Madre de alquiler

Shelley V. Ashley · Capítulo 37 de 49

Páginas del PDF

Madre de alquiler

Capítulo 36

vídeos, que los micrófonos avanzaran hasta alcanzar la distancia adecuada.

Entre la multitud de mirones, una mujer suspiró audiblemente y dijo:

–¿No es maravilloso? La vieja dama tiene un funeral digno de una reina.

–Es que era una reina -asintió su amiga con voz soñadora.

–Y por eso perdió la cabeza -dijo malévolo un hombre detrás de ellas-. Igual que María Antonieta. – Escupió en la acera, su cara se retorció en una mueca de odio-. ¡Malditos capitalistas, al infierno con ellos!

Capítulo 36

Cercanías de Grasse

Los gitanos se habían desplazado al interior del claro del otro lado de la carretera durante dos días. Venían en pequeños grupos y con todo tipo de vehículos, y ninguno de ellos era la clásica rulotte pintada. Al contrario, se habían vuelto decididamente modernos con sus camiones, tiendas de campaña, autobuses Toyota, y esbeltos Mercedes negros que tiraban de los trailers y las casas móviles.

Los primeros en llegar estaban ocupados instalando las tiendas de campaña, y había una de color naranja con listas blancas que desde donde se encontraba Cecil parecía como una gran flor extendiendo sus pétalos a lo ancho de la hierba marrón. El segundo día llegó la maquinaria pesada: los autochoques, las casetas de tiro, un carrusel para los niños, la casa de la risa y otras atracciones más. La atracción principal, se enteró Cecil escuchando a Pancho y Oraga, era el espectáculo que tenía lugar en la tienda más grande, con artistas gitanos que procedían de lugares como Sevilla y las Islas Canarias. Por la tarde, se colocaron algunos carteles anunciando los nombres de los cantantes, bailarines y músicos, y se instaló una taquilla de venta de entradas.

A la mañana siguiente, Oraga entró en el jardín, sus menudos ojos miraban cautelosos la carretera que había debajo.

–¿Vas a quedarte aquí?

–¿Por qué?

–Dice Paco que hoy te quedes aquí.

–Siempre estoy aquí, ¿o no? – replicó Cecil con voz irritada. Desde su confrontación con Pancho, no había vuelto a hacer ninguna promesa. Ni tampoco había abandonado la casa.

–Voy al campamento. Un hombre se hizo daño con una máquina, una mala herida. Tengo que cuidarle.

–No tenía ni idea de que fueras médico, Oraga -dijo Cecil irónicamente-. ¿Qué tipo de tratamiento vas a proporcionarle al paciente?

–Le daré hierbas, magia blanca, igual que hago contigo.

–Si está malherido, sería mejor llevarlo al hospital de Grasse.

Una expresión de desdén atravesó la arrugada cara de Oraga; se dio la vuelta y escupió en el suelo.

–No necesito gajos. Mi gente es capaz de curarse sola. Yo drabarni. Yo soy la mejor. – Sus pequeños ojos se fijaron suspicazmente en Cecil-. ¿Vas a quedarte aquí?

–Sí, Oraga, me quedaré aquí al sol hasta que Pancho regrese de Cannes. – Sólo que no volverá hoy, pensó Cecil divertida. Va a ir directamente a Cannes a ensayar un nuevo número en el club, y no volverá hasta su hora normal… las tres de la mañana.

Tranquilizada, Oraga recogió su falda larga y de vivos colores y atravesó el jardín sin decirle nada más a Cecil.

Para su edad poseía un paso enérgico, aunque, bien pensado, Cecil no tenía ni idea de cuál era su edad real.

Apartó a Oraga de su mente. Eran sólo las diez y media.

Tenía todo el día para sí misma, un lujo maravilloso.

Comenzaría lavándose el pelo; luego se pondría unas ropas de gitana, un maquillaje chillón, un pañuelo alrededor de la

cabeza. Había tanta gente llegando al campamento que nadie la observaría. Podría ir a todas partes, hacer cualquier cosa. ¡Era libre!

