Madre de alquiler
Capítulo 21
equipo de televisión mostró todas esas terribles imágenes ayer por la noche en el Canal Uno. Fragmentos de huesos calcinados asomaban por entre la nieve, un brazo aquí, una pierna allá…
–¡Basta! ¡Basta! – Cecil le miró con una súplica desesperada-. Serge, por favor, dime que estás bromeando.
Por favor. Porque de lo contrario, ¿es que no te das cuenta de qué significa? Llevo dentro de mí al hijo de dos personas que ya no viven.
–Me encantaría hacerme una idea cabal de tu situación, si es que hay una palabra de verdad en lo que me has dicho.
–Debes creerme.
–No, y por una buena razón. La prensa afirma que Christine y Frederick Schomberg no dejan heredero alguno, y que el mando de la compañía será asumido por su primo.
Los únicos parientes de Frederick con vida son su madre, que parece ser sufre demencia senil, y un hermano mayor que sólo se dedica a la vida social. ¿Por qué crees que nadie dice una palabra de un heredero que está por nacer?
Simplemente porque ese niño no existe.
Cecil respiró profundamente el aire frío de la noche.
–Serge, necesito que me lleves de vuelta al Negresco.
Rápido. Tregua. Te pido que hagamos una tregua. Pero ahora debo regresar.
–¡Cici, estás más blanca que un papel! ¿Qué te pasa?
–Me voy a desmayar. Me temo que… aquí mismo en la Promenade des Anglais… Oh, Serge, maldita sea, ¡me voy a desmayar!
Capítulo 21
París, boulevard de Menilmontant
El despacho del abogado Jean-Michael Nedelec se encontraba, justo al otro lado del boulevard de Menilmontant, frente al cementerio de Père Lachaise. Se había trasladado allí la misma semana del funeral de Edith
Piaf, un acontecimiento surrealista que había provocado casi una revuelta cuando las cerca de cuatro mil personas que asistían al funeral estuvieron a punto de echar abajo las puertas del enorme cementerio. El suceso se descontroló hasta tal punto que la multitud rompió las barreras policiales y se lanzó encima del ataúd, subiéndose incluso encima de las tumbas vecinas para estar lo más cerca posible de su ídolo. Nedelec todavía recordaba los gritos histéricos procedentes de detrás de las paredes de ladrillo; seguro que el ruido había sido mayor que el de aquel sangriento día de 1871, cuando la Comuna tocó a su fin, de manera muy apropiada, justo dentro de ese cementerio.
Mientras miraba por la ventana los muros cubiertos de nieve, Nedelec imaginaba lo pacífico que sería encontrarse allí, sin turistas y con pocos entierros. Sólo un coche fúnebre había pasado desde las nueve de la mañana. A Nedelec le encantaba el cementerio. Una vez, desde aquella misma ventana, había visto a un equipo de rodaje atravesar las puertas: toda una procesión de automóviles, camiones generadores, y falsos coches de policía para una escena de persecución. Tan pronto como tuvo un momento libre, Nedelec bajó corriendo al cementerio, y un cuarto de hora más tarde le habían contratado como extra, con la perspectiva de pasar toda la noche en el cementerio en medio de toda aquella cohorte de ángeles, alados mensajeros del fin de mundo, y vírgenes llorando eternamente.
Lo cierto es que Nedelec se había pasado casi toda la noche junto a la tumba de la Piaf, un monumento común y vulgar muy apropiado para una mujer que había nacido en una acera. Había flores por todas partes: frescas y mustias, de cera y de plástico, todas ellas bañadas por la espectral luz de la luna. Nedelec las había apartado para poder leer los nombres de los que yacían junto con el Pequeño Gorrión: su padre, su último y joven marido, y su única hija, una muchacha llamada Marcelle que había muerto de
meningitis. La tumba del bebé había emocionado al joven abogado, y con frecuencia pensaba en ella, en especial en días como el presente, cuando su libro de citas estaba atestado de nombres de trabajadores que reclamaban una compensación legal por despidos improcedentes o por primas no reembolsadas.
Maître Nedelec rompió el hechizo del cementerio y se dirigió a la pequeña sala de espera para hacer entrar a su próximo cliente. Para su sorpresa, vio que se trataba de una mujer. No era árabe, ni yugoslava, ni africana. Llevaba una especie de mono de tela gruesa color caqui, con tachones negros en los hombros y la cintura, así como una acolchada chaqueta gris que parecía haber formado parte alguna vez de un paracaídas. Parecía una mujer de aspecto enérgico, aunque Nedelec estaba seguro de que sus músculos no procedían de ningún tipo de trabajo duro. Podía imaginársela perfectamente haciendo pesas en uno de los gimnasios de moda de la ciudad.
