Madre de alquiler
Capítulo 20
pero eso apenas importaba, porque él ya estaba ciego, se había quedado sin visión debido a lo que había visto en su propia mente. Borracho como estaba, Sam Sweeney se las arregló para comprender dos hechos con extraordinaria claridad, y eso era todo lo que necesitaba saber. El primero es que nunca volvería a rodear con sus brazos a la mujer que amaba, y segundo que jamás vería el millón de dólares que una mujer le había prometido transferirle desde su cuenta en Suiza, el dinero que iba a ser el pago por el pacto que los dos habían hecho con el diablo.
Capítulo 20
Hotel Negresco
Era la primera vez que Cecil salía de su habitación desde que llegara al Hotel Negresco el día de Navidad.
Su primera parada fue en la tienda de ropa que había en el vestíbulo. Sintiéndose todavía un poco tambaleante, se limitó a probarse unos pocos vestidos y finalmente eligió aquel ante el que la entusiasmada vendedora proclamó:
«Sensationnel! Mais regardez-vous! Regardez donc! Quelle allure!». Era un vestido de seda verde lo que provocó tan descarado halago, y lo acompañaba una blusa a juego de diseño geométrico, estilo Madi amarillo y verde. La chaqueta del traje era como una caja, y camuflaba completamente la cintura ligeramente más llena de Cecil.
Añadió a su compra un par de zapatos de tacón alto, de piel color verde oscuro, un bolso marrón brillante y un ligero chal Hermes para el frío de la noche. Tras entregar todas las compras a un botones para que las llevara a su habitación, Cecil prosiguió su periplo trasladándose hasta la peluquería, donde agradeció el hecho de poder hundirse en las blandas profundidades de una butaca y dejar que otra persona se encargara de todo.
Desde su dramática llegada a Niza, Cecil había permanecido en su habitación para reponer fuerzas. Había dormido mucho, y al despertar, fragmentos de sueños
desagradables y a veces terribles permanecieron con ella durante horas: hospitales que eran como prisiones, con barrotes en las ventanas; rostros hostiles detrás de máscaras estériles; manos enguantadas que empuñaban cuchillos o largas agujas y botellas de un líquido demasiado rojo.
El estado casi alucinado de Cecil la dejó con pocas ganas de conectar el aparato de televisión que había sobre la mesa bellamente labrada y situada delante de la cama. En su lugar hojeó las revistas y libros que había comprado en el aeropuerto de Burdeos, y, en una vana búsqueda de compañía, puso algunas conferencias.
Después de horas de esfuerzo, localizó a Dimitri en Moscú, sólo para enterarse de que iba a partir como diplomático a Tashkent; cada día se alejaba más y más de su vida.
–Cecil, ¿puedes creerlo? – gritaba su excitada voz al otro lado de la línea-. Me las arreglé para echar una subrepticia mirada a mi ficha cuando llegué aquí y descubrí que mi fecha de llegada se había adelantado un mes. A petición de un ministro francés, nada menos. ¡Tu amigo de la Universidad de Illinois es todo un personaje en los círculos diplomáticos!
–¿Quieres decir que por eso te fuiste sin decir nada? ¿El día que se suponía que teníamos que comer juntos?
–¡Por todos los demonios! – fue la alegre réplica de Dimitri-. En la embajada necesitaban mis talentos de manera tan imperiosa que otro pasajero fue apeado del vuelo de la Air France para Moscú sólo para poder hacer sitio a un servidor.
Visiones de ese día fatal atravesaron la mente de Cecil: una limusina negra tomando la curva en un camino rural; las manos como garras de Rita Schomberg recorriendo sus cabellos; el termómetro de una sauna infernal moviéndose inexorablemente hacia arriba. Era posible, la idea era demasiado fantasiosa, y aún así…
–Dim, ¿quién fue el ministro que dispuso tu rápida partida?
–No puedo decirte eso por teléfono, de todos modos no desde aquí. Te doy mi palabra, Cici, es un pez gordo. Ahora el camarada Tartakovsky sólo se mueve en las regiones celestiales.
