Madre de alquiler
Capítulo 16
Frederick Schomberg se quedó asombrado al darse cuenta del día tan frío y desolado que hacía.
Capítulo 16
Burdeos
- Me bajaré aquí mismo -le dijo Cecil al taxista, en Burdeos, mientras le entregaba un billete de cincuenta francos. Se apeó en una plaza, justo delante de un café grande y de aspecto destartalado, con mesas y sillas que se desparramaban a lo ancho de la acera. El Rendez-Vous des Sportifs. Cecil recordaba el nombre perfectamente, recordaba que Serge le había dicho que se detenía ahí cada tarde al volver del instituto, en su adolescencia, sintiéndose una persona sofisticada y adulta mientras jugaba al flipper, echaba monedas en el jukebox y leía libros de filosofía. Era el lugar en donde se flirteaba con las chicas y se las invitaba a café negro y panachés.
-¿Qué diablos es un panaché?
- Se parece a un shandy[8].
- Tampoco he oído hablar nunca de eso.
–Porque eres como todos los americanos… una iletrada.
–¡Una iletrada! ¿Qué tipo de vocabulario te enseñan? ¿El argot de la Edad Media?
Horas tomándose el pelo el uno al otro. Nunca se cansaban de estar juntos.
Cecil tomó asiento en una de las sillas que había en la terraza y pidió un café exprés. Miró a su alrededor con aire nervioso. Desde el desastre de la sauna en Saint-Cloud, no podía apartar de sí la sensación de que la seguían. No, no había ningún personaje sombrío sentado al sol en el Rendez-Vous des Sportifs. Ni tampoco estudiantes ni muchachas bonitas. Cecil desdobló su mapa y comprobó que la calle que buscaba era la siguiente a la derecha después de rodear la plaza. Dejó unas monedas sobre la mesa para pagar el café que no había tocado y se puso en pie, sintiéndose de pronto violenta por estar ahí.
El número 42 estaba tres manzanas después de sobrepasar una pastelería cuya fachada principal estaba erosionada por la lluvia y exhibía una muestra de pasteles en miniatura en el escaparate; pasó junto a una verdulería cerrada, sobre cuyas cajas abiertas de frutas y verduras se extendían unos gruesos plásticos; pasó junto a los altos y agrietados muros de una escuela-convento. Una calle corriente.
Cecil se detuvo y miró a su espalda. Nadie. Ni coches, ni motos en la calle desierta. El número 42 estaba separado de la acera por una verja de hierro forjado de escasa altura. La casa era de cuatro pisos y muy estrecha, estrujada entre una pequeña fábrica y la tienda de un zapatero remendón que ahora estaba cerrada. Cecil empujó la verja, se adentró en un patio pequeño y sin flores y llamó a la campana. Se quedó esperando, el corazón y la respiración en suspenso.
Una pesada roca de anhelo y miedo se había aposentado en su estómago. Deseaba estar allí. No, deseaba estar en cualquier otra parte del mundo.
La puerta principal se abrió y una cara la escrutó. Una cara de mujer. No era Serge.
–¿Sí?
–¿ Madame Vlady?
–Sí.
–Soy… ¿Está su hijo en casa? Soy una amiga de Serge.
–Mi hijo ya no vive en Burdeos. ¿Para qué quería verle?
Cecil vaciló, tirándose nerviosa de un mechón de su pelo.
Se sentía intimidada por esa mujer, al igual que una niña pequeña ante su maestra. Finalmente, con una voz que apenas era audible, dijo:
–Soy Cecil.
–¿Cecil? – La mujer no se mostraba ni amistosa ni hostil.
El nombre no le resultaba familiar en lo más mínimo.
–Cecil Gutman. La amiga de Serge en la Universidad de Illinois.
–Ah, es usted americana. – Nada más que una simple frase. Madame Vlady ni vociferaba ni aullaba, tampoco la insultaba, ni siquiera le había cerrado la puerta en las narices. Ni tampoco la invitaba a entrar en su casa, ni se entusiasmaba por haber encontrado una hija durante mucho tiempo perdida. Nada. No hacía nada. Con un creciente sentimiento de temor, Cecil se preguntaba si la mujer había oído su nombre alguna vez antes de ahora.
–Mi hijo ahora vive en Niza, señorita…
–Gutman.
–Oh sí, perdóneme, señorita Gutman. Serge trabaja para una empresa de ordenadores en las afueras de Niza. –
Pareció vacilar, pero finalmente no dijo nada más.
–¿Podría darme usted su dirección y su número de teléfono? Tengo que ir a pasar unos días a Niza y me gustaría visitarle. Tengo… algo… algo que tratar con él acerca de la asociación de alumnos de la universidad.
