CON EL ENEMIGO ADENTRO
Capítulo 18
Casi a las cinco de la madrugada la heredera
Conde arribó a uno de sus apartamentos en la
ciudad, del cual nadie conocía la existencia.
Estalló en lágrimas apenas cerró la puerta tras
de sí. El avión donde intentaba escapar su padre había explotado poco antes de emprender el vuelo. Ahora se encontraba prácticamente sola con toda la policía de la ciudad tras sus rastros y los malditos rusos que no perdían oportunidad para atacar, sabía que había sido Yasikov a poner la maldita bomba en el jet.
Su mirada recorrió la habitación, posándose en la mesa que se hallaba en el centro escrupulosamente arreglada para una ocasión especial con un mantel rojo, dos platos con el borde dorado a los lados de esta, un hermoso búcaro de cristal con una rosa roja en el centro y un par de velas intactas.
Caminó hasta esta y tomó el pequeño cofrecillo negro puesto encima de uno de los dos platos, lo abrió observando el hermoso collar que se hallaba en su interior. Presa de la rabia lo lanzó contra el suelo y luego tiró el mantel destruyéndolo todo… Después se dejó caer de rodillas encima de los destrozos y lloró de rabia, apretando en sus puños el mantel mientras dejó salir un grito, intentando liberar un poco del dolor que estaba sintiendo.
Ya en la calma del hogar paterno, la teniente Scott había logrado tranquilizar a su madre e ir a la que seguía siendo su habitación; aunque ya no viviera ahí. Le dio la excusa de que necesitaba descansar un poco; pero la verdad era que le urgía estar a solas. Habían sucedido demasiadas cosas y necesitaba estar consigo misma.
Se acostó mirando al techo y un par de lágrimas abandonaron sus ojos, aquellos mismos ojos que reconocieron la frialdad en Juliana la última vez que se vieron, tal vez presa de la sorpresa o de la decepción. Jamás olvidaría aquella mirada ni la que vio frente a ella minutos antes del operativo cuando Juliana tocó a su puerta, llena de ilusión y un brillo inusual que podría llamarse… felicidad. Se sintió una porquería. Se cubrió
el rostro con el brazo y lloró… lloró hasta que sus párpados se hicieron cada vez más pesados y el sueño la venció…
Despertó cerca del mediodía, reconociendo la voz de su padre en la conversación que se sostenía en la cocina. Se levantó de inmediato y se personó en donde sus padres discutían algo sentados en la mesa.
―Papá... ―dijo parada en el umbral y abalanzándose luego hacia él―.
¿Qué sucedió finalmente? ¿Identificaron el avión?... Los tripulantes...
―Murieron todos... El viejo Conde iba en él, eso lo confirmó el operador de vuelos cuando lo entrevistamos; dijo que le consta que el Conde subió y que iba maltrecho con un hombro cubierto, era él. No quedó nadie. La cabeza del imperio Conde está muerta, así que terminó su imperio... Sé que no es como esperábamos que sucediera; pero es algo positivo para esta misión. Así que usted, teniente; recibirá una medalla y un posible ascenso, ya se está discutiendo en el alto mando ―dijo orgulloso su padre y se puso de pie para abrazarla―. Felicidades, teniente Scott ―le besó la mejilla y le habló al oído―. Estoy muy orgulloso de ti, hija.
Pero aquellas noticias estaban muy lejos de hacerla feliz, todo lo contrario. Karolyn tuvo que hacer un gran esfuerzo porque no se notara su afección.
―¿Cuántos... cuántos cuerpos estaban a bordo? ―preguntó con un hilillo de voz, liberándose del abrazo y dominando el nudo en su garganta.
―Seis... Suponemos que el piloto y el copiloto, un par de guardias y el viejo con su hija.
―¡Dios! ―exclamó la chica, dándole la espalda mientras se mordió los labios, conteniendo las lágrimas.
―Ya todo terminó, cielo ―dijo el capitán, frotándole un hombro―. En cuanto logren identificar los cuerpos pasarán los datos a la prensa, ya puedes descansar. Has hecho un trabajo heroico, te has arriesgado demasiado. Estoy orgulloso… muy orgulloso ―continuaba repitiendo.
Sin embargo, en su interior la teniente sentía cómo algo en ella se rompía lenta y dolorosamente mientras más pensaba en que Juliana estaba muerta. Callar aquel dolor, fingiendo ser una agente abnegada y satisfecha de su trabajo cuando en realidad era una mujer llena de culpas, la estaba matando.