Cecil colgó con actitud pensativa. ¿Era posible que existiera algún plan para aislarla, para eliminar todos los amigos que representaban algo para ella? Ahora que Dimitri se había ido, ya sólo le quedaban Serge y Mica. Mica era extremadamente vulnerable; podía ser deportada de Estados Unidos en cualquier momento, al igual que habían hecho salir a Dimitri de Francia «a petición de un ministro».
Cecil exhaló un suspiro de alivio unos minutos más tarde, cuando la voz de Mica, sólida como una roca, le llegó al otro lado de la línea.
–¿Ya le has visto? – preguntó Mica, directa al grano como siempre.
–No, pero me encontraré con él aquí el domingo por la noche. Cenaremos juntos.
–¿Todavía estás enamorada de él?
Cecil rió, se sentía casi alegre.
–Estaba segura de que odiaba a Serge hasta que oí su voz ayer por teléfono. Pero ahora estoy confundida de nuevo. Parece que me enamoro y me desenamoro según la hora del día. Probablemente sea como una peculiar infección provocada por el clima francés.
–¿De quién más te has enamorado? – preguntó Mica con su brusca voz.
–Oh, sólo caprichos de colegiala. Me puse a pensar demasiado en mi médico, tal como predijiste que haría. Y
ahora…
–¿Otro? – exclamó Mica incrédula.
–La verdad es que no es nada. Conocí a un hombre en un parque. Habla español, como tú. No confío en él porque está
chiflado, es imprevisible, un salvaje, pero al mismo tiempo me gusta porque es un poco peligroso.
–Te quedaste medio muerta con lo de Serge y ahora te enamoras de todo el que se te pone por delante. ¿Qué está pasando?
Cecil se estiró en su cama cubierta de satén y sonrió para sí misma.
–Lo que te he dicho, Mica, el clima francés, o lo que sea.
No estoy acostumbrada a esta gente tan amorosa, me aturden. Incluso he conocido a un entrenador de tenis bobalicón que vive en este hotel y quiere enseñarme la ciudad. No me atrae en absoluto, pero me gustan sus atenciones.
–¿Y cómo encaja el bebé con todos estos nuevos novios?
–Dios mío -suspiró Cecil-. Intento apartar al bebé de mi mente. La verdad es que no puedo hacer eso, ¿no crees?
–Mejor que no -fue la sombría réplica de Mica antes de despedirse.
El doctor López mantuvo los pensamientos de Cecil centrados en su embarazo cuando apareció con la factura.
Rebosaba simpatía y verbosidad norteafricanas. ¿Todavía tenía dolores? ¿Podía pagarle en efectivo en lugar de con un cheque, debido a las desagradables leyes fiscales francesas? ¿Iba a concertar una visita para practicarse esas pruebas tan vitales que sólo podían hacerse en su clínica?
Cecil le entregó sus francos y respondió a las otras preguntas con una firme negativa. Sam Sweeney, añadió, le había prohibido someterse a ningún tratamiento a menos que él estuviera presente. Naturalmente, eso no era cierto.
Después de una serie de frenéticas llamadas, Cecil sólo pudo hablar con la enfermera jefe de Sam. Estelle parecía tan inquieta como la propia Cecil. El doctor no había regresado para una importantísima reunión en el centro médico que debería haber tenido lugar el 27 de diciembre, y varios pacientes importantes habían llegado a Dallas sólo para encontrarse con que su especialista en fertilidad se
hallaba ausente y sin darles la menor palabra de excusa.
Estelle le cubría lo mejor que podía, pero había una nota de pánico en su voz normalmente serena e imperturbable.
–¡Si ese hijo de puta te llama, dile que es mejor que deje caer su asqueroso culo por aquí! ¡Ya hace demasiado tiempo que estoy en la línea de fuego! Y dile a ese todopoderoso que hay algunas personas muy extrañas que preguntan por él. Lo cierto es que no hablan… gruñen. Cecil, no me está siendo nada fácil explicar a todas estas bestias por qué Sam no ha regresado a tiempo.
Cecil concluyó que las cosas se estaban poniendo negras en Dallas. Y bien negras. ¿Por qué Sam había abandonado a todo el mundo… a sus colaboradores, a sus pacientes, a su familia, a la propia Cecil? A pesar de sus porfiadas respuestas al doctor López, Cecil estaba preocupada por no hacerse las pruebas que él tanto insistía en que precisaba.
