CON EL ENEMIGO ADENTRO
Capítulo 7
Carolina salió del cuarto de Lorena. Había
esperado que se durmiera después de atentar contra su vida. Se dirigió a la habitación de Lucy y, justo cuando estaba por tocar a su puerta, esta se abrió y se halló delante una de las guardias que se acomodaba el cinturón y llevaba una sonrisa bastante satisfecha. Él no dijo nada, dejó de sonreír de inmediato y desapareció por el pasillo.
Lucy se sorprendió al verla entrar como una furia. ―Carol, ¿qué haces aquí? No es hora…
―Tienes que ayudarme ―Carolina cerró la puerta y sus ojos se incrustaron en los de la otra.
―No… no… ―Lucy sacudió la cabeza mientras se colocaba una túnica.
―¿No estás cansada? ¿No estás harta de ser tratada como un objeto sexual? ¡Te han robado seis años de tu vida, maldición! ¡Miles de mujeres han muerto por manos de estos hijos de puta y alguien tiene que detenerlos de una maldita vez!
Lucy la interrumpió. ―¿Y tú piensas de verdad que ese alguien serás tú? ―soltó una risita histérica―. Cuanto eres ingenua… Tú morirás, muchacha. Si sigues con la loca idea de poder salvarnos… morirás. ¡No tienes idea de cuantas antes que tú lo han intentado! ―respiró profundo―.
Yo sé lo que sucederá, Carolina, los de allá afuera terminarán olvidándose de ti. Estas personas son muy potentes, tienen ojos y orejas en todas partes, te descubrirán… te descubrirán y te matarán…
―Necesito que me ayudes a entrar al despacho de Felina ―dijo Carolina, interrumpiéndola.
―¿Qué no me escuchas, muchacha? ―Lucy alzó las manos desesperada―. Lo que quieres hacer es un suicidio. Mejor inicia a resignarte a la idea…
―Tengo que acceder a esa computadora… y necesito tu ayuda
―Carolina la miró a los ojos―. Por favor, Lucy… necesito tu ayuda.
―Tú estás loca… ¡muy loca! ―dijo la mujer de cabello corto y luego de varios segundos en los cuales los ojos de Carolina parecían los de un
cachorrito perdido, asintió―. Está bien… te ayudaré y sé que me arrepentiré de eso.
Carolina esbozó una sonrisa. ―Gracias.
―No me agradezcas nada, muchacha… al ayudarte me estoy poniendo yo misma la soga al cuello ―dijo y se encendió un cigarrillo―. Ya veré cómo hacer para que entres en ese despacho.
―Gracias ―volvió a decir Carolina.
―Sigo pensando que estás loca ―dijo Lucy, haciendo sonreír una vez más a la chica―. Y más loca estoy yo ayudándote ―murmuró, sacudiendo la cabeza.
―Otra cosa… ―la chica se puso seria de nuevo―. ¿Qué me dices de la tal Juliana Conde?
―Que si no llega a aparecer a estas horas no estuvieras aquí.
―Mj ―Carolina bajó la mirada, materializando la imagen de la chica en su mente―. Me habló de salario y de cuotas… y hasta le llamó la atención a Felina por cómo trata a las mujeres aquí… Ella no sabe nada de cómo están verdaderamente las cosas en este sitio. Está a lo oscuro de todo esto ―tomó respiro―. Tal vez…
―Juliana Conde es la copia exacta de su padre, es su mano derecha. La he visto muy pocas veces en realidad; pero he escuchado que es una hija de puta al igual que su padre ―Lucy quedó por unos instantes mirando a la chica que permanecía con la vista al suelo―. Fue un milagro que ella apareciera justo en aquel momento, Juliana no atraviesa jamás esa puerta y mucho menos en horario de trabajo… pero bueno, no puede negarse que no hubo mejor momento para que emergiera su pedacito de corazón sano; muy a mi pesar acepto que estoy sorprendida con su actitud.
―La verdad es que... si no hubiera aparecido de esa forma justo en ese instante... yo no sé qué hubiera sucedido...
―Bueno, tampoco es para tanto eh; es una perra como todos ellos, es parte de la gente que esclaviza y maltrata... un simple gesto no borrará las lágrimas y las muertes de varias mujeres dentro de esta prisión.
―Pero tú misma has dicho que nunca se le ve... Habló de esto como un trabajo, me mostró mi contrato... Quizás sí esté a ciegas...
Lucy sonrió. ―Olvídalo, niña; recuerda que con mentiras todas firmamos contratos que luego resultan ser esos... no podría estar ajena a
todo, es quien maneja las finanzas, y es hija del diablo, ¿o crees que una mansa paloma podría poner a Felina en su sitio?
―Sí... tienes razón ―contestó Carolina, sacudiendo la cabeza.
―Mejor regresa a tu cuarto y descansa cuanto puedas... ahorita enviarán por ti seguramente para que comiences la limpieza.
―¡Rayos!
―Yo pensaré en cómo ayudarte en tu misión suicida… Debo estar loca.
Los días transcurrieron lentamente, sin que Carolina pudiera hallar el modo de comunicarse con su gente. Si todo seguía así, si no conseguía pasar su ubicación, estaría condenada a ser una más de aquellas chicas, sometida y sumisa... su vida y su carrera terminarían entre las paredes de aquella prisión.
