CON EL ENEMIGO ADENTRO

Sra. Sotto · Capítulo 7 de 42

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CON EL ENEMIGO ADENTRO

Capítulo 5

Para Carolina los días pasaban lentos y en las

madrugadas, cuando finalmente “el trabajo”

terminaba y se encerraba en su alcoba, se le hacía imposible contener algunas lágrimas. En

poco más de una semana había visto demasiadas escenas traumatizantes y ella era de carne y hueso, por lo cual terminaba acurrucada en aquel lecho entre sollozos, como la mayoría de las chicas que se hallaban en aquella situación contra su voluntad.

En esos días no había tenido problemas y mantenía un perfil bastante bajo y, no obstante su nivel de tolerancia fuera par a cero, iniciaba a controlar su instinto comportándose como una chica “sumisa” y servicial; pero era una tarea terriblemente difícil dado su carácter rebelde. Aún no hallaba un modo de comunicación y eso la desesperaba, y en algunas ocasiones, mientras sollozaba junto a su almohada, se cuestionaba seriamente si era fuerte lo suficiente como para resistir meses en aquel sitio de malvivientes…

Frente al espejo, se terminaba de maquillar para iniciar un nuevo día –

noche – de “trabajo”. Ya era el décimo día en aquel asqueroso sitio. Llevaba más de una semana como esclava e iniciaba a sentir el cansancio y la depresión. Respiró profundo y terminó de pintarse los labios de rojo fuego.

No le quedaba bien ese color; pero hacía juego con el traje de encaje que llevaba puesto esa noche.

Un guardia la acompañó hasta el local a media luz donde la música era estridente y el olor repugnante a perfume y tabaco contaminaba todo el ambiente. Su mirada se deslizó hasta la cima de unas escaleras donde había una puerta que se mantenía siempre cerrada. Había escuchado a algunas chicas decir que aquella puerta conducía al ala donde se hallaba el despacho de Felina, quien controlaba todo en aquella Villa y quien de seguro tenía una computadora o un teléfono que ella podría usar para comunicarse con su capitán. Necesitaba encontrar un modo para entrar en aquel despacho; pero había guardias en todas partes…

―Ey, nena, ¿nos traes tres whiskies? ―un sujeto sentado con otros dos, alrededor de una mesa redonda donde una chica bailaba semidesnuda en el centro de esta, llamó su atención.

Ella forzó una sonrisa y asintió, trayéndoles el pedido de inmediato y obteniendo como recompensa por su buena labor un apretón en el trasero.

―¡Ey…! ―se enmudeció de inmediato, mordiéndose la lengua y tomando un profundo respiro, recordando siempre las famosas palabras de Lucy:

«suceda lo que suceda, soporta y sonríe».

―¿Qué? ―uno de los sujetos se levantó de su silla.

―Nada ―ella sonrió, mordiéndose el labio inferior con aire inocente―. Le deseo una estupenda noche.

El tipo miró a sus amigos y luego de nuevo a ella. ―Ven aquí.

Ella miró a todas partes y se aclaró la voz. ―Hum… no quiero proble…

―¡Que vengas aquí he dicho! ―el tipo bebió de un sorbo su trago. Ya estaba ebrio y se notaba―. ¿Sabes quién soy yo?

―N-no ―ella mintió, sabía perfectamente quien era él.

Javier Oteros, acusado en el 2010 por tráfico de estupefacientes y homicidio culposo, desgraciadamente las acusas cayeron antes del juicio, seguramente porque pagó unos cuantos millones para que cancelaran las pruebas que lo incriminaban… Era un maldito traficante de drogas.

―Soy Javier Oteros y esta noche se me apetece que bailes para mí y mis amigos ―miró a la chica encima de la mesa que continuaba a bailar como si nada―. ¡Bájate! ―le ordenó en voz alta, llamando la atención de Lucy que se acercó de inmediato.

―¿Qué sucede? ―preguntó sonriendo como siempre la de cabello corto; pero esa noche llevaba una peluca dorada que hacía juego con su mini vestido de lentejuelas.

―Quiero verla bailar para mí ―él también sonrió.

La mirada de Carolina se deslizó hacia las escaleras donde la puerta estaba abierta y los ojos de Felina la observaban atentamente desde la cima, luego volvió a mirar a Lucy, sacudiendo la cabeza casi imperceptiblemente.

―Perdone usted; pero yo no…

―Carol ―espetó Lucy, hablándole en un tono de voz fuerte―, sube a la mesa, cariño ―le sonrió, enmascarando su petición que era casi una súplica.

La atención de los tipos de la mesa estaba toda en ella, y de pronto halló frente a sí un par de ojos que destilaban fuego, clavados en ella como si quisieran calcinarla por completo; Felina.

―¿Qué demonios está sucediendo aquí? ―preguntó la patrona, poniendo con fuerza la copa que traía sobre la mesa.

―Es solo un pequeño mal… ―intentó suavizar la situación Lucy; mas era tarde ya, la mecha para Carolina estaba ardiendo y la pólvora a punto de estallar.

