Madre de alquiler
Capítulo 42
En la mente de Louis se mezclaron la perplejidad y la furia, como si fuera incapaz de comprender lo que ocurría, sin entender que su destino hubiera cambiado de manera tan increíble. Los dos estaban abrazados en una lucha a muerte: él, Richard Mezange, Ricardo Corazón de León, luchando desesperadamente contra Louis Lafontaine. Toda su vida había tenido una fuerza sobrehumana, sólo que ahora era muy, muy viejo. No podía comprender por qué, pues él e Isabel iban a casarse en junio, y todavía no había cumplido los veinte años. ¿Por qué entonces se sentía tan viejo?
Mezange oyó un gruñido en las profundidades de la garganta de Louis; vio en su cara el rictus de una bestia atrapada. Incluso pudo sentir el aliento de la traición en su vieja cara. En un súbito arrebato de furia, Richard Mezange lanzó sus grandes, fuertes y jóvenes brazos alrededor de Alan Mueller y cargó hacia adelante. Por un instante ambos quedaron abrazados y volaron a través del espacio, pasando directamente sobre el casi inconsciente cuerpo de Cecil, justo por encima del antepecho de la ventana.
A medida que caían hacia el campo de brillantes margaritas blancas, Mezange oyó un grito atroz, pero no supo que era Alan Mueller quien lo había emitido. Por encima de aquel grito, por encima de todo, le llegó la dulce voz de Isabel llamándole:
–¡Ricardo, ayúdame! Ricardo, por favor, por favor, ayúdame. ¡Ricardo!
Y esta vez él respondió:
–Lo haré, querida, lo haré. No te preocupes, aquí estoy. Te salvaré, yo, Ricardo Corazón de León, te salvaré. Yo. Nadie más.
Capítulo 42
Cercanías de Grasse
La despertó el sonido de una música. Una guitarra vibraba con una furia orgiástica. Los talones de una mujer
golpeaban el suelo de madera cada vez que un hombre vociferaba su angustia en una voz grave y casi árabe.
Cecil intentaba concentrarse en algo que le había sucedido, algo reciente e inexpresablemente horrible, pero su mente se cerraba y rehusaba ceder al recuerdo.
No es el momento, se dijo a sí misma. No ahora. Sé fuerte para lo que te espera. Ya recordarás más tarde.
Una niña con una falda larga, arrugada, moteada de puntos y que a veces levantaba hasta su cintura, bailaba en la habitación. Sus labios estaban pintados del mismo color que los topos rojos de su falda, y sus ojos estaban fuertemente perfilados en kohl. Era una hermosa niña, de rizos morenos que le llegaban a media espalda. Cecil sonrió débilmente y le alargó una mano.
–¡María! ¡Sal! No la toques, está impura. ¡Gaja, gaja!
Prohibido.
La niña lanzó a Cecil una mirada especulativa y serena; a continuación, todavía sosteniendo la falda arrugada en su mano sucia, desapareció a través de la entrada de la tienda.
La cara de una mujer joven y muy gorda apareció ante ella.
Se inclinó hacia Cecil, y algo que vio la hizo gritar.
–¡Oraga! Está despierta. ¡Ven, rápido!
La vieja apareció como por arte de magia, la boca abierta en una sonrisa casi sin dientes.
–Estás bien, ahora tienes que empujar, ayuda a salir al bebé. Está atascado.
De pronto el cuerpo de Cecil volvió a la vida. Debía de haberse desmayado en el bosque, y el alumbramiento se había frenado o detenido. ¿Pero por qué estaba allí Oraga?
Ahora no quería a Oraga. Quería…
–Oraga, ¿dónde está Pancho? – su voz era rasposa, como un disco muy antiguo, y sentía la garganta terriblemente magullada. ¿Qué le había ocurrido? ¿Cómo había llegado a aquella tienda gitana?
La mujer husmeaba por todas partes, colocaba una colcha en su sitio, ponía un balde de hojalata junto a su
taburete.
