Madre de alquiler
Capítulo 3
–La palabra «esperar» ya no existe en mi vocabulario, Mica. Esa página la he arrancado de mi diccionario.
–Deja de utilizar esa charla de colegial conmigo. Yo también dependo de tu decisión. ¿Vas a aceptarlo o no?
–¿Cómo demonios voy a saberlo? Sí… supongo que sí.
Creo que voy a hacerlo.
–Al menos por una vez en la vida toma una maldita decisión. – Su bronca voz latina parecía desvanecerse a medida que pronunciaba esas palabras.
–¡Oh, Mica, por favor, no! ¡Por favor! Tú eres una persona fuerte. Tienes que comprender.
–¿Qué hay que comprender?
–Lo asustada que estoy. Eres la única persona en todo el mundo a quien puedo decirle esto. Mica, lo que acabo de hacer, me da miedo… mucho miedo.
Capítulo 3
Dallas
Jeff Sandlin extrajo la ficha de la caja fuerte de su oficina.
Su nombre cifrado, «Saint-Germain», procedía del bulevar de París en donde residían sus clientes cuando no estaban en Nueva York o en Río de Janeiro o en Cap d'Antibes o Gstaad o en una de sus plantaciones del Caribe. La ficha era tan secreta que nadie -excepto un socio con quien Sandlin se había visto obligado a discutir la ética del asunto-conocía sus nombres o incluso la naturaleza exacta de los servicios que la empresa iba a proporcionarles. Los anuncios habían aparecido simultáneamente en los periódicos de las cuatro grandes ciudades de Tejas, e informado a todos aquellos interesados que llamaran a un número de teléfono que no figuraba en la guía telefónica y que comunicaba con el despacho de Denise O'Neil. El trabajo de Denise era desanimar -con las menos palabras posibles- a los chiflados, psicópatas, travestidos, fanáticos religiosos, maníacos sexuales, borrachos, drogadictos y vendedores de seguros, de lotería, de cosméticos y de artículos de bajo precio. Hacía
falta un poco más de tacto para tratar con los chicanos y esposas de pescadores vietnamitas residentes en Corpus Christi. Los negros eran los más duros de todos. Era ilegal preguntar por las buenas, ¿es usted negra o no?
Consecuentemente, unas pocas jóvenes se colaron a través de la tupida red de Denise y llegaron a hacer la entrevista.
Todas merecieron el tratamiento de «el juez Baker al teléfono», aunque Jeff Sandlin las miraba alejarse con cierta lástima; le habría gustado entrevistar a dos o tres fuera de la oficina.
Además, la edad era importante. Cualquiera que tuviera más de treinta años era rechazada con firmeza. Una mujer que daba la impresión de tener setenta años, pero que dijo tener treinta y cinco, rehusó aceptar su descalificación; estuvo pegada al teléfono durante casi una hora intentando averiguar cuál era la retribución que ofrecían. Denise tenía claras instrucciones de no enfrentarse abiertamente con nadie.
Dos de las que llamaron eran periodistas que esperaban encontrar una historia de interés humano, pero el cuento que Denise les contó -que era ella misma la mujer que buscaba ayuda, que el pastor de su iglesia le había autorizado a poner el anuncio, que lo hacía para complacer a su anciana madre, que agonizaba de cáncer en una clínica- sonaba tan improbable y tópico que ambas periodistas colgaron sin hacer más averiguaciones.
A las más o menos veinte mujeres que pasaron el filtro preliminar se les dio el nombre de la empresa y la dirección, junto con el día y la hora de su cita. Sandlin quería entrevistarlas en la habitación de un hotel o en algún otro lugar neutral, pero Denise, con una sorprendente muestra de valor, puso el veto a tal cosa, afirmando que el episodio ya era lo suficientemente traumático para una mujer sin el miedo añadido de ser atraída a una trampa.