De todos modos, tenía una buena justificación; Cecil estaba aterrorizada por el hecho de que el médico francés pudiera volver a hospitalizarla. Después de cuatro largos meses en la clínica de Sam, no iba a pasar por eso otra vez sin antes luchar.
¿Pero y si realmente estaba poniendo en peligro la vida del feto?
Cecil procuraba recordar todo lo que sabía del factor Rh.
No era gran cosa. Había leído que a veces las mujeres producen anticuerpos que van en contra del elemento Rh de la sangre del niño que llevan. En un subsiguiente embarazo, esos anticuerpos podrían pasar accidentalmente del flujo sanguíneo de la madre al feto, provocándole un shock. Eso no podía ocurrir en su caso, aunque hubiera estado embarazada anteriormente. Sam Sweeney la había examinado a fin de evitarle todos los problemas conocidos en la profesión médica e incluso alguno más. No se le hubiera pasado por alto algo tan vulgar como la incompatibilidad del factor Rh. ¡Era absolutamente imposible!
Aunque, por supuesto, ella no era la madre biológica del niño. ¿Había alguna diferencia si se debiese considerar más de un factor Rh? ¿Se le había pasado por alto al laboratorio al no habérseles informado de que se trataba de una prueba para una madre suplente?
¿Una madre y un padre biológicos, una madre suplente y un feto? ¿Qué tipo de cóctel de Rh saldría de eso? Cecil no tenía ni idea. No era su problema, de todos modos, y no iba a provocarse otra migraña intentando imaginárselo.
Se puso en pie y fue hacía la ventana. Era un hermoso día de diciembre, había gente tomando el sol, paseando sus perros, jugando al voleibol, almorzando en los pequeños restaurantes a la orilla de la playa. Cecil deseaba desesperadamente reunirse con ellos, tomar parte despreocupadamente en las alegrías de la vida como sólo los mediterráneos saben hacerlo. Una oleada de cólera la inundó. Era todo tan injusto: Sweeney desaparecido; Jeff Sandlin tan inmóvil como una rata asustada; y los Schomberg, los menos dignos de confianza. Nunca se hubiese esperado a que todas esas personas le fueran detrás durante su estancia en Francia, pero tampoco había imaginado que sería cruelmente dejada a merced de los vientos de esta manera. El doctor, el abogado y ese príncipe mercader, todos ellos completamente indiferentes a su destino. Ninguno de ellos -ni siquiera Christine Schomberg-estaban interesados en proteger lo que ya debía de ser una sustancial inversión de tiempo y dinero.
Todo resultaba un complejo misterio.
Por centésima vez desde que saliera de Dallas, Cecil preguntó: «¿Dónde estás, Sam Sweeney? En nombre de Dios, ¿dónde ESTAS cuando más te necesito?».
–¿Qué ocurre, querida? ¿La he oído llamar a la manicura?
Suzanne, aquí. ¡ Mademoiselle te necesita inmediatamente!
Bueno, ¿qué le parece cómo le ha quedado el pelo, querida?
¿Verdad que ni se le había pasado por la cabeza una cosa así cuando entró?
El pequeño y frágil peluquero, de cráneo calvo y reluciente y un bigote jaspeado de colores como el carey le había hablado a Cecil de hacerle un peinado a lo Rita Hayworth, con ondas estilo años cuarenta.
–Sabe, de todas las actrices que ha habido, ella es mi favorita. ¡Ese pelo! ¡Y esa boca! ¡Y esos dientes enormes! Si yo fuera usted, querida, me compraría un lápiz de labios oscuro y llamativo y me pintaría la boca exactamente como ella. Es la chica de mis sueños. Sólo de pensar en el aspecto que tenía en esos bombarderos de la Segunda Guerra Mundial, o con ese vestido ajustado en Gilda ya me tiemblan las piernas.
Cuando hubo realizado en ella todas sus fantasías y colocado el último clip de colorante con gena sobre los cabellos en moño de Cecil, el hombrecillo hizo girar su silla de manera que ella pudiera verse desde todos los ángulos posibles. Fragmentos de su nueva personalidad aparecían en el espejo y luego se desvanecían con la misma rapidez.
