Madre de alquiler

Shelley V. Ashley · Capítulo 2 de 49

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Madre de alquiler

Capítulo 2

no tiene aspecto de confiar en las personas con las que trata. Su apariencia humilde es sólo una fachada. Es una zorra en toda regla, pero no puedo permitirme el lujo de rechazarla. Si alguna vez se averiguara que he dejado escapar a una chica como ésta, se me caería el pelo. Existe una oportunidad entre un millón de volver a encontrar una licenciada con un máster que tenga estas características físicas. ¡Al diablo! Cuanto más rápido ponga en marcha el espectáculo, antes me libraré de todo este asunto.

–Señorita Gutman, estoy encantado con usted.

Obviamente, es una joven de gran inteligencia, capacidad y bien educada, y además posee una personalidad atractiva.

Estoy seguro que nuestra asociación será agradable. Ahora, como le estaba diciendo, si me hace el favor de rellenar este cuestionario, entonces podré ponerla al corriente de la naturaleza exacta de su… empleo.

Capítulo 2

Dallas

Ella estaba sentada en el rincón más oscuro del oscuro bar que había en el subterráneo del centro comercial. El lugar -al menos lo que ella podía ver- estaba cubierto de tela escocesa, madera pulimentada y las muchachas que servían a los clientes llevaban delantales cortos de encaje y blusas escotadas.

Procedentes de su alrededor se oían sonoras y exaltadas voces de bienvenida. Amigos saludando a otros amigos.

Amantes saludando a otros amantes. Era la Hora Feliz[1].

Un trago te autorizaba a comer todo lo que pudieras en la

mesa de entremeses que había allí delante. Era un modo

económico de conseguir una comida, y Cecil estaba

realmente necesitada de cosas baratas. Pero no se sentía

con el ánimo suficiente para probar lo que ya había

amontonado en el plato: una buena pila de nachos con

queso y judías refritas. Seguía temblando, y ese temblor

hacía que su mano se agitara cuando intentaba coger el

tenedor.

Hace frío aquí dentro, casi tanto como en el rascacielos de ese cabrón de abogado que hay al otro lado de la calle.

Dicen que mantienen la temperatura ambiente a 21 grados, pero parece como si fueran 15. Las únicas personas felices que vienen a esta Hora Feliz son esquimales y lapones.

Ella sabía que no era tan sólo el frío lo que la hacía temblar de esa manera. Su mano poco firme tomó el vaso de cóctel. Al instante, su helado aguijón la golpeó justo detrás de los ojos, allí donde palpitaban otras muchas cosas.

La primera vez que vio el anuncio no pensó que llegara a presentarse. Se lo había tomado con mucha calma, bromeando, jugando con esa idea. En primer lugar, había telefoneado para concertar una cita, luego había caminado lentamente por el subterráneo del centro comercial, deteniéndose a mirar los escaparates de las boutiques que vendían hombrunas ropas de mujer, trajes con grandes y acolchadas hombreras de jugador de rugby, botas negras y lustrosas, corbatas a rayas de seda o satén. Había entrado al ascensor recubierto de espejos y observado cómo los números resplandecían a intermitencias en un verde luminoso, como mensajes de una galaxia remota. Había recorrido un vestíbulo de mármol color crema y unas luces de neón de un amarillo enfermizo; se había sentado en una butaca de cuero y metal y había engatusado a la recepcionista para que le contara algunas indiscreciones.

Había docenas de aspirantes, había dicho la joven rubia con el vestido de cachemir.

–¿Sabe de qué va todo esto, señorita…?

–Muffy, llámame Muffy, encanto. Supongo que todas estas damas vienen con la esperanza de ser mecanógrafas secretarias de los abogados, aunque tal como están las cosas, quizá quieran ser ya sus socias, ¿no crees? Y aunque

no sea mi trabajo, creo que van detrás de… ¿No te lo dijeron cuando telefoneaste?

Cecil lo sabía, pero no le iba a decir a Muffy que treinta mil dólares era una fortuna cuando todos los empleos que había disponibles eran de analista de mercado o de programador de ordenadores, cuando era más fácil obtener una tarjeta sindical para trabajar en la construcción en la ciudad de Nueva York que para un graduado en artes liberales encontrar un empleo en Dallas. Incluso el Servicio Extranjero te rechazaba a menos que hubieras cursado ciencias políticas en la Universidad de Georgetown. Y ahí estaba ese empleo en el que ofrecían todo ese dinero, ¿y qué pedían a cambio? Muy poco. Lo mismo que esos engañosos anuncios para trabajar en Australia y Nueva Zelanda: envía 5,95 dólares para recibir una lista de mil empleos de altos salarios, por los que no se necesita ninguna cualificación.

