Madre de alquiler

Shelley V. Ashley · Capítulo 36 de 49

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Madre de alquiler

Capítulo 35

como los de un levantador de pesos? Es de tanto sostenerlo.

¡Y mira mis muñecas y mis dedos! No, míralos de cerca, quiero que recuerdes que puedo romper una botella con estos dedos, desgarrar una revista enrollada, hacer añicos un cuenco de plata. Estas son la manos de un bandoneonista*, las manos de un asesino. Tienes suerte, querida*, más suerte de la que mereces.

–Basta de enigmas. ¿Qué intentas decirme?

–Que te tengo mucho, mucho cariño. Si no fuera así, lo más probable es que te asesinara.

Capítulo 35

París

-Mes condoléances, mon ami, Madame.

El ministro se inclinó rígidamente sobre la mano de Edith-Ann; sus labios acariciaron el aire a unos diez centímetros por encima de la mano. Cuando se incorporó, los rasgos de su cara permanecían abatidos, como atrapados bajo el peso de una intolerable pérdida.

– La France a perdu une grande dame, la France entière est en deuil.

Edith-Ann ahogó un sollozo y se inclinó sobre Xavier, quien la tomó del brazo para sujetarla.

–Contamos con usted, amigo mío -prosiguió el ministro a medida que volvía a ponerse sus guantes de piel de cabrito-para mantener la SCHOMBERG MONDIAL en el elevado lugar que siempre ha ocupado. No debe titubear ni un instante si queremos mantener ventaja sobre nuestros colegas económicos europeos.

–Haré todo lo que pueda, Monsieur le Ministre. Le prometo total devoción a mi empresa, a mi país, y por supuesto a mi familia, que ha quedado desolada por esta trágica pérdida.

–¡Y qué familia tan inextricablemente unida!

–Tanto como mi fidelidad hacia vos, señor.

Dejando de lado estas formalidades, el ministro hizo una mueca y dirigió su atención a Bayard Schomberg. El jefe titular de la Casa de los Schomberg sollozaba inconsolablemente su cabeza en el hombro de un joven de piel clara y rizos rubios, como un ángel del Renacimiento.

–Bayard -dijo con dulzura Edith-Ann, enviando uno de sus huesudos codos dentro del blando almohadón del diafragma de su primo-, Monsieur le Ministre está aquí para presentarte sus condolencias.

Bayard levantó su cara hinchada y surcada de lágrimas, que presentaba los brutales estragos de una botella y media de Mouton-Rothschild más que de aflicción. El ministro le estrechó la mano rápidamente; sus ojos buscaban ansiosos la salida de la iglesia, aunque su voz evocaba tan sólo un exquisito e infinito pesar.

–Mi más sentido pésame. Su pérdida, amigo mío, es la pérdida de toda la Francia. ¡Valor! ¡Valor! Su querida madre ha ocupado el lugar que le correspondía entre los ángeles.

Atrapado en su propia retórica, el ministro alzó los brazos al cielo. Y en el momento en que lo hacía, Bayard se lanzó hacia adelante. El ministro retrocedió con cierto disgusto, pero no pudo hacer nada por desembarazarse del húmedo abrazo de Bayard.

–¡Ella era toda mi vida! – se lamentó Bayard al cautivo dignatario-. Ella lo era todo para mí. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Quién la reemplazará?

–¡Bayard, por amor de Dios, contrólate! – susurró Xavier-.

Debe perdonar a mi primo, Monsieur le Ministre. No ha podido superar la pérdida de nuestra amada Rita. ¡Pietro, maldita sea, haz algo!

Con una sorprendente muestra de fuerza, el muchacho de rizos dorados tiró hacia atrás el fofo cuerpo de Bayard, lejos de los pliegues ya húmedos de la chaqueta del ministro. Bayard se quedó oscilando asombrado hasta que el muchacho se inclinó para susurrarle algo al oído. Al

instante Bayard dejó de llorar; un sonido escapó de su boca, medio risita, medio gárgara.

Un murmullo brotó de la fila de asistentes al funeral y recorrió toda la distancia que les separaba del gran templo protestante; en sus asientos, la gente estaba impaciente y fastidiada. Sin embargo, nadie se marchó. Ninguno de ellos deseaba desaprovechar la ocasión de poder intercambiar unas palabras con Xavier Schomberg, a quien la muerte de Rita había catapultado al puesto de director permanente de SCHOMBERG MONDIAL.

Como si leyera sus pensamientos, el ministro se volvió hacia Xavier.

–Estoy muy feliz de saber que su primo le ha nombrado oficialmente presidente de la compañía. Quizá podríamos reunimos para almorzar y tratar algunos temas generales.

–Estaré encantado, Monsieur le Ministre.

- Y nosotros esperamos que acuda a nuestra casa este mismo mes -intervino Edith-Ann.

–¿Creo que se han mudado a la ciudad, no es eso?

–Sí, hemos ocupado el apartamento que Frederick y Christine tenían en el boulevard de Saint-Germain. Sabemos que Rita lo hubiera querido así. Después de todo, no es fácil encontrar cuatrocientos metros cuadrados y un jardín en un lugar tan céntrico -Edith-Ann lanzó al ministro su más deslumbrante sonrisa.

–Y no se olvide del bebé -dijo Bayard, agitando su dedo frente al alto funcionario.

–¿Perdone?

–Oh, Charlie, seguro que ha oído hablar del «Caso del feto desaparecido» -prosiguió jovialmente Bayard. La otra mano descansaba ahora sobre el hombro de Pietro-. Es como tener a Pulgarcito o el Hombre Elefante en la familia.

El «feto» es tan famoso que nuestro nombre ya jamás volverá a ser identificado con lavadoras o radios, o váteres portátiles. No, no, de ahora en adelante, cuando se oiga el

nombre de los Schomberg inmediatamente se pensará…

¡FETO!

–¡Por amor de Dios, Bayard, cállate! – exclamó su prima-.

¡Estás bebido!

–De ninguna manera. Me encuentro perfectamente. Sólo que es justo que le digamos a nuestro amigo en el gobierno (¿estás en alguna parte de nuestra nómina, no es verdad, Charlie?) que sus operaciones financieras con los Schomberg no pueden proseguir con el mismo éxito a menos que encuentre a esa putilla que robó nuestro feto.

La cara del ministro había adquirido un alarmante matiz púrpura. Aunque no había nadie lo suficientemente cerca como para oír la conversación, el ministro parecía infantilmente medroso y poseído de la furia necesaria para estrangular a Bayard.

–Se equivoca totalmente al pensar que…

–Guarda tus objeciones para más tarde, Xa-Xa ya te calmará con un sobre del tamaño adecuado. La realidad de tu situación es esta Charlie: si quieres seguir haciendo negocios con nosotros, tienes que movilizar a alguien en el Ministerio del Interior. Al propio ministro, si tiene la menor inteligencia, cosa que dudo. Queremos que la policía del sur pierda el culo peinando pueblo por pueblo hasta que encuentre a la joven. Allí es donde está, ya lo sabes, en un radio de cien kilómetros de donde la perdimos. Y procura encontrarla antes de almorzar con Xa-Xa, porque si la semana que viene esta muchacha todavía está libre, entonces habrá dos personas a las que ciertamente adoro que se verán obligadas a ir al paro.

Bayard miró de manera insistente tanto a Xavier como al ministro antes de estallar en una alegre carcajada.

–Sacadle de aquí o será él quien vaya a la cola de parados -le susurró Edith-Ann al muchacho con cara de ángel-. ¡Ahora! ¡En este mismo instante! – Se volvió hacia el ministro-. Ha sido tan considerado por su parte al venir, tan amable. – Sacó la pequeña bola que formaba su pañuelo de

encaje y lanzó una valiente sonrisa a la siguiente persona que estaba en la cola, la cual, por fin, había comenzado a moverse.

–Lo siento, Charles -susurró Xavier-. No permita que esto afecte a nuestros planes. Le llamaré a última hora. – Y

añadió en un tono normal-: le agradezco que haya venido.

–Oh, yo también, y tanto que sí -dijo Bayard sotto voce mientras corría para llegar a la altura del ministro, con Pietro caminando detrás de él como si nada hubiera pasado.

Llegaron a la parte trasera de la iglesia. Más allá de la puerta, parcialmente abierta, docenas de periodistas esperaban captar la imagen de los políticos, grandes industriales, intelectuales y estrellas de cine que habían ido a presentar sus últimos respetos a la difunta «mujer más rica» de Francia.

–Charlie, no he tenido oportunidad de presentarte a Pietro. ¿No es realmente guapo? ¡y un estudiante de medicina muy inteligente! Es tan útil tener un amigo que sabe todo tipo de cosas referentes a la química, ¿no estás de acuerdo?

–No quiero hablar con usted aquí -le espetó el ministro.

–Muy bien, Charlie -resopló Bayard-, recuerda simplemente que queremos que encuentres a la chica. Esta chapuza tiene que acabar.

–La chapuza siempre ha sido cosa suya, no mía -dijo el ministro en tono desagradable-. Es su gente la que perdió la pista. Sin embargo, veré qué puedo hacer.

–Sí, hazlo, Charlie. Y cuando Xa-Xa deslice ese sobre bajo tu mesa, ¡asegúrate que al mismo tiempo no te agarre la polla!

Bayard rió, encantado de su propio chiste. Pietro dibujó una sonrisa enigmática y torva. El ministro lanzó a Bayard una mirada de odio, luego se encaminó hacia la puerta mientras su cara adoptaba una expresión de duelo. Saludó a las cámaras, pero permaneció completamente inmóvil, esperando el click de los obturadores, el ronroneo de los