Madre de alquiler

Shelley V. Ashley · Capítulo 24 de 49

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Madre de alquiler

Capítulo 23

secretas. Muy poco juicioso. Y ahora ¿qué me dices si nos olvidamos de este tema y vamos a cenar?

–Si tú lo dices -replicó su mujer poco convencida-.

Llamaré a Inés.

Edith-Ann se puso en pie y se alisó la falda de seda de su traje de Chanel. Todavía estaba preocupada.

–¿Xa-Xa? – Su voz chillona se volvió engatusadora, casi seductora-. Sólo una pregunta más antes de que entremos a cenar. Este… amigo tuyo…

–¿Qué pasa con él?

–¿Hasta dónde es capaz de llegar? ¿Si fuera necesario?

Xavier sonrió a su mujer de manera poco afable y la tomó del brazo para escoltarla hasta su comedor recientemente decorado.

–Todo irá bien, querida. Llegará todo lo lejos que sea necesario.

–Oh, bueno, entonces es un alivio. – Sus sesgados ojos de gato se angostaron, y apretó el brazo de Xavier como dando su aprobación-. Mientras cenamos, Xa-Xa, te contaré exactamente lo que me dijo el abogado. Luego tendremos que tomar una decisión. Sé qué hacer con la chica, pero el doctor todavía es un problema. Sabe demasiado. Según el abogado, ese doctor es el único que podría acarrearnos algún perjuicio.

Capítulo 23

Hotel Negresco, Niza

Se encontraba de nuevo en Dallas. Sonaba el teléfono.

Era Serge. Era la llamada que estaba esperando. Le pedía que fuera a Francia. Se casarían y vivirían en París. Desde la ventana de su dormitorio mirarían cómo los niños jugaban en el Pare Montsouris. Sólo que Cecil era incapaz de encontrar el teléfono. Sonaba y sonaba, y ella no sabía dónde estaba. Estaba triste porque sabía que si no contestaba ahora nunca volvería a ver a Serge ni a esos niños de nuevo. Sus dedos a tientas chocaron contra una

lámpara y luego milagrosamente tocaron el frío plástico del auricular.

–¿Cecil? ¿Eres tú?

–Serge -dijo ella con una voz que era una mezcla de temor y esperanza al mismo tiempo.

–¡Cecil, maldita sea, despierta! ¡Soy Sam!

–¿Sam? – Si quien le llamaba era Sam, entonces no se encontraba en Dallas; no estaba esperando un hijo de Serge; estaba…

–Sam, estaba completamente dormida. He intentado hablar contigo… hace semanas que te llamo.

–Lo sé, he sido un imbécil dejándote sola de esta manera, pero estaba tan apurado de trabajo que no pude…

-la voz de Sam se interrumpió y a continuación regresó con su antiguo tono vital-. Cecil, ¿te has enterado? ¿Has visto los periódicos? ¿Alguien se ha puesto en contacto contigo? –

sus palabras le llegaban como el frenético tableteo de una ametralladora.

–¿Te refieres a Christine y a Frederick? Me enteré la noche pasada, y hoy he visto en la televisión francesa un documental que hablaba de ellos. Sam, escucha, tengo que decirte una cosa… fui a casa de los Schomberg cuando estuve en París. Conocí a Bayard y a Rita Schomberg.

–Ya lo sé, encanto. Jeff Sandlin me puso al corriente de ese episodio.

–¿Por qué no me llamaste entonces? Estoy frenética. Te he dejado una docena de recados.

–Apuesto a que mi fiel Estelle está tan furiosa como un oso con un tiro en el culo. El problema es que todavía no he podido llamar a Estelle. Mira, Cecil, esto es lo que ha pasado: estuve alejado del mundo durante una semana en Arabia Saudí, operando a la favorita del rey. Cuando regresé me metí en una juerga de proporciones monumentales.

Estaba tan trompa que no habría podido marcar tu número de teléfono ni aunque mi vida hubiera dependido de ello.

–Mierda, Sam, ¿se supone que debo compadecerme de…?

–Guárdate tu compasión y déjame hablar. He actuado como un asno irresponsable, pero de nuevo tengo la cabeza sobre los hombros. Tengo una cosa importante que decirte.

¿Estás bien despierta?

–Sí, pero Sam…

–¡Sé lo que vas a decir! – le soltó-. Has pasado un infierno; llevas el hijo de dos personas que han muerto; yo te he metido en esto; estás de lo más preocupada -Cecil pensó que hablaba con un hombre con una bomba de relojería a punto de explotar junto a él en cualquier momento.