Dinero. Odiaba incluso la palabra, odiaba pensar que ese presuntuoso abogado cobraba doscientos dólares la hora (simplemente lo suponía, pero le parecía probable) para entrevistarla, observándola de arriba abajo como si estuviera concursando para Miss Girasol de Tejas o Miss Pastel de Cerezas. Insistiendo en pedir pruebas de su educación cuando hubiera sido mucho más seguro y rápido escoger a cualquier idiota de veinte años que estuviera en buenas condiciones físicas. Entre alguien que posee un máster y una deficiencia mental, ella siempre hubiera elegido a este último.

De modo que, durante todo el tiempo que había estado sentada en la butaca de cuero de Sandlin, se había aferrado a la idea de que sus posibilidades eran nulas. Pero luego, cuando comenzó a sospechar que la cosa podía funcionar, que Sandlin -por alguna razón rebuscada- iba a ofrecerle el

«empleo» a ella, había sentido una oleada de repugnancia tan grande que apenas había sido capaz de permanecer en la habitación. Había sido incluso peor cuando él se lo había

explicado de una manera precisa y clínica, sin ningún matiz de humanidad en su voz. Durante todo el tiempo que él estuvo hablando, ella se obligó a sí misma a concentrarse en los aviones que despegaban de Love Field. Todavía volaban tan bajo que parecían rozar los tejados de los edificios cercanos. Nubes como cucharadas de nata espumosa sobre el reloj del Banco Mercantil y el Flying Red Horse, y más allá, sobre los vastos mosaicos de las autopistas, pasos elevados y puentes, coches en miniatura corrían a toda prisa al igual que hormigas en alguna misión vital. Y a continuación, entre dos edificios de vidrio y cemento de gran altura, Cecil había visto algo que la había dejado boquiabierta. Estaba lejos, muy lejos, pero ella podía verlo perfectamente: la noria azul de State Park. Era como un parpadeo de luces espectrales y doradas a medida que giraba mágicamente a la luz gris de última hora de la tarde.

No se había enterado de casi nada de lo que le había dicho Jeff Sandlin.

Ahora se censuraba por encontrarse tan afectada por esa entrevista. Quería ir a Francia, ¿o no? Deseaba tres o cuatro meses de libertad antes de que su vida regresara a ese rumbo desordenado que siempre había seguido a sacudidas… de ninguna parte a ninguna parte. ¿Y qué debería haber esperado de Jeff Sandlin? Era un hombre incapaz de despertar las simpatías de nadie que no fuera su hermano gemelo, e incluso eso hubiera supuesto un serio esfuerzo para sus recursos emocionales. No, ella debía hacer frente a la verdad: había ido a su oficina porque quería lo que él le ofrecía. Incluso su enfermedad no era ninguna excusa verdadera.

Cecil dejó que su mente retrocediera al mes de mayo del año pasado, antes de que finalizara el trimestre de primavera, cuando creía que todo lo que había deseado se encontraba al alcance de su mano. Pero sobrevino una negra mañana, una negra tarde, y después esos negros días y noches se extendieron ante ella como los sombríos

senderos que recorren los agonizantes bosques de Bavaria.

Cada mañana, al despertarse, sus pensamientos se dirigían a Serge de una manera inmediata, incontrolable. Moscas revoloteando sobre una carroña inmundamente dulce, devorándola hasta dejarla en los huesos. De vez en cuando ella misma era esos huesos, una criatura de Lewis Carroll que se volvía más y más delgada y más y más alta, como si misteriosamente se la estrujara hacia adentro y hacia arriba. Como es de suponer, no había sido capaz de trabajar, y sus escasos ahorros habían menguado al ritmo de la carne de su cuerpo. Después de un tiempo, incluso comenzó a preguntarse si la encerrarían en un sanatorio. En Tejas, un lugar en el que había casi tantos locos como en California, donde tenías que ser un psicópata, y escalar las paredes de los edificios públicos para que alguien pudiera fijarse en ti. Y la gente comenzaba a fijarse en ella.

La única persona con la que podía hablar era Mica, y Mica no simpatizaba con sus problemas. Ni por un instante.

Pero sí simpatizaba con Cecil, y eso era algo. «Una

simpática atrevida»[2] era lo que había dicho. Su voz era

como un salvavidas.

