Madre de alquiler

Shelley V. Ashley · Capítulo 40 de 49

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Madre de alquiler

Capítulo 39

prepara para el nefasto acontecimiento. Casi, casi, sabe en qué va a consistir.

Ahora siente dolor en una pierna, una sensación de calambre, como si tiraran de ella hacia dentro. Intenta estirarse, pero no hay sitio. El lugar que habita es tan angosto como una nuez. Ya no puede volverse, ni estirar los brazos. No puede hacer nada más que unos gestos de aleteo que no la ayudan en nada.

Su boca no se detiene ni un momento, se abre y se cierra, chupa, sopla, boquea. El estómago envía mensajes al cerebro: quiere que lo llenen. Traga el fluido que la rodea, pero no le gusta mucho. Teme lo que va a suceder, abre la boca de nuevo como para gritar. No emite ningún sonido.

Casi contra su voluntad, su cabeza empuja más y más contra el hueso. Ella cae, hacia abajo; ya no es capaz de detenerse. El calambre en la pierna es más intenso; el dolor acarrea cólera y un deseo de hacer daño a aquel o aquello que le provoca todo eso.

Ella quiere música. Si hubiera música, no se sentiría así.

La música la emocionaría, la haría feliz, la pondría triste, la haría olvidar todo aquello. Sigue echada boca abajo en aquel mundo de calambres del tamaño de una nuez, pugnando hacia abajo, suspirando por la música.

Capítulo 39

Cerca de Grasse

El tiempo había vuelto a cambiar. Las oscuras nubes vagaban lentamente sobre las copas de los árboles, y Cecil ya podía oír el rumor de los primeros truenos. Había tomado la carretera de detrás del pueblo, y después de un par de kilómetros había atajado por unas tierras desiertas para encaminarse hacia otra zona boscosa más cercana a la carretera. Para evitar el campamento gitano seguía una trayectoria en zigzag, y comenzaba a preocuparse por llegar tarde a su cita con Serge. Todavía le quedaban otros tres kilómetros. Pensó que lo mejor sería atravesar la propiedad

de Mezange. Era una ruta directa hasta el puente, y la mantendría alejada de la carretera, donde podría distinguirla algún motorista curioso, o, peor todavía, alguno de los amigos de Pancho.

El desigual camino que atravesaba los árboles era sombrío incluso donde más se veía. Ahora, con el cielo cubierto y oscurecido, la luz era muy débil. El largo paseo agotaba a Cecil. Tenía que detenerse cada pocos metros para descansar, una mano en la región lumbar, donde sentía un dolor constante y palpitante. El bebé pesaba tanto, ¿por qué anteriormente jamás se había dado cuenta de lo mucho que pesaba? Ahora jadeaba de agotamiento, y ya sentía el frío, aunque, hacía sólo un rato, la tarde le había parecido muy cálida. Debía de ser porque el bosque estaba siempre húmedo en primavera, el suelo inundado de agua a causa de la nieve derretida en las colinas y montañas de los alrededores. Nunca había visto aquel sendero libre de ese líquido y del musgo húmedo y espeso que lo recubrían.

Todavía estaba a cierta distancia de las tierras de Mezange, y marchaba con tanta lentitud que ya sabía que jamás llegaría al puente a las siete, y mucho menos a las seis. ¿Por qué había creído que podría recorrer andando toda aquella distancia? Podía haber dispuesto que Serge la recogiera en una de las carreteras secundarias. Tan sólo debería haber permanecido fuera de la vista de todos, durante un par de horas.

En alguna parte delante de ella oyó un ruido peculiar, como un gimoteo, como alguien tocando un instrumento de cuerda norteafricano. Se detuvo y colocó sus dos manos planas contra la región lumbar, apretando sobre el dolor. De nuevo se censuró por haber sobreestimado sus fuerzas.

