CON EL ENEMIGO ADENTRO

Sra. Sotto · Capítulo 38 de 42

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CON EL ENEMIGO ADENTRO

Capítulo 36

Karolyn despertó cuando ya el sol estaba

fuerte, con algunos toques agitados en la

puerta. No respondió, tomó la pistola que

reposaba bajo la almohada y caminó con los

pies descalzos para no hacer ruido hasta la puerta.

―¿Quién? ―preguntó con voz tranquila mientras sujetaba con firmeza el arma.

―Will...

―¡Cielos! ―exclamó y le abrió de inmediato―. ¡Entra de una vez!

―casi lo haló al interior y cerró nuevamente―. ¿Entonces? ¿Pudiste averiguar algo? ―preguntó impaciente, colocando la pistola sobre la mesita junto al diván.

―Más que eso; la he visto ―respondió Will y sonrió mientras le entregaba una bolsa con algo de desayunar―. Está bien, tiene un brazo vendado y el otro atado a la cama con unas esposas; pero está bien.

Karolyn exhaló un poco de aire. ―¡Gracias a Dios!

―Pues sí; pero eso también quiere decir una cosa... no muy buena precisamente.

―Mj; que le queda poco tiempo en el hospital... Que nos queda poco tiempo para sacarla de ahí ―respondió Karolyn y tomó un poco del jugo que le había traído Will.

―Me ha dicho que por ningún motivo debe arriesgarse, tal vez usted no deba entrar, yo puedo...

―¡Ni lo sueñes! Ese trabajo es mío; yo iré por Juliana ―dijo ella con mucha firmeza en su tono de voz y en su expresión.

―Pero es que... la policía… la reconocerán de inmediato si la ven cerca, y su padre es...

La chica lo miro muy seria. ―Él está ahí, ¿cierto?

Will asintió. ―Él custodia su habitación al parecer permanentemente...

―Tendrá que alejarse en algún momento, y como sea; no será eso a detenerme.

Estaba determinada, movida por amor. No estaba lista para encarar a su padre; pero mucho menos para perder a Juliana y si no la sacaba de ahí pronto, sería un hecho que la perdería para siempre.

Abrió la laptop que estaba sobre la mesa, una de las pocas cosas que había empacado del yate y que venía con instrucciones de Rubén. Mediante ella se comunicó con el chico y escuchó bien atenta cada una de sus instrucciones. Rubén había logrado hackear el sistema informático del hospital y tenía acceso a las cámaras de las áreas comunes principales.

―La guardia debe cambiar a las seis de la tarde, y otro equipo releva a los oficiales que están de turno... incluido mi... el capitán Scott ―dijo Karolyn, cerrando la laptop luego de unos minutos de chat con Rubén―. Y

justo luego será mi momento.

―Yo voy contigo ―contestó Will.

―No adentro, esperarás fuera en una ambulancia que tenemos que conseguir en tiempo récord; es más fácil desenvolverme si voy sola, no levantaré sospechas... Y en cuanto la tenga nos reunimos contigo.

―Aunque no esté el capitán pudieran reconocerte tus antiguos compañeros, es arriesgado...

―Lo he pensado todo, no te preocupes, ahora démonos prisa; tenemos que conseguir algunas cosas, incluidos documentos.

El cambio de guardia se efectuó una hora más tarde de lo que pensaban, por lo que Karolyn aguardaba para entrar en la instalación el momento preciso en que Rubén le avisara que su padre se había marchado.

Finalmente recibió luz verde; el capitán Scott ya había bajado al estacionamiento subterráneo por su camioneta mientras los demás chicos se habían marchado en el mismo vehículo que había traído a los demás guardias.

―Atento, cuando se marche mi padre da la vuelta y espéranos en el estacionamiento interno; es más fácil llegar ahí que salir hasta aquí afuera

―dijo la exteniente mientras miraba inquieta a todos lados y se colocaba una mascarilla clínica y unos lentes enormes.

―No te preocupes, todo saldrá bien, “Señorita Duarte” ―Will sonrió y la apretó levemente un brazo.

Su celular vibró en el bolsillo de su bata verde y cuando Karolyn vio el nombre de Rubén lo rechazó, guardándolo nuevamente. ―Ok, es el momento.

―Suerte.

A nadie le llamó la atención la intensivista desabordando una ambulancia de urgencias médicas y adentrándose en el hospital. Su corazón latía de prisa a cada paso que daba, y al atravesar la recepción y cruzar frente a dos policías y no ser reconocida en absoluto respiró más aliviada.

Buscó el ascensor más próximo y entró, sintiéndose desahogada de que no había nadie más a abordarlo; pero su corazón dio un salto cuando otra pareja de uniformados apareció y lo detuvieron para abordar junto a ella.

Estaba nerviosa; pero aun así hizo un esfuerzo por ocultar cualquier signo inestable que pudiera despertar la más mínima sospecha.

