CON EL ENEMIGO ADENTRO

Sra. Sotto · Capítulo 8 de 42

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CON EL ENEMIGO ADENTRO

Capítulo 6

Una vez en el despacho de la hija de El Conde,

Carolina se quedó de pie en una esquina

mientras Felina tomó asiento en el cómodo

diván de piel negro y Juliana cerraba un file

de documentos.

―Ponte de pie ―ordenó la patrona calmadamente mientras rodaba su silla giratoria y miraba directamente la mujer en el diván.

―¿Cómo? ―preguntó Felina y su actitud prepotente se borró como su sonrisa odiosa.

―Me escuchaste; de pie... No estás aquí de invitada. Déjame aclararte algo: el hecho de que mi padre te permita ciertos... “privilegios”, no te convierte en nada especial; sigues siendo una empleada y mientras yo esté en este sitio, te comportarás como tal.

La cara de Felina se puso roja y sus ojos destilaban veneno; pero estaba consciente que debía callar. ―Claro que sí... patrona ―respondió casi escupiendo las palabras mientras se ponía de pie.

―Ahora sí, es tu turno de explicar qué fue eso ahí afuera ―Juliana estaba seria, demasiado seria; y si los ojos de Felina parecían poder incendiar, los de ella eran fríos al punto de helar la sangre.

―Pues... lo que ha visto, solo un juego, para distraer un cliente incómodo con la actitud de esta... chica.

―¿Te parecería un juego que te exponga vulnerable entre salvajes para que te fueteen como a un animal? Siendo tú una mujer... ¿cómo puedes hacerle esto a otra?

Carolina escuchaba en silencio, con las manos entrelazadas tras la espalda y la vista en aquella extraña de quien había escuchado mucho; pero a quien jamás había visto porque en los reportes policiales no existían fotos suyas, y que hoy; literalmente, le había salvado el pellejo.

―Era solo un juego... patrona ―se justificó Felina de mala gana sin sonar mínimamente arrepentida―. Pero descuide; si la nueva política de los patrones es tener mano blanda para las indisciplinas, moderaré mis actos.

Juliana sonrió y se puso de pie lentamente, fue hasta ella e incrustó su mirada en aquellos ojos. ―¿En verdad crees que tengo mano blanda con las indisciplinas?

Felina agachó la cabeza y negó. ―No quise decir eso... disculpe.

―No quiero volver a presenciar algo similar, ni saber que ha sucedido algo así; no vuelvas a pasar por alto que, pese a cualquier cosa, trabajas con mujeres que muchas veces van contra sus deseos porque no conocen otra manera de ganarse la vida... así como imagino que tú llegaste hasta aquí

―luego dio un paso atrás―. Ahora márchate, no quiero verte.

Felina fulminó una vez más a Carolina con la mirada y salió, cerrando la puerta tras de sí.

Carolina se aclaró la voz. ―Con permiso... puedo... ¿puedo marcharme yo también?

―No tan rápido ―respondió Juliana y regresó a su poltrona de cuero curtido―. ¿Cómo te llamas?

―Carolina.

La patrona buscó entre unos papeles y finalmente halló un documento con aquel nombre. Lo abrió y luego redactó algo en la computadora que imprimió de inmediato y se lo colocó delante a la chica.

―Fírmalo ―ordenó, entrecruzando los dedos y fulminándola con la mirada.

―¿Qué es?

―Un anexo a tu contrato de trabajo, donde se amplían tus cuotas mensuales a pagar por concepto de alimentación y hospedaje, lo descontaremos directo de tu salario; estuviste metida en ese circo allá abajo y es una indisciplina grave.

«¿Salario? ¿Cuotas a pagar?»... ¿De qué demonios estaba hablando?

Carolina no comprendía nada; pero sabía que era mejor callar. Aunque Juliana Conde estuviera evidentemente enfrentada contra la bruja de Felina, era una de ellos, y no cualquiera, nada más y nada menos que la heredera de aquel imperio podrido.

―¿Es un castigo?

―Exacto, un poco menos... salvaje que el que pretendían darte.