Una semana después de estar haciendo de mesera en las noches y limpiando mugre en el día, Lucy le consiguió una oportunidad de cambiar su castigo. Si pasaba a bailar para los clientes ganaría más y podría pagar antes “la multa” por su insubordinación; ciertamente no podía continuar trabajando dos turnos, las horas que le restaban libres eran muy pocas y a ese paso terminaría enfermando, así que accedió.
―¿Lista? ―preguntó Lucy, mirándola a través del espejo mientras ella terminaba de colocarse un labial.
―No lo sé; pero si es el modo para dejar de recoger condones sucios y trapear el suelo, pues toca.
―Así se habla ―Lucy sonrió y le apretó un hombro.
―Ey... ¿no has hecho nada con lo que te pedí? Necesito acceder a esa oficina...
―Calmada... he escuchado que Felina estará unos días fuera, será nuestra oportunidad.
―¿Cuándo se va? ―los ojos castaños de la chica se iluminaron.
―Mañana creo, hallaremos el modo, sin esa bruja cerca será más fácil que te cueles ahí... ¡Ahora dale! Ya acabamos de abrir, está la música.
Cuando entraron al salón, Carolina sintió de inmediato el mismo hedor a alcohol que detestaba tanto, así como el bullicio y los ojos libidinosos de los clientes encima de sí. Llevaba un traje de lentejuelas rojas que cubría muy poco de su cuerpo, y una máscara alrededor de sus ojos. Haló una silla y trepó a una mesa casi al centro del local, a la vez que la música se detuvo e inició otra un poco más... extravagante. Comenzó a moverse sin mirar a un punto exacto, cadenciosa, intentando ignorar los chiflidos y la sensación de tener tantos ojos encima de ella, devorándola; y tras unos pocos minutos, una fuerte atracción la hizo voltear a mirar a la cima.
La puerta casi siempre cerrada estaba abierta; y en lo alto, aquellos ojos que parecían de hielo la observaban. Juliana estaba imperturbable, fumaba un cigarrillo mientras toda su atención estaba sobre aquella mesa... y en cierto momento, sobre los ojos de la bailarina de la máscara, emanando poder y control, como de costumbre.
Cuando la música terminó, Carolina bajó de la mesa de inmediato y fue por un trago a la barra en donde esperaba Lucy.
―¡Estuviste fantástica! Subirás de nuevo, se te da bien, y no me negarás que es mejor que caminar de mesa a mesa soportando clientes propasados cada noche.
Pero Carolina no le estaba prestando atención, no dejaba de mirar hacia el palco ahora vacío y la puerta cerrada en la cima. ―La hija del Conde está aquí, le he visto ―dijo, mirando aún hacia arriba.
―¿Y qué? No tiene nada de raro, es más; si Felina estará fuera, lo más seguro es que ande por aquí más a menudo.
―Será imposible acceder a esa dichosa oficina con ella aquí si como tú has dicho no sale de ella para nada.
―Por la mañana no viene casi nunca ―la mirada de Lucy se deslizó por el lugar hasta hallar en una esquina los ojos de uno de los guardias―.
Además, contaremos con la ayuda de alguien de la seguridad.
Carolina la miró un tanto sorprendida. ―¿Alguien de la seguridad?
―Jonas...
Los ojos de Carolina se volvieron interrogantes.
―El chico que viste salir de mi habitación el otro día... ¿recuerdas?
―dijo Lucy.
―Mj ―asistió la chica más seria que de costumbre.
―No me juzgues...
―No estoy aquí para juzgar a nadie, Lucy... solo pienso que...
Lucy la interrumpió de inmediato. ―No te preocupes, él no es como los demás... y nos cubrirá si yo se lo pido. Confía en mí.
Carolina volvió a asentir, esta vez un poco titubeante. No confiaba en nadie; pero la verdad era que no tenía otra opción.
―Ahora vuelve al palco, cariño, acaba de entrar Felina y no queremos problemas con ella, ¿cierto? ―dijo Lucy, señalando la mesa ya ocupada por un par de clientes que pedían de beber a una de las chicas, y si no tenían su entretenimiento de inmediato iniciarían a desesperarse.
Carolina resopló con mala cara. Se inclinó y se quitó los zapatos y la máscara también.
―¿Qué haces? ―Lucy la miró, exorbitándole los ojos.
―Tengo un calor horrible y estos zancos me están masacrando los pies y, además, no quiero salir de aquí con un pie roto ―respondió la chica y se deslizó hacia su puesto de “trabajo” con pies descalzos mientras se recogía el cabello en una cola alta, usando un elástico que llevaba alrededor de la muñeca.
Subió finalmente encima de aquella mesa sin mirar a los dos tipos que sonrieron al verla llegar, e ignoró sus comentarios asquerosos. Despejó su mente y se dejó llevar por el ritmo de la música, olvidándose de todo y de todos... Sus caderas se movían como las olas del mar en una danza bastante cautivadora, logrando capturar una vez más la atención, no solo de los clientes que la miraban como si fuese un platillo exquisito, sino también la de la patrona Juliana Conde, que allí, en la cima de aquellas escaleras, con una copa en la mano, la observaba con aquella mirada y aquella postura que destilaban autoridad y autosuficiencia a más no poder.
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