CON EL ENEMIGO ADENTRO

Sra. Sotto · Capítulo 16 de 42

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CON EL ENEMIGO ADENTRO

Capítulo 14

Transcurrieron un par de días que en la Villa no se supo nada de los patrones. Felina llevaba las riendas del negocio a su antojo; pero ciertamente estaba haciendo un buen trabajo con la seguridad y, ocupada en eso, tenía muy poco tiempo para ensañarse con las chicas.

Ya se cumplía el tercer día desde que a Carolina la contactara su gente mediante otro agente, así que tal como acordaran, esa noche tendría baile privado. Se encontraron en el mismo cuarto de la primera vez y, como entonces, la chica revisó de inmediato la ausencia de cámaras.

―¡El sitio está limpio!

―Perfecto… ¿Cómo está, teniente Scott? ―preguntó el tipo, extendiéndole la mano.

―Loca por terminar lo que vine a hacer, no tiene idea de lo que es este encierro ni las cosas que he visto en este sitio.

―Me imagino; pero ya está por terminar.

Los ojos de Carolina se iluminaron. ―¿Qué está sucediendo? Hace un par de días noto más guardias que de costumbre, y Juliana... la mano derecha del Conde no se ha asomado por acá, lo cual es extraño.

―El viejo ha sufrido un atentado.

―¡Los rusos!

―Exacto, los Conde están manteniendo un perfil bajo mientras Lucio se recupera de una herida que sufrió; pero se viene algo grande... algo que debemos aprovechar para desmantelar por completo esta red, así cortamos todas las cabezas de un tajo.

Carolina lo miró a los ojos interrogante. ―¿A qué te refieres?

―Sabemos de muy buena fuente, que los Conde están organizando un contraataque; pero que además golpearán a los rusos cerrándoles todas las puertas de todos los proveedores... los sacarán de las calles literalmente, y para ello crearán una alianza muy fuerte los capos de aquí.

―¿Se unirán para sacar del juego definitivamente a Yasikov?

―Sí... Al parecer le debe muchas a todos... para ello, dentro de algunos días, se realizará una reunión muy importante con todos estos criminales, liderada por los Conde y la cual se efectuará...

―¿¡Aquí!?

―Exacto, nuestro informante asegura que este será el punto de encuentro, solo no tiene acceso a la fecha... y eso, manda el capitán que lo averigüe usted, teniente. Armaremos un operativo impecable y caerán todos, y será ese su último día en este sitio.

A la teniente se le iluminaron los ojos. ―No veo la hora.

―Debe ser en cuanto termine de recuperarse Lucio Conde, atenta, teniente, debe averiguar la fecha de esa reunión como sea... y finalmente terminará su misión…

Cuando Carolina salió de aquel privado, tenía todos los motivos para alegrarse, su operación sería un éxito y su sacrificio daría el resultado esperado; sin embargo, algo que no podía explicarse la preocupaba.

Terminó su último baile en la madrugada y al cerrar el salón se dirigió a su habitación como cada una de las demás. Soltó los tacones que le tenían los pies adoloridos y se sentó frente al espejo de su tocador a retirarse el maquillaje cuando unos toques leves a su puerta la hicieron sobresaltar.

Caminó hasta ella y aferró el picaporte.

―¿Quién es? ―preguntó inquieta, a esa hora nadie solía llamar a su puerta a menos que estuviera en líos y hacía rato no se metía en ninguno.

―Juliana... Juliana Conde.

No contestó, hubo un silencio de varios segundos y finalmente la puerta se abrió. Juliana entró de inmediato y cerró a sus espaldas, quedándose cerca de la entrada.

―¿Ha visto qué hora es? Mi horario terminó hace varios minutos y muero por un descanso. ¿Qué la trae hasta aquí? ―preguntó Carolina en tono hostil mientras lanzaba bruscamente la servilleta sucia de maquillaje a la basura.

―Disculpa, lo sé que es tarde; pero yo...

―No dé más vueltas y sea breve, esta noche tuve un privado y estoy exhausta ―dijo Carolina, frunciendo el ceño con aire indiferente.

El rostro de Juliana cambió... pero no era esa actitud fría y superior que mostraba siempre, denotaba otra cosa, algo que era inusual verle y sacudió la cabeza mientras se volteó violentamente hacia la puerta.

―Disculpa, no debí venir.

―¡Espera! ―exclamó la otra chica y se abalanzó tomándola de un mano antes de que abriera la puerta―. Disculpa tú... mi aspereza... no te vayas sin decirme a que viniste.

―Yo... tal vez no debería estar aquí; pero... necesitaba verte ―dijo la patrona, alzando la cabeza y mostrando el rostro, algo macerado por la falta de descanso y la preocupación dibujada en el par de bolsas enrojecidas debajo de sus párpados.