Todo discurrió según lo programado, con la excepción de un obstáculo bastante molesto: Denise O'Neil conocía las
identidades de sus clientes. Alguien tenía que secundar a Jeff Sandlin. No iba a ponerse a hacer él sus propias llamadas telefónicas ni a teclear sus propios télex o transmitir sus fax. En cualquier caso, ya le había contado a Denise toda la historia una tarde de domingo, mientras yacían en su cama de agua, bebiendo Kir Royales y viendo una película porno. Había experimentado una súbita necesidad de impresionarla y lo había soltado todo. Jamás hasta entonces había traicionado la confianza recibida, y se preguntó si había ocurrido porque se estaba haciendo viejo.
El episodio le preocupaba tanto que, a la mañana siguiente, se entregó a un programa de ejercicio intensivo, masaje y pérdida de peso en el gimnasio que había en el piso superior de su edificio.
Sandlin conocía exactamente el procedimiento que debía seguir ahora que había descubierto a la exótica señorita Gutman, pero, de todos modos, volvió a repasar las instrucciones de sus clientes. Le provocaba un pequeño estremecimiento el ver el nombre de éstos en letras de molde. Era un nombre que figuraba en las placas de varios de los valiosos objetos que se desperdigaban por su propia casa.
La primera llamada que hizo tuvo por destinatario a Sam Sweeney. Conocía de vista al médico, debido a que con frecuencia almorzaban en los mismos clubes y restaurantes, y una primavera sus esposas ocuparon asientos contiguos en una exposición de azaleas en Turtle Crek. Sandlin no apreciaba particularmente a ese médico, quien no sólo era unos buenos doce centímetros más alto que él, sino también más robusto y delgado. De hecho, Sweeney era tan fuerte, campechano y decidido, y tenía tanto encanto irlandés, que a Sandlin le gustaba fantasear pensando que era un impostor, uno de esos hombres que no poseen ninguna titulación ni experiencia médica y que de pronto colocan una placa de latón y comienzan a tratar a los demás, y con frecuencia con un éxito extraordinario.
Naturalmente, los médicos así siempre tropiezan en algún tecnicismo y acaban en la cárcel. Pensar en Sam Sweeney entre rejas le resultaba tan agradable que Sandlin se permitió una breve y pequeña sonrisa antes de recordar que el médico, y eso era algo demasiado real, estaba en camino de convertirse en una celebridad entre la alta sociedad.
Como bien probaba la ficha que acababa de abrir, también atendía las necesidades médicas de una de las familias más ricas del mundo.
Sandlin presionó el botón del interfono.
–¿Denise? Ponme con el doctor Samuel Sweeney. Prueba primero en el Centro Médico. Si no está ahí, probablemente puedan encontrarle con el localizador personal. Si no, tengo otra media docena de números que puedes intentar, incluyendo el de su casa.
–Muy bien, cariño.
–Denise -repitió enojado-. Te lo he dicho varias veces.
Existe un vocabulario para la oficina y otro para después de la oficina. Y bajo ninguna circunstancia hay que confundirlos.
–Lo siento, amor.
Dejó de presionar el botón y comenzó a golpetear su escritorio con su regla de bordes dorados. Estaba de nuevo irritado. Se veía incapaz de manejarla; nunca debería haber comenzado una aventura con una muchacha que tenía la mitad de años que él. Lo había sabido desde el principio, y aun así…
La luz del interfono parpadeó de nuevo.
–El doctor al teléfono, señor.
Sandlin sonrió y dejó la regla en la mesa. Era una muchacha que sabía exactamente cómo levantarle el ánimo. Tanto en la oficina como fuera de ella.
–¿Doctor Sweeney? Soy Jeff Sandlin, de McNaught, Muncheon…
–Jeff, ¿por qué me sueltas toda esa mierda? Ya sé quien eres. ¿No jugamos un partido de squash hace más o menos
un año durante el curso del cual, y perdón por el chiste, te
squashé[4] hasta el culo?
