CON EL ENEMIGO ADENTRO
Capítulo 13
Carolina abrió los ojos lentamente y quedó
inmóvil al ver los brazos que la rodeaban y que
permanecía desnuda en aquel diván oscuro.
Quizás llevaba pocos minutos dormida; pero a
ella le pareció una eternidad en el paraíso. No se atrevía a moverse porque no sabía cómo actuar ni qué decir cuando se miraran las dos de frente; ella y la mujer a la que se suponía debía inculpar y meter con su padre a la cárcel... y que ahora estaba ahí, desnuda tras su espalda. Sentía la agradable calidez de su cuerpo…
Un beso en su hombro y unos dedos que jugaban en su pelo la hicieron sonreír, luego poco a poco se liberó del abrazo y se puso de pie.
―¿Qué hora es? ―preguntó la agente en voz muy baja sin mirarla mientras recogía del suelo sus ropas e iniciaba a vestirse ante la mirada seria de Juliana.
―Las siete... ¿por qué? ―respondió Juliana y lanzó otra pregunta ante la cual solo recibió silencio. La vio acomodarse el cabello con los dedos como pudo y luego salió escurridiza del despacho, sin decirle nada y sin siquiera verle a la cara.
Juliana se sentó y se cubrió el rostro con ambas manos. Una sonrisa de extraño significado para ella se apoderó de sus labios, luego los rozó con la punta de sus dedos sintiendo el sabor de aquella chica impregnados en ellos, en sus dedos… en toda su piel. ¿Qué diablos significaba aquella sensación que sentía en su estómago? ¿Y por qué demonios ahora sentía un vacío dentro de sí si minutos antes se sentía tan… completa? Nunca antes se había sentido asì. Volvió a mirar a la puerta y algo extremamente raro sucedió en sus ojos; se humedecieron… Se levantó de súbito y se frotó los ojos, buscando luego sus vestimentas y su teléfono.
―¡Mierda! ―exclamó cuando al encender el aparato se dio cuenta de las veinte llamadas a las cuales no respondió. Marcó el mismo número y llevó el celular a su oído mientras torpemente, usando una sola mano, inició a vestirse―. ¿Qué sucede?... ¡¿Qué?! ―exclamó exorbitando los ojos―.
¿Mi padre está bien?... Llego enseguida.
Carolina entró en su habitación como una furia. No comprendía qué diablos le pasó por la cabeza en aquel momento; ¿cómo pudo hacer lo que hizo? ¿Cómo pudo permitir que sus deseos tomaran el control de sí? ¿En qué demonios estaba pensando? Había perdido completamente la cabeza, no había otra explicación. Ella estaba ahí por un motivo, no podía permitirse perder de vista el objetivo. Estaba en juego la vida de muchas personas, y ella era la única que podía salvarlas, estaba ahí para salvarlas.
Tenía que concentrarse en la misión y solamente en la misión, y la misión era clara como el agua; capturar a los Conde y a todos sus secuaces y detener de una vez todos sus actos criminales, limpiar el mundo de esos malnacidos que traficaban mujeres, las esclavizaban, usaban sus cuerpos como objetos sexuales para aumentar sus cuentas bancarias, las vendían y las maltrataban como si fueran animales…
―¡Maldición! ―rugió enfurecida consigo misma mientras tiraba al suelo todo lo que había en la cómoda.
Apretó el borde de madera con sus puños y alzó la mirada, clavándola en su reflejo. Estaba temblando y sentía miedo, miedo a no poder dominar aquello que sentía cuando estaba cerca de aquella mujer, ni ella misma sabía explicarlo, era una especie de atracción magnética. Solo sabía que cuando la tenía enfrente olvidaba hasta su propio nombre. Y cuando sus ojos caían sobre los suyos sentía sus piernas aflojarse, y cuando sus manos la tocaban sentía un hormigueo recorrerle toda la piel, y cuando sus labios la besaban sentía que el tiempo se detenía para ellas…
Juliana descendió del auto de prisa y corrió hacia la puerta de entrada de la fortaleza Conde. Subió las escaleras y fue corriendo a la habitación de su padre, hallándolo tendido en el lecho con un hombro vendado.