–No hay hombres aquí, mala suerte. Ahora debes empujar, el bebé está casi fuera.
–¡Pero yo quiero un médico! – gritó Cecil en una voz terriblemente chillona-. No puedo hacer esto sola. Pancho me prometió que me encontraría… a alguien para…
–¡Soy yo! – dijo orgullosamente Oraga. Sus viejas y huesudas manos se ocupaban en destrenzar el pelo de Cecil-. Yo me he quedado todo este tiempo para cuando llegara el bebé.
–¡Tú! ¿Qué sabes tú de medicina?
–Ya te lo dije, yo drabirni, seré una ayuda estupenda.
Mira, te estoy deshaciendo los nudos del pelo… ellos te provocan dolor. Cuando tengas el pelo suelto, todo será fácil para ti.
–Dios mío, Oraga, comienza a dolerme de nuevo. ¿Qué debo hacer…?, dime Oraga, ¡dime si sabes algo de esto!
–Déjalo ir -le urgió Oraga-. ¡Déjalo ir! Empuja fuerte, el bebé saldrá en uno o dos minutos. ¿Quieres ponerte de pie para que salga más fácilmente?
–¡Ponerme de pie! Por supuesto que no, ¿estás loca? Por favor, ayúdame, ¿qué debo hacer?
Sin embargo, no había nada que hacer ni en qué pensar.
Su cuerpo lo sabía; era la labor sísmica del parto. Eso es exactamente lo que sentía: un seísmo. Una enorme mano había agarrado los huesos de su pelvis y los estaba separando para que el bebé pudiera pasar. Era muy sencillo.
Fuera de su control. Imparable. Insoportable.
Este es el niño que tenía que nacer en el Hospital Americano, en una suite de lujo. Este es el bebé que debía dar a luz Sam Sweeney, el más grande obstétrico vivo. Este es el destino del heredero de los Schomberg. Así es cómo debía haber nacido.
Oraga había cogido una pandereta, y ahora seguía el ritmo de la música de flamenco que procedía de la tienda más grande del campamento. A un lado del instrumento
había un enorme sol amarillo, con los rayos proyectándose hacia los bordes de color rojo. Mientras Oraga tocaba, Cecil sintió como si ella misma fuera la pandereta, y su dolor los rayos descuidados del sol. Cecil se encontraba en un universo ajeno en el que la materia se creaba y se destruía en un continuo cataclismo. Era un mundo terriblemente real.
La música se detuvo. Oraga dejó la pandereta y se puso en pie, moviéndose de un lado a otro de la tienda. No calentaba agua, ni hacía nada de lo que suele hacer la gente en los libros cuando se prepara para un parto. En lugar de eso, recogía platos sucios, totalmente indiferente a Cecil, que se retorcía sobre la cuna.
En medio de un estallido de luz roja, un enorme sol amarillo se dividió en dos.
–Ya viene, Oraga, ven aquí y ayúdame. Ya está aquí.
Maldita sea, ayúdame en seguida. ¡El bebé está aquí!
Ella está boca abajo, con unas paredes que como acero le aprietan la cabeza, la atrapan, la estrujan. Ella quiere escapar de aquellas paredes que la aplastan, pero teme caer muy abajo, caer muy lejos. ¿Caer hasta dónde?
Cada pocos segundos, unas contracciones sacuden su cuerpo; ella se encuentra atrapada en un terremoto cuyas vibraciones son cada vez más violentas. Durante una eternidad ha sido incapaz de moverse. Tiene los ojos abiertos, pero no ve nada. Está atrapada en una grieta increíblemente estrecha, asfixiante, en la que unas sacudidas sísmicas le llegan de todas direcciones.
Las cálidas aguas han desaparecido; ya las ha olvidado.
Tiene que salir, hará cualquier cosa para salir. No quiere quedarse allí.
Tiene la boca abierta, a punto para chupar, pero no hay comida. Los pulmones están a punto para respirar, pero no hay aire. La cabeza intenta abrirse paso a través de las duras paredes, pero es demasiado grande para pasar.
Está atascada.