CON EL ENEMIGO ADENTRO
Capítulo 35
Karolyn hacía de todo por hallar la clínica en
donde tenían en custodia a la mujer que
amaba. Sabía que no estaba en el hospital naval de la policía; gracias a algunos buenos
amigos que aún conservaba pudo descartar esa opción, así como también sabía que con su padre a cargo de aquel caso, él de seguro habría ya supuesto que ella la buscaría y había tomado precauciones para que no la hallase.
Cada minuto que pasaba le dolía porque sabía que Juliana la estaría pasando mal; y por mucho que estuviera molesta con ella por haberse puesto a sí misma en aquella situación, la amaba más que a su vida e iría por ella adonde la tuvieran.
Rubén continuaba a su servicio y, gracias a ello, pudo acceder al sistema de datos del departamento de operaciones especiales luego de que el chico trabajara varias horas sin descanso.
―¡Lo tengo! ―exclamó el joven, llevándose ambas manos a la cabeza.
―¡¿Lo has logrado?! ¡Increíble, genio! ―respondió la chica y apagó el cigarrillo que fumaba para correr al computador.
―Es el expediente digital del caso Conde... y, afortunadamente,
¡acaban de actualizarlo! ―dijo y tecleó algo mientras aparecían los scanners de toda la documentación que existía desde que la policía puso al viejo Conde en su mira, hasta los últimos acontecimientos con su heredera―. Aquí está... Esta es la dirección del sitio en donde está siendo atendida la patrona.
La exagente Scott observó la pantalla por unos largos segundos mientras su cabeza maquinaba un veloz plan de rescate, cosa bastante difícil. De sólito, la chica, siendo una policía – expolicía, para ser precisos –
se tomaba tiempo para idear sus planes; pero desgraciadamente no tenía tiempo para idear el plan perfecto y su mente tenía que trabajar lo más rápido posible, ya que su chica se hallaba en grave peligro y sabía que
apenas se recuperara un poco la trasladarían a una cárcel de máxima seguridad, y entonces sí que no podría hacer nada por ella.
―Bien ―murmuró, asintiendo con la cabeza, tal vez se estaba dando ánimos a sí misma. La cruda verdad era que no tenía idea de qué hacer; mas no le importaba, algo se le ocurriría―. Cuando regrese Will me llaman, estaré en el camarote, ¿ok?
El chico asintió sin apartar la vista del ordenador.
Ella abandonó el cuarto de los equipos y se dirigió hacia el camarote como le había dicho al chico. Una vez que se encerró en aquel pequeño cuarto, el llanto la venció de nuevo y pues se entregó a este sin poner resistencia.
Unos toques insistentes en la puerta del camarote arrancaron a la exteniente de un profundo sueño. Se sentó de golpe, ni sabía en qué momento el sueño la había vencido. Se frotó los ojos irritados por el llanto y el cansancio, luego se acomodó un poco el cabello despeinado antes de abrir. Halló a Will frente a la puerta.
―¿Estás listo? ―preguntó ella, ahogando un bostezo.
―Vamos ―el tipo inició a caminar y le hizo una seña para que lo siguiera―. Sigo pensando que…
―¿Me has conseguido todo lo que te pedí? ―lo interrumpió muy seria.
Él se volvió hacia ella por unos instantes. ―Está todo en el auto que la espera en tierra firme.
―Bien ―murmuró y, al llegar ante la puerta del cuarto de los equipos, se detuvo y miró el chico con espejuelos que estaba muy entretenido en su videojuego―. Nos estamos marchando ―habló en voz alta para capturar su atención.
Él dio un salto en la silla y de inmediato se quitó los auriculares y se volvió a mirarla, asintiendo luego con la cabeza.
Luego de casi una hora de travesía, al anochecer, Karolyn tocó tierra finalmente. Se despidió de Will con un toque en el hombro y le sonrió levemente.
―Gracias... no sabes cuánto aprecio lo que están haciendo Rubén y tú; totalmente fuera del plan que teníamos.
El hombre se quitó la gorra y le sonrió de vuelta. ―Jamás le negaría ayuda a la señorita Conde; y yo sé que ayudándola a usted, le ayudo a ella...
Sé que es lo que ella me hubiera ordenado, así que... somos un equipo; no lo dude.
―Anda ve, descansa. Yo iré al lugar seguro que me mostró Juliana y desde ahí estaré en contacto con Rubén y contigo. El plan sigue tal cual lo hablamos, esperaré tu llamada. Buena suerte.
―Trate de descansar usted también ―respondió Will y arrancó el motor de la lancha nuevamente, tomando un rumbo diferente al que habían tomado para llegar ahí.
En efecto, Karolyn regresaría al apartamento donde estuvo con la heredera Conde la última vez antes de hacerse a la mar. Tenía las llaves porque las tomó de las cosas de Juliana en el camarote del yate y sabía que ahí habría cosas que le pudrían servir. Mientras conducía el auto que Will había dejado listo para ella, pensaba en la mujer que amaba, cómo estaría, no solo de salud, sino también de ánimo; no se la imaginaba prisionera.
Juliana era un alma libre y le estremecía imaginar el sufrimiento que le causaría estar cautiva.
Debía averiguar cuanto antes por su estado de salud. No tenía idea de sus condiciones y tampoco podía aventurarse a hacerla escapar si no estaba bien; y por otra parte estaba segura que en cuanto fuera posible para la policía la sacarían de la hospitalización para encerrarla en una cárcel. La atormentaba la sola idea de esa posibilidad; no estaba dispuesta a permitirlo... eso sería perderla para siempre.