-Madame, ¿ha concertado cita previamente?
–No, pero no le robaré mucho tiempo. Cinco o diez minutos como máximo.
Había acertado. Su voz era chillona pero educada, una voz de burguesa. Nedelec estaba asombrado, y aun así su rostro no expresaba nada mientras asentía aquiescentemente y murmuraba:
–Por favor, pase, Madame.
Mientras se sentaba ante su desordenado escritorio, el abogado tuvo tiempo de observarla. Era de estatura media, con el pelo formándole cortos y apretados rizos de un color rubio, como de arena. Sus ojos eran sesgados, como los de un gato montés, y unas pecas marrones se derramaban a través del puente de su nariz hasta las mejillas. Nedelec pensó que jamás había visto tantas pecas en la cara de una mujer; en Francia no era algo normal. Tenía la piel seca y comenzaba a agrietarse, pero todavía era una mujer atractiva, de aspecto impresionante. ¿Qué estaba haciendo
en su despacho? , pensó. Quizás había obtenido su dirección en las páginas amarillas y había imaginado que se trataba de un abogado matrimonial.
La mujer pareció leer los pensamientos de Nedelec, y ahuyentó aquella idea de su mente.
–No hay ningún litigio en este caso. Sólo quiero hacerle un par de preguntas. Naturalmente, le pagaré por su tiempo.
–Muy generosa por su parte, Madame. -Nedelec lo dijo sin ningún deje de ironía en su voz. Estaba acostumbrado a que la gente intentara sonsacarle información sin pagar.
Rara vez se quejaba.
–¿Podría decirme su nombre?
–Veronique Martin -replicó ella tan rápidamente que el abogado supuso que debía de haber encontrado inspiración en las proximidades del Canal Saint-Martin a la hora de inventarse aquel nombre.
–Le explicaré lo que quiero para que los dos no perdamos el tiempo. Soy escritora y trabajo en un tema médico. Debo entregar mi trabajo en una fecha límite, y he de verificar los aspectos legales del tema antes de ponerme a ello. Es demasiado complicado comprobar todo eso en la biblioteca, y como vivo cerca de aquí…
–Estaré encantado de ayudarla en todo lo que pueda, Madame. ¿Cuál es el tema que le interesa?
–Implantación de embriones.
–¿Perdone?
–Embriones concebidos fuera del cuerpo. Implantados en un útero. – De pronto la mujer se agitó hasta casi irritarse-.
¿No sabe nada de eso?
Nedelec le sonrió amablemente. Tras su máscara de benevolencia, sin embargo, se preguntaba si era una de esas chifladas que de tanto en tanto acudían a su oficina, animadas por la proximidad del cementerio y sus famosos habitantes. Una vez había entrado un hombre para preguntarle por la legalidad de la necrofilia y la necrofagia.
La necrofilia, se había apresurado a explicarle bromeando el abogado, aunque no era un delito si se practicaba en su domicilio privado, era algo visto con franco desagrado por los guardas que había al otro lado del cementerio. La necrofagia era un crimen en todas partes, y en cualquier momento. El hombre se había marchado con una triste expresión en su cara de fauno.
–La implantación de embriones no es un tema acerca del que suelan consultarme habitualmente -contestó-, pero si me dice exactamente qué desea saber…
–Se trata de una herencia. Estoy escribiendo una novela, y en el curso de mi historia, un embrión ha sido concebido y luego implantado en el cuerpo de otra mujer. Durante el embarazo, los padres mueren. De acuerdo con las leyes francesas, ¿sería reconocido ese niño no nacido como el hijo de esos padres, aunque naciera póstumamente? ¿Podría quedarse con su herencia?
–Vaya. Una cuestión interesante. La palabra póstumo se refiere al nacimiento del niño después de la muerte de su padre. Usted, presumiblemente, está hablando también de la madre. Aparte de encontrar un término más adecuado, veamos cómo ocurrió este trágico suceso. ¿Me está usted hablando, pongamos, de un accidente de automóvil en el que tanto el padre como la madre fallecen simultáneamente, y del hecho de que el niño nace mediante cesárea uno o dos minutos después? Yo diría que es un caso muy extraño, pero no imposible a la luz de las técnicas médicas actuales.
–¡No, no! ¡La cosa no es así! – Veronique Martin hablaba precipitadamente, agitando sus pequeños rizos en su evidente frustración-. Me he expresado mal, señor. Es algo muy nuevo, y quizá no esté al corriente de los últimos experimentos científicos… -Recorrió con la mirada su pequeño y destartalado despacho y luego prosiguió-. El padre y la madre, los padres biológicos, donan su esperma y un óvulo. Un doctor provoca la concepción en el laboratorio.
