CON EL ENEMIGO ADENTRO
Capítulo 33
Juliana colocó otra pequeña carga en la puerta
metálica y tras buscar reparo juntas al doblar del pasillo, presionó un número en el pequeño
control que llevaba en su bolsillo. En segundos se escuchó una explosión estrepitosa que pareció estremecer aquellas paredes bajo tierra, y la puerta estaba en el suelo, humeante y desgarrada.
―¡Vamos dentro, no tardan en llegar!
Karolyn la siguió mientras prendía la linterna y alumbraba el interior del pequeño búnker que en realidad era más grande de lo que pensaban. En la pared frente a la puerta había una buena variedad de armas; pero no fue a eso a lo que las chicas prestaron atención... La atención de ambas fue capturada por la cantidad de fajos de billetes perfectamente colocados uno encima del otro, decorando la estantería que cubría toda la pared a su derecha…
De repente escucharon un par de disparos en el exterior y un segundo después a Rubén maldecir repetidamente, y luego un extraño ruido en los auriculares que ambas llevaban.
―Rubén, ¿qué diablos sucede? ―preguntó Juliana, abriendo las bolsas y junto a Karolyn iniciaron a llenarlas apresuradamente―. ¿Rubén?
―repitió al no recibir respuesta.
―¡Mierda! ―rugió Karolyn, viendo por un segundo a la mujer frente a ella―. Al parecer estamos solas ―esbozó una media sonrisa, mascarando la preocupación.
Juliana asintió levemente, devolviéndole esa media sonrisa.
―Salgamos de aquí ―dijo la teniente, cerrando la bolsa repleta de billetes. Se la colocó en la espalda como si fuera una mochila y empuñó sus armas, una en cada mano.
Juliana también cerró la bolsa y al igual que la otra se la colocó en la espalda. Luego miró hacia la pared equipada de armas y una extraña sonrisa
se apoderó de sus labios cuando sus ojos cayeron encima de una de aquellas armas…
―Me llevo esta lindura ―dijo Juliana, echando mano a una ametralladora corta, de apariencia impecable y reluciente. Se cercioró de que estuviera cargada y un brillo extraño se apoderó de sus ojos―. Yo subiré primero con este juguetito, en cuanto tengas camino libre corre al muelle, y no te detengas.
―Mientras corras conmigo no me detendré ―respondió la teniente, tomando un fusil de asalto del magnífico arsenal de colección de Yasikov.
―Sabes que yo te seguiré hasta el fin del mundo, mi amor ―sonrió y la tomó del chaleco, halándola hacia sí.
Se besaron de una manera muy intensa, luego se separaron y, en efecto, Juliana fue la primera en dirigirse a las escaleras luego de colocar una de las cargas explosivas en el borde del primer peldaño. Inicio el ascenso con rapidez; pero con mucha precaución y atenta a todo. Dio un paso torpe hacia atrás al sentir el silbido de una bala a pocos centímetros de su cabeza impactar en el concreto de la pared junto a la salida.
―¡Mierda! ¡Al suelo! ―exclamó y ambas se agacharon casi al mismo tiempo.
―¡Ey! ―aquella voz era inconfundible―. ¡Conde... ríndanse y prometo que les daré una muerte rápida! ―gritó Yasikov seguido de una risa desagradable―. ¡Tiren las armas al pasillo y salgan con las manos en alto!
Pero la respuesta que halló le dejó muy claro que no servía el diálogo entre ellos. Una fuerte ráfaga de fuego a ciegas agujereó las paredes del pasillo; rendirse no estuvo nunca en los planes de las chicas.
―¡Si tanto nos quieres, ven por nosotras, maldito infeliz! ―gritó Juliana y soltó otra lluvia de plomo.
―Estamos atrapadas, maldita sea ―murmuró Karolyn, cerrando los ojos con fuerza mientras apoyaba la cabeza a la pared.
―¡Jamás! No fue a morir que vinimos aquí, así que saldremos de este sitio e iremos por la vida que hemos planeado; te lo prometo ―le respondió
Juliana en voz baja viéndola a los ojos y le tomó una mano que apretó con fuerza.
Karolyn asintió mientras tomaba un profundo respiro. ―Acabemos con esos malditos pendejos de una vez por todas ―dijo decidida, llevando ambas manos a su cinturón equipado y tomando un par de bombas lacrimógenas que activó y lanzó sin previo aviso hacia donde estaba el enemigo.
Las dos pequeñas granadas no mortales rebotaron y rodaron por el suelo, envolviendo la habitación en una nube de humo tóxico y creando el pánico entre los presentes. Escucharon a Yasikov gritar y dar órdenes a los suyos en su lengua madre mientras corrían a ciegas, buscando la salida desesperados, cubriéndose los ojos y las vías respiratorias con las manos.
Las chicas se volvieron a colocar las gafas nocturnas y, luego de llenar sus pulmones de aire, salieron de su escondite e iniciaron a disparar contra todo lo que se movía en aquel lugar, logrando llegar hasta la puerta y salir al exterior. La pequeña nube de humo que emergió junto con ellas de aquel lugar fue una bendición para amabas, ya que los sujetos que aguardaban fuera del sitio lo pensaron dos veces antes de presionar el gatillo de sus armas dado que no sabían si los recién salidos eran sus colegas o “el enemigo”. Igual no tardaron en comprender quienes eran, pues Juliana Conde abrió el fuego como endemoniada, obligándolos a buscar reparo a la vez que ella misma junto a su chica se escondían detrás de una camioneta vieja y oxidada, que en segundos se volvió el blanco en aquel juego mortal.
