CON EL ENEMIGO ADENTRO

Sra. Sotto · Capítulo 10 de 42

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CON EL ENEMIGO ADENTRO

Capítulo 8

Juliana arribó a la residencia Conde casi a las dos de la madrugada. Al parecer había perdido la noción del tiempo en la Villa, nunca permanecía

allí por mucho tiempo, al máximo un par de horas, el trabajo que ejercía allí no le ocupaba más que eso… ni ella misma sabía qué era lo que la hizo permanecer más de lo necesario en ese sitio que no era para nada de su agrado.

Entró en su alcoba y sintió la urgente necesidad de un baño tibio y relajante. Necesitaba quitarse de encima ese desagradable hedor a perfume barato y tabaco, mezclados además con alcohol...

Llenó la tina de agua y entró en esta, sintiendo una agradable sensación cuando el agua tibia acarició su cuerpo desnudo. Oh, sí que lo estaba necesitando. Inició a preparar mentalmente una lista de las cosas que debía hacer al día siguiente, o bueno, ese mismo día ya que dentro de pocas horas amanecería. Era una persona muy organizada, casi se le podía llamar maniaca del control.

Acomodó la cabeza en el borde, cansada... Estaba exhausta. Cerró los ojos, sintiendo los párpados pesados, cuando de repente e inexplicablemente su mente fue invadida por la imagen de la chica que, por algún motivo que hasta ella misma desconocía, no había perdido de vista por toda la noche… Abrió los ojos de golpe como si despertara de una pesadilla cuando sintió una de sus manos deslizarse furtiva por su vientre en busca de refugio entre sus piernas. Se alzó como empujada por un resorte con la respiración agitada, intentando dominar un fuerte impulso que amenazaba con apoderarse de ella… pero no existía nada que ella no pudiera controlar.

Despertó temprano en la mañana como de costumbre. Las pocas horas de sueño no le impidieron abandonar el lecho para comenzar un nuevo día.

Al bajar las escales rumbo al comedor, vio uno de los empleados trajinar un par de maletas fuera.

―Buenos días, papá ―saludó ella, entrando en la habitación y dirigiéndose a su puesto en la mesa.

―Buen día, tesoro ―él sonrió cuando ella le besó la mejilla antes de sentarse. Ella era sin duda la luz de sus ojos.

―Estos días de vacaciones te harán bien… necesitas un descanso

―comentó ella, vertiéndose una taza de café bien fuerte.

―No son vacaciones, tesoro… viajo por cuestiones de trabajo

―puntualizó él, guiñándole un ojo.

―Ah, es lo mismo.

Él sonrió. ―¿Verás al señor Yasikov esta mañana?

―Mj ―asintió ella, posando la taza encima de la mesa―. A las nueve y media en el hipódromo… pero antes debo pasar por la Villa, anoche olvidé mi teléfono celular allá… no sé dónde tenía la cabeza ―murmuró, alzando las manos.

Él la miró. ―¿Algo te inquieta, hija? ―preguntó al verla con la mirada baja y aquel aire sombrío como si algo la perturbara.

Ella reaccionó de inmediato. ―Absolutamente no, ¿cómo crees?

―sonrió y se puso de pie―. Ahora me voy que es tarde. Te deseo buen viaje, papá ―lo volvió a besar en la mejilla y se marchó.

Carolina despertó de sobresalto al escuchar unos leves toques en su puerta, y luego la vocecita de Lucy que le pedía abrir. Saltó fuera de la cama de inmediato y corrió hacia la puerta.

―Vamos, Felina acaba de marcharse ―la informó Lucy que iba vestida enteramente de negro como los ladrones en las películas.

Carol la miró de pies a cabeza; pero no le dijo nada, aunque vestida de esa manera llamaría de seguro la atención…

Escurridizas, se dirigieron hacia el salón donde trabajaban por las noches. Era tan diferente sin la música estridente y las luces fluorescentes, sin aquel bullicio y sin la presencia de aquellos animales malintencionados con que debían lidiar todos los días.

―No tenemos mucho tiempo, Carol ―Lucy llamó la atención de la chica que se había quedado observando aquel lugar inmenso―. Haz lo que debas hacer; pero rápido, por favor. Si nos sorprenden aquí, no nos salvará nadie…

―Lo sé ―la interrumpió Carolina, evitando que dijera lo que ambas sabían sucedería si las sorprendían en aquel lugar―. Solo te pido una cosa; si escuchas a alguien llegar o si no me ves aparecer dentro de diez minutos al máximo, te regresarás a tu cuarto. No quiero que te suceda nada por mi culpa… ¿entendido?

Lucy le sonrió y asintió con la cabeza. ―Ahora ve, no perdamos más tiempo… Yo estaré aquí vigilando la puerta, además, Jonas está de guardia y le pedí que entretuviera a sus colegas y los mantuviera lejos de aquí por un rato. Estaré rezando para que todo salga bien, por Dios ―estaba temblando.

Carolina tomó un profundo respiro y subió finalmente aquellas escaleras, adentrándose en el pasillo que alojaba la oficina de la patrona. Su mirada centró una puerta al otro extremo donde terminaba el corredor.

Tragó saliva y avanzó, deteniéndose frente a una puerta a su derecha, era la del despacho.

―Mierda ―se quejó al constatar que estaba cerrada; mas no se sorprendió, en realidad lo imaginaba. Imposible que no reforzaran la seguridad en un sitio así.

Volvió a mirar hacia la puerta del fondo y luego a la cerradura, mientras llevaba una mano a su cabeza y tomaba un par de horquillas que había tomado antes de emprender aquella misión, intuyendo que las necesitaría.

Logró abrir fácilmente la cerradura con las benditas horquillas y allí, encima del escritorio, divisó la computadora que para ella en ese momento era como haber encontrado el Santo Grial; lo que podría ser su pase de salida de aquel sitio, si lograba descubrir datos importantes.

Se sentó en el trono de la patrona y prendió el aparato. Cuando tuvo finalmente acceso a internet entró en su correo electrónico personal y tecleó el mensaje donde informaba a sus superiores que estaba dentro de la boca del lobo y daba algunos detalles del sitio, todo aquello que había percibido durante el trayecto del puerto hasta ahí, no sabía exactamente donde se

hallaba la Villa; pero tenía un par de sospechas y esperaba vivamente que fuera una de esas.

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