Mientras permanecía allí, el ruido se hizo más audible, sólo que ahora sonaba más como un canturreo que como un gemido. Cecil escrutó fatigada a través de la vegetación. Si había un enjambre de avispas o avispones en el camino,

tendría que dar un rodeo a través de los árboles; había oído demasiados cuentos de personas de la comarca atacadas por avispones que habían entrado en sus casas a través de la chimenea o por la ventana del desván.

Cecil avanzó lentamente, apartando a un lado varias ramas espinosas de pino que bloqueaban el camino. Justo delante de ella no vio avispas, sino abejas formando una gran nube gris. Sorprendida y divertida, Cecil avanzó deliberadamente hacia adelante; las abejas no le daban miedo, ni aunque hubiera muchas. Sin dejar de zumbar, el enjambre de insectos se dirigió lentamente hacia los árboles ante el avance de Cecil.

Había algo fuera de lo normal en aquella escena, pero Cecil no sabía qué era. Volvió a detenerse, intentando descubrir qué había atraído a tantos insectos a aquel lugar.

Sus ojos estudiaron la vegetación húmeda y espesa. En una zona de tréboles verdes, vio algo de color blanco y aspecto blando que parecía, increíblemente, una bola de masa hervida

Cecil retrocedió con un gesto de disgusto. Por primera vez se dio cuenta de que le llegaba un hedor procedente de los arbustos. Era desagradable, y la había dejado casi petrificada. Era como un excremento o un animal muerto que ya apestara a descomposición.

Cecil se volvió instintivamente para ver si Mezange se le había acercado por detrás. Ni siquiera Mezange olía de aquel modo. No conocía nada tan pestilente. No había nadie en el sendero, aunque era posible que el viejo estuviera oculto en alguna parte de la espesura, observando sus movimientos. Fotografiando la sorpresa y el disgusto de su cara en aquel mismo momento.

Cecil buscó un palo con el que remover el objeto que había a sus pies. Una rama medio podrida sobresalía de un viejo roble. La arrancó con un leve chasquido y deslizó el extremo bifurcado bajo aquella especie de masa. La levantó en el aire por un instante, y entonces, a medida que la rama

se rompía bajo su peso, volvió a dejarla sobre el suelo húmedo. Por un breve instante Cecil creyó haber visto un trozo de material azul marino adosado a… ¡No, no podía ser! Qué mórbida compulsión la mantenía allí, cuando debería apresurarse a reemprender el camino hacia Serge y hacia la salvación. ¿Era debido a aquel peso, casi monstruoso, insoportable, que pugnaba hacia abajo en su pelvis?

Cecil se obligó a mirar la masa por última vez. Sí, podía ser… Parecía una mano, una mano humana o parte de ella, hinchada y arrojada para que se pudriera. Iba a marearse si permanecía allí un instante más, sólo que era incapaz de irse sin averiguar qué era aquello.

Dio un paso hacia adelante y empujó a un lado unas punzantes ramas de retama. Al instante la fetidez fue mucho peor. Se inclinó hacia adelante, una mano asiendo la rama, la otra sujetando su estómago hinchado y acalambrado. Por fin lo vio.

Un hombre yacía en el suelo pantanoso, bajo un enebro, en parte oculto por dos matas de retama amarilla en flor.

Cecil podía ver su cara, y en aquel mismo instante el hombre la miraba fijamente a los ojos con la impaciente expresión de alguien que ha estado esperando mucho tiempo.

Cecil chilló y dio un salto hacia atrás, esperando sentir aquella mano amorfa alrededor de su garganta antes de poder escapar. Conocía el uniforme oscuro, aquella cara tan delgada y atractiva. La había visto en el aeropuerto de París; la había visto en la solitaria carretera del cementerio ruso y de nuevo en el Negresco observando ávido un montón de billetes de banco. Ojalá no hubiera vuelto a verla.