Todos los rusos miraban al viejo cacharro, disparando sin cesar. Los proyectiles impactaban contra el vehículo, abriendo hoyos y rompiendo los cristales…
―¡Mierda! ―rugió Karolyn agachada detrás de aquel cacharro viejo, sintiendo el peso de la bolsa en su espalda. Se deshizo de las gafas de visión nocturna―. Son muchos… me temo que será…
Un beso en sus labios la interrumpió. Juliana abrió la boca para decirle algo, seguramente para darle ánimo y decirle que todo saldría perfectamente bien… pero de repente se creó un inquietante silencio y las palabras se le bloquearon en la garganta.
Los rusos dejaron de disparar.
Las chicas se miraron por un momento, muy serias… presintiendo lo peor. Juliana se alzó un poco, asomando la cabeza por las ventanillas rotas de la camioneta y exorbitó los ojos cuando vio uno de los enormes rubios ojiazules empuñando una bazuca a unos veinte metros de distancia. Era el mismísimo Mijail Yasikov y aquel momento parecía la encarnación del Diablo.
―¡Mierda, bazuca! ¡Separemos y al agua ya!
Karolyn exorbitó los ojos y, sin tener tiempo a pensar, corrió a la izquierda mientras Juliana lo hizo hacia la derecha, justo un par de segundos antes de que el malnacido ruso presionara el gatillo. Una explosión enorme a sus espaldas creo una onda expansiva caliente que las golpeó con fuerza, haciéndolas saltar varios metros…
Karolyn subió a la lancha, sofocada, había nadado muy de prisa. Ayudó a Will a tirar de la cuerda en donde habían amarrado el botín robado y en un minuto lo estaban ya subiendo a bordo; pero su corazón presentía que algo no estaba bien... Juliana no llegaba, tenía tiempo suficiente de estar ahí y aún no emergía. La última vez que la vio fue cuando ataron el dinero a la cuerda y la heredera Conde le hizo la señal de que todo estaba “ok”, que solo restaba retirarse...
Fuertes explosiones comenzaron a sucederse desde el muelle, una tras otra, iluminando los ojos de la teniente y Will.
―Mierda ―una fuerte opresión en su pecho le hizo sentir la humedad en sus ojos―. ¡Juliana me mintió y no regresó nunca tras de mí! ¡No debí hacerle caso! ¡Maldita sea! ―exclamó, tomando la careta y algunas cosas de las que ya se había despojado.
―¿Adónde vas? ―preguntó Will.
―¡Voy a regresar! ¡Obvio voy a regresar! ―respondió ella y sin esperar más respuesta saltó nuevamente al agua, dispuesta a todo por encontrarla y con la certeza de que lo haría.
La heredera Conde, en efecto, no había regresado a la lancha según el plan, en lugar de eso regresó... a la superficie. Sentía que no podría empezar una nueva vida sin cerrar por completo un capítulo doloroso para ella; y para eso su mayor enemigo debía morir, el hombre que mató a su padre.
―Rayos ―se quejó Juliana en voz baja, recostando la espalda tras una vieja carcacha mientras se presionaba una herida en el hombro izquierdo.
Cerca de ella había muchas llamas. Había explotado todas las cargas que colocaron al entrar por el botín; pero antes de marcharse de ahí, quería cerciorarse de que Yasikov hubiera muerto.
El ruido inconfundible de unas sirenas policiales llegó hasta sus oídos…
―¡Mierda!
Estaban lejos aún; pero sabía que en pocos minutos el sitio estaría lleno de agentes.
―¡Perra!... ¡Sé que estás aquí!
Ella escuchó al ruso que buscaba y, agachándose con cuidado, lo vio avanzar hacia ella, tambaleante, traía la mitad del cuerpo ensangrentado y cubierto de polvo, y en el brazo que tenía sano; una pistola.
―¡Aquí estoy, Condesa! ¿Todo este lío por mí, perra? ¡Aquí me tienes, sal y acabemos con esto!
Juliana revisó la única arma que traía consigo y engurruñó las cejas al darse cuenta que le quedaba una sola bala en el cargador... No más cargas explosivas... Ni granadas... Solo una bala y un brazo inutilizable; esas eran sus condiciones, pero estaba dispuesta a cumplir su venganza a como diera lugar.
Yasikov continuaba avanzando y la policía también. Al parecer se estaba acercando su final. Sonrió cuando el rostro de Karolyn se materializó en su mente; ¡la amaba tanto! Por eso no la inmiscuyó en aquella venganza que podía no acabar bien; tal como parecía que sería. Unas lágrimas se
escaparon de sus ojos y rodaron por sus mejillas, sintiendo la posibilidad de que jamás volvería a verla, de que tal vez no tendrían ese futuro que juntas habían planeado en aquel paraíso maravilloso.
Tomó un respiro y volvió a comprobar la posición del ruso, avanzaba lento, arrastrando una pierna; pero ya estaba cerca, lo necesitaba cerca... No podía fallar.
―¡Sal de una vez, perra! ¡Acabemos con esto!
―¡Conste que lo has pedido, infeliz! ―respondió Juliana y se dejó caer de un costado al suelo, asestando un disparo perfecto entre las cejas del tipo.
Una sonrisa se fue dibujando en ella cuando lo vio desplomarse poco a poco, con los ojos exorbitados y una mueca de sorpresa en su rostro. Con mucho trabajo se puso de pie; mas no consiguió dar un paso, un leve mareo la hizo tambalearse. Había perdido ya mucha sangre.
―¡Alto, Policía Nacional! ¡Suelte el arma! ―exclamó de repente el oficial al frente del operativo.
Pero justo antes de que ella pudiera siquiera voltearse a mirarlo, su mente se oscureció y se desplomó en el suelo.
―¡Es Juliana Conde, capitán Scott! ―exclamó otro de los efectivos que corrió de inmediato hacia ella.
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