¡Iba a ser un día fantástico! ¡Un día para recordar!

El viento debía de haber estado soplando en dirección contraria, pues no supo que estaba allí hasta que le tocó el pelo. Ella saltó de la roca plana en la que había estado tomando el sol y le lanzó una mirada de desaprobación.

–No, permítame -dijo él con su voz rasposa-. No le haré daño, sólo quiero… tocarla.

–¡No! – Ella se echó hacia atrás, más a causa del olor que de pronto le había llegado procedente de él-. ¡Váyase, no me gusta que la gente se acerque a mí a escondidas!

Lo cierto es que Cecil estaba doblemente mortificada. De todas las cosas que se suponía no debía hacer, permitir que un extraño viera su largo pelo rojo era la primera de la lista.

Había creído que sería seguro secárselo en medio del campo. No había visto a Mezange durante dos semanas, y había imaginado -y esperado- que se hubiera marchado.

–Por favor -dijo él, alargando sus manos manchadas de suciedad en un acto de súplica que era más horrible que todas sus iras y rabietas-. Es tan bonito. Es tan largo…

–No me importa. Manténgase lejos de mí o gritaré.

–No haga eso. Asustará a los pájaros.

Su significado no podía ser más claro. Mezange era viejo pero muy fuerte, y aquellos bosques desiertos eran su territorio. Ella era joven y ágil, pero estaba embarazada.

Esperaba no tener que escapar corriendo.

–Si me permite que la toque -dijo astutamente el viejo-, le daré algo.

–¿El qué? – preguntó Cecil. Había empezado a retroceder, y ahora intentaba ganar tiempo. Mezange sacó algo que parecía una pila de papeles sucios del interior de su tosca chaqueta de lana.

–Esto. No le haré daño… venga y mire las fotos.

–¿Fotos de qué? – preguntó Cecil, otro tipo de miedo comenzaba a despertar en ella. No podía ser…

–Fotos suyas. Unas bonitas fotos. Deje que la toque una vez y se las daré.

¡Fotos! Mezange le había sacado fotos, Dios sabía cuándo. Tenía que conseguirlas a toda costa; si le enseñaba las fotos a alguien del pueblo… De pronto recordó que al hombre le gustaba regatear. Era su única oportunidad.

–Puede tocarme una vez, después de haberme dado las fotos.

–¿No gritará?

–Por supuesto que no, sólo que ha de venir usted aquí. –

De aquel modo ella estaría más cerca del sendero.

Mezange se aproximó, con una mirada como de enloquecido anhelo en su cara. Y aun así ella sabía que él la observaba atentamente, al igual que cada vez que se encontraban. Cuando el viejo y su terrible olor estuvieron casi encima de ella, Cecil alargó la mano para coger las fotos.

–No, yo se las enseñaré. Son muy bonitas. – Sus dedos agarraban ya un mechón de sus cabellos y se disponían a acariciarlos. Su áspera respiración se aceleraba; meneó su lanuda cabeza como si no pudiera creer su inesperada suerte.

Cecil tenía la impresión de que Mezange se encontraba ahora en otra parte, pero la agarraba del pelo con demasiada fuerza como para poder soltarse. Alargó el brazo y tomó las fotos, que él le entregó sin protestar.

Cecil se quedó boquiabierta por lo que vio; eran instantáneas del jardín de la casa, de ella tomando el sol, peinándose, tendiendo la ropa, hablando con Oraga, despidiéndose de Pancho. Había docenas de fotos de ella en el campo, leyendo, dormitando sobre una piedra plana.

Incluso había una de ella durmiendo por la noche en su cama, obviamente tomada con flash. ¡No era de extrañar que tuviera la constante sensación de que la observaban!

Apenas parecía haber un momento de su nueva vida que no hubiera sido fotografiado por aquel viejo loco.