Ella iba al fondo del ascensor, con las manos a la espalda y apoyada en la pared, miraba al suelo. Percibía la vista de uno de los agentes sobre ella de vez en cuando durante el minuto que llevaban de viaje, y tan corto tiempo le pareció enorme… Las manos en su espalda rosaban la pistola ceñida a su cintura debajo de aquel atuendo y rezaba porque no tuviera que usarla. Le regresó el alma al cuerpo cuando se detuvieron en el piso siete y ambos guardias salieron del elevador.

―Ey, bonita… ¿haces guardia esta noche? ―preguntó el último de ellos en salir, deteniendo la puerta por unos instantes.

―Mj…

―¡Yo también! ―exclamó él con mucho entusiasmo cuando la vio presionando los controles para proseguir el ascenso hasta el octavo y último piso―. Puedo buscarte más tarde esta noche y…

―Mj ―asintió ella por última vez antes de que la puerta se cerrara finalmente. «Idiota» .

Finalmente su viaje terminó en el octavo piso. Miró a lo largo del extenso corredor al salir del ascensor y divisó la pareja de guardias que se hallaba a mitad del pasillo, sabía que aquella era la habitación de Juliana.

Avanzó, haciendo acopio a toda su tranquilidad porque la necesitaba, un solo paso en falso que la delatara y sería el fin para ambas. Llegó frente a la puerta y, a pesar de llevar el cubrebocas, esbozó su mejor sonrisa y se aclaró la voz.

―Buenas noches, chicos, Anna Duarte; intensivista de la clínica central estatal ―mostró su credencial, alzando la tarjeta que llevaba colgando de un cordón alrededor del cuello―. Vengo por la paciente

―buscó entre el file que traía bajo el brazo en una lista y luego leyó deslizando el dedo índice sobre las letras―. Juliana Conde… tengo órdenes de traslado.

Ambos agentes se miraron y luego nuevamente a ella.

―No tenemos conocimiento de ningún traslado, y sí órdenes estrictas de no dejar entrar a nadie, esta paciente está detenida ―dijo uno de los uniformados.

―Lo siento, solo hago mi trabajo, pueden leer la orden de traslado si quieren ―les extendió el documento debidamente firmado y rematado con un cuño clínico.

―Entiendo, señorita; pero eso es imposible, no nos han informado nuestros superiores y hasta que lo hagan no pasará nadie... mucho menos la sacarán de aquí.

Estaba resultando más difícil de cuanto pensaba; pero había venido por algo y no iba a rendirse.

―Muy bien ―asintió ella en tono molesto―. ¿Tendré que llamar al capitán Scott para informarle que sus hombres no me permiten hacer mi trabajo? Lo he visto de salida y sabe lo que está sucediendo.

―Pero él no nos... ―comenzó a decir el guardia.

―¡Ok, llamémosle al grandulón malhumorado a ver qué regalo se llevan! ―exclamó con desdén y tomó su celular―. Es una pena que luego

de una extensa jornada deba recibir quejas de sus subalternos... pobre hombre; pero si no me dejan de otra yo... ―se llevó el celular al oído―.

¿Sí?... tío Scott, sí, soy Anna, estoy en la clínica aún; pero resulta que el documento de la dirección de salud no vale de nada para tus hombres ya que...

―¡Espere!... Espere, no queremos problemas...

―No, tío, no... ―sonrió, guiñándole un ojo a los guardias―. No te enfades, son buenos tus muchachos, no querían; pero ya están entendiendo... Ok, tío, un día de estos paso a saludar por la casa... vale ―y terminando su teatro improvisado, cortó la falsa llamada y guardó el papel que les había mostrado―. Ahora con permiso, chicos; pero tengo trabajo que hacer.

―Aguardaremos aquí, la reclusa está esposada, no representará algún peligro.

―Oh, descuiden... para nada lo será...

Finalmente logró zafarse de aquellos dos y entró al cubículo, cerrando la puerta tras de sí. En cuanto sus ojos cayeron sobre Juliana su corazón se aceleró. Corrió hasta ella que descansaba y le acarició un brazo.

―¡Oye! ―se quejó la Condesa abriendo los ojos; mas bastó un segundo para que reconociera aquellos otros ojos aun a través de las enormes gafas.

―Shshshh... Ya habrá tiempo para todo, cariño, ahora tenemos que salir de aquí ―comentó Karolyn en voz baja y le acarició el rostro.

La mirada de Juliana denotó toda la felicidad que sintió al ver aquel hermoso rostro ante ella. Quería abrazarla, quería besarla y, sobre todo, quería pedirle perdón por la enorme tontería que había cometido, poniendo en peligro la vida de amabas, casi destruyendo ese futuro que habían planificado juntas. Un par de lágrimas que no pudo contener abandonaron sus cansados ojos.

―Ey, preciosa ―Karolyn se apresuró a enjugar aquellas lágrimas, conteniendo las suyas propias―, estoy aquí… Te sacaré de aquí, mi vida.

―Fui una estúpida… yo…

La exteniente la interrumpió con un beso corto pero intenso. ―Lo hecho, hecho está. Ahora salgamos de aquí, ya hablaremos luego, ¿sí?

Juliana asintió con la cabeza y esbozó una leve sonrisa mientras escuchaba atentamente las rápidas instrucciones de Karolyn…

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