―¡¿Papá?! ―exclamó la chica, acercándose a la cama―. ¿Qué demonios sucedió? ―esta vez sus palabras fueron dirigidas hacia Felina y los dos gorilas que se encontraban de pie, cerca de la ventana.
―Los rusos han iniciado la guerra, mandaron un sicario ―dijo el viejo, llamando la atención de su hija que miraba a Felina y a los dos tipos como si quisiera fulminarlos.
Ella caminó hacia los tipos. ―¿Cómo coño permitieron que mi padre saliera herido? ¡Son una partida de incompetentes! ¡Les pagamos para que protejan su vida a costa de las suyas propias! ¡Esto no…!
―Juliana ―el patrón alzó un poco la voz para lograr que ella lo escuchara―. Estoy bien, el proyectil me atravesó el hombro…
―¡Un par centímetros más abajo y ahora estuvieras muerto!
¡Maldición! ―los ojos de la chica destilaban fuego. Tomó un profundo respiro―. Esto no se quedará así. Si esos mugrientos quieren la guerra; pues la guerra tendrán.
El viejo se quejó cuando intentó acomodarse en la almohada. ―No quiero que hagas nada, Juliana… de hecho, no quiero que salgas de esta casa por el momento. Ya he mandado a duplicar la guardia… y los chicos se están encargando de traerme la cabeza de ese gusano.
―¿Qué? ¿Estás bromeando? ―ella sacudió la cabeza en total desacuerdo―. ¡Te traeré yo misma la cabeza de ese hijo de puta! ―y tras esta promesa la chica se dispuso a abandonar la habitación; pero la voz ronca y autoritaria de su padre la detuvo.
―¡No harás nada, Julia! ―la llamó con el nombre de su madre, nunca lo hacía, solo en las pocas ocasiones que le llamaba la atención.
Ella se volteó lentamente. ―¡Papá… sabes perfectamente que puedo encargarme de este asunto y terminarlo en un chasquido de dedos! Yo y mis hombres…
―¡Harás lo que yo te diga, carajo! ―el viejo se volvió a quejar; pero ignoró el dolor y se puso de pie.
―Papá…
―Te quedarás tranquilita, Juliana ―le dijo con la voz más calmada, caminando hacia ella―. Eres mi única hija… eres mi tesoro más preciado y eso, por desgracia, hace de ti el blanco perfecto. Te usarán para destruirme porque saben que si algo llegara a sucederte yo…
―Papá ―ella lo miró a los ojos, aquellos ojos que estaban húmedos y desbordaban amor por ella―, ya... no te esfuerces ―respondió mientras lo guiaba de regreso a la cama―. Solo para que estés tranquilo, ok... me
quedaré unos días y trabajaré desde casa. Ahora recuéstate, quiero que descanses.
Cuando lo condujo nuevamente hasta el lecho, se pasó las manos por la cabeza y caminó hasta la ventana, divisando desde ahí los hombres cuidadosamente colocados para proteger la residencia.
Luego se dirigió a Felina. ―Tú regresa a la Villa, las cosas no están como para andar descuidando ningún punto... Contrata otro puñado de hombres porque los necesitamos; esos desgraciados nos atacarán de nuevo y no estaremos desprevenidos.
―Pero tu padre necesita que...
―Necesita recuperarse y yo me aseguraré que lo haga, y a ti te necesita más cuidando de ese negocio; créeme.
Felina solo miró hacia su amante que permaneció en silencio, sin entrometerse. ―Por supuesto... saldré para allá de inmediato y me encargaré de la seguridad del sitio, no se preocupe.
―Ok ―contestó Juliana, luego fue y le besó la mejilla a su padre―.
Yo iré a mi habitación por un baño y luego iré a trabajar desde el despacho en el ordenador. Citaré una junta con los jefes de guardias para después de almuerzo.
―Oh, hija, ¿no piensas descansar un rato? Acabas de llegar, ni has pasado la noche en casa...
―No lo necesito, papá, no te preocupes; necesito el control de la situación... solo así podré descansar luego.
OceanofPDF.com