–¿Quién las ha revelado? – preguntó Cecil, con el corazón en un puño. Debía de haber alguien en el pueblo que ya hubiera visto aquellas fotos, que la hubiera reconocido.

–Yo mismo -replicó Mezange, su mirada todavía absorta en sus cabellos-. No pagaría a ningún maldito idiota para que revelara mis fotos. – De pronto soltó el mechón de pelo y le lanzó una mirada feroz-. Bueno, ¿qué dice?

–¿Me sigue usted a todas partes? – le preguntó Cecil en una voz apagada.

–¡Esto no tiene ninguna importancia! ¡Eso es lo de menos! – De nuevo se estaba enojando; su bastón, que había quedado apoyado en el suelo, oscilaba ahora en el aire por encima de su cabeza-. ¿Qué me dice de las fotos?

¿Qué podía hacer Cecil para detenerle? ¿Qué podía decirle?

–¿Hay… más? – preguntó por fin-. ¿Se las ha enseñado a alguien más?

–¿A qué maldito idiota iba yo a permitirle ver mis fotos?

¿A qué imbécil? No, nadie, nadie en absoluto. ¿Me ha oído?

-Monsieur Mezange, ¿podría dejar de gritar un momento y escucharme? Sus fotos no están muy bien reveladas, pero son bonitas. Es obvio que es usted un artista, y le felicito, y me siento halagada por su trabajo. Sólo que me encuentro metida en un lío terrible, Monsieur Mezange.

¿Era eso lo que debía hacer, contarle su secreto a aquel ermitaño medio loco? ¿Qué diría Pancho si lo supiera?

–¿Qué clase de lío? – preguntó el viejo, escrutando la cara de Cecil y con los ojos centelleando de un modo extraño, demoníaco.

–Ciertas personas me buscan para matarme. – Era como si otra persona hablara en lugar de Cecil, una segunda personalidad que ni siquiera había sospechado que existiera-. Por eso me escondo en sus terrenos, Monsieur Mezange, para que no puedan encontrarme. Debe darme

todas las fotos. Si esas personas las ven, sabrán dónde estoy y vendrán a buscarme. Me harán daño. ¿Lo ha entendido?

Mezange alargó la mano y arrancó las fotos de la temblorosa mano de Cecil.

–¡Yo las guardaré! – dijo, sus ojos relampagueaban peligrosamente-. Si no quiere que nadie vea las fotos, están mejor conmigo que en el lugar donde vive. ¡Todos esos malditos gitanos! Son unos cerdos asquerosos que quieren hacerle daño. ¡Los mataré!

Oh, me lo merezco, pensó Cecil. Sólo tenía que haber tenido la boca cerrada. Dios sabe lo que he desencadenado.

- No, no, no son los gitanos, Monsieur Mezange. Ellos me ayudan, se lo juro. Las personas que quieren hacerme daño están en París; son muy ricas y famosas. Esos son los que no deben averiguar dónde estoy. Por eso no puede enseñar las fotos a nadie.

–Él también tiene una foto suya -dijo con astucia Mezange.

–¿Quién?

–El gitano.

–¿Una foto? ¿Mía?

–La encontré en el portaequipajes de su coche. ¿Quiere verla?

–Yo… sí.

Mezange sacó un trozo de papel sucio del bolsillo, lo alisó y se lo dio a Cecil. Ella se quedó mirando incrédula la lustrosa fotografía. Era una inocente instantánea en la escalera de acceso al Centro Médico de Dallas. Se podía distinguir a Mica en el borde de la foto. Cecil señalaba algo; era obvio que la foto había sido tomada con un teleobjetivo; Cecil no se había dado cuenta.

Con los dedos temblorosos, Cecil miró el reverso de la foto. En la parte de atrás, escritas en tinta, había varias anotaciones: el peso y la altura exactas de Cecil, así como el color de su pelo y de sus ojos. Debajo, escrito con los