¿Podría haber algo más inocuo? La mujer frunció el ceño, todavía indecisa. Su aspecto era bastante aristocrático, pensó Cecil, con su nariz larga y estrecha, los párpados medio cerrados sobre unos ojos de un pálido azul-verdoso y un pelo gris con hermosas ondas. Sus ropas eran sencillas: una falda plisada de color gris y un jersey azul marino de cuello en punta, ambas prendas un tanto ostentosas. De un monótono chic.
–Soy amiga de Dimitri Tartakovsky. El me dio su número de teléfono, pero como hoy estaba de compras por la rue Sainte-Catherine pensé que sería divertido venir hasta aquí y sorprender a Serge. – Mintió descaradamente, como una experta. Cada día que pasaba lo hacía mejor.
– Monsieur Tartakovsky… sí, Serge lo trajo aquí a tomar l'apéritif el año pasado. Espere un momento, le traeré la dirección de mi hijo. No hace mucho tiempo que está en Niza. Tendré que ir a buscarla.
Madame Vlady se adentró en la casa, cerró la puerta detrás de ella, presumiblemente para que Cecil no entrara y
le robara sus cosas de valor.
Esta mujer es un perfecto monstruo; hará cualquier cosa para proteger a su precioso hijo. Serge jamás le dijo una palabra de mí, ni de que estuviéramos prometidos, ni que yo iba a venir a Burdeos, ni siquiera que… ni que… ¡El muy mentiroso hijo de puta!
La brutal patada que Cecil propinó a la pared color crema de la casa le produjo un momentáneo sentimiento de satisfacción, aun a pesar del dolor que le provocó en el pie.
Suerte que Serge no estaba en Burdeos. Tendría que haberle dado bastantes explicaciones a su madre, ahora, en ese instante.
Cuando unos minutos más tarde Madame Vlady regresó con la dirección de su hijo pulcramente estampada en una tarjeta, Cecil se la arrancó literalmente de las manos, pronunció unas secas palabras de agradecimiento y abandonó aquel patio rápidamente en dirección a la plaza.
La sola idea de la familia Vlady, de pronto, le dio ganas de vomitar.
Cecil no había conseguido visitar París, de modo que en venganza se dispuso a visitar Burdeos. Simplemente no iba a permitir que una serie de Schombergs y Vladys echaran a perder su viaje a Francia. Durante el resto del día se comportaría como una turista normal.
Comenzó visitando los escaparates de la famosa rue Sainte-Catherine, y, de camino, admiró la severa belleza de la Grosse Cloche, construida sobre las ruinas de la puerta de Saint-Éloi. Se unió a una visita comentada en inglés de los vitrales pintados de la catedral, y abandonó una en alemán cuyo tema eran los muros exteriores. Contempló una exposición de fotos que había justo en frente del multicine Gaumont, y luego tomó la Esplanade des Quinconces hasta el río. Contó las barcazas, admiró los grandes barcos atracados en el puerto, aguardando para cargar vino rosado y brandy, e imaginó a amantes bebiéndolos en países lejanos. En un café situado en las sombrías riberas del río,
tomó una crêpe de jamón y queso y media botella de Saint-Emilion. Le encantó aquel lugar apartado donde todavía servían café-filtre en tazas de cristal y plata.
Era un hermoso día, a años luz del hielo y la nieve de París, y las omnipresentes decoraciones navideñas parecían tan fuera de lugar aquí como en California o en Florida. Un vendedor ambulante le dijo que no era normal que hiciera aquel tiempo, y que no duraría.
A las cuatro, Cecil estaba mortalmente cansada. Tomó un taxi hasta el Jardín Botánico y se sentó en un banco, bajo una palmera gigante. Aunque la luz comenzaba a desvanecerse, el parque todavía estaba lleno de niños y mujeres que empujaban cochecitos de bebé. Muchas de ellas hablaban español y portugués a gran velocidad y puntuado por gritos en voz alta en francés dirigidos a los niños que estaban a su cargo. Por un momento Cecil se imaginó que se encontraba en el Parc Montsouris -el parque de los ratones-, pero rápidamente apartó de sí esa idea, tal como Mica le había enseñado a hacer.
Cecil dejó que su cabeza cayera agotada sobre el respaldo del banco de madera. ¿Qué demonios iba a hacer?
Durante dos años y medio había amado a un hombre que le había mentido implacablemente de modo constante.
¿Seguía importándole? ¿Valía la pena hacer el viaje a Niza?
¿Qué iba a sacar de eso, excepto más dolor y decepción?