Nada de lo que Cecil veía le resultaba familiar. Era una persona completamente distinta. Su pelo era más oscuro y más tupido; su piel parecía ruborizada en oro; sus ojos centelleaban en un violeta como de gema. Podía haber sido una estrella de cine. Después de todo, el Hotel Negresco era solamente una piedra arrojada a la costa por los Estudios Victorine, donde se habían rodado tantos clásicos del cine francés. Esa noche, con las hermosas ropas que se acababa de comprar, tendría un aspecto tan deslumbrante como…
como… Sí, ¿por qué no decirlo? Tan deslumbrante como el de la propia Christine Schomberg.
Llegaba casi con quince minutos de retraso a su cita porque le había abierto la puerta a un recadero de mediana edad enfundado en el elegante uniforme de un famoso chocolatier de Niza. El hombre había hecho una reverencia -
una verdadera reverencia- y le había entregado una enorme caja en forma de corazón, la cual, pronto descubrió Cecil, contenía un impresionante surtido de chocolates envueltos
en papel dorado y con una enigmática tarjeta que rezaba lo siguiente: «Un precoz San Valentín para el Corazón de mis Corazones».
La tarjeta no iba firmada, y con su voz gastada y temblorosa el recadero mostró una ignorancia total acerca de la identidad de quien la había enviado. Sin embargo, se demoró en marcharse, la mano indiscretamente levantada con la palma hacia arriba. Cecil le puso una moneda de diez francos en ella cuando él se le acercó lo suficiente para plantarle un beso en la mejilla.
Cecil gritó y saltó hacia atrás asustada, pero el hombre ya se quitaba su peluca gris y sus gruesas gafas, y comenzaba a vislumbrar algo en él que le era familiar.
–¿Qué haces TÚ aquí? – preguntó, muerta de risa.
–He venido a invitarte a mi espectáculo. ¿No has oído decir que soy la atracción de Niza?
–¿Sólo de Niza? ¿No lo eres aún de toda la Riviera?
–Claro que sí. Y estoy completamente exhausto de todas las mujeres que me persiguen, de modo que pensé dejarme caer por aquí, y ver a una a la que le soy del todo indiferente.
–¿Qué te hace estar tan seguro? – preguntó Cecil en son de burla.
–Tu cruel silencio. Pensé que languidecías enferma en la cama, pero no… aquí estás, vestida, como una reina de belleza y a punto de ir a alguna parte. ¿Ibas a verme a mí?
–No, pero lo haré pronto. Te lo prometo.
–¡Vente conmigo ahora! – dijo él impetuosamente-. No vayas a esa cita, querida*.
- Tendría que ir aunque no quisiera, Pancho. Concerté esta cita hace mucho, mucho tiempo, y me ha costado mucho más de lo que puedes imaginar llegar hasta aquí.
Cuando ella bajó las escaleras, contenta por haberle hecho esperar, Serge estaba sentado a una mesa baja cerca del bar, leyendo una revista, y una pipa de largo cañón asomaba airosa de su boca carnosa e infantil. Como Serge
no levantaba la cabeza, Cecil simplemente se quedó ahí de pie, observándole a través del recargado salón de iluminación dorada. Un magnate de Hollywood podía haberles elegido perfectamente para interpretar una película retro, pues si ella había sido convertida por su peluquero en una momentánea Gilda, Serge siempre había sido un joven Orson Welles, alto y de rasgos marcados y atractivos, y de ojos medio cerrados y ligeramente lánguidos; una nariz ancha y unos cabellos oscuros y ensortijados le caían rebeldes sobre la frente cuando se inclinaba hacia adelante. Vestía una chaqueta de tweed gris azul y una corbata gris. Estaba completamente absorto en la lectura, y no le dirigía ni una mirada.
Como su madre, pensó Cecil airada. Ni siquiera sabe que existo.
-¿Una mesa para dos, Mademoiselle? -preguntó el camarero que había aparecido a su lado.
–¿Me haría un favor? Soy un poco corta de vista, y le estaría muy agradecida si le preguntara a ese caballero que hay en la mesa de la esquina si es Monsieur Vlady, la persona con quien tengo una cita esta noche.