–Ya lo arreglaremos, te lo prometo, pero por el momento sólo quiero que me escuches. Es vital que te quedes en Niza, en tu habitación, si puedes soportarlo un par de días.

No dejes subir a nadie. No vayas a París, no importa quién te lo pida o cuál sea el pretexto. No corras ningún tipo de riesgo. Yo estaré ahí… veamos, hoy es lunes, o lo que queda del lunes… el miércoles por la tarde. Resérvame una habitación en tu planta por una o dos noches. ¿Te acordarás de todo?

–Sam, si me encuentro en algún peligro, quiero saber exactamente de qué se trata… ahora.

–Muchacha, no es mi intención asustarte, pero estoy muy preocupado, y no puedo hablar de esto por teléfono. Nos enfrentamos a una situación tan candente como los retozos de un cowboy de Tejas en el lecho de una joven viuda.

–Bueno, he estado enferma, creo que deberías saberlo. Vi a un médico llamado López, e insistió en que debería hacerme algunas pruebas muy complicadas en Niza.

–¿Tienes algún dolor ahora?

–No, me siento estupendamente, pero la semana pasada…

–¿Por qué demonios no llamaste a Parodi del Hospital Americano si tenías un problema? Te di una ficha con su

nombre y su número de teléfono cuando te fuiste de Dallas.

–Parodi está en París y yo estoy aquí. Necesitaba un tratamiento de emergencia.

–Los teléfonos funcionan en casos de emergencias médicas aunque estén intervenidos. El bebé es demasiado importante para ti como para dejarlo en manos de algún curandero de por ahí.

–¡Entonces tú mismo deberías estar aquí!

–Cecil, mi prioridad número uno es llegar a París. Quiero averiguar por qué existe este silencio total en lo que respecta al asunto del bebé. Además, voy a lanzar un par de bombas a nuestros amigos de París. Para cuando el polvo se haya aposentado, estaré en el vuelo de Niza.

–¿Y después de eso?

–Te llevaré de nuevo a Dallas. Me temo que a partir de ahora nos las tendremos que arreglar solos tú y yo.

El corazón de Cecil se detuvo por un momento, aun cuando sabía que había malinterpretado sus palabras.

–Como en un show de Broadway con sólo dos vedettes.

–Eso es lo que siempre me gusta de ti, Cecil… tu intuitiva inteligencia y el hecho de que puedas darle la vuelta a una frase con la misma gracia que un irlandés. Es un show, de acuerdo, y nuestro pequeño amigo es la estrella. Veremos ahora qué ocurre. Nadie más en el mundo quiere que este show llegue a estrenarse. Por eso tenemos que formar un equipo. En Dallas te pondré bajo la custodia de mi fiel Estelle, que te protegerá mejor que si fuera un caballero medieval.

–Entonces, si te he comprendido correctamente, ¿he vuelto a convertirme en una valiosa mercancía?

–Al menos eso es lo que has sido siempre para mí. Y no te enfades hasta que hayas oído lo que tengo que decirte.

Después ya me odiarás si ése es tu antojo. No diré ni una sola palabra de protesta.

En una súbita intuición, Cecil comprendió por qué Sam había estado de juerga y por qué le preocupaba tanto la

supervivencia del bebé.

–No te odiaré, Sam. Después de todo, ahora compartimos algo, ¿no crees?… la casa oscura y el azote del amor.

–No es el estado de mi salud emocional lo que tengo planeado revelarte.

–Pero tú querías mucho a Christine, ¿no es cierto?

Hubo un silencio absoluto; Cecil se preguntó si había ido demasiado lejos. Cuando Sam finalmente respondió, lo hizo de un modo vacilante, como si sólo ahora descubriera él mismo la respuesta.

–Digamos… que Christine me enseñó algo muy europeo… algo muy extraño para un norteamericano. Es posible amar a más de una persona al mismo tiempo… así funcionan las cosas por allí. Se separan pequeños compartimientos… -su voz se interrumpió.

–Sam, lo siento. Lo siento mucho.

–Es mejor que no te cuente nada más. No es bueno para ninguno de los dos. Escucha, simplemente procura quedarte en tu habitación y no ponerte a tiro de ninguna bestia peluda hasta que nos veamos el miércoles, ¿de acuerdo?

Ah, y he de decirte una última cosa.

–¿Aun cuando el teléfono esté intervenido?

–Sí, aun con todo.

–Estoy del todo despierta y escuchando.

–Me vuelve loco, completamente loco, ese hermoso pelo rojo que tienes.

