Madre de alquiler
Capítulo 5
daré unas píldoras que la ayudarán. Luego, hay una o dos manipulaciones que hacer, indoloras pero necesarias. Voy a seguir adelante y programar la primera para el lunes por la mañana.
–¿Quiere decir que me está dando el visto bueno?
¿Definitivamente?
–¿No es eso obvio?
–¿Y quiere empezar ahora? ¿Hoy?
–Cuanto antes mejor. Se suponía que Jeff tenía que haberle explicado todo esto.
–Tengo la impresión de que se trata de un asunto que va a durar bastante, y que incluso va a hacerse interminable.
–Con otro, seguramente. Conmigo será rápido.
–Naturalmente. Me olvidé de que no estaba tratando con un médico corriente, sino con un verdadero genio. – No podía apartar el sarcasmo de su voz, pero a Sweeney no parecía importarle. Su ego probablemente era impermeable a cualquier tipo de ataque-. ¿Cuánto tiempo entonces?
–Encanto, ¡haré que esté embarazada dentro de seis semanas!
Capítulo 5
Samuel Sweeney había sido siempre un Midas desde que a primera hora de una mañana de junio sus tres kilos ochocientos gramos se deslizaron del vientre de su madre y fueron depositados sobre su blando y acogedor seno. Creció en Highland Park, un barrio situado en el mismísimo corazón de Dallas, una comunidad tan exclusiva que mantenía su propia policía y su propio cuerpo de bomberos, su propio parque y su propia piscina (que tenía la etiqueta de
«pública» pero que sólo estaba abierta a los residentes de Highland Park, una regulación que de hecho excluía a todas las minorías del Estado de Tejas), y por supuesto, tenía una de las rentas per capita más elevadas de toda la nación.
Y no sólo había crecido Sam Sweeney en medio de esta enrarecida atmósfera, sino que había vivido en la mejor
calle de Highland Park, Beverly Drive. Cuando a los catorce años aprobó el examen de conducción a la primera, se encontró con un cadillac blanco convertible que le esperaba en la calzada, y cuando a los diecisiete recibió la carta de admisión en Harvard, Sam Jr. le dejó en el vestíbulo de entrada el recibo por un depósito de 10.000 dólares que acababa de efectuar en la cuenta corriente de su hijo.
A pesar de vivir en ese ambiente, Sam Jr. consiguió convertirse en una persona agradable. En Harvard trabó amistad con chicos y chicas que acabarían siendo los líderes en los campos de estudio que habían elegido. Dos meses después de su graduación, Sam se casó con la más guapa e inteligente de esas muchachas, Judith McKinney-West, conocida como Jude, licenciada en arte dramático en el Smith College y de un coeficiente intelectual muy superior a la media. Después de una luna de miel que transcurrió saltando de isla en isla en el Caribe, los recién casados regresaron a Tejas. A lo largo de todos estos años en Harvard, Sam se había dedicado a tocar el violoncelo, y cuando comenzó a buscar una buena escuela médica, ya era un excelente músico aficionado. Esto, y no otra cosa, fue lo que le hizo entrar en Baylor, donde un famoso grupo de investigadores necesitaba a un violoncelista para su cuarteto de cuerda de los fines de semana.
Tan brillante fue la actividad de Sam Sweeney en Baylor que uno de sus mentores le predijo que llegaría a ser el Christian Barnard de su generación. Sam agradeció el cumplido, pero ya había decidido no especializarse en cardiología en general y en trasplantes de corazón en particular. Ese campo estaba demasiado trillado, y con mucho acierto supuso que habría aún más competencia en los próximos quince o veinte años como para que un joven y ambicioso cirujano se hiciera un nombre traspasando corazones de una cavidad pectoral a otra. Sin embargo, una especialidad completamente nueva estaba en sus inicios, y Sam, con más rapidez que sus otros compañeros de
estudios, vio sus posibilidades y decidió que ésa era la dirección que iba a adoptar.
El doctor Samuel Sweeney se hizo famoso, tal como sus profesores le habían predicho, sólo que en el campo de la fertilidad humana. Antes de que pasara mucho tiempo, una procesión de mujeres comenzó a llegar a su sala de espera decorada a listas azules y oro. Venían de todo el mundo; estrellas de cine que habían sufrido demasiados abortos o que habían permitido que sus relojes biológicos llegaran a una fatídica medianoche; una mujer tras un velo, procedente de Dubai, que padecía una vergonzosa infección; un miembro de la familia imperial japonesa; incluso una hija del presidente, acompañada de dos hombres del servicio secreto que esperaron pacientemente en el vestíbulo durante toda la serie de largas y complicadas pruebas.