Aterrorizada, Cecil cayó hacia atrás, dentro de un zarzal, arañándose la cara y las manos con las ramas largas y tortuosamente entrelazadas. Intentó retroceder desesperadamente, abriendo la boca para gritar y luego

cerrándola nada más pensar qué consecuencias podían acarrear sus gritos. Salió de las crueles espinas, y mientras se revolvía vio, con renovado terror, que aquella masa amorfa todavía estaba en el mismo lugar, entre los tréboles demasiado verdes. No se había movido ni un milímetro. Las abejas también habían regresado, y ahora revoloteaban expectantes por encima de ella, y fueron las abejas quienes finalmente le dijeron que René no estaba allí esperándola, al menos de momento. No esperaba a nadie. Nunca volvería a esperar a nadie en su oscura limusina.

Como una niña curiosa, Cecil tuvo que mirar una vez más antes de dar la vuelta y huir de allí. Esta vez sus manos temblaban terriblemente mientras apartaba la retama. La piel de la atractiva cara de René estaba blanca e hinchada con un débil tono verdoso. La boca estaba abierta, y los ojos, tan azules como ella los recordaba. Había algo en el derecho… Un diminuto montón de delicados y perfectamente formados huevos.

Ya, pensó. Seguro que no hace mucho que está aquí y ya han tomado posesión de él. La vida se alimenta de la vida anterior, de la vida que se pudre.

Las abejas ya no le tenían miedo, al igual que Cecil tampoco se lo tenía a ellas. Habían regresado al lugar que ocupaban cuando ella las importunara por primera vez, a su lugar en el interior de aquellos labios hinchados y azules.

Cecil dejó que la rama cayera de nuevo y comenzó a caminar lentamente hacia el sendero. Ya casi estaba oscuro; o bien iba a llover o ya era de noche, había permanecido allí más de lo que suponía. Se llevó una mano a la boca para retener el borbotón de una carcajada histérica, pero no tuvo tiempo. Hubo un súbito chasquido, y una figura apareció en el sendero delante de ella. Como si saliera de un sueño, Cecil se dio cuenta de que se hallaba ante la imponente presencia del viejo Mezange. Le bloqueaba el camino por completo; meneaba su lanuda cabeza, haciendo que su pelo salvaje y revuelto bailara a un lado y a otro de su pesada

cabeza. Parecía, ni más ni menos, el loco que Cecil sabía que era, pero ni una visión como aquélla detuvo la carcajada histérica de Cecil.

–¿Está satisfecha, entonces?

–¿Satisfecha? – hizo lo que pudo para que la palabra resultara comprensible entre los pequeños gritos que emitía y que sonaban como chillidos.

Él asintió señalando el oscuro sendero.

–Él. Ya no volverá a molestarla.

–¿Usted… fue usted…? – Cecil era incapaz de pronunciar las palabras.

–La ha estado esperando, días y días. En mis tierras, como un intruso. Tenía una pistola. Ahora estará esperando por toda la eternidad, ¿no le parece?

El viejo se había contagiado de la risa de Cecil; era la primera vez que ella le veía feliz. Era como si los dos se hubiesen unido en un complot y compartieran su satisfacción por el resultado mediante aquel loco estallido de alegría.

De pronto Mezange dejó de reír. Miraba a Cecil de nuevo, con unos ojos astutos en su vieja y arrugada cara. Esperaba que ella le preguntara.

–¿Cómo lo…?

–Le vigilé. No me costó mucho.

¿Es que no habría fin a los horrores de aquel día?

–¿Vigiló… el qué?

–Puso el pie en mi cepo.

–¿Y murió de eso? – preguntó Cecil incrédula.

–Se rompió el cuello al caer. Yo estaba allí. Lo vi todo. Le vi morir -la voz bronca de Mezange hizo una abrupta pausa; se volvió, y, utilizando el bastón para abrirse paso, caminó decidido hacia sus tierras.

Cecil no sabía qué hacer. Lo último que quería era seguir al loco, aunque posiblemente no podría regresar al sendero en donde aquella masa amorfa yacía sobre su lecho de trébol verde. Fue sólo entonces cuando Cecil se dio cuenta