CON EL ENEMIGO ADENTRO

Sra. Sotto · Capítulo 13 de 42

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CON EL ENEMIGO ADENTRO

Capítulo 11

Carolina abrió los ojos de golpe y tenía el pecho agitado. Al parecer acababa de tener un sueño

bastante inquieto que la hizo reaccionar y sentarse en la cama como impulsada por un resorte. Se llevó las manos a la cabeza y miró la hora... Había dormido por casi todo el día, su estómago comenzaba a reclamarle. Se dirigió al cuarto de baño por una ducha rápida para apresurarse y llegar a la mesa pronto, faltaban menos de dos horas para abrir el lugar y necesitaba alimentarse.

El salón abrió a la hora habitual. En cuanto ella entró, su mirada se dirigió involuntariamente hacia el palco en lo alto, a la puerta del despacho que permanecía cerrada; pero ella estaba ahí, lo intuía… lo sentía.

Subió a la mesa en cuanto comenzó su rutina. Su cuerpo se movía para el deleite de los presentes; pero su mente y su vista estaban en otra parte...

sin embargo, terminó su música y bajó directo a la barra de muy mal humor, no comprendía exactamente por qué.

Observó uno de los guardias tomar luego las escaleras y lo vio adentrarse en el despacho, luego lo vio salirse y cerrar nuevamente. No entendía qué la molestaba más; si bailar para los presentes, o no hallar aquellos ojos que había sorprendido observándola desde lo alto en más de una ocasión.

―¿Qué debo hacer para estar a solas contigo y disfrutar de tus servicios, muñeca? ―espetó de repente el sujeto que no vio llegar mientras metía un billete en su escote.

―¡Ey! ¿Qué te pasa? Estás confundido, yo solo soy una bailarina, las muchachas que buscas están en...

―“Cuando la noche cae, todos somos iguales” ―pronunció el tipo viéndola a los ojos mientras a la mente de Carolina afloraron las indicaciones de su capitán antes de comenzar la misión.

Era uno de ellos, finalmente, no estaba sola; habían enviado otro agente. Lo miró a los ojos y él afirmó lentamente, moviendo la cabeza.

―Hum... acompáñame... pasaremos un rato... agradable ―dijo con una sonrisa coqueta y lo tomó de la corbata, halándolo detrás de ella.

Lucy la vio tomar rumbo a una de las habitaciones privadas del salón y quedó boquiabierta, sabía perfectamente que Carol hacía hasta lo imposible para evitar ser invitada a un baile privado ya que en esos casos el cliente siempre requería la total desnudez de la bailarina...

También alguien más se sorprendió y se molestó mucho al ver lo que sucedía con Carolina a través del ordenador en su despacho. Era toda la noche que no le quitaba los ojos de encima a aquella maldita pantalla…

precisamente a la videocámara que daba justo a esa mesa del centro, tal parecía que estuviera embrujada.

―¡Mierda! ―exclamó Juliana y lanzó su vaso contra la pared como poseída por el demonio, viendo a Carolina entrar en uno de los cuartos privados, donde obviamente no habían videocámaras.

No sabía exactamente porqué aquello la molestara tanto y la hiciera perder el control de sí misma. No sabía por qué aquella chica lograra desestabilizarla con tanta facilidad, al punto de desear irrumpir en aquel cuarto y prohibirle bailar para aquel sujeto y para cualquier otro... Desde lo sucedido en su despacho un par de días atrás, aquella chica no había abandonado su cabeza ni por un segundo. Había hecho todo lo posible por no prestarle atención; pero era como un maldito imán…

Carolina barrió el lugar no muy amplio con la vista, cerciorándose que no hubiera videocámaras al acecho.

―Me sorprende que me hayan encontrado así de rápido... me sorprende y me alivia la verdad ―dijo, volviéndose hacia el tipo que se había quedado parado junto al diván redondo que se hallaba alrededor de un palco igualmente redondo con un tubo grueso de hierro en el centro, usado naturalmente para la pole-dance...

―No fue difícil gracias a sus instrucciones, teniente Scott... Fue bastante detallada; aunque dijo que la transportaron a este sitio con la cabeza tapada.

―Mj ―asintió ella, recordando aquel desagradable día.

―¿Está usted bien? ―él la miró con atención, sabiendo que no era para nada fácil encontrarse en un lugar como ese.

―Dame del tú ―ella le sonrió y se sentó en el diván, apoyando los codos sobre las rodillas y cubriéndose por unos instantes el rostro―.

Estoy... bien... loca por...

―El capitán y todos los del departamento estamos muy orgullosos de su labor, teniente Scott.

Ella se levantó y lo miró a los ojos. ―Estarán orgullosos de mí solo cuando tenga al Conde agarrado de los cojones y acabe con su red de tráfico de personas. Ese maldito viejo es demasiado astuto. Tuve la oportunidad de darle una ojeada a algunos documentos de las finanzas de este sitio y su nombre no aparece en ninguno. Nunca le he visto por acá, le he preguntado a las demás y tampoco le han visto... Es como un maldito fantasma ese desgraciado.

―¿Y su hija? ―preguntó el agente, mirándola detenidamente.

La teniente permaneció unos segundos en silencio, luego se aclaró la voz. ―No creo que ella esté al corriente del tráfico y esclavitud de mujeres...

―Se le ha visto junto al hijo de Yasikov hace un par de días y, según nuestro informador; se han declarado guerra.

Carol suspiró cansada. ―Puede jugar a nuestro favor. Tal vez se maten entre sí y nos ahorran el trabajo ―comentó sarcástica, haciendo reír al tipo; pero ella permaneció muy seria. Lo miró―. Espero tener algo la próxima vez que nos encontremos, trataré de entrar nuevamente en las oficinas.

Él sacó de su bolsillo un celular, queriéndoselo entregar; mas la chica sacudió negativamente la cabeza.

―No... nos revisan antes de entrar en nuestras alcobas, no puedo correr el riesgo, sigamos encontrándonos cada tres días ―dijo ella, haciendo que guardara el celular―. Ahora sal de aquí y muestra una cara satisfecha, agente.

Él le sonrió y asintió. ―Tenga mucho cuidado, teniente ―y tras estas palabras, salió de aquel cuartico a media luz.

Carolina esperó un par de minutos y salió también. Antes de regresar a su puesto de trabajo, pasó a la barra por un trago bien fuerte... lo estaba

necesitando para continuar esa noche. No veía la hora de acabar de una vez con todo eso; pero tenía que ser paciente y terminar su misión. Su misión era demasiado importante, estaba en juego la vida de muchas mujeres.

Tenía que estar concentrada al cien por ciento, no se podía permitir ningún error… No podía fallar.

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