¿Comprende…? en un tubo de ensayo. Luego el doctor transfiere ese óvulo fecundado, su futuro hijo, a una madre suplente, une mère porteuse. La madre biológica no era estéril, pero no podía llevar a término el embarazo. Cuando todo está ya en marcha, los padres naturales mueren. La madre suplente está embarazada del hijo, pero ellos ya no están vivos para registrarlo con el état civile en el momento del nacimiento. ¿Qué pasaría con el niño, legalmente hablando?
–Bueno… -Nedelec hizo una pausa y dejó vagar su mirada por los muros del cementerio, pensando absurdamente en el bebé muerto de Edith, el único que había tenido. ¿Quién se preocupaba por algo así en aquellos tiempos en que los niños nacían en la acera y en que el padre podía ser cualquiera que estuviese dispuesto a declararlo en el ayuntamiento?-. Quizá debería comenzar por lo más obvio. ¿Existe testamento? ¿Algún tipo de documento que certifique la paternidad del niño o exprese los últimos deseos de la pareja? ¿O, al menos, el testimonio de un doctor acreditado?
–Yo… no lo sé.
El abogado le lanzó una mirada de sorpresa. Por un instante se preguntó si no le estaban llevando a alguna especie de trampa.
– Madame Martin, antes de nada debo decirle que no soy ningún especialista en este tipo de asuntos. Si quiere profundizar en el tema, puedo recomendarle algún colega que se encarga de asuntos de seguros o de pleitos médicos.
Ahora mismo no se me ocurre ninguno, pero puedo hacer averiguaciones y recomendarle a alguien.
–Oh, no, por favor, lo que yo quiero es información general. Sólo dígame lo que usted sepa. Lo que usted crea que sucedería en un caso así.
–Como guste. En primer lugar, y que yo sepa, no existe ninguna jurisprudencia bien definida. Han nacido muchos más de los, así llamados, «bebés probeta» en los países
anglosajones que en el nuestro. Recuerdo haber leído casos de madres suplentes en Francia, pero creo que se trataba de mujeres inseminadas artificialmente por el marido, de modo que, en cierto sentido, se las contrataba para que dieran a luz su propio hijo natural. Naturalmente, la situación que usted me plantea va en contra de la ley al cien por cien. Cualquier persona implicada en un asunto así se encontraría en un buen lío, legalmente hablando.
La mujer se le quedó mirando, obviamente alarmada.
–¿Qué es ilegal? ¿Cómo?
–Va contra la ley contratar a alguien para que lleve un bebé para una tercera persona. Las madres sustitutas, ésas que a veces se solicitan mediante anuncios en los periódicos, son consideradas por la ley como implicadas en trata de niños.
–¡Qué interesante! – exclamó Veronique Martin-. Es casi como hacer de alcahueta. Una forma de esclavitud.
–Sí, si prefiere expresarlo en estos términos. Llevado a una conclusión legal extrema, esa mujer podría ser arrestada y acusada de venta de bebés en el mercado negro.
–Entonces, ¿la madre suplente sería procesada y el niño desheredado? ¿Todo el asunto sería declarado ilegal?
–No, Madame. Yo no he dicho que el niño estuviera de ningún modo implicado en la ilegalidad del procedimiento.
De pronto la puerta del despacho de Nedelec se abrió de golpe, y dos hombres de unos veinte años irrumpieron en la habitación, gritando de modo incoherente una sarta de invectivas en una mezcla de francés y argelino. El abogado se puso en pie colérico.
–¡Alí! ¡Karim! ¡Basta ya! ¿Estáis ciegos? ¿No veis que hay un cliente en mi oficina? Mirad esta mujer, le habéis dado un susto de muerte.
Los dos jóvenes dejaron de discutir al instante y se quedaron mirando asombrados a Veronique Martin.
–¡Vamos! ¡Fuera! Os veré dentro de cinco minutos. Y
basta de ruidos o haréis que me desahucien.
Una vez solos de nuevo, Nedelec se volvió hacia su cliente. Había una mirada de atención en su rostro joven y viejo al mismo tiempo.
–Lo siento mucho -dijo el abogado-. Las disputas en este barrio suelen ser violentas.
Veronique Martin hizo caso omiso de sus palabras.
–¿De modo que el niño no es ilegítimo? ¿Qué es entonces?
– Madame Martin, comencé diciéndole que no existe jurisprudencia en Francia, pero eso no es del todo cierto.
Existe un dicho latino que en Francia siempre se ha seguido como si fuera la ley. ¿Sabe latín?
–Un poco, pero lo tengo un tanto oxidado.
– Infans conceptus pro natur habetur. Una vez concebido, el niño se considera ya nacido. Las leyes francesas referentes a la herencia poseen en ese aspecto un inevitable fatalismo.
