Madre de alquiler

Shelley V. Ashley · Capítulo 26 de 49

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Madre de alquiler

Capítulo 25

Hotel Negresco

Hacia las ocho, Cecil estaba demasiado nerviosa como para permanecer sentada en la habitación. Tomó el ascensor y fue hacia la zona de recepción para ver si había señales de Sam. El hotel estaba tan muerto como antes de las tumultuosas celebraciones callejeras de la velada anterior. Casi nadie atravesaba las puertas oscilantes, y los pocos empleados que estaban de servicio parecían adormecidos.

Sin otra cosa que hacer, Cecil retornó hacia el cavernoso vestíbulo. En su estado de ánimo actual, parecía tan acogedor como una tumba violada. Sin embargo, ella se obligó a recorrerlo centímetro a centímetro, mirando sin ver las decoraciones rococós, las muestras de lujo, incluso a los pocos turistas. Por fin se hundió ante una de las mesas redondas de mármol y sacó un libro de su bolso. Las palabras avanzaban sin ningún sentido sobre la página.

Cecil no podía pensar en nada más que en la última hora, el teléfono en silencio. Quizá Sam Sweeney le diera nuevos ánimos… y quizás en la noche de Año Nuevo planearan su futuro entre los dos. ¡Ni siquiera una llamada para decir que llegaría con retraso! De todos modos, ¿a qué hora llegaba el último avión procedente de París? Cecil miró su reloj. ¡Dios mío, qué idiota había sido! Eran las diez menos diez; hacía casi dos horas que había salido de la habitación. Sam probablemente la había llamado.

Cuando Cecil se aproximó al mostrador de recepción, vio que uno de los recepcionistas hacía un esfuerzo heroico para despertar de su estupor.

–Señorita Gutman, la he estado buscando.

–¿Ha llamado alguien? – dijo ella sin aliento.

–Sí, un tal señor Paso Real. Quiere que le llame urgentemente. Ah, señorita Gutman, ¿qué hacemos con la reserva del doctor Sweeney? Son ya casi las diez, todavía le

guardamos la habitación, pero… -su pregunta acabó en un dudoso silencio.

–De todos modos, el hotel no está lleno en esta época del año, ¿verdad?

–No, pero habría que informar a la gobernanta de si la habitación va a ser ocupada esta noche. ¿Es posible que el doctor Sweeney haya perdido el avión?

–Más vale hacerse a la idea de que no va a venir. Sólo que si… llegara tarde, espero que pudieran encontrarle habitación.

–No se preocupe, Mademoiselle.

Apenas capaz de ocultar su decepción, abandonó la zona de recepción sólo para encontrarse con Alan Mueller.

Acababa de entrar de la calle, y su cara aún estaba arrebolada por el frío. Una gran bufanda blanca le rodeaba la garganta y flotaba detrás de él como una serpiente retorciéndose. Saludó a Cecil con una amplia y amistosa sonrisa.

–Hola, desde el lunes que la busco por todas partes.

¿Qué tal le va?

–Muy bien, supongo. Tenía cosas que hacer, de modo que apenas he salido de mi habitación.

–Bueno, ¿qué le parece cambiar eso ahora mismo?

Cojamos mi coche y vayamos a ver un poco el paisaje.

Luego podemos ir al puerto a tomar una sopa de pescado, lo más apropiado para una noche de invierno tan tempestuosa. ¿Qué me dice?

–Lo siento, señor Mueller, no estoy libre esta noche.

Quizá podamos salir este fin de semana. Si todavía estoy aquí, claro está.

–Llámeme Alan, por favor. Hace que parezca su abuelo.

¿Y qué es eso de que se marcha? ¿Adonde va a ir cuando deje Niza?

–No estoy segura. Puede que vuelva a casa.

–¡No haga una cosa así! Si acaba de decir que aún no ha visto Niza y ya habla de regresar a toda prisa a Estados

Unidos. Es usted una turista terrible.

–Tiene razón, lo soy. – Cecil lanzó una mirada aprensiva al mostrador; nadie le prestaba atención; no había más llamadas. Se obligó a que su atención volviera con Mueller.

–Dígame qué ha estado haciendo. ¿Es usted… jugador de tenis, no es eso?

–Entrenador. He estado trabajando con algunas jóvenes promesas en Sophia Antipolis, y eso me ha mantenido muy ocupado hasta ahora. Y también he tenido algunos problemas con mis papeles. Perdí la cartera en el aeropuerto de Burdeos. La mañana que nos conocimos, de hecho.

¿Había visto Mueller cómo Cecil se sobresaltaba ante la mención de la cartera?

–Yo… eso es terrible. ¿La ha recuperado? – sus palabras sonaron falsas, incluso para ella.

–Sí, eso es lo raro. Pensaba que tendría problemas para conseguir un nuevo pasaporte, declarar ante la policía y todo eso. Ya sabe lo lenta que es aquí la burocracia. Pero la cartera apareció intacta en el vuelo Air-Inter de Niza.

–Qué cosa tan… misteriosa.

–¿No cree? Me preguntaba si… aquel individuo que estaba con usted en Burdeos. ¿De piel oscura y aspecto de extranjero? ¿Puede repetirme su nombre?

Cecil respondió con mucha cautela.

–Oh, sólo era alguien que conocí en una fiesta. Apenas le conozco.

–¿No venía a Niza con usted?

–Creo recordar que tenía que conectar con un vuelo hacia Córcega. La verdad es que no le he vuelto a ver desde que estoy aquí. – Bueno, eso era lo suficientemente vago,

¿o no? Pancho debería estarle eternamente agradecido por mantener a la policía apartada de su pista. Probablemente merecía ser detenido, pero no sería ella quien le denunciara.

–Volviendo a lo de pasar una noche en el centro, ¿qué me dice del viernes?