CON EL ENEMIGO ADENTRO

Sra. Sotto · Capítulo 40 de 42

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CON EL ENEMIGO ADENTRO

Capítulo 38

Karolyn abrió los ojos de golpe, sintiendo un

leve dolor de cabeza tras impactar contra el volante.

―¡Maldición! ¡¿Estás bien?! ―exclamó preocupada por Juliana, quien recibió un ligero golpe en la frente con el frenazo brusco y sangraba un hilillo de sangre; pero se incorporó de inmediato y empuñó su arma.

―¡Bajen del vehículo con las manos en alto y donde pueda verlas!

¡Entreguen las armas! ―rugió el capitán Scott con aquel vozarrón que Karolyn conocía bien.

―Papá ―murmuró la chica, viéndolo a algunos metros a través del magullado espejo lateral.

Él estaba de pie junto a su camioneta, apuntando hacia la ambulancia con el ceño fruncido y aquella actitud que dejaba muy claro que haría de todo por detenerlas.

―Amor... ―dijo Karolyn, volteándose otra vez hacia Juliana.

Los ojos de aquella mujer eran lo más hermoso que la heredera Conde había visto en la vida y verlos rojos, luchando contra el llanto por la batalla que se libraba en su interior, era algo que la desarmaba por completo.

Juliana asintió y le besó los labios. Apoyó su frente en la de ella unos segundos y apretó los párpados con fuerza, luego sin mirar atrás lanzó su arma por la ventanilla y salió rápidamente, levantando el brazo sano en señal de rendición.

―¡Juliana! ―exclamó Karolyn y abrió la puerta del conductor, saliendo también mientras lanzaba la pistola al suelo.

Cuando los ojos de la hija hallaron los de su padre, le sostuvieron la mirada; sintiéndolos arder inevitablemente.

―Aquí estoy, capitán Scott ―dijo Juliana y dio un paso al frente.

―Aquí están ―respondió él, frunciendo aún más el ceño, doblegado por la ira, por el dolor de ver a su única hija del otro lado y no del suyo―.

Todo esto es culpa tuya, maldita delincuente ―vociferó y apuntó directamente hacia Juliana.

―¡Papá, no! ―gritó Karolyn, interponiéndose delante de la mujer que amaba, con los brazos en alto.

―¡Apártate y no me llames así! ―rugió el jefe de la unidad especial contra el crimen y apretó con más fuerza su arma.

No contaba el capitán con la pistola de Will... Karolyn la llevaba entre el cinturón y su espalda, y en un movimiento bastante rápido Juliana la tomó y haciéndose a un lado le apuntó al “enemigo”.

Karolyn exorbitó los ojos.

―Esto no tiene por qué salir mal, capitán ―dijo Juliana, apuntándole.

―¡No saldrá mal, ustedes irán a la cárcel como debe ser! ―gruñó él.

―Conmigo puede hacer lo que guste... pero Karolyn se va, ella no es como yo; ella no debe pagar por mis culpas.

―¡Juliana, basta! ―exclamó la exteniente, recuperando la voz, dándose cuenta de lo que estaba sucediendo; y no quería salvarse, no quería ser libre si la perdería para siempre.

―¡Ella escogió de qué lado estar y eso deberá pagarlo! ―dijo el capitán, mirando directamente a su hija con una sombra de decepción en su mirada. Volvió la vista hacia Juliana―. ¡Espero estés satisfecha, maldita escoria! ¡Me arrebataste lo más grande que tenía en la vida!

―Ella se va, capitán... ¡o de aquí no me saca viva! ―insistió Juliana, quitándole el seguro a la pistola.

Él se rio furioso. ―¡No sabes cuánto deseo que me das un solo motivo para meter una bala en tu cabeza, Conde!

―¡¿Qué espera, capitán?! ―Juliana lo encaró con más firmeza, sujetando firmemente su arma; pero justo en ese momento escucharon un

“click”... y al voltearse estaba Karolyn con el cañón de un pequeño revólver apuntando a su propia cabeza.

La hija del capitán sonrió mientras con una mano secaba sus lágrimas.

―¿Recuerdas este revolver, papá? Me lo regalaste tú.

―Ey, Karolyn; qué haces, amor... baja esa arma ahora mismo...

tesoro... ―murmuró Juliana sin dejar de apuntar al capitán; pero notablemente aterrada por lo que la chica estaba haciendo.