–En mi novela, entonces, ¿el juez debe aceptar la legitimidad de un niño nacido de una suplente?
–Y ahora llegamos al campo de las pruebas. Si no existe testamento, ni ningún otro documento de intenciones, podría ser difícil establecer la paternidad del niño. ¿Cómo mueren en su libro?
–Pues… en un incendio.
–Ya ve, entonces, todas las pruebas de identidad genética serían destruidas. Lo más probable es que el caso dependiera del testimonio del médico que había llevado a cabo el implante.
–¿El médico? ¿Sólo del médico?
–Bueno, naturalmente, están los ayudantes, enfermeras, el personal del hospital, ¿pero cómo pueden estar esas personas absolutamente seguras de cuál ha sido el material genético utilizado durante la fertilización? Sin el médico, la duda no llegaría a aclararse, ¿lo entiende?
–Sí, lo comprendo perfectamente.
Nedelec sonrió e intentó hacer un chiste.
–Si hubiéramos tenido esta conversación en una novela de misterio, simplemente habría condenado al médico a muerte, ¿no le parece?
Veronique Martin le miró fríamente.
–Yo no escribo novelas de asesinato. ¿Cuál es su conclusión, entonces?
–Bueno, pues la opinión de alguien que suele tratar más con disputas laborales que con nacimientos póstumos es que la persona que codicie la herencia del niño va a tropezar con una antigua noción latina que se adelantó mucho a su época.
–Entonces, supongo que eso es todo.
–Eso creo. Siento tener que darle esta noticia, Madame Martin.
La mujer le miró de una manera extraña.
–¿Por qué dice eso? – Ella sacó un billete de 500 francos de su bolso y lo depositó encima de la mesa.
–Porque me parece que eso no la hace feliz. Creo que le hubiera gustado que su libro acabara de otra manera. Y eso es demasiado dinero. Deje sólo 100 francos, o 200, si los tiene. Y si no, no tiene importancia. Me ha encantado hablar con usted. No es frecuente que alguien entre en mi oficina con una cuestión tan fascinante y original. En especial una mujer tan atractiva como usted.
Él la miraba con persistencia, con la esperanza de tener una oportunidad de salir a tomar una copa con ella al final de la jornada, pero la mujer no respondió a su cumplido.
Tampoco hizo ningún movimiento para recoger el billete de 500 francos. Se puso en pie lentamente y se dirigió hacia la puerta, perdida en sus propios pensamientos. Justo antes de salir, inclinó hacia adelante su cabeza rizada a guisa de despedida, y luego desapareció.
Nedelec suspiró. Le había gustado hablar con ella; después de todo no se había tratado de uno de esos tipos
estrafalarios del cementerio, ni tampoco estaba ni a favor ni en contra de los sindicatos controlados por los comunistas, ni de los encolerizados contra los capitalistas de cualquier tipo, ya fueran franceses o extranjeros. Al abogado le habían gustado sus pequeños rizos, y, en especial, sus sesgados ojos de gato. Intentó retener ese fuego por un instante, pero su joven rostro y su fuerte cuerpo de atleta se desvanecían ya de su memoria. Sabía que Karim y Ali pronto captarían toda su atención con sus disputas y que la olvidaría. No sería más real para él que sus amigos descansando en sus camas de mármol tras los muros de Père Lachaise.
Nedelec se preguntaba por qué esa mujer había ido a un sitio en el que sabía a ciencia cierta que estaría fuera de lugar, la destartalada oficina de un abogado a quien jamás consultaba ningún burgués. Nada más formularse esa pregunta, se dio cuenta de que él mismo había proporcionado la respuesta.
Veronique Martin caminó dos manzanas boulevard arriba, hasta su coche, un Porsche lustroso y plateado. Apartó la nieve del parabrisas, luego abrió la portezuela del copiloto y sacó una pequeña bolsa de tosca piel de cerdo. Siguió andando hasta el bar-tabac que había media manzana más arriba. Observó con satisfacción que había comenzado a llenarse de la ruidosa multitud del mediodía. En el mostrador pidió un café y le pidió al barman que le indicara los lavabos. Después de encerrarse en el de señoras, abrió la bolsa de piel de cerdo, sacó un frasco de crema y un paquete de Kleenex y comenzó a frotarse la cara. Lo hizo furiosamente hasta que todas y cada una de las grandes y ligeramente tiznadas pecas hubieron desaparecido.
Después de eso, se aplicó cuidadosamente su propio y sutilmente sofisticado maquillaje con unos tonos beige y ciruela. Se quitó la peluca de tupidos rizos y dejó que su pelo liso y negro le cayera por el cuello; era tan lacio como el de un paje medieval. Se sacó su sobretodo color caqui;