―¡Sucede que esta gata se niega a bailar en mi mesa! ―exclamó el tipo, muy borracho y tal vez hasta drogado―. Y ya me conoces, Felina…

no soy hombre que acepte un no por respuesta, además de ser uno de tus mejores clientes.

―Mj… tienes razón, Oteros, te ofrezco una disculpa por parte de la casa y… te ofrezco un “aderezo” , para que olvides este feo incidente; un

“trouble-dance” ―dijo Felina y sonrió retorcida, a la vez que tomaba la punta de lo que parecía un cinturón y desenrolló un látigo de alrededor de su cintura, entregándoselo al tipo―. ¡Muchachos! ―gritó y de inmediato tres de sus hombres empuñaron sus armas en contra de Carolina.

―Felina, no hagas esto ―dijo Lucy; pero fue en vano.

―Sube a la dichosa mesa, niña. ¡Ahora! ―le ordenó la jefa a Carolina mientras el tal Javier siseó en el aire el látigo y golpeó sagazmente la mesa, con una sonrisa retorcida en los labios―. Es eso… o una bala en esa cabecita evidentemente estúpida ―la encañonó ella también.

«Rayos»… Se lamentó Carolina mirando a su alrededor. No le quedaba de otra que obedecer y afrontar las consecuencias de haberse cruzado con un tipo como Javier Oteros, quien no dudaría en fuetearla como a un animal y disfrutaría con cada ápice de dolor. Se cuestionó cómo Felina podía actuar así; cómo una mujer era capaz de sugerir que lastimaran a otra, y sintió asco… un asco más grande que el miedo que sentía. Se dispuso a subir cuando Felina la detuvo, agarrándola fuerte del brazo.

―¡Espera! ―sonrió, con esa cara que reflejaba la ocurrencia de alguna idea aún más macabra―. Muchachos, traigan el collar…

―¡¿Qué?! ―exclamó Lucy, exorbitando los ojos―. Felina, no… es demasiado, piénsalo, pasarán días en que estará inutilizable esta chica, no hay que llegar a tanto.

―Tú te callas, si es que no quieres hacerle dúo a este baile.

En segundos apareció uno de los enormes guardias del antro, arrastrando una cadena con un collar canino atado a un extremo. Carolina también exorbitó los ojos, comprendiendo que si antes su situación era grave, ahora era crítica.

―¡Eso! ―bramó Oteros visiblemente excitado, seguramente dopado hasta la médula con alguno de sus estupefacientes.

El resto de los clientes que ya se habían aglomerado alrededor de la mesa iniciaron a chiflar y a gritar férvidos que subiera ya. Dos de los tipos de Felina sujetaron a Carolina que no se resistió esta vez, mientras Felina iniciaba a ponerle la correa al cuello.

―Ahora vas a aprender a obedecer a la primera, niña… vas a sentir en carne propia lo que sucede cuando no sigues las reglas de obediencia…

El bullicio de los presentes y los ánimos caldeados cedieron cuando un disparo interno al aire sembró la desesperación entre todos, haciéndolos agacharse por instinto de supervivencia y sintiéndose indefensos ya que, siguiendo las reglas de la casa, debían entregar sus armas en la entrada.

Felina reconoció de inmediato la proveniencia del disparo y sus ojos se clavaron en los de Juliana Conde, que estaba parada frente a la oficina con el arma en la mano aún en dirección a la mesa.

―¡Este fue al vacío… el próximo va al que intente continuar con este circo! ―afirmó la heredera Conde, fulminando a Felina con la mirada.

―Juliana, cielo ―la jefa de casa sonrió―, sigue en lo tuyo, querida, aquí no más estamos… imponiendo disciplina; y es un juego, solo un baile.

Enciérrate que esa puerta es a prueba de todo, incluido el ruido, querida…

Qué clase de jefa soy si no impongo respeto y castigo al que cometa faltas…

―Creo que no me estás entendiendo… dije que se terminó, y aquí la patrona… ¡soy yo! ―se impuso Juliana y disparó a una de las lámparas de una esquina del salón dando en el blanco―. Quiero que despejen la mesa y continúen a la buena lo que sea que hacían antes de todo esto… tampoco me gusta que me desobedezcan… Y tú, Felina, sube de inmediato ―luego sus ojos encontraron por primera vez los de Carolina―. Tú vienes también, muchacha ―luego dio la vuelta y entró a la oficina, dejando la puerta abierta.

Felina dio una palmada al aire, tratando de recuperar el control de todo, como solía hacer. ―¡Arriba, a divertirse, señores! Tragos libres en cada mesa, niñas, esta ronda la pone la casa ―luego se acercó a Carolina antes de tomar las escaleras―. No creas que olvidaré tu actitud, niña... Ahora sígueme, y cuidadito con lo que sale de esa boquita; porque te queda claro que soy muy capaz de arrancarte la lengua con mis uñas ―la empujó a un lado y subió, seguida por la chica…

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