Si tal petición le pareció un tanto peculiar, el camarero no hizo nada que lo demostrara.
–Naturalmente, Mademoiselle. ¿Ha dicho Vlady, verdad?
Si no le importa esperar aquí.
El camarero se inclinó para hablar con Serge, y éste levantó la mirada de la revista con expresión de absoluto desconcierto. De pronto se quitó la pipa de la boca, se puso en pie de un salto y se dirigió rápidamente hacia la puerta, con una sonrisa en la cara.
–Cecil, Dios mío, no te había reconocido. ¿Eres Cecil, verdad?
Y sin esperar respuesta, quizá decidiendo que, quienquiera que fuera, valía la pena abrazarla, Serge la tomó en sus brazos en un apretón de oso que la estrujó contra el áspero tweed de su chaqueta. Sus labios le
rozaron la mejilla antes de desplazarse hacia su oreja, donde le susurró en una voz baja y sensual:
–Nunca había conocido a una mujer tan bella como tú.
Nunca, jamás. Lo juro. ¡Te has hecho una mujer! Bueno, eres una persona totalmente distinta, Cici.
Ella se apartó de él y se alisó la seda de la chaqueta en un gesto nervioso. No había previsto que Serge le abrumara así, tanto física como emocionalmente.
–¿Qué tal? – procuró decir Cecil en una voz normal-. Me alegra verte de nuevo. ¿Tomamos una copa aquí o en alguna otra parte? – por la serena actitud que ella mostraba cualquiera hubiera dicho que estaba saludando a un antiguo compañero del instituto.
Serge le ayudó a sentarse en una silla.
–Aquí, por supuesto. – Tomó la mano fría y delgada de Cecil en la suya, como una garra, y se llevó los dedos a los labios-. Este es el último bar civilizado de Niza -le hizo señas al camarero-. Tráiganos dos copas de champán. Y rápido, por favor, no podemos esperar. – Le lanzó una sonrisa a Cecil, y sus párpados languidecieron aún más-. Esto es una celebración, ¿no es cierto? No puedo creer que estés sentada a mi lado, con el Mediterráneo justo a la entrada de este local. ¿Cuántas veces hablamos de esto?
–Demasiadas -dijo Cecil secamente-. Quizá no deberíamos comenzar esta velada con demasiadas referencias a nuestro pasado. Puede que no lleguemos al champán, por no hablar de la cena.
–Cici, no podría estar más de acuerdo. No quiero hablar de cosas que sucedieron hace tanto tiempo y a personas tan distintas. ¡Olvidemos nuestras escapadas juveniles!
¡Hablemos del futuro!
–Oh, ¿tenemos algún futuro? – preguntó Cecil inocentemente.
–Si no lo tuviéramos, no estaría aquí.
Hubo un largo y penoso silencio, Cecil decidió no replicar a la última frase, e incluso se negó a encontrarse con la
mirada profesionalmente seductora de Serge. Finalmente él rompió el hielo y preguntó:
–¿Qué te ha traído a la Riviera? Dimitri me llamó esta mañana y dijo que se trataba de un trabajo secreto y de gran importancia.
–Cómo vuelan las noticias -dijo Cecil, evasiva.
–Bueno, ¿de qué se trata?
–Oh, vamos, ¿aún sabes hablar inglés, verdad? «Secreto»
quiere decir que no se puede revelar. No ver, no oír, todo ese tipo de cosas.
–¿Debo entender que estás implicada en un turbio complot? Apenas puedo creerlo de alguien con una cara tan angelical.
–Esta es la primera vez que me acusas de ser un ángel.
–Es difícil concentrarse en tu apariencia seráfica cuando hablas como una víbora. Como siempre, estoy atrapado en tus garras.
La risa de Cecil fue tan sonora e inesperada que un par de japoneses que estaban en la mesa de al lado se volvieron y asintieron con la cabeza al unísono, como si participaran en la broma.
–Hete aquí de nuevo con tu absurdo vocabulario -dijo Cecil.
Agitó la cabeza asombrada; de nuevo hablaban como si su conversación fuera una justa medieval. Era como si esos dieciocho meses de pena y dolor no hubieran existido.