Con todo ese ajetreo, Sam tenía poco tiempo libre. Y con todo, cada día se sentía más inquieto. Sus operaciones le dejaban agotado, y cuando llegaba a casa por la noche no podía dormir. Conocía demasiado bien las drogas como para recetárselas, y se sentía un poco estúpido tocando el violoncelo a las tres de la mañana en la sala de música de su inmensa e imponente mansión. Jude, con muy buen juicio, nunca regañaba a Sam por pasar tan poco tiempo en casa. En lugar de ello se convirtió en una asidua de los clubes de mujeres, muy aficionada a las reuniones mundanas y políticas. Cuando daba la casualidad de que Sam estaba en casa, Jude generalmente se hallaba ausente, de modo que no solían comunicarse de ninguna de las maneras que están a disposición de las parejas casadas. Si todavía se amaban el uno al otro, era a través de un abismo que se ensanchaba de día en día.
En cierto momento, Sam descubrió que ir a las partidas de póquer con sus viejos compinches de Harvard y Baylor era algo bastante relajante. Siempre había alguna partida en uno u otro lugar de la ciudad. Podía dejarse caer por allí
una hora o dos, a las once de la noche e incluso más tarde, si ése era su deseo. La competición masculina, los cigarros y el whisky rebajado con agua que bebían para mantenerse en marcha complacían a alguna parte secreta de sí mismo.
Sin embargo, más que por cualquier otra cosa, acudía allí por la emoción de ganar. Al principio -cuando comenzó a jugar-, Sam tenía mucha suerte. Ganaba con frecuencia.
Naturalmente, no necesitaba el dinero. Tenía más del que podía pensar en gastar, pero estaba a sus anchas en medio de esa excitación, con la posibilidad de poder perder los ingresos de un mes, por ejemplo, en un solo golpe de esos fríos dados. Y al cabo de un tiempo, eso fue exactamente lo que ocurrió. Por entonces, frecuentaba tan sólo las partidas en las que apostaba fuerte, esos muchachos que no pensaban en otra cosa que en llevarle a Las Vegas de fin de semana, con todos los gastos pagados. Después, parecía estar subiendo al avión todo el tiempo, de Las Vegas a Curaçao y de Curaçao a Londres. Los nombres se hacían más grandes, los lugares más exóticos. No había límite a la generosidad de sus recién encontrados amigos.
En algún lugar a lo largo de este camino, Sweeney dejó de tocar el violoncelo. También dejó de hacer el amor con su mujer y de interesarse por sus dos hijos. Era la clásica historia del varón americano de cuarenta años carente de toda vida emocional, pero no había nada clásico en los hombres que comenzaron a seguir a Sam. Le aguardaban en los rincones oscuros de la zona de aparcamiento de su oficina o cerca de los hospitales donde operaba, siempre de dos en dos, siempre con mensajes breves y concisos que sonaban como los diálogos de una serie de televisión.
–Hey, doc, ¿qué pasa? Mackie dice: «Que traiga la pasta este lunes». Dice que esta vez no puede esperar. Que no volverá a concederle un aplazamiento. Sabe que un buen matasanos como tú no querrá defraudar a un buen amigo como Mackie.
A eso es a lo más que habían llegado hasta ahora. De hecho no le habían amenazado con romperle los dedos para que no pudiera operar, ni con nada tan descaradamente brutal. Era demasiado importante, demasiado conocido, sus amigos ocupaban cargos demasiado altos. O eso era lo que a Sam le gustaba pensar. Quizás era tan sólo que él les proporcionaba una renta estable, haciendo rodar los dados tres o cuatro veces por semana, como si todo le importara un rábano.
Todo eso no afectaba a su trabajo. Era todavía el rey Midas de los hospitales, el chico de oro, un innovador como no se había visto en esta parte del país. De hecho, estuvo a punto de llevar a cabo un adelanto tan revolucionario en el trasplante de embriones que todo el mundo esperaba que saliera en el Times o en el Newsweek, por no hablar de la radio o de los informativos de televisión de la tarde. Sin embargo, la presión era superior a lo que podía soportar; ya no trabajaba sólo para mantener a los chicos. Por entonces, se encontró con que no podía soportar la visión de su frágil y encantadora esposa rodeada de todo un yermo de ropas de diseño, muebles de diseño y linge de maison de diseño.
