CON EL ENEMIGO ADENTRO
Capítulo 3
El auto de Juliana Conde se adentró en un
aparcamiento subterráneo casi a la puesta del
sol. El sitio, escrupulosamente elegido para lo
que parecía ser un encuentro de negocios,
estaba desolado, solamente algunos autos vacíos aparcados. El vehículo se detuvo en el centro, justo frente a otro auto de cristales oscuros de donde descendieron cuatro rubios corpulentos y de admirable estatura.
Juliana descendió acompañada por sus dos “sombras”, eran dos tipos de talla enorme que no la perdían nunca de vista. La mirada de ella cayó en la valija plateada que sujetaba fuerte uno de los cuatro sujetos.
―Una… chica ―el rubio que sujetaba la maleta pareció muy sorprendido de hallarse enfrente a una mujer y tal vez hasta un poco ofendido.
Los otros tres se rieron cómplices del comentario, mientras Juliana, muy seria, se acercaba a ellos junto a sus hombres armados y prontos a defender a la patrona con sus propias vidas; para eso les pagaba una buena y envidiable suma de dinero.
―La valija, por favor ―ella esbozó una sonrisa, deteniéndose a dos metros de ellos y mirando el tipo a su derecha, quien fue de inmediato por la valija plateada para entregarla a su patrona―. Ábrela ―ordenó sin dejar de ver a los cuatro rubios que parecían devorarla con la vista.
―¿Eres la puta del Conde? ―la pregunta que hizo el rubio que antes sujetaba la valija fue bastante ofensiva. Y lo fue más el comentario fuera de lugar que dijo en ruso y que hizo reír solamente a sus secuaces.
Al parecer era la primera vez que aquellos sujetos hacían negocios con el Conde ya que no conocían a su heredera y mano derecha.
Ella sonrió en silencio y miró de reojo el tipo a su izquierda, negándole levemente con la cabeza al verlo posicionar el dedo en el gatillo de su pistola.
―Entonces, ¿todo bien? ―preguntó el rubio al frente de aquel grupillo, impaciente.
Juliana miró al tipo que controlaba el contenido de la famosa valija y este sacudió negativamente la cabeza. Deslizó de nuevo la mirada hacia el
ruso. ―No es lo que habíamos acordado.
El tipejo se puso muy serio. ―Lo que falta lo tendrán en un par de días… no tuvimos tiempo…
Unos disparos de los cuales no se supo la proveniencia interrumpieron al rubio ruso a la vez que sus tres hombres cayeron al suelo sin vida, con una bala que les había atravesado el cráneo de lado a lado.
―¡¿Qué cojones…? ―el rubio aferró su pistola y los guardaespaldas de la chica lo siguieron en la acción.
―No creo que te convenga ―dijo Juliana muy tranquila e indiferente ante el que tenía apuntándole―. Morirías antes de apretar el gatillo.
El ruso vio las lucecitas rojas provenientes de todas direcciones que danzaban en su pecho y no tuvo más remedio – y la verdad era la cosa más inteligente que podía hacer – que bajar el arma.
La heredera Conde sonrió bastante complacida mientras se le acercó con pasos lentos; pero firmes. ―Te doy veinticuatro horas para darme lo que me debes, ¿entendido?
El tipo asintió, sintiendo escalofríos ante la mirada helada de aquella mujer. ―Sí… tendrás el dinero que falta…
―Y el diez por ciento de intereses ―terminó de decir ella y se dispuso a marcharse; pero se detuvo porque en su cabeza aún estaba rondando el comentario en ruso que hizo el sujeto poco antes, haciendo reír a sus secuaces que ahora estaban muertos―. Ah… ―sonrió mientras lo agarró fuerte de los testículos, sorprendiéndolo y causándole un dolor inigualable.
Lo miró a los ojos y le dijo algo en ruso a lo cual él asintió repetidamente.
Carolina abrió los ojos de golpe al escuchar fuertes toques en la puerta del cuarto en donde la llevaron al llegar a ese horrible lugar. Luego de tomar una ducha caliente se había quedado rendida. Se frotó los ojos y tomó un profundo respiro, dándose coraje para enfrentar lo que fuera que tuviera que enfrentar en ese lugar. Sabía perfectamente que sería una experiencia bastante desagradable, por decir lo menos.