Bueno, ¿por qué no fingir que así había sido? Sólo durante una hora. O durante toda una noche. ¿Qué tenía que ganar pidiéndole una explicación a Serge, si no más infelicidad para sí misma? Se había vuelto una experta en fingir que era una mujer rica. Quizá también pudiera interpretar el papel de mujer feliz.
Serge levantó su copa y la hizo chocar contra la de ella: sus caras casi se tocaban, y él exhibía aquella sonrisa inclinada que una vez cautivara el corazón de Cecil. Él se acercó aún más y susurró pérfidamente:
–Por nosotros.
Mientras se paseaban por la Promenade des Anglais, Cecil dejó que su mano se deslizara por la barandilla blanca que les separaba de la playa. Era casi medianoche, y una ligera niebla cubría la ciudad de un vaho azulado a través del cual las luces brillaban trémulas. Más allá, mar adentro, la silueta apenas visible de un barco se movía lentamente a través del horizonte.
–Es un barco de guerra que va rumbo a Villefranche -dijo Serge mientras golpeaba la cazoleta de su pipa contra la barandilla.
–¿Está muy lejos de aquí?
–No, sólo a un par de kilómetros de la costa. Hay muchos restaurantes al pie de la colina de Villefranche. Si quieres, podemos ir a almorzar ahí el próximo fin de semana.
–Es tan bonito todo esto, supongo que hay cientos de lugares para visitar -dijo Cecil sin la menor expresividad en su voz. Durante toda la velada, su voz le había sonado ajena, afectada y desafinada, como si un extraño hablara en su lugar.
–Tienes razón, un lugar diferente para cada día del año.
Podemos subir a los Alpes y beber vino caliente con especias en la nieve. O ir a la filmoteca de Niza y empacharnos de películas antiguas. O ir a la frontera, al mercado de Ventimille, a comprar queso y grappa italianos.
O a la Chèvre d'Or en Eze, la vista más espectacular de toda la costa. También está Vallauris, donde se encuentran las cerámicas de Picasso, y Biot, donde aún se fabrica el cristal soplando, y después de todo también podemos sentarnos debajo de un eucaliptus gigante y beber vino de melocotón y simplemente charlar. Un programa para toda una vida,
¿no te parece?
Cecil sintió que se le formaba un nudo en la garganta.
¡Qué ridículo! ¿Cómo podía dejarse conmover de ese modo?
¿Era la abrumadora presencia física de Serge o la belleza de la ciudad? La fachada como un pastel de cumpleaños del
Negresco, su cúpula y sus aguilones todavía adornados con luces de Navidad; la explanada con sus cintas de flores púrpuras y amarillas flanqueadas de palmeras como torres y las hojas como espadas de la yuca y el agave; los parques que había a la orilla del mar, cuyos céspedes se extendían ante ellos como una alfombra fosforescente. Al este, las carreteras de la cornisa pendían a los lados de la colina como tenaces serpientes que ondularan rumbo a Mónaco, Menton e Italia; y al oeste, ahí donde la tierra se hunde abruptamente en el Mediterráneo, las luces medio veladas del aeropuerto lanzaban infinitos e intermitentes avisos a Cecil: ¡No se lo digas! ¡No se lo digas todavía!
Tembló de manera incontrolable. Percibiendo su incomodidad, Serge regresó de su silenciosa contemplación del mar y se desabrochó su chaqueta de tweed. La abrió y atrajo a Cecil hacia sí para compartir su calor. Como atraída por un irresistible imán, Cecil avanzó hacia Serge y éste cerró la prenda alrededor de ella, apretándola con fuerza contra su cuerpo. Luego, con una súbita urgencia, la acercó aún más a él; su boca ya cubría la de ella, y Cecil sentía el sabor del aire salado de sus labios y oía el poderoso y regular latido del corazón de Serge.
No se lo digas, no se lo digas, gritaban las luces veladas por la niebla. No se lo digas, te arrepentirás si lo haces.
Un sonido brutal escapó de la garganta de Cecil. Serge inclinó su barbilla, procurando leer su expresión.
–¿Qué ha sido eso? ¿Una carcajada?