Les entregaba de mala gana a ella y a sus hijos cada centavo que ganaba; se volvió alérgico tanto a su casa de Dallas, gravada por una hipoteca, como a su rancho de ganado en Brownsville, deficitario y gravado por otra hipoteca. No podía permitirse el lujo de tener ni una casa ni un rancho. Y lo que era peor aún, tampoco quería.
Sam Sweeney no sabía lo que quería hasta que, después de una visita profesional a la esposa de un campeón de tenis escandinavo en Zurich, siguió una partida de póquer en Gstaad, y, al día siguiente, en la falda de una colina, tropezó con Christine Schomberg. Literalmente. Ella se deslizaba a toda velocidad montaña abajo, llevaba unos tejanos recortados y una camiseta blanca de hombre, y cuando chocaron, Sam quedó sin sentido y pensó que había muerto. Que esa mujer provocativa y espectacular le había
matado. Posteriormente, cuando recuperó plenamente la conciencia también se enteró de que ella era siempre igual de imprudente. Que conducía su Porsche a velocidades muy adecuadas para partirse el cuello, que era una passionée de la fotografía submarina a profundidades peligrosas, que le gustaba el vuelo sin motor y practicar el ala delta, que su idea de un fin de semana de descanso era explorar un volcán o hacer averiguaciones en la zona del Canal de Suez ocupada por Israel. Christine era todo menos una mujer decorosa y formal.
A ella simplemente todo le importaba un cuerno.
En la piscina cubierta de Gstaad, rodeados por la nieve fría y brillante, él la observaba ejecutar una perfecta zambullida desde el trampolín más elevado y luego perder su traje de baño verde mientras continuaba en el interior de las claras profundidades del agua. Sin volver la vista atrás para buscar la pieza de ropa perdida, Christine salió de la piscina y permaneció completamente inmóvil sobre las lonas blancas, aceptando las miradas de admiración que sólo se dirigían a ella. También Sam la observaba como si jamás hubiera visto carne de hembra. Desde un punto de vista clínico, admiraba su perfecto sentido del equilibrio y del movimiento y su delicada estructura ósea; desde el artístico, disfrutaba con su control del efecto dramático; desde el personal, la deseaba. Violentamente.
Unos minutos más tarde, Christine estaba junto a él en el módulo azul de la sala de bronceado, estirándose para aprovechar al máximo los rayos del mediodía. Sam no tenía que apartar los ojos de ella para saber que todos los hombres y casi todas las mujeres les estaban observando.
–¿Va usted a seguir así? – le preguntó riendo, aunque también con un deje de inquietud.
–¿Por qué no?, le pediré prestada su camisa cuando vuelva al vestuario.
–¿No tiene miedo… de que le pidan que salga de aquí?
–¿A mí? ¿Pedirme que salga? Debe de estar bromeando, Sam. Nadie me pide que haga nada que no quiera hacer.
Más tarde, ese mismo día, con todo su alborotado pelo rojo azotándole la espalda y su rostro bronceado, parecía una actriz en una película porno de alto presupuesto, pero era real, y era él, el doctor Samuel Sweeney, quien cabalgaba con ella. Sí, él, quien incluso en Las Vegas, con todas las chicas que Mackie y los otros muchachos le habían ofrecido, nunca había experimentado nada ni remotamente parecido a Christine Schomberg, nacida De la Rouvay, una de las mujeres más ricas debido a su matrimonio con Frederick Schomberg, noble debido a la pretensión de su propia familia de ser descendientes «del lado malo de la caterva» de Luis XV.
–Todo comenzó cuando Madame de Pompadour plañía la muerte de su hijo -le contó Christine más tarde, cuando se bañaban juntos en una bañera que poseía una vista espectacular de los picos cubiertos de nieve que les rodeaban-. El viejo Luis tenía esa muchacha procedente del Parc des Cerfs… ¿lo sabías?
–No, pero estoy seguro de que me lo vas a contar.