Juliana Conde despertó de sobresalto, escapando de la pesadilla que se había apoderado de sus sueños; pero al abrir los ojos y constatar el sitio en el que se hallaba y lo sucedido la noche anterior, se dio cuenta que la maldita pesadilla continuaba también en el mundo real. Se frotó los ojos rojos por el llanto y se levantó, dirigiéndose luego hacia el cuarto de baño.
Se quedó viendo su propio reflejo cansado y maltrecho por unos instantes y pensó que esa no era ella, que ella no se dejaba vencer así tan fácil. Ella no era para nada una mujer débil, era fuerte… así que ya era el momento de dejar la lloradera y las lamentaciones, ella era una Conde y como tal tenía que tomar el control de la situación y terminar de una vez con esa historia; los rusos pagarían por la muerte de su padre, y se las haría pagar con la misma moneda.
Salió del baño con aquella mirada fría que la caracterizaba, fue hasta la cocina y prendió la televisión mientras se preparaba el desayuno. Una noticia en particular llamó su atención, se hablaba de lo sucedido en la Villa:
«Un operativo irrumpió en un burdel clandestino esta noche, salvando más de cuarenta mujeres entre los diecisiete y treinta años de edad, las cuales habían sido secuestradas y vendidas como esclavas… Las chicas afirman que sufrieron serios maltratos y que las obligaban a prostituirse.
Gracias a la valentía de uno de nuestros agentes de policía que se infiltró en la Villa, fingiendo ser una víctima más del abuso…»
Juliana apagó de inmediato la televisión, sacudiendo negativamente la cabeza. No quería escuchar nada más. ―¡Mentiras! ―gritó furiosa, con la mirada perdida en algún lugar de la habitación.
No creía a una sola palabra de lo que decían en las noticias, eran puras mentiras. Su padre nunca traficaría personas y mucho menos para venderlas como objetos sexuales. Era toda una falsedad para enfangar aún más el nombre de su padre. Ella misma había hecho los contratos de trabajo de cada una de aquellas chicas y de seguro ninguna de ellas era menor de edad, y se hallaban ahí por voluntad propia… No era como decían en las noticias… Su padre nunca le escondería algo así, su padre no era un
monstruo como lo describían en aquellos noticiarios… No podía ser verdad.
Se rehusaba a creer que su padre fuera capaz de hacer algo así…
Casi a las cuatro de la tarde Karolyn se presentó en la morgue donde sabía que se hallaban los restos de los tripulantes del avión privado de los Conde. Respiró profundo antes de atravesar aquel umbral…
―¡¿Teniente Scott?! ―la mujer que trabajaba en el caso pareció sorprendida de verla―. Tu pa… el capitán había dicho que tomarías unos días de vacaciones.
―Mj… es él quien quiere que me tome unos días ―la chica esbozó una sonrisa cansada mientras sus ojos vagaban por el lugar―. Quería solo saber si ya tienes los resultados.
―Oh... Karolyn, los resultados están; pero...
―Pero aún no tienes el permiso de divulgarlos ―dijo la teniente, rodando los ojos mientras se arreglaba el cabestrillo en su brazo herido―.
Ya lo sé; tranquila... no le diré a nadie, es solo que... quiero de verdad seguir bien de cerca este caso para ponerle definitivamente punto final, ha sido la más importante misión de mi carrera, por favor.
―Ok, me has convencido, mujer; conste que lo hago por nuestra amistad, y porque confío en tu discreción. Sígueme, te dejaré ver el informe, está en mi escritorio.
Karolyn la siguió hasta su despacho y cuando la forense le entregó los documentos se excusó:
―Ahora disculpa que te deje sola; pero tengo trabajo, ponte cómoda si lo deseas, regresaré en unos minutos.
―Oh, claro, descuida. Ve ―respondió la teniente mientras sonreía, ansiosa por echar mano a aquella información.
Colocó el file sobre el escritorio y lo ojeó rápidamente. Aparecía el peritaje de los restos hallados tras el funesto suceso y al llegar a la identificación de la sexta víctima sus ojos se iluminaron y el corazón se disparó dentro de su pecho en una carrera loca. Cerró el file de un golpe y sonrió mientras se cubría la boca con la mano, sofocando sus ganas de
gritar y sintiendo cómo su alma se aliviaba dentro de sí al calor de una esperanza que de inmediato se convirtió en propósito.
«Te voy a encontrar... aunque tenga que mover cada piedra en esta ciudad o fuera de ella; te voy a encontrar, Juliana Conde».
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