–Tu memoria supera a la mía, Sam, y eso no es ningún cumplido barato. – Sandlin sonrió para sí mismo; por supuesto, él jamás olvidaba nada, pero resultaba de buen tacto darle al doctor un poco de margen-. Creo que debo haber reprimido en mi memoria todo ese episodio.
–¿No te gusta perder, eh?
–¡Puedes estar seguro de eso! Estoy esperando la revancha para darte un par de buenos golpes en el tuyo. En tu culo, quiero decir. Pero no es por eso por lo que te llamo, Sam. Tengo tu nombre en una ficha…
–¡Cristo! ¿Otra querella por negligencia médica? Llama a Tony, ¿lo harás, Jeff? Él es quien se encarga de todos estos asuntos. Yo no tengo tiempo de preocuparme por eso.
–No, no, amigo mío, que yo sepa nadie va a querellarse contra ti, pero unos clientes míos franceses me dieron tu nombre para que me pusiera en contacto contigo…
–¿Francia? ¿No te referirás a Christine?
–Se me ha encargado que no mencione nombres durante las fases preliminares -replicó Sandlin remilgadamente-.
Esto se refiere a…
-Sé a qué se refiere, por amor de Dios. Yo soy el tipo que montó todo este tinglado, y el que le recomendó que utilizara una firma legal de Dallas, la cual, presumo, es la tuya. De modo que… ¿has encontrado a alguien?
–Una joven que ahora mismo acaba de salir de aquí…
veintitrés años, nacida en Waco, bautizada luterana, una
auténtica WASP[5] de Tejas, a excepción de algunos
antepasados suecos ya fallecidos hace tiempo que…
–¿Qué aspecto tiene? – le cortó en seco el doctor.
Sandlin frunció el ceño irritado. No había sido capaz de finalizar una sola frase desde que tenía a Sweeney al teléfono. Además, había decidido que el doctor estaba tan loco como los parisinos. El aspecto físico no tenía nada que ver con el asunto, a menos que Sweeney sólo deseara
fantasear acerca del examen ginecológico que pronto tendría que hacerle a Cecil Gutman. Se preguntaba si el doctor podría permanecer indiferente cuando se pusiera los guantes de goma y comenzara a tocar a esa hermosa…
–¿Todavía estás al teléfono, Jeff? ¿Me oyes? ¿Te he preguntado qué aspecto tiene la mujer?
–Alta y escuálida. Es una belleza, supongo, de esas que no tienen carne de sobra, aunque sí la suficiente como para encenderte la mecha…
–¿Y su pelo? ¿Sus ojos? – la impaciencia de la voz de Sweeney era máxima.
–Bueno, ése es el motivo por el que te he llamado. Puedo enviarte a alguien de acuerdo con las instrucciones, pero hay una serie de problemas que quiero discutir antes contigo. Es pelirroja, y el color de sus ojos es como se supone que son los de Elizabeth Taylor, aunque probablemente no lo sean.
–Ya. Mmm. ¿Tiene estudios?
–Inteligente, y además sabelotodo. Másters. Universidad de Illinois. Personalmente, yo no la recomendaría en absoluto, sólo que…
–¿Cuál es el problema? No me estás hablando claro.
–Bueno, te hablo todo lo claro de que soy capaz: puede que sea una chiflada.
–¿Hasta qué punto?
–Es muy excitable, es obvio que tropezó con alguien en el pasado. Quizá la abandonó algún estudiante en la universidad y no pudo…
–Muy bien. Ya me encargaré yo de comprobar su salud.
Voy a quitarte este asunto de las manos lo antes posible.
Jeff, no hace falta que le des más vueltas. ¿Cuándo va a venir al hospital?
–Le dije que tu secretaria le daría una cita. Pronto llamará.
–Muy bien. Lo arreglaré todo para verla mañana a primera hora. ¿Qué más?