Algunos fuertes latidos golpearon impetuosos el pecho de la agente.

―¿Necesitabas… verme? ―lo preguntó como si fuera algo imposible de creer.

Juliana solo asintió, quedando en silencio, perdida en aquellos ojos que aún cansados eran los más hermosos en los cuales se había reflejado.

Pese a la voz de la razón que le gritaba fuerte en su cabeza «déjala ir», pese a la infinidad de motivos que existían por los cuales debía dejarla ir, motivos que evidenciaban que entre ellas no podía existir absolutamente nada, Carolina no se resistió a aquello de lo cual no tenía explicación; pero que se hacía paso en su interior indómito, irrefrenable… era algo más que simple atracción…

El agarre que sujetaba la mano de Juliana cedió un poco, dando espacio a una caricia que se deslizó por todo su brazo, por su hombro hasta llegar a su rostro y sentir la suavidad y calidez de aquellos dedos en su piel. Su mirada se detuvo a contemplar aquellos labios entreabiertos que parecían llamarla a gritos; pero no se movió de un centímetro aun sintiendo que cada fibra de su cuerpo necesitaba saciar la sed en el oasis de aquella boca. Se estremeció al sentir aquellos dedos deslizarse hasta su cuello erizándole la piel y luego hundirse en su cabello… e instintivamente cerró los ojos cuando aquellos labios dulces rosaron los suyos en un beso suave, en un beso que logró calmar la tormenta en su interior. Sus manos resbalaron por las curvas de su cuerpo hasta sus caderas, atrayéndola hacia sí, necesitando sentirla muy junto a ella…

Carolina no estaba pensando en nada más que en la mujer que tenía en frente y en el incontenible deseo de entregarse por completo a lo que estaba sintiendo. Poco a poco, sin prisa, entre besos suaves, lentos, tiernos y húmedos la fue despojando de cada una de las prendas a la vez que la otra hacía lo mismo con ella. La envolvió en un abrazo fuerte y muy confortante; al igual que Juliana, ella también estaba sintiendo esa misteriosa necesidad de sentirla muy cerca de sí. Se separó un poco, apoyando su frente en la de la otra, y respiró profundo mientras la tomó de una mano y luego la haló dócilmente, conduciéndola hasta la cama.

Sus cuerpos desnudos y entrelazados parecían querer fundirse en un solo cuerpo encima de aquel lecho, que sería testigo del inolvidable momento en el cual ambas se entregaron completamente la una a la otra.

Las caricias y los besos se hacían cada vez más intensos, más ávidos…

La espalda de Juliana impactó contra el colchón. Cerró los ojos y gimió, sintiendo aquellos labios húmedos y calientes en su cuello, muy cerca de su oído, y luego los sintió de nuevo en su boca y resbalar por su barbilla hasta detenerse en su pecho. Cada caricia, cada beso en su piel le provocaba sensaciones nuevas que despertaba los lugares más recónditos de su ser. Tembló cuando sintió el roce cálido y húmedo de la lengua de Carol dibujar círculos alrededor de sus pezones y, poco a poco, fue bajando por su vientre hasta su ombligo mientras buscaba acomodo entre sus piernas.

Carolina posó besos suaves en la pelvis de aquella mujer, besos calientes… sus labios resbalaban entre aquellos otros saboreando la dulzura de aquel sexo sin prisa, sin apuro… lamiendo suavemente, sintiéndola estremecerse de placer, deseando prolongar hasta el infinito aquel delicioso momento…

Juliana haló a Carolina y la llevó encima de sí hasta tener acceso a sus labios. La besó y la envolvió entre sus brazos con urgencia y se quedaron allí por unos instantes, tranquilitas, mientras sus corazones latían al unísono y buscaban el modo de controlar sus respiraciones… Deslizó luego sus manos por la espalda de la agente, haciéndole erizar cada vello de su cuerpo… posó un beso en su hombro y luego otro en su cuello…

Se miraron a los ojos y sus labios se atrajeron una vez más como imanes. Rodaron por la cama y, sin saber cómo, Carolina quedó de espaldas a la heredera, quien se humedeció los labios mientras deslizaba la punta de los dedos por la superficie de su piel, recorriendo cada centímetro que

tuviera a su alcance mientras posaba pequeños besos en su cuello, haciéndola vibrar… Fue Calorina quien le tomó la mano y la llevó hasta su propia pelvis y amabas gimieron al unísono; Carolina al sentir aquel deseado contacto y Juliana al sentir su sexo caliente, húmedo y palpitante…

Inició a acariciarla suave, lento. Sus dedos resbalaban entre aquellos labios, intensificando cada vez más la caricia hasta sentirla estremecerse y entregarse por completo al trepidante orgasmo que la llevó a gritar de puro placer.

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