Trabajarás otro turno, durante el día, para encargarte de la limpieza y condicionamiento de la casa.

―Pero...

―Ya puedes irte ―terminó la patrona y, sin dirigirle más la atención, se centró nuevamente en su ordenador mientras le señaló la puerta.

«¡Qué arrogante!» Se quejó Carolina para sus adentro; pero supo que por esa noche ya era suficiente de meterse en problemas, así que acató la orden y abandonó el despacho.

Carolina no lograba conciliar el sueño pensando en lo sucedido algunas horas antes. Pensó en Juliana Conde, precisamente en su comportamiento; había mostrado piedad hacia ella, algo que parecía increíble. Si no hubiera sido por su aparición inesperada y bastante oportuna, a esas horas estuviera sufriendo las penas del infierno con el “castigo” que habían decidido para ella. Como si fuera un animal. Pensó en las palabras que la heredera Conde dirigió a Felina, palabras que demostraban que detrás de aquella barrera de puro hielo se hallaba una persona, humana. ¿Acaso la condesita no sabía de verdad nada acerca de cómo las mujeres llegaban a ese sitio?

Cerró los ojos cuando finalmente sintió que el sueño la vencía; pero un fuerte ruido proveniente de la habitación de al lado la hizo saltar fuera de la cama, alarmada.

―¿Lorena? ―dio unos golpes en la pared que separaba el cuarto de Lorena del suyo―. ¿Todo bien ahí? ¿Lorena? ―volvió a golpear la pared un par de veces sin recibir respuesta―. ¡Maldición, Lorena, responde!

Salió corriendo de su habitación y fue hasta la de chica, hallando la puerta cerrada desde el interior.

―¡¿Lorena?! ―inició a gritar, golpeando la puerta y llamando la atención no solo de las chicas que alojaban en las habitaciones cercanas, sino también la de dos guardias que aparecieron de inmediato―. ¡Abre esta maldita puerta!

―Ey, ¿qué rayos sucede? Vuelve de inmediato a tu cuarto ―ordenó uno de los tipos, tomándola por un brazo con brusquedad.

Carolina se zafó del agarre con la misma brusquedad y lo enfrentó ante la vista de las demás que miraban en silencio desde sus respectivas puertas.

―Algo le sucedió, por favor, abran esta puerta.

―Vuelve a tu…

―¡Abran esta maldita puerta, carajo! ―rugió la chica presa de la desesperación.

Ambos guardias intercambiaron miradas.

―Ok, hazte a un lado ―dijo uno de ellos finalmente y, cuando Carolina se hizo a un lado, abrió la puerta de una patada.

En el centro de la habitación se hallaba Lorena tirada en el suelo, aparentemente sin conocimiento, y cerca de ella se encontraban algunas pastillas que seguramente se le habían resbalado de las manos al caer.

―¡¿Lorena?! ―Carolina se arrodilló junto a la chica e instintivamente la abofeteó un par de veces―. ¡Abre los ojos! ¡Reacciona, maldita sea!

―se levantó y la tomó por los brazos, arrastrándola hasta el baño―.

¡Ayúdenme! ―gritó a los dos tipos que permanecían inmóviles―. ¡Rápido!

La llevaron hasta el baño y una vez allí, Carolina le abrió la boca y le introdujo dos dedos hasta la garganta, y no los extrajo hasta que la sintió finalmente reaccionar. La chica vomitó toda la porquería que había ingerido.

―Así, bota todo ―Carolina la sujetaba del cabello―. Ya pasó ―forzó una sonrisa cuando la chica la miró con aquello ojos verdes―. Ahora te darás un buen baño y quedarás como nueva.

―Carol… yo… ―la chica estalló en un llanto incontrolable.

―Ey… ―Carolina la miró, sujetándola por los hombros y fue entonces que vio los dos moretones en su rostro, uno alrededor de su ojo y otro en la frente―. Todo estará bien ―mintió, en ese lugar nada estaba bien y solo Dios sabía cuándo lograría detener todo aquello, ni ella misma estaba segura que lo lograría.

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