CON EL ENEMIGO ADENTRO

Sra. Sotto · Capítulo 12 de 42

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CON EL ENEMIGO ADENTRO

Capítulo 10

Carolina caminaba de prisa, en silencio y con la mirada gacha, no sabía qué diablos le había sucedido en aquel maldito despacho con la hija

del hombre al cual deseaba tanto borrar de la faz de la tierra. No comprendía por qué había sucumbido a la tentación de besarla, de tocarla, de sentirla… No entendía cómo había sido posible para ella perder el control de sí misma de esa manera, era una mujer bastante profesional y con un admirable autocontrol. No era una chiquilla de la segundaria con las hormonas alocadas. Ese lugar la estaba haciendo enloquecer, no había otra explicación para su inmaduro e imperdonable comportamiento.

―¿Que sucedió? ¿Qué te inventaste para evitar un proyectil entre ceja y ceja? Dios… temí por tu vida, muchacha ―Lucy, en puros temblores, la asedió de preguntas al verla entrar en el cuarto.

―No sucedió nada ―respondió la chica, cerrando la puerta.

―Juliana te…

―Ya te dije que no sucedió absolutamente nada, Lucy ―su voz sonó bastante alterada; mas rápido la suavizó porque ciertamente Lucy no se merecía que descargara con ella su mal humor―. Me inventé un mar de mentiras… que estaba ahí para platicarle acerca del famoso “contrato”. Sigo pensando que está a lo oscuro de lo que sucede aquí…

―¿Y te creyó? ―Lucy no sabía controlar su nerviosismo, prendió un cigarrillo.

―Bueno, estoy viva, así que creo que se lo creyó ―no lograba arrancar de su memoria lo vivido en aquel despacho―. Dame uno

―también necesitaba un cigarrillo y una ducha bien fría, y tal vez un fuerte golpe en la cabeza que le provocara una amnesia permanente...

Lucy le entregó un cigarro ya encendido. ―¿Al menos lograste acceder a la computadora?

Carol asintió. ―Sí… ahora no me queda nada más que esperar

―exhaló una bocanada de humo y luego apagó el cigarrillo casi intacto en el cenicero encima de la mesita de noche al lado de su cama―. Ahora necesito descansar, no he dormido nada y estoy exhausta.

Lucy también apagó el cigarrillo. ―Nos vemos más tarde ―dijo y se deslizó hacia la puerta.

―¿Lucy? ―Carol la hizo detener y voltear la mirada―. Gracias…

gracias por todo, por arriesgar tu vida…

Lucy esbozó una media sonrisa. ―Yo también deseo tanto que ese hijo de puta pague por todo el daño que ha causado y que continúa causando

―y tras estas palabras se marchó.

Cuando Carolina vio la puerta cerrarse se dejó caer de espaldas en el lecho. Cerró fuerte los ojos; pero sabía que le sería imposible conciliar el sueño si su mente continuaba siendo presa de aquel recuerdo de ella misma devorando los labios de aquella mujer, sus manos tocándola, su cuerpo –

aunque hubiera sido por un breve momento – deseándola. No dejaba de pensar en lo que hubiera sucedido si no las hubieran interrumpido en aquel momento. Necesitaba una ducha para quitarse de encima el perfume de aquella chica… un perfume extremadamente delicioso y adictivo…

Necesitaba absolutamente borrar de su cuerpo cada huella de aquel momento… un momento bastante intenso, por decir lo menos.

Juliana llegó al hipódromo a las diez de la mañana. Tenía previsto llegar antes porque detestaba las impuntualidades; pero luego de abandonar la Villa tuvo que pasar nuevamente a casa por un cambio de ropa después del incidente en su despacho; algo que no dejaba de dar vueltas en su cabeza y de lo cual debía desprenderse de momento porque estaba a punto de encontrarse con Mijail Yasikov, el hijo de la cabeza de la organización rusa con la cual mantenían negocios los Conde. Hacía algún tiempo venía diciéndole a su padre que no se fiaba de los rusos, y finalmente habían acordado cerrar tratos.

Llevaba un sobretodo gris colocado sobre sus hombros y un hermoso vestido negro que acentuaba sus curvas. En cuanto uno de sus hombres descendió y checó el perímetro en cuestión de segundos, le abrió la puerta y ella descendió del vehículo magnánima como siempre... Sabía que se estaba metiendo a la boca del lobo; el hipódromo era propiedad de los rusos y ya no habían las mejores relaciones entre ellos; sin embargo, accedió a encontrarse ahí porque la reunión sería durante una famosa carrera. Yasikov

no pondría en riesgo su negocio a plena luz del día. Si no hubiera accedido, mostraría temor, y una mujer que llevara a cabo ciertos negocios no podía permitirse verse débil jamás.

