Madre de alquiler
Capítulo 22
debajo llevaba un jersey de seda arrugada que había comprado en una boutique de Chanel. Luego extrajo de la bolsa de piel de cerdo una torera de zorro blanco y un sombrero a juego. A continuación, una vez hubo metido la otra chaqueta y los accesorios en la bolsa, subió las escaleras y pasó junto a la barra, haciendo caso omiso del café que había pedido. Se encaminó a la puerta.
El barman ni la llamó indignado, ni intentó detenerla.
No tenía ni idea de quién era.
Capítulo 22
Normandia
–He visto al abogado -anunció Edith-Ann Schomberg cuando la doncella regresó a la cocina.
Edith-Ann y Xavier se encontraban en la sala de estar de su casa de Normandia, esperando los cócteles de antes de cenar. Las llamas bailaban en su amplia chimenea de piedra, y la poderosa voz de Pavarotti resonaba por la habitación, trayéndoles un morceau de bravoure de I Puritani. Había una atmósfera cálida y agradable.
–Oh -dijo Xavier evasivo, con la cara enterrada en la sección de negocios de Le Monde.
- Existen bastantes posibilidades de que el niño herede.
–Oh.
–Ya posee identidad legal, pero todo podría evitarse.
–¿De qué forma?
–Uno, si jamás llegara a nacer. Dos, si el médico que supervisó la operación ya no se hallara en posición de testificar.
–Ya veo.
El rostro de Xavier no llegaba a asomar de detrás de las páginas del periódico.
–Xavier, deja ese periódico y escucha lo que tengo que decir. Me he pasado cuatro horas conduciendo en medio del tráfico de París. No puedes ni imaginarte lo que es conducir en aquella parte de la ciudad.
–¿Qué parte?
–El distrito 20.
–¿Por qué demonios fuiste allí?
–Porque si hubiera consultado a un abogado en un vecindario decente habrían podido reconocerme, o al menos ser lo suficientemente curiosos para hacer averiguaciones.
Ese hombre era tan vulgar que no hubiera sabido quién era yo ni aunque le hubiera dado mi nombre.
–Si era tan don nadie como dices, ¿qué te hace pensar que sabía de qué estaba hablando?
–Oh, lo sabía perfectamente. Me quedé allí sentada y vi cómo se lo pensaba, lento pero seguro. Me quedé mucho tiempo para admirar la vista: aquel boulevard atestado de tráfico y lleno de árabes vendiendo harina de garbanzos, guindillas y otros horrores. También eché un vistazo a los muros cubiertos de nieve del Père Lachaise.
Por fin Xavier colocó Le Monde sobre el cojín de zaraza que había junto a él y miró a su mujer con una vaga muestra de interés.
–¿Père Lachaise, eh? No he estado ahí desde… oh, hace años. ¿Pero entraste a echar un vistazo?
–Por supuesto que no. ¿Por qué debería haberlo hecho?
No me interesan las tumbas. De todos modos he oído decir que el lugar está lleno de necrófilos y pervertidos de todo tipo.
–Di-Di, me asombra que tales palabras existan en tu vocabulario.
–Yo también leo. De todo modos nos estamos desviando del tema. Esa americana… ¿qué hacemos con ella?
Xavier se quedó del todo inmóvil, mirando las llamas rojas y doradas de la chimenea. La animación que se apoderó de él cuando Edith-Ann mencionó el cementerio casi había desaparecido. Podía haber seguido comprobando las facturas en la fábrica de herramientas de jardín, de la que hacía poco se había escapado, o simplemente procurar ignorar a su mujer, que le era del todo indiferente.
–Creo que deberíamos contratar a alguien para ver cuáles son exactamente sus intenciones -insistió Edith-Ann.
Pero Xavier siguió sin responder nada. Cuando el silencio fue excesivo para sus nervios, Edith-Ann tomó una campanilla de cobre que había sobre la mesa de café y la hizo sonar furiosamente-. Inés debe de estar al teléfono parloteando con algún otro de sus amigos portugueses.
Como siempre, se ha olvidado de nosotros.
Y como para desmentir aquellas palabras, se abrió la puerta que daba al vestíbulo y una muchacha sonriente y con algunos dientes de menos hizo una apresurada entrada portando una bandeja que contenía unos boles plateados llenos de pistachos y de olivas especiadas y una jarra Christofle en la que se veía un cóctel de color azulado.
Edith-Ann aguardó hasta que la muchacha regresó a la cocina antes de reemprender su monólogo.
–Necesitamos… un hombre. Alguien que sea en extremo discreto. Capaz de permanecer cerca de ella sin despertar sospechas. Debería de ser el tipo de persona dispuesta a actuar cuando sea necesario… cuando sea el momento.
¡Xavier, di algo! ¿Estás de acuerdo conmigo o no?
–¿Y cómo te propones encontrar a ese dechado de virtudes? – preguntó con cierto desdén-. ¿Poniendo un anuncio en Le Monde o en Liberation?
- No seas ridículo. Si sigues hablando con este cinismo, muy pronto esa doña nadie norteamericana nos invitará al bautizo de su hijo que alejará completamente a los nuestros de la herencia Schomberg.
–Di-Di -suspiró Xavier mientras servía el cóctel en dos vasos altos-. Te preocupas sin ninguna necesidad. Ocurre que ya me estoy encargando de este asunto. Encontré a alguien eminentemente cualificado, y le contraté. Incluso antes de que ocurriera el accidente aéreo.
–¿Que le encontraste… dónde? – preguntó incrédula Edith-Ann.
Una leve sonrisa apareció bajo el bigote recortado y negro de Xavier.
–No te preocupes por eso. Digamos que hice ciertos contactos que resultaron ser útiles. El hombre ya ha establecido contacto con la chica. Está muy cerca de ella, continuamente. Y ella no sospecha nada de nada.
–No te creo.
–Entonces hablemos de otra cosa.
–¿Cuál es el nombre de esa alhaja?
–Cuanto menos sepas de este asunto… cuanto menos sepa nadie… mejor.
–¿Tiene Bayard algo que ver con esto?
–¿Bayard? – Cuando Xavier escupió aquel nombre, una expresión de absoluto desdén atravesó su cara de fastidio-.
Es la última persona a quien acudiría con un problema.
Puede que Rita se encuentre en su segunda infancia, pero su precioso hijo nunca ha llegado a salir de la primera. Ya me di cuenta de que estaba loco cuando éramos adolescentes y nos juntábamos en la casa de la abuela en Hossegor. Ocurrieron ciertas cosas… -su voz se interrumpió.
–Personalmente, todo esto me parece muy raro.
–Nunca estás contenta -dijo Xavier irritado mientras daba un sorbo a su cóctel-. ¿Qué te preocupa ahora?
–Tengo la impresión de que tú y Bayard os reunisteis hace unas semanas para almorzar y hablar del niño, y, que yo sepa, para planear el…
Su marido la cortó en seco, con un airado resplandor de advertencia en sus ojos normalmente velados.
–Como siempre, tus impresiones son totalmente erróneas. Desde el verano pasado, he visto a ese canalla exactamente tres veces. Una vez en Saint-Cloud, la noche en que llevaron a Rita urgentemente al hospital; durante los servicios fúnebres de nuestros queridos primos; y finalmente en el consejo de administración de urgencia del pasado viernes. Sería muy poco juicioso por tu parte, Di-Di, ir por ahí insinuando que yo y Bayard celebramos reuniones