Antes de que Cecil pudiera decir nada más, Sam había colgado. Aún con el auricular en la mano, desvió su mirada hacia el espejo que había enfrente. Su cara se reflejaba claramente al resplandor de la lámpara de la mesita de noche, mientras observaba fijamente su imagen, algo se superpuso sobre ella… el pelo de Christine Schomberg, o lo que quedaba de él, grandes copos de ceniza cayendo como en un sueño sobre la nieve, sobre la cúspide de una silenciosa montaña. Christine Schomberg, nada más que un

recuerdo ahora, y ella, intacta, llena de vida, embarazada del hijo de Christine.

Cecil no deseaba otra cosa sino dormir.

Las frases pronunciadas por Serge y Sam se arremolinaban en su cerebro, reclamando su atención y obligándola a concentrarse en algo que hasta entonces había evitado. En el epicentro del huracán de su mente, Cecil vio un bebé infinitamente pequeño pero real. Antes de ese momento había sido sólo un fantasma, una nebulosa entidad sin sustancia ni subsistencia. Cecil se las había arreglado para obliterar las manifestaciones físicas de un feto que no era más real para ella que un extraño en la habitación contigua de una casa de huéspedes. Los dos habían vivido a ambos lados de una delgada pared, durmiendo, despertándose, comiendo al mismo tiempo y aun así ignorándose mutuamente.

Y ahora se había iniciado un sutil despertar, algo tan inesperado que había dejado a Cecil sin aliento de tanta sorpresa. Saltó fuera de la cama, y descalza comenzó a caminar arriba y abajo de la habitación, mirando por la ventana de vez en cuando. Una tormenta se desató sobre el Mediterráneo; los relámpagos estallaban sobre la explanada y convertían a las palmeras en espectros blancos e irisados.

Siguiendo un impulso, Cecil se detuvo y abrió la ventana. De pronto quería oír el tamborileo de la lluvia sobre la negra superficie del mar.

¿Qué había intentado decirle Sam con tantos tapujos?

¿Había sido realmente un secreto o algo que ella ya sabía?

Con una mano temblorosa, Cecil se sirvió un vaso de agua fría de la jarra que había sobre su mesa de noche y bebió un buen trago. Estaba arrebolada por la novedad de la idea, ardiendo ante el efecto vigorizador de ese súbito descubrimiento. Se volvió hacia la ventana abierta y esta vez dejó que la llovizna le golpeara los brazos y piernas desnudos. El distante retumbar de un trueno fue como un eco de los latidos como martillazos de su corazón.

Era realmente tan simple, y aun así ella no se había dado cuenta. Meneó la cabeza asombrada, y por primera vez llevó las manos a la floreciente redondez de su cuerpo.

Cautelosamente, casi con timidez, comenzó a acariciarlo.

Estaba embarazada de un niño verdadero, y vivo, y se trataba del heredero de Christine y Frederick Schomberg. El heredero de los Schomberg.

Era sencillo, tan sencillo.

Ese niño que estaba bajo sus dedos poseía el dinero. Y

ella al niño.

La mujer no se está quieta. Por culpa de ella, él no puede dormir. Ella camina, se vuelve, camina más rápido, casi corriendo.

Con un pequeño pie, él lanza una tentativa de patada a su estómago, luego lo intenta con el otro. Ella no presta atención. Sigue moviéndose. En un arrebato de ira, él le da una patada y luego otra, su pequeño pie golpea como los palillos de una batería de jazz sobre su tambor.

¡Sólo con que se sentara! ¡Échate! ¡No te muevas! Otro giro brusco y el feto flota hacia adelante a través del líquido nebuloso hasta chocar con una pared. Rebota y se ve proyectado hacia atrás para golpear de nuevo. ¿Por qué no se queda quieta? ¿Es que no sabe que él quiere dormir?

Por fin ella se detiene y levanta un brazo. Un río de hielo le recorre el cuerpo hacia abajo, como un terrible escalofrío.

Aterriza sobre su estómago.

Enojado de nuevo, da otra patada de protesta. Odia esa frialdad que lo invade todo. Llena de frío, ella se queda inmóvil. La mano de ella comienza a moverse hacia el estómago, apretando suavemente hacia dentro, buscando algo. No se trata de un movimiento de amenaza. Es casi como si ella quisiera saber…

Ella está muy cerca, su mano presiona a menos de dos centímetros de su cara. Casi casi se tocan.

El feto se queda lánguido, tranquilo; el calor del cuerpo de ella ha disipado el frío. A medida que flota sin rumbo,