Avanzó con paso firme hasta el ascensor desde donde uno de los empleados se encargó de guiarla, seguida por sus dos guardias.

Cuando el ascensor se detuvo, el chico alto y fornido de cabeza rapada alzó una mano. ―Ellos deben esperar aquí, el señor Yasikov la espera solo a usted, no podrán acompañarla.

Sus escoltas dieron un paso al frente, colocando instintivamente las manos en sus armas; pero ella los detuvo.

―Muy bien ―dijo ella al cabo de unos segundos―, llévame con tu jefe y terminemos con esto ―luego se volteó hacia sus muchachos―.

Ustedes esperen junto al ascensor ―les dirigió una mirada cómplice y siguió al ruso por un pasillo con amplias ventanas de cristal que daban a la pista en donde corrían los caballos, hasta llegar a una puerta al final que el chico tocó tres veces y de inmediato se abrió. Luego él se hizo a un lado, indicándole entrar y cerró, quedándose fuera.

―Siempre un placer reunirme contigo, Juliana ―dijo el hijo del famoso mafioso ruso que controlaba gran parte del crimen en la ciudad, mientras se ponía de pie para ofrecerle la mano.

―Me sorprendió mucho que no acudiera tu padre, el trato lo iniciamos con él.

―Ha viajado a la gran patria rusa ―contestó el tipo con aquel acento muy suyo y sonrió―. Y en cambio yo estoy... encantado de que vinieras tú.

Pero siéntate, querida, estamos solos ―dijo, acercándose para ayudarla con el capote; mas ella rehusó su ayuda.

―Estoy bien así, gracias ―respondió y se sentó en la poltrona, colocándose la prenda sobre las piernas.

―¿Gustas algo de beber? He mandado traer vodka; pero una llamada y traerán lo que gustes ―dijo Mijail, tomando la botella que había en la pequeña mesita entre los dos y sirviendo un trago.

―No, gracias... buen provecho. No bebo cuando trabajo, prefiero que vayamos directo al grano; cerraremos negocios con ustedes y trazaremos los límites de los territorios en que operaremos ambos para no tener problemas.

El tipo casi se atora con el trago que había bebido por la risa incontenible que le sucedió al escucharla. ―¿Límites? ¿Pretenden vedarnos algunos territorios? Mala jugada, princesa Conde... Es imposible, no admitimos prohibiciones de movimiento dentro de “nuestro” territorio.

―Es un trato justo... ustedes operarán en una zona... nosotros en otra, sin competencia ni enfrentamientos innecesarios. Piénsalo.

―No hay nada qué pensar, la respuesta es no... y mejor reconsideren porque aún tengo clavada la espinita de los hombres que perdí en el aparcadero, mi otro muchacho me contó que te portaste muy mal ―dijo el ruso mientras sacudía la cabeza negativamente―. No son modales para una ladie, menos para una que creció en cuna de oro y se cree astuta; pero no es más que una niña tonta que se mete en mi propio terreno a intentar poner condiciones.

Juliana sonrió y lo miró a los ojos, mientras tomó el vaso que él dejara sobre la mesa y terminó el trago. ―Hubiera preferido que viniera tu padre...

por el rumbo que está tomando esta plática, creo que no nos vemos a entender.

―Pues mala para ti, esta es mi casa, son mis reglas, ¡y me importa poco iniciar la guerra que mi padre se ha cohibido de empezar, tal vez por viejo! ―exclamó él mientras echaba mano a su arma; pero para cuando la tuvo ya tenía una pistola con silenciador apuntándole por encima de la mesa.

La chica sonrió. ―Tranquilo “camarada”... no vine por esto; pero no voy a permitir que un drogadicto de mierda ponga en tela de juicio mi competencia.

―¡Eres una maldita perra, Juliana!

―Tal vez... tal vez; pero me sobra cerebro para saber que no dispararías contra mí aquí ahora... así que no intentes intimidar a nadie y guarda tu arma, no seas ridículo ―ella se puso de pie sin dejar de apuntarle―. Saldré y no harás absolutamente nada o tus establos vuelan y tu padre te matará por hacerlo perder millones en sus caballos… Tranquilito

―guardó el arma lentamente y en su lugar tomó lo que evidentemente era un detonador.

―Maldita perra ―casi escupió cada palabra el ruso y luego dijo un comentario en su lengua natal, evidentemente ofensivo.

―Descuida, si no aceptaste el trato de paz es tu rollo... pero los negocios aquí terminan ―respondió Juliana, caminando hacia la puerta―.

Salúdame al viejo Yasikov... y cuídate... ya no estamos en el mismo barco.

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