Ella se apartó de su abrazo y retrocedió unos pasos, estudiándole como si fuera un completo extraño. Estaba asombrada de ver lo poco que se parecía a su madre, delgada y de aspecto aristocrático. Debía de haber heredado todos sus rasgos, excepto sus caídos párpados, de su difunto padre.
–He oído nuestros dos corazones latiendo al unísono -dijo Cecil por fin.
–¿Es eso extraño? A mí me parece bastante conmovedor.
–Eso creía yo hasta que recordé una cosa.
–¿Qué has recordado exactamente, Cecil? – La expresión de Serge era ahora de sombrío temor, como si supiera lo que le esperaba.
–Que hay tres corazones latiendo ahora en lugar de los dos de antes. No es muy romántico, ¿no crees?
¿Era el champán lo que la volvía tan implacable? ¿Tan estúpida? Aspiró larga y profundamente y continuó.
–Había olvidado decirte que estoy embarazada.
¿Lo había dicho realmente en voz alta, o sólo eran palabras resonando en su mente, viajando de un lugar a otro en el tiempo y en el espacio?
–Cecil, en nombre de Dios, ¿qué estás diciendo?
–Creo haber dicho que estoy esperando un hijo.
–¡Maldita sea! Siempre tienes que echar a perder nuestros mejores momentos, ¿no es eso? Así ha sido desde el día que nos conocimos. Esta noche parecías distinta, más segura de ti misma y madura. Pero no puedes olvidarte de lo que ocurrió entre nosotros, ¿no es eso? Muy bien, pues.
Hablemos claro de una vez por todas. No voy a soportar ninguna más de tus veladas alusiones.
–Estás completamente equivocado, Serge -interrumpió Cecil-. No es del pasado de lo que te estoy hablando, sino de este momento. Llevo dentro de mí un niño que nacerá en junio -sonrió triunfante-. No te habías dado cuenta, ¿verdad?
–No, en absoluto.
La ira de Serge se fue transformando en tristeza. En ese momento, Cecil sentía escaparse su victoria. Sin embargo, continuó hablando en ese mismo tono ligero.
–¿No quieres saber nada de mi trabajo? Recibiré 30.000
dólares y nueve meses de gran lujo por darles un niño a un matrimonio de una de las más ricas y poderosas familias de Francia.
–¿Quieres decirme, que te has convertido en una madre de alquiler?
–¡Oh! Sabía que lo comprenderías -dijo Cecil con sarcasmo-. Siempre has sido tan científico, Serge.
–Pero, ¿por qué has esperado para decírmelo y me has dejado hacer planes para nuestro futuro?
Cecil se rió sin alegría.
–Nuestro futuro se anula una vez más ¿no es así, Serge?
Mientras hablaba, un perverso pensamiento cruzó la mente de Cecil. Pancho no reaccionó así, incluso se sintió feliz al saber que estaba embarazada, le gustó la idea del niño.
En medio del airado silencio, emergían los sonidos de la noche: olas arrastrando guijarros en la playa; neumáticos arañando el húmedo asfalto; frondas de palmera se agitaban y crujían al viento… pero Cecil y Serge no percibían tales ruidos. Como guerreros sedientos de sangre, concentraban su atención el uno en el otro, recordando golpes pasados y digiriendo su recién desenterrado dolor.
–¿Es que no te das cuenta de en qué nos apoyamos? –
preguntó Cecil con fingida preocupación-. Estamos hundidos hasta las rodillas en las cenizas de nuestro extinguido amor.
–¡Oh, cállate de una vez! – gritó brutalmente Serge-.
Estoy asqueado de tus actuaciones melodramáticas. Dime simplemente cuál es el nombre de la familia milionaria que te ha comprado.
–¡Nadie me ha comprado! ¡Cómo te atreves a insinuar algo así! Sólo he hecho esto por una razón… porque me ha dado un gran placer. Espero que tú también sepas por qué.
–Has estado jugando conmigo toda la noche, ¿no es eso?