El jefe de la unidad policial permanecía en silencio, sin dejar de apuntar a su objetivo pese a que sus ojos estuvieran fijos en la criatura que más amaba en la vida. El estricto capitán Scott no comprendía cómo las cosas habían llegado hasta aquel punto... No entendía cómo “la había perdido”, y ahora ella estaba ahí, del lado equivocado por una persona que estaba convencido no era digna de ella, una persona para quien la impunidad y el poder representaban todo en la vida y que no sería capaz de sacrificar nada de eso por ella... una persona que no la amaba de verdad y a quien su corazón de padre se negaba a aceptar ya que no merecía a su princesa.

―No veo otra salida para esto. Es evidente que entre ustedes no hay tregua posible; y yo me estoy sintiendo horrible por estar entre dos aguas.

―K-Karo... amor... suéltala... esa no es la salida... ―dijo con voz de súplica la criminal que más ansiaba detener aquel hombre frente a ellas.

Pero Karolyn no escuchaba razón. ―Lo siento, papá ―continuó y sonrió, justo cuando escucharon el lejano sonido inconfundible de unas sirenas de patrulla―. Ya están por llegar tus muchachos; tendrás lo que quieres... Espero de verdad que eso te de paz y logres sentirte satisfecho contigo mismo.

―¡No! ―exclamó Juliana ante la mirada recia y vidriosa del capitán y, soltando su arma rápidamente, le arrebató la de Karolyn lanzándola a varios metros. Se volvió a mirarlo―. Haga lo que tenga que hacer, capitán ―dijo, extendiendo hacia este su brazo, esperando dispuesta ser apresada... Sin ella nada tendría sentido.

Unos instantes de silencio reinaron; pero no había mucho tiempo que perder. El condecorado jefe de la policía bajó lentamente el arma y llevó una mano a su espalda, en donde llevaba siempre las esposas; mas en lugar de esto tomó las llaves de su camioneta y las lanzó a la chica.

―Tienen menos de cinco minutos para salir de aquí ―el capitán se sacudió la nariz y miró a Karolyn―. La policía está por llegar.

―Papá...

―Fingiré que me han golpeado para llevarse mi auto; pero tiene que ser ahora... No quiero verte en prisión, prefiero saber que eres... feliz... a tu modo; pero feliz... Porque yo te amo, hija.

Ambos se abrazaron mientras Juliana permanecía inmóvil, no sabía cómo reaccionar ni qué decir ante semejante prueba de amor. Se limpió el rostro cuando los vio abrazarse y sonrió levemente.

―¡Rápido, están muy cerca! ―repitió el capitán, separándose de su hija y luego le dirigió una última mirada a Juliana―. Más vale que no vuelva siquiera a saber que has hecho de las tuyas, Conde.

―Estaré muy quieta, capitán, se lo aseguro.

Él asintió y luego las vio abordar el vehículo, les indicó que ruta debían seguir y luego se adentró más en el estacionamiento; se golpeó la cabeza en una de las columnas y se sentó sonriendo mientras la sangre de su herida le mojaba el rostro.

Karolyn despertó y al darse cuenta del brazo que la rodeaba sonrió. Se giró despacio, no quería despertarla; pero al voltearse se encontró con los ojos de Juliana mirándola como si fuera la luz del día.

―Buenos días, dormilona ―dijo Juliana y le dio un beso en los labios mientras le apartaba el cabello a un lado delicadamente.

―Ciertamente es uno de mis mejores días ―respondió Karolyn y la besó nuevamente―. ¿Cómo estás? ―preguntó luego, acariciándole el hombro con un vendaje ya más ligero.

―Oh, estupenda... y con esta enfermera sexy que duerme conmigo no tengo chance ni de acordarme de una pequeña herida.

Ambas sonrieron y casi a la vez recordaron la noche anterior. La cena en la arena. La velada bajo la luna. La vida maravillosa que disfrutaban desde hacía tres días ya y que nada ni nadie podría perturbar.

―¿Ah sí? ¿Se queja, señora Conde, de los cuidados que recibe?

―preguntó la exteniente en tono ligero mientras se acomodaba a horcajadas sobre ella.

―¡Oh no! No es una queja... es un incentivo para que sepas