Sumida en sus pensamientos llegó al apartamento. El lugar era discreto y práctico, confortable; pero desde que llegó la atacó la nostalgia y tuvo que luchar contra las lágrimas que la amenazaban constantemente. Soltó la bolsa que traía sobre el diván y se despojó de la ropa para tomar una ducha... Y ahí sí, no lo pudo contener más, el llanto hizo presa de ella una vez más, reviviendo cada caricia y cada recuerdo de las cosas vividas el tiempo que estuvo ahí con la mujer de su vida...
―¿Qué hace usted aquí? Este cubículo está custodiado. ¿Cómo le dejaron pasar? ―preguntó muy molesto el capitán Scott cerrándole el paso al hombre con Biblia y rosario en mano, justo apenas entró en la habitación donde estaba internada Juliana.
―Dios le bendiga, hijo mío, y cure las heridas presentes o futuras del cuerpo y del alma ―respondió el cristiano y le entregó uno de los folletos que traía.
―Lo siento; pero no debe estar aquí, no sé por qué le han dejado entrar, esta paciente está detenida y bajo custodia policial, no recibe visitas
―la voz del capitán continuaba sonando molesta y su rostro denotaba desconfianza.
―No se enoje con los chicos de la entrada, solo me han dejado entrar luego de revisarme. Rezo todos los días por los pacientes de este hospital...
Por la sanación de sus males y en este caso; a esta paciente le vendrían bien unas oraciones por la salvación de su alma.
―¡Con un demonio, maldición! ―maldijo el capitán y dio un paso hacia el hombre que ya estaba junto a la cama; pero en ese momento sonó su celular y al ver la pantalla resopló y salió de la habitación, no sin antes señalar al sujeto con un dedo―. ¡Cinco minutos; cinco minutos solamente para su cháchara cristiana!
Cuando Juliana escuchó la puerta cerrarse abrió los ojos de golpe y se giró de inmediato, hallando ante sí el rostro familiar de Will.
―Se ve muy bien, patrona ―murmuró el fiel compañero, lleno de satisfacción.
―¡Will! ¡Estás muy loco! ―respondió ella y sonrió, contenta de ver un rostro conocido.
―He venido a checar la situación; pero pronto la sacaremos de aquí.
Ella lo tomó de la solapa de su indumentaria eclesiástica y lo acercó más. ―¿Cómo está ella? ¿Demasiado furiosa conmigo? ―la última pregunta denotaba cierto temor en su voz.
―Yo creo que sí... Pero nada más grande que su determinación por sacarla de aquí, estamos en eso.
―Sé que no podré hacerla desistir; pero es demasiado arriesgado, la policía no es tonta, ya viste como...
―Este tipo que recién salió, parece el jefe del resto, puedo eliminarlo, solo tengo que...
Juliana exorbitó los ojos y sacudió la cabeza. ―¡No! Él es intocable; el capitán Scott es... su padre.
Will también exorbitó los ojos, no esperaba tal revelación. ―¿Ella sabrá que es él quien está aquí?
―Debe saber, Karolyn conoce la obsesión de su padre con mi apellido; y el empeño de él por “cerrar” de una maldita vez el caso Conde.
―Como sea, ella vendrá por usted, muy pronto, solo queríamos saber cómo estaba...
Juliana suspiró y desvió la mirada por unos instantes. ―Estoy bien; pero bajo ningún concepto quiero que se arriesguen ―lo volvió a mirar.
―Desistir no es una opción, jefa ―respondió el sujeto y sonrió, luego adoptó una postura relajada un segundo antes de que se abriera nuevamente la puerta.
―Fuera, cómo le dije antes, no puede estar aquí ―dijo el capitán, llevándose las manos a la cintura.
―Ya me marcho, oficial ―Will sonrió y los bendijo a ambos―. Dios esté con ustedes… Con permiso ―luego se retiró con la Biblia entre las
manos y lanzándole una última mirada a la encamada.
―¡No veo la hora de sacarte de este sitio para llevarte adonde realmente debes estar! Lejos de la sociedad... entre los de tu clase. Gente como tú no merece la luz del sol.
―Capitán ―lo interrumpió Juliana e hizo una mueca de desdén―, para chácharas insoportables ya tuve bastante con su amiguito clérigo hace unos minutos; por favor… estoy segura que tendrá cosas mejor para hacer que “intentar” amedrentarme, con su discursito de superioridad social donde usted es el bueno que limpia lacras de las calles y yo la hija de puta que quebranta el orden y la seguridad.
―¡Eres tan insolente! ―dijo Scott, dando un par de pasos rápidos hacia ella y aferrando con fuerza la baranda de la cama.
Juliana sonrió y arqueó una ceja. ―¿Se muere por hacerme callar de una cachetada, capitán?... Adelante ―lo retó.
―Ganas no me faltan y mucho menos motivos... pero no olvidaré quien soy ni cuál es mi papel en esta historia. Mejor cállate... Iré por la enfermera para que venga a curarte. ¡Me urge que te den de alta!
Luego abandonó la habitación lleno de rabia. Tanta prepotencia en aquella mujer que acostumbraba a tener el mundo a sus pies lo irritaba demasiado... y pensar que aquella misma mujer era la causante de que hubiera perdido a su hija, solo acrecentaba el odio dentro de sí mismo.
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