circunstancias normales…

–Frederick, algo muy serio ocurrió la noche pasada en Saint-Cloud, y desde luego yo voy a averiguar qué sucedió realmente. Lo cierto es que Cecil Gutman debió de creer que alguien intentaba hacerle daño, pues escapó.

Desapareció. Rehusó esperar a René y huyó en un taxi. En estos momentos puede encontrarse en cualquier lugar de Francia.

La voz de Christine aumentó de tono hasta bordear la histeria mientras daba vueltas y vueltas a la chaise-longue en la que Frederick estaba todavía echado al sol. Aun cuando comenzaba a pensar en lo que su mujer acababa de decir, no podía dejar de recordar cómo ella había dado vueltas en torno a su silla el día en que se conocieron, en la fábrica de vidrio, acechándole como si él fuera una presa muy codiciada que debía ser capturada en el menor tiempo posible.

-Mon amour, cálmate, por favor. Si quieres llamaré a Gradwohl y le diré que vaya inmediatamente a la casa para enterarse de qué ocurrió. Por cierto, ¿dónde estaba Rita cuando sucedía todo esto?

–Oh -dijo Christine, quedándose de pronto muy pálida. Se había quedado completamente inmóvil, observando a su marido con inquietud-. Lo siento, cariño. Se me olvidó decírtelo. Se llevaron a Rita al hospital la noche pasada.

–¿QUÉ?

–Bayard la metió en una ambulancia, la acompañó, quiero decir. Henriette cree que… Frederick, puede ser muy grave.

–¿Es una masacre general la que me estás anunciando por partes, Chrissie? ¿Es que se pegó fuego a toda la casa o qué? – Frederick se puso en pie con un movimiento airado, sus botas se hundieron en la crujiente nieve que rodeaba la silla y la mesa, sobre la que todavía permanecían las copas de vino y las tazas de café-. ¿Qué ocurrió exactamente en Saint-Cloud la noche pasada?

–Frederick, lo cierto es que no lo sé. – Fue hacia su marido y con los dedos le rozó su cara afligida-. Creo que deberíamos volver a París lo antes posible. Tengo la sensación de que… estoy segura de que nuestro bebé está en peligro. He tenido esta sensación desde el momento en que fue concebido. Hagamos las maletas y regresemos ahora mismo.

–Muy bien. Que Isabelle empiece a hacer el equipaje y yo averiguaré dónde está Rita, siempre y cuando consiga localizar por teléfono al cretino de mi hermano.

–Estás cometiendo un error, ya lo sabes. Ya te lo he dicho varias veces.

–¿A qué te refieres? – replicó Frederick irritado.

–A considerar a tu hermano como un tonto. Lo es todo menos eso.

–No empieces a achacarle a Bayard todas las desgracias.

Se sentirá halagado en cuanto se entere de que le concedes

tanta importancia.

–Frederick, ¿cómo llegó Cecil Gutman a casa de tu madre? Seguro que no por su cuenta. Fue cosa de Bayard.

De algún modo se enteró antes que nosotros de que estaba en París. No le subestimes. Cuando Bayard quiere algo, es capaz de hacer cualquier cosa para conseguirlo.

Frederick rió nerviosamente y besó a su mujer en la frente en un gesto conciliador.

–Hablas igual que mi padre.

Christine cogió un cigarrillo del bolsillo de su anorak verde y comenzó a golpear rítmicamente la punta contra el dorso de la mano.

–Puede que en cuestiones de negocios seas el hombre más inteligente de Francia, mi amor, pero en lo que se refiere a tu familia, ése es tu punto débil. No quiero que Bayard se vuelva a acercar a Cecil Gutman nunca más, ¡y si tú no vas a hacer nada para que así sea, lo haré yo!

Christine echó hacia atrás sus largos cabellos en un gesto familiar que siempre hacía que el corazón de Frederick dejara de latir por un instante. Ella le miraba fijamente, de manera interrogante, pero cuando su marido quedó en silencio, dio media vuelta y se encaminó hacia el chalet.

En la terraza cubierta de nieve, Frederick permaneció estupefacto. En todos los años que había estado casado, no recordaba ni una sola vez en que su mujer se hubiera enfadado de verdad con él. Algo terrible había sucedido hoy, algo que se había iniciado con la concepción de ese maldito niño en el interior de un tubo de ensayo. Estaba perdiendo a Christine, tan seguro como que estaba vivo y coleando. De pronto, tanto el destino de Cecil Gutman como el de su madre palidecieron en cuanto se dio cuenta de la enormidad de ese hecho.

Una capa de tupidas nubes grises pasó por encima de su cabeza, ocultando el calor de los rayos del sol. Mientras comenzaba a correr por el sendero detrás de su esposa,