Hacía dos meses, todo se había detenido. La palpitante y confusa urgencia de caminar por las calles, de sentarse cerca de los estanques en cuya superficie se podía ver París

y el Parc Montsouris[3], donde Serge había jugado de

muchacho, un parque de ratas, una montaña de ratas, ratas

cuya cabeza era de un tamaño excesivo, y cuerpos blandos

y peludos, ratas en cochecitos de niños, ratas que

descienden el tobogán y enterradas en pilas de arena.

Ratones que caen.

Había apartado todo eso de su mente.

La primera semana que se sintió mejor, fue capaz de dormir; la segunda, de comer. Le lavaron el pelo, le cortaron las uñas, que se habían vuelto largas y duras, igual que las de Howard Hughes cuando se volvió viejo y loco. Y a medida que recuperaba la salud, se abrían las ventanas de su

mente, una a una. Fue capaz de hacer llamadas telefónicas, de ir en autobús, de encontrar un trabajo. De recordar.

–Perdone, ¿no me tropecé con usted hoy en la cámara acorazada del Banco Mercantil?

–No, no estuve ahí.

Era un hombre alto y con aspecto de búho, con gafas gruesas y ovales y el pelo sedoso y marrón. Un hombre serio que había bebido demasiado.

–Bueno, pues en alguna otra sección del banco entonces.

Sé que la vi allí. – Agitó los brazos y se dejó caer lentamente en la silla que había junto a ella-. No olvidaría una cabellera roja como la suya.

–Mire, ésta es mi mesa, y no tengo intención de compartirla con usted. Además, no he estado en el Banco Mercantil, ni hoy ni nunca, puesto que no poseo ninguna cuenta.

Se detuvo en seco, furiosa por haber revelado esa insignificante información acerca de sí misma.

–¿No tiene cuenta bancaria? – La idea era tan asombrosa para el hombre que pareció aclararle un poco la mente.

–Por favor, váyase o llamaré al encargado.

Él se inclinó hacia adelante. Sus ojos, aumentados por los gruesos lentes, eran como globos convexos de incredulidad.

–¿No tiene talonario de cheques? ¿No tiene libreta de ahorros? ¿Ni siquiera una tarjeta de crédito?

–Y sigo viva, ¿no le parece?

–Escucha, pelirroja, necesitas ayuda. – Hablaba lentamente, midiendo sus palabras, como si realmente le preocupara todo eso. Su cara de búho no estaba a más de quince centímetros de la de ella-. Necesita ayuda y pronto.

Y sucede que soy un profesional en esto de ofrecer ayuda.

Si quisieras darte una vuelta hasta mi casa…

Ella se puso en pie y camino con toda la firmeza que le fue posible hasta la camarera, que servía bebidas en la barra.

–¿Hay algún teléfono que pueda utilizar?

–Claro que sí, junto a la puerta principal. Escuche, acaban de poner salchichas en la mesa de los entremeses.

Son bastante sabrosas y están calientes. ¿Por qué no coge alguna cuando vuelva a su mesa?

Miraba a Cecil con amabilidad. Ella lo sabía. El hombre con aspecto de búho también lo sabía. Quizás incluso todas esas personas, todos esos jóvenes profesionales con aspecto de haber venido haciendo jogging de la oficina.

Todas esas personas estaban juntas, la una con la otra. Sólo Cecil estaba sola en todo el bar. Sin embargo, con el hecho de ponerse en pie y encaminarse hacia el teléfono, se demostraba a sí misma que era una joven con un amigo de verdad, una conexión temporalmente interrumpida pero a punto de restablecerse. No necesitaba ningún compañero; ya tenía uno.

Temblaba de nuevo cuando la voz familiar respondió.

–Soy Cecil.

–¿Qué hay?

–Acabo de salir. Fue más duro de lo que pensaba.

–¿Cómo de duro? Lo sabías antes de ir, ¿o no?

–No me des un sermón. No podría soportarlo ahora.

–De acuerdo. Cuéntame todo.

–Tengo que ingresar en un hospital para que me hagan un reconocimiento completo. Muy pronto. La idea de estar encerrada en la habitación de un hospital… es algo que me afecta mucho. Quizá lo mejor sería que…

– Lo mejor es que te decidas querida*. Esto que pretendes me parece una verdadera locura. Pero el darle vueltas a la cabeza no te hará ningún bien.

–Tienes razón. ¡Siempre tienes razón, maldita sea!

Solamente, no esperaba que me eligieran. Y ahora creo que si paso el examen físico me darán el trabajo. Al menos, ésta es la impresión que he sacado del charlatán de abogado que me entrevistó.

–Bueno, eso es estupendo, ¿no? ¿No es eso lo que esperabas?