–Era un barrio de Versalles que estaba al otro lado del palacio. Luis tenía ahí toda una colección de jóvenes campesinas, algunas de ellas poco más que unas niñas. Una de ellas le complacía tanto que le compró una casa en Saint-Cloud. Solía ir allí y jugar a ser su marido, un tipo normal. Solía disfrazarse de cochero y llevarla a comer al Bois de Boulogne, y allí les preguntaba a los transeúntes,
«Decidme amigos, ¿qué opináis de nuestro rey?». Al cabo de un tiempo, Luis y la joven tuvieron un hijo, y el pequeño les acompañaba en sus almuerzos y paseos en coche por los bosques. Todo fue muy bonito hasta que Luis se cansó de su amante. Como regalo de despedida, le ofreció un titre de noblesse para su hijo.
–¿Y así es como te llegó a ti?
–Sí, ¿no es más agradable que ser la hermana fea de un cardenal?
Fuera o no verdad, era una historia encantadora, y ejercía una enorme fascinación sobre un muchacho de Tejas, incluso para alguien que había recorrido mucho mundo y conocido a más realeza de la que hubiera podido soñar Luis XV en su palacio. Pero por aquel entonces, todo lo que se refería a Christine Schomberg cautivaba a Sam Sweeney.
El doctor estaba cansado. Acababa de rebasar los cuarenta y debería encontrarse en lo mejor de la vida, pero había pasado mucho tiempo sin que alguien cuidara de él.
Casi, le parecía, desde que se alejara de la calidez de los pechos de su madre hasta los uniformes blancos y almidonados de sus primeras institutrices. Quizás era el propio toque de Midas lo que apagaba su sensualidad, convirtiéndole en alguien aburrido más allá de todo lo imaginable debido a todos esos bienes mundanos que estaba a punto de perder, bienes, veía ahora claramente, chapados con el oro de los necios. Incluso esos mensajeros de su condenación, esos hombrecillos que cada semana le llevaban mensajes cada vez más amenazadores con sus agotadas voces a lo Peter Lorre, le resultaban un fastidio. La propia idea de que su propia y endiosada reputación quedara mancillada le dejaba cínicamente indiferente.
Y de pronto, en las montañas de Suiza, una mujer tropezaba con él debido a su imprudente forma de esquiar.
Una mujer que no quería nada de él… tan sólo devolverle todo lo que había perdido.
Comenzaba por retornarle su joie de vivre.
Luego, Christine le hizo una proposición, tan meticulosamente pensada y tan impecablemente presentada, que Sam se preguntó si su violento encuentro en las pistas de esquí había sido realmente un accidente o sólo otra prueba de su extraordinaria habilidad atlética. Qué importaba, de todos modos, ya que lo que Christine le estaba sugiriendo era, después de todo, algo sencillo.
Sencillo para él, aunque no para ninguna otra persona del mundo. Su proposición también apelaba a su espíritu de jugador, y fue eso, por encima de todo, lo que finalmente le decidió.
Su última noche en Gstaad, ante unas maravillosamente heladas de Piper-Heidsieck y platos de homard a la nage, con la nieve cayendo rápida y violentamente fuera, y la luz de las velas jugando con los enmarañados cabellos de Christine y con su cara bronceada y angulosa, con sus extraños ojos, tan brillantes como canicas color púrpura, hablaron del asunto. Lo que Christine deseaba desesperadamente no era legal, tampoco era ético. Por otro lado, podría ayudar inmensamente a tres personas, y una de esas tres era él mismo. No haría daño a nadie… a nadie, excepto a una chica anónima, en alguna parte del mundo, una chica que, para ser perfecta, habría de ser pelirroja, tener los ojos violeta, una naturaleza manejable y un alto grado de inteligencia. Sí, cuando se encaraba con los hechos de frente, lo que Christine le proponía iría contra los intereses de esa hipotética muchacha. Con suerte, sin embargo, con su toque de Midas, ella nunca sabría lo que le habían hecho, lo que le habían arrebatado, cómo la habían engañado.
De modo que Sam se quedó mirando los ojos fieros y encantadores de Christine y dijo:
–No haría esto por ninguna otra persona en este mundo, ni siquiera por mí. Quiero que lo creas, aunque yo también vaya a sacar algún provecho de ello. Lo haré por dos razones: número uno, porque es arriesgado, y número dos, porque tú lo deseas tanto.
–¿Estás seguro, Sam, querido? ¿Absolutamente seguro?
Por favor, dime que no te echarás atrás cuando regreses a tu pequeño mundo, a tu mundo de seguridad.
–No hay nada seguro en mi mundo, creía habértelo explicado.