– Serge escupía las palabras-. Te has inventado esta ridícula historia para vengarte por lo que ocurrió en Illinois. Deja que te diga una cosa, Cecil, jamás, ¿me oyes?, jamás aceptaré la culpa con la que intentas hacerme cargar. Puede que ya no te acuerdes de cómo te comportabas en la universidad, siempre colgada de mí, poniéndote histérica cada vez que salía por la puerta para hacer un recado. Tú eras guapa e inteligente, pero la verdad es que yo no tenía ni un gramo
de independencia, y, francamente, me harté de eso. Admito que huí de ti, pero yo no te pedí que te quedaras embarazada, ¿o sí? ¿Alguna vez te insinué que quería tener un hijo? Cuando viniste con los ojos empapados en lágrimas para decírmelo, yo estaba sin blanca, era un estudiante de veinticinco años sin permiso de residencia. Y si añadimos a eso el hecho de que me ahogabas con tus necesidades, podrás darte cuenta de por qué había cierta ambivalencia en mis sentimientos. Me dabas miedo.
–¡Estoy asombrada de tu ingenuidad! – explotó Cecil-. La manera en que cuentas este cuento de hadas, tú eras la víctima infeliz e inocente, y yo el ogro que casi se te tragó enterito. Supongo que podrás explicarme por qué tu encantadora madre jamás había oído mi nombre antes de que llamara a su puerta en Burdeos.
–Admito que inventé la historia de la violenta oposición de mi madre a nuestra boda. Necesitaba una excusa para alejarme de ti.
–¡No puedo creerlo! ¿Cómo he podido amar a un tipo tan monstruoso e hipócrita? Y Dimitri, ¿por qué tortuosa razón dejaste que creyera que seguíamos prometidos?
–Muy sencillo… yo mismo quería creerlo. Al menos en parte. No soy el único hombre del mundo al que le ha costado decidir si quería casarse. Desde que volví a Francia cada mañana me he levantado diciendo: «Hoy llamaré a Cici». Sólo que lo postergaba hasta el día siguiente porque no estaba seguro de qué quería decir. Lo único seguro es que jamás he dejado de amarte, ni por un momento. Eres la única mujer que me ha importado en mi vida.
–Supongo que estas elocuentes explicaciones se te acaban de ocurrir ahora mismo, ¿no es cierto? Por supuesto, siempre fuiste el campeón del mundo en contar cuentos.
–Tú tampoco eres manca.
–Eso es lo que crees, ¿no? – Herida en lo más vivo, Cecil ya no podía controlar sus palabras-. ¿Supongo que nunca has oído hablar de la Schomberg Mondial? Esos Schomberg
son mis «jefes». Llámales a París si crees que miento. Tengo su número de teléfono. Vamos… a ver si te atreves.
–Schomberg… -Serge se sobresaltó y pareció luchar contra una emoción indefinida-. ¿Qué Schomberg en concreto?
–Frederick, el jefe de la empresa, y Christine, su mujer, la que se parece tanto a mí. O eso es lo que cree la gente.
¿Era el champán lo que le hacía decir todas esas cosas?
Cecil se avergonzó al instante por haber roto la confianza que habían depositado en ella, pero parecía incapaz de detenerse.
–Seguramente los habrás visto en foto alguna vez…
Christine Schomberg salió en el Paris-Match de la semana pasada.
–Y tanto que he visto sus fotos -dijo Serge muy serio-. Las he visto en todos los periódicos y revistas de Francia. Los he visto en televisión, y he oído hablar de ellos por radio.
Prácticamente a cada momento, de hecho, desde el día en que murieron.
–¿Murieron? ¿De qué hablas?
–Frederick y Christine Schomberg murieron en un accidente de avión el día de Navidad.
–Eso no es cierto. Sólo lo dices para… para…
–Oh, vamos, Cici, no es posible que estando en Francia no te hayas enterado de las noticias. Los Schomberg regresaban a Toulouse cuando chocaron con una montaña durante una terrible tormenta. Parece ser que el panel de instrumentos del avión se averió, y que el piloto carecía de visibilidad a causa de la tormenta.
Cecil se apoyó contra la barandilla blanca y observó con mirada ausente los coches que pasaban. Se sentía como una actriz en una desolada obra existencialista.
–¿Cómo lo sabes? – preguntó con voz sepulcral.
–¡Porque es la noticia más importante que ha ocurrido por aquí durante meses! No puede ser que no te hayas enterado. Enviaron una expedición a las montañas, y un