Saltó de la cama cuando la puerta se abrió de par en par y entró la misma mujer que le había indicado el que sería su cuarto de ahora en
adelante.
―¡Arriba, es hora de la cena y luego tienen que arreglarse para trabajar!
Siguió a la de nombre Felina fuera de la habitación hasta el pasillo donde ya estaban las demás chicas que viajaban con ella en aquel barco pesquero. Divisó al otro extremo del pasillo dos tipos armados hasta los dientes. Aquello parecía una prisión, estaban constantemente vigiladas por enormes sujetos armados.
Las condujeron escaleras abajo hasta una habitación que usaban como comedor. Durante el trayecto desde los dormitorios hasta ahí, Carolina había contado más de diez hombres, por lo cual dedujo que escapar de aquel lugar era, sin duda alguna, una misión suicida.
―¿Carol? ―la de nombre Lorena se colocó detrás de ella en la fila para tomar la bandeja donde ya estaba servida la cena―. ¿Tienes idea de lo que hacen en este lugar?
Carolina tomó su bandeja y caminó hasta la única enorme mesa que había en el centro. ―Creo que lo descubriremos pronto ―dijo, sentándose y mirando con el rabillo del ojo a la tal Felina que hablaba en voz baja con uno de los tipos armados.
―Tengo miedo, Carol ―comentó Lorena, bajando la cabeza y dejando escapar algunas lágrimas.
―Has lo que te digan sin objetar y no te harán daño ―le aconsejó Carolina mientras deslizaba disimuladamente la vista por el lugar, contando las puertas y escuchando las risillas de unas chicas en uno de los corredores.
―Es un buen consejo ―afirmó la chica de cabello corto que recién llegaba y se sentó al lado de Carolina; pero su mirada centró a Lorena que estaba enfrente―. Si te comportas de manera “agradable” y obedeces las órdenes no tendrás ningún problema y hasta puede que te ganes un tratamiento “especial”.
Aquello seguía pareciéndole una prisión a Carolina, quien llevó la mirada hacia la desconocida. ―¿Cuánto tiempo llevas aquí?
―Lo suficiente como para darme cuenta que no eres como las demás
―le susurró muy bajito―. No veo miedo en tus ojos.
Carolina quedó en silencio, sosteniéndole la mirada.
La de cabello corto sonrió. ―¡Felina! ―se puso de pie, llamando la atención de la que parecía ser la jefa en aquel lugar―. La quiero a ella
―dijo, señalando a Carolina.
Felina asintió. ―Bien, cuando termine la cena explícale todo ―luego desvió rápido su atención para volver a la plática con el tipo.
La de pelo corto se inclinó un poco hacia Carolina y le sonrió. ―Me darás las gracias después. Termina de cenar y luego, cuando vomites la bebida que te estás tomando ―le dijo, señalando con la vista el vaso que Carolina sujetaba―, di a uno de los guardias que te lleve adonde Lucy; esa soy yo ―y tras estas palabras se marchó.
Carolina la siguió con la vista hasta verla desaparecer por una de las puertas y luego soltó rápido el vaso de jugo que había casi terminado.
―Mierda ―musitó, dándose cuenta, gracias al consejo que le había dado la tal Lucy, que aquella bebida contenía una dosis de alguna droga.
Después de la cena fueron nuevamente conducidas a sus respectivas alcobas. En cuanto Carolina atravesó el umbral de su cuarto corrió al pequeño baño y se dejó caer de rodillas al suelo frente al sanitario. Sin pensarlo dos veces, introdujo su dedo medio hasta su garganta, induciéndose el vómito.
Se levantó aún con la náusea y el sabor ácido en su boca. Se enjuagó un par de veces la boca y luego el rostro, y por unos instantes sus ojos permanecieron fijos en el espejo, observando atentamente su propio reflejo.
Estaba pálida y sus ojos habían perdido un poco de brillo. Respiró profundo, enderezando la espalda…
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