Madre de alquiler
Capítulo 38
–Una carretera principal parte desde la ciudad hasta el río que divide las dos regiones.
–Lo entiendo perfectamente, querida.
–Justo antes de llegar al río, hay un pequeño café que está casi siempre vacío. Es un lugar muy solitario, y creo que será seguro encontrarnos ahí.
–Muy bien. Escucha, puedo llegar al río en una hora, pero tardaré algo más en desembarazarme de los que me persiguen. Además tengo que disponerlo todo para nuestra partida. Puede que aún tarde tres horas más o menos.
–Perfecto. Yo también tengo que recorrer un largo camino, y no quiero llamar la atención tomando una ruta directa. Digamos a las seis en el café.
–No me gusta pensar que hasta entonces estarás sola.
–Daré un paseo por el bosque, para mí es ya como mi jardín. No pasará nada.
–Estaré pendiente de tu llegada.
–No tanto como yo te he estado esperando -dijo Cecil amargamente.
Pero Serge no pudo oírlo pues ella ya había colgado el teléfono.
Capítulo 38
París
–Tengo algo para ti, amigo mío.
–Charles… quiero decir, me alegro de que me llames personalmente.
–No estoy en el despacho, pero de todos modos no quiero hablar más de lo necesario.
–¿De qué se trata? – intentó sin éxito eliminar su excitación de la voz.
–De la grabación de una llamada telefónica efectuada desde un teléfono público en un pueblo de Var, a unos treinta kilómetros de Cannes, a uno de los números que tenemos intervenidos.
–¡Charles, es una noticia estupenda! ¿Hay algo que sea, eh, de especial interés?
–Sabemos el lugar donde se encontrará a las seis de la tarde, la persona que buscan. Hubo algunos patéticos intentos para despistarnos, pero finalmente hemos podido encajar todas las piezas.
-¿A las seis de hoy?
–Sí, de hoy.
–¡Pero eso es extraordinario! Siempre he dicho que eras el hombre más capaz del gobierno.
–Un halago bastante hueco, pero lo acepto por el ánimo con que se me ofrece.
–Claro que debes aceptarlo… Te aseguro que ha sido bienintencionado. Charles, quizá lo mejor sea que escuche la cinta de inmediato.
–Tendrás que enviar a alguien a recogerla. No podemos hacer esto por teléfono.
–Pero apenas hay tiempo para organizarlo todo.
-Mon cher, ése es tu problema. La cinta te espera dentro de un sobre en la garita del portero. Mi papel finaliza aquí.
No quiero saber nada más.
–Te comprendo muy bien. Habrá un mensajero ahí dentro de diez minutos. Y Charles, no sabes cuánto te lo agradezco.
–Ya hablaremos en nuestra partida de golf de la semana que viene. Una cosa más, amigo mío. No debe haber ninguna filtración del papel de mi departamento en este asunto.
–No temas, Charles, no habrá filtraciones. La tierra va a abrirse y milagrosamente se tragará a nuestra víctima.
Abierta y cerrada para siempre… sin dejar el menor rastro.
–No quiero saber más. Sencillamente, no quiero saberlo.
Ella está echada boca abajo, con la cabeza atrapada en aquel lugar, dura como un hueso. Le pica la coronilla, pero ya no puede moverse para rascarse. Está atascada.
Algo está a punto de suceder, algo al mismo tiempo terrible y espantoso. Está atrapada así por esa razón; se