Además el viaje hasta allí había sido largo, y no sólo por lo que se refería a la distancia. ¿No debería atenerse a su lógica conclusión, oír qué nuevas mentiras le proponía Serge después de su larga separación? Quizá ya no habría más excusas; puede que se hubiera casado. Quizás -y Cecil se sorprendió al darse cuenta de que reía en voz alta- Serge había tenido una esposa francesa todo el tiempo que estuvo con ella. ¡No era de extrañar que no se hubieran casado!
Bueno, podía ir a pasar un par de días a Niza. ¿Qué otra cosa tenía que hacer hasta el primero de junio? ¿Regresar a Dallas? ¿Pasar las Navidades ante una hamburguesa en
Mac-Donald's? ¿Volver a casa de los Schomberg a tomar otra sauna? ¿Permitir que Bayard se la llevara a Deauville para conocer al príncipe Charles antes de elegir alguna noche negra y tormentosa para hundir su cuerpo en aguas del Atlántico?
Cecil abrió los ojos y se obligó a observar los alrededores desde una perspectiva turística. Dado su actual humor, nada de lo que veía la tranquilizaba. Frente a ella había un gigantesco árbol cuyas raíces llegaban hasta ella como los tentáculos de un airado pulpo. ¿Y aquellas flores carmesí que bordeaban el sendero de grava? En absoluto un rojo de Navidad sino el rojo de la muerte-del-sol, el rojo sangre de los antiguos paganos. ¿Y aquella enloquecida decoración del borde del estanque, aquella retorcida figura humana de yeso blanco cuyo tronco se doblaba para poder tocar la rodilla con una mano, aquel sombrero hongo como el de Chaplin que llevaba en la otra? La figura estaba en una pose que daba la impresión de haberse quedado congelada en el mismísimo instante en que iba a caerse al agua.
Cecil se puso en pie y fue a sentarse al borde opuesto del estanque, dejando que su mano surcara la rizada corriente en la que unos peces dorados avanzaban entre gruesos tallos y hojas plumosas. La estatua desafiaba la gravedad de manera asombrosa y Cecil se preguntó si no corría peligro de deslizarse fuera de su nicho. Y sin previo aviso, eso fue exactamente lo que ocurrió. Antes de que Cecil pudiera moverse, la figura chaplinesca cayó hacia adelante en una zambullida que desafiaba toda sangre fría y que lanzó oleadas de agua a los pétalos carnosos de aquellas flores rojas, salpicando la chaqueta y los tejanos de pana de Cecil. Se puso en pie de un salto y soltó un grito. Varias niñeras giraron sus cabezas hacia ella y hacia la estatua, que ahora permanecía de pie, riendo, en medio de las aguas poco profundas del estanque. Una multitud de niños se había formado ya al borde del agua, apuntando con sus
dedos y gritando: «¡Payaso! ¡Payaso! ¡Es Charlot! ¡Mira, es un payaso!».
La estatua ya no era blanca sino que estaba veteada como si fuera de mármol; el bigote chaplinesco y el sombrero habían desaparecido, pero todavía parecía más cómico mientras hacía reverencias en dirección a Cecil con los rígidos y exagerados movimientos de una marioneta. Los niños aplaudían, creyendo obviamente que Cecil era parte del espectáculo, su cómplice.
La estatua salió del estanque y se puso de rodillas ante Cecil. Le cogió una mano, abrió los dedos que todavía estaban cerrados firmemente en un puño debido al nerviosismo y depositó un húmedo beso sobre la palma aún temblorosa.
–La he asustado, ¿no es eso?
–Sí, ha sido una sorpresa.
–¿Le ha gustado mi actuación?
–Bueno… Sí, ha sido realmente divertida.
Se sintió incapaz de resistirse. Él era demasiado divertido. Dejó que le cogiera de la mano.
–¿Quiere venir a tomar el té conmigo al quiosco?
–Pero está usted completamente empapado.
–Así me secaré, ¿o hablaba usted de mi personalidad?[9]
-Soltó la mano de Cecil, se puso en pie y le hizo otra
reverencia con la rigidez de una muñeca mecánica.
–Veo que sabe usted más inglés del que fìnge saber. –
Cecil rió entre dientes y se sacó su gruesa chaqueta de lana-. Muy bien, vamos a tomar el té, pero póngase esto antes de que se quede tieso de verdad. Y de por vida.
–No la comprendo.
–Da igual. Ha sido un chiste horrible.
Cecil pensó que los dos debían parecer bastante estrafalarios mientras caminaban sendero arriba hacia el quiosco a rayas blancas y naranjas, seguidos por una multitud de niños riendo y parloteando y por las niñeras que intentaban controlar a los niños que estaban a su cargo.
Un hombre con un mono verde de algodón y un grueso jersey amarillo se dejó caer en la silla que había junto a la de Cecil. Tenía el pelo tan negro como el hollín, los ojos como brasas al rojo y una cara que era todo huesos y ángulos. Parecía un verdadero salvaje.
–Estoy esperando a un amigo aficionado a la halterofilia.
Así que será mejor que no le vea aquí cuando aparezca -
incluso mientras hablaba, Cecil estaba asombrada de ver que el hombre llevaba su chaqueta azul marino. ¿Cómo la había conseguido?
–¿Quiere decir que no reconoce a su amigo, el que hacía de estatua?
Cecil se quedó boquiabierta. ¿Era posible que aquél fuera su pequeño payaso? Parecía haber crecido al menos doce centímetros desde que desapareciera en el lavabo de hombres para «estrujar mis ropas». Junto con los polvos blancos y las ropas abombadas había desaparecido todo rastro del sumiso Charlot. Ahora se parecía más a un…
tratante en caballos, si es que tal profesión existía.
–Es usted un camaleón -dijo asombrada.
–Ya me lo han dicho otras veces.
–Seguro que han sido mujeres que se han quedado estupefactas, admiradas, y que luego se han peleado para echarle monedas en el sombrero.
Se pasó la mano por sus cabellos negros.
–¿Llevo sombrero?
–Usted debe de hacer una recaudación después de actuar, ¿Supongo que no se empapa de agua cada día por amor al arte, o sí?
Todo lo que ella decía parecía divertirle.
–No lo hago todos los días. Sólo para divertirme cuando me aburro. Me gusta ver la cara de sorpresa de la gente.
Como la suya hoy.
–¿Entonces no es usted un mimo profesional?
–No, ya no. Cuando era niño participaba en una especie de espectáculo callejero con mi abuela.
–¿Y ahora?
–Ahora soy músico.
–¿Y no cree que podrían congelársele los dedos?
–Si presta usted atención, verá que nunca caigo muy al fondo del estanque. Y por lo que se refiere al frío, no me afecta en nada. Estoy acostumbrado al viento y a la lluvia.
–¿Quiere decir que es usted músico callejero? ¡Oh, déjeme que lo adivine! Apuesto a que toca la guitarra y canta viejas canciones de Bob Dylan.
–Y usted, hermosa dama, nunca deja de hacer preguntas.
Si tanto le gusta este juego, yo también participaré. ¿Quién cree que soy?
–¿De verdad quiere que responda a eso?
Él rió con descaro.
–Quiero decir de dónde vengo, mi país, mi nacionalidad.
–Bien, veamos, su inglés no es malo, pero creo que podemos suponer con toda seguridad que no procede de ningún país de habla inglesa.
–Eso salta a los ojos.
–Y tampoco es francés porque eso sería demasiado fácil.
¿Quizás es vasco? – preguntó con una súbita inspiración.
–Burdeos es casi el País Vasco, de modo que eso también es demasiado simple. Y tampoco procedo de Finlandia. Se lo digo sólo para ayudarla.
–¿Tampoco es húngaro?
–Tampoco.
Apareció una joven llevando el té y dos trozos de tarta en una bandeja, e hicieron una breve pausa para dedicarse a su merienda. La «estatua», como Cecil la llamaba para sus adentros, se lo pasaba estupendamente a sus expensas, y ella estaba decidida a ser más lista que él. Había estudiado francés y alemán cuando preparaba su máster, y español en la escuela secundaria; también sabía unas cuantas frases hechas en media docena de otros idiomas. Pronto descubrió que eso no le iba a servir de gran cosa. La estatua le devolvía una inmediata réplica en todos los idiomas que
intentaba, aunque siempre con el mismo e indefinible acento.
–¿Entonces su nacionalidad es un gran misterio?
–Uno de los últimos y auténticos enigmas del mundo.
–¿Es de algún lugar del Pacífico, alguna exótica isla del Mar del Sur?
–Soy un auténtico chico de ciudad. No me gustan las islas.
De nuevo le cogió la mano; su cara se arrugaba en una actitud cómicamente amenazante.
–¿Qué me dice del Oriente?
Él se inclinó hacia ella.
–¿Alguna vez la ha besado un oriental? Quizás eso le ayudaría a adivinarlo.
Cecil se echó hacia atrás.
–Creo que este juego está llegando a su fin.
–Y yo estoy decepcionado. Creí que ya lo habría adivinado. Míreme a la cara.
–Hmmm. ¿Albania? ¿Mesopotamia? ¿Zanzíbar?
¿Georgiano? ¿Esquimal?
–Frío, frío, frío…
–¿Alguna especie extraña? – preguntó Cecil, con la sensación de que se estaba acercando-. No procedente del espacio exterior, sino bárbara… ¿extraña?
–Eso cree la gente.
Él le volvió la palma de la mano hacia arriba para poder acariciarle esa piel tan suave. De cerca, los ojos de él se veían cautos, como los de un intruso. De repente Cecil lo adivinó. Una parte de ella lo había sabido desde el primer momento en que él llegara a la mesa sin los polvos de maquillaje. Fue entonces cuando instintivamente le vio como un tratante en caballos.
–¿De modo que es usted gitano?
–Creí que no lo adivinaría nunca, querida mía*. ¿Está usted decepcionada por mi secreto?
Querida mía*. Oyó la voz de Mica a gran distancia, como si pretendiera advertirla.
–¡Usted no juega limpio! Debe de haberse criado en algún país en concreto. Supongo que no ha ido de un lado a otro en una caravana toda su vida, ¿o sí?
–Hoy día ya no quedan muchas caravanas, y las que quedan son a motor. Le dije que era un chico de ciudad.
Nací en Montevideo, y casi siempre he vivido en países de habla hispana.
–Entonces tenía razón, toca usted la guitarra. ¿Flamenco?
–¿Cómo Manitas de Plata? No, yo soy la vergüenza de mi pueblo, pero también su héroe debido a que los payos, los no gitanos, me han convertido en una estrella. Ya ve, no toco música gitana en absoluto. Soy un bandeonista* -hizo el gesto de abrir un gran acordeón entre sus brazos extendidos-. Toco tangos.
–Huérfanos rusos -murmuró Cecil para sí misma.
–¿Qué?
–Estaba pensando en lo extraño que resulta un lugar como Europa para un americano. Está lleno de personas con una imagen romántica, como niñeras rusas que antaño fueron grandes duquesas y gitanos que tocan tangos.
–No utilice el plural. ¡Soy el único que toca tangos!
–Entonces es usted ciertamente exótico.
–Tiene razón. Nosotros los gitanos sólo podemos ser carteristas, o ladrones, o amantes de sangre ardiente, o bailarines de flamenco. No hay otra cosa. Por eso los payos o nos odian o nos aman. No pueden imaginarnos como a personas normales.
–Por favor, no destruya mis ilusiones diciéndome que es usted un ciudadano honesto y amante de la ley. Que vive en un apartamento de tres habitaciones, que su hobby son los ordenadores y que su armario está lleno de trajes cruzados.
Su sonrisa estaba llena de ironía.
–Puedo asegurarle que no tengo ni armario. Ni un apartamento ni tampoco una suite. Pero puedo ser todo lo
que usted quiera.
–¿Todo?
–Absolutamente todo.
Su cara, como un trozo de piedra cincelado, se acercaba de nuevo, y esta vez Cecil cerró los ojos. Qué hermoso lugar para un beso: el toldo a rayas del quiosco, la vegetación exuberante, la luz crepuscular. Había caído en el centro exacto de un cuadro de fin de siglo.
–¿Le gustaría verlo?
–¿QUÉ? – Los ojos de Cecil se abrieron de golpe.
–No me mire así. Me refería al bandoneón.
Ella soltó una risa nerviosa.
–¿Supongo que lo guarda en su habitación, justo al lado de su colección de grabados?
La estatua adquirió una exagerada expresión de ofensa.
–Es usted una mujer de lengua venenosa. Sólo iba a invitarla a verme tocar esta noche.
–¿Dónde? – preguntó cautamente Cecil. Ya divisaba un campamento en unos llanos solitarios, el humo alzándose contra unas nubes plateadas, fuertes alcoholes, hombres oscuros y crueles.
–¿Conoce el edificio de piedra que hay en la ribera, el que antes era una aduana?
–Sí, pasé por allí esta tarde.
–Ahora es una sala de exposiciones y un teatro. La ciudad patrocina un Festival de Arte Latinoamericano. Toco allí a las nueve de la noche.
–Oh, entonces usted es…
–Pancho Paso Real. Naturalmente, no es mi nombre verdadero, pero la gente lo recuerda con más facilidad que el otro.
–Tiene razón. Seguro que lo vi hoy en la cartelera -dejó escapar una carcajada-. Pancho, no se me ocurre nada mejor que ir a su concierto. Estoy tan contenta de que me haya encontrado.
–¿Y a quién he encontrado exactamente?