Madre de alquiler

Shelley V. Ashley · Capítulo 35 de 49

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Madre de alquiler

Capítulo 34

Era una manera muy americana de pedir las cosas, se dio cuenta Cecil, unas palabras estúpidas utilizadas como evasiva, pero no merecían el tipo de reacción que provocaron en el viejo Mezange, quien dio una patada en el suelo como un ogro enfadado y comenzó a tirarse de las puntas de su pelo ralo y descuidado. Cecil no se habría sorprendido si de hecho hubiera sacado espuma por la boca.

–¡No tengo ningún otro nombre, y maldita sea usted y todos los idiotas como usted! Soy Mezange, nada más, no tengo otro nombre. ¡Demonios, puede pudrirse en el infierno. No le diré nada más! ¡Maldita sea su alma!

Esta vez se fue pisando muy fuerte, hundiendo su bastón implacablemente en la tierra húmeda a cada paso. Cecil le vio marcharse, estremecida por la violencia que estúpidamente había desatado en aquel hombre. Había pasado un año desde que se sentara en los parques a hablar con gente tan loca como Monsieur Mezange.

Había perdido la costumbre.

Capítulo 34

Cercanías de Grasse

La cabaña se erguía sobre una pequeña colina que daba al lago Saint-Cassien y al río que desemboca en él, el Siagne. Era un lugar hermoso, pero casi insoportablemente solitario. Las orillas rocosas del lago estaban bordeadas, desde primera hora de la tarde hasta media mañana, de una niebla espectral y opalescente que con frecuencia se levantaba para cubrir también la cabaña y el jardín. La casa parecía sacada del cuento de Hansel y Gretel, «muy cerca de un gran bosque»; sus paredes de piedra marrón parecían tan desmenuzadas como el pan de jengibre, y sus tejas rojo-amarillentas se superponían entre sí como capas de mazapán. En el interior había cuatro pequeñas habitaciones como decorados en miniatura, y más allá de la puerta de la

cocina una pérgola de parras marrones con un diminuto jardín encajonado por una tupida hilera de cipreses.

Ya que Oraga había comenzado a salir por las tardes a buscar setas o sapos u otros horrores, Cecil había sido capaz por fin de explorar la zona, aunque procuraba hacer siempre breves excursiones para estar de vuelta antes que la anciana.

Al pie de la colina discurría la concurrida carretera Grasse-Draguinan, que Cecil siempre evitaba. Los días en que no iba directamente al campo de Mezange, caminaba a través de los bosques hasta el puente que separaba el distrito tan de moda de Alpes-Maritimes del escasamente poblado y mucho más pobre de Var. En la tierra de nadie que se extendía entre los dos, había solamente algunas grutas naturales, el denso y oscuro bosque y el Siagne, fluyendo indolente en su cuenca, inaccesible a lo largo de casi toda su longitud, excepto a través de senderos empinados e infestados de matojos en las paredes afiladas del cañón del río.

Como proyectados por la casa en todas direcciones, había pequeños pueblos colgando precariamente de los bordes de las mesetas de roca roja. Todavía no habían llegado los turistas que solían recorrer en grupo sus calles estrechas y acudían a los restaurantes provenzales de muy bajo precio. Era un paisaje encantador, que todavía no se había echado a perder, y aún desierto, un perfecto lugar donde esconderse. Sólo que, se preguntaba así misma cada día Cecil, ¿cómo había conseguido Pancho, él mismo un extranjero, encontrar este lugar con tanta rapidez?

Aquella tarde el aire era templado, casi cálido. Cecil acababa de tomar el sendero que corría paralelo a la carretera cuando unos dedos como tiras de acero le agarraron el brazo derecho. Gritó y se volvió para encontrarse con Pancho.

–¿Por qué corres de esa manera? ¿Te espera alguien? –

Sus ojos brillaban como carbones al rojo; parecía

endemoniado.

Cecil estaba aterrorizada. Ya había visto a Pancho enojado otras veces, pero nunca así. ¿Qué le haría ahora que la había atrapado?

–Pancho, lo siento…

–Siempre lo sientes, ¿no es verdad? Estás llena de excusas a la hora de hacer exactamente lo que quieres. ¡Las promesas no significan nada para ti!

–¡Yo no te prometí nada!

–¿Por qué te escabulles de esta manera?

–No veo razón para iniciar una pelea contigo. Pero hace semanas ya te advertí que no podía soportar estar encerrada en esa casa con Oraga.

–Quizá también recuerdes lo que advertí que te haría si me desobedecías. – El rió suavemente; era un sonido que encrespaba la sangre de Cecil-. ¿Adonde ibas? ¿Quizás al café del puente, a llamar a tu novio? ¿O ya está allí esperándote?

–¿Y qué si así fuera? ¡Eso no es asunto tuyo!

Pancho apretó los dientes de rabia.

–Como he podido pensar que valía la pena perder mi tiempo contigo. ¡No eres más que una adolescente llena de estúpidos sueños! ¿No es una lástima que el bebé que llevas no sea del beau Serge! ¡Piensa en lo feliz que estarías ahora!

–¡Cabrón, te odio! – Cecil levantó la otra mano para golpear a Pancho, pero él la detuvo a medio camino.

Sujetándola por ambas muñecas, le dio la vuelta y la hizo caminar por la fuerza colina arriba.

–No eres más que una tramposa. Debería haberme dado cuenta de que no podía confiar en ti.

–¡Cómo te atreves a hablarme de confianza! – replicó Cecil, intentando liberarse de la presión de Pancho-.

¿Esperabas que aceptara todo lo que me dijeras por mi fe en ti, sin que tú dieras nada a cambio? Todo lo que sé de ti es que eres un mentiroso y un ladrón profesional. Ni siquiera

sé por qué Oraga te llama Paco en lugar de Pancho, ni por qué vives aquí conmigo en lugar de con una de esas mujeres que te acosan por toda Niza.

Cuando Pancho volvió a reír, el sonido fue menos siniestro.

–De modo que crees que soy la pieza más codiciada de toda Niza, ¿no es eso?

–Tú eres quien lo dijo. ¿Acaso no me contaste que todas las mujeres se quedan extasiadas cada vez que tocas? ¿Que hacen cualquier cosa por ti? ¿Y se supone que evitas a todas estas bellezas locas de pasión para estar con una mujer que está embarazada de ocho meses y que probablemente sea el blanco de algún asesino profesional?

Habían llegado ya al portón de la casa de campo. Pancho finalmente la soltó, pero se quedó de pie entre ella y la casa, impidiéndole el paso.

–¿Sabes cómo llaman al bandoneón los otros músicos en la Argentina? – le preguntó de repente.

–No tengo ni idea -dijo fríamente Cecil, frotándose sus moraduras.

-Mierda de bandoneón*… mierda de instrumento. Hasta poco antes de Piazzola, se tocaba solamente en los burdeles. El bandoneón y el tango eran cosa de bandidos, forajidos, nunca personas respetables: de gitanos. Y por eso lo elegí como mi instrumento.

Sus dedos se lanzaron hacia ella. Petrificada, Cecil se quedó mirando sus manos oscuras, los gruesos callos de los pulgares y el dorso de sus índices.

–¡Tócalos! – le ordenó.

–¿El qué?

–¡Esto, idiota*! -Brutalmente cogió la mano de Cecil y la llevó hasta los bulbos de sus callos. Eran duros como rocas.

–¿Intentas decirme que esto se debe al bandoneón?

–Todo lo que tengo me lo ha dado el bandoneón. Hago el amor con él, peleo con él, lo maltrato, y él hace lo mismo conmigo. ¿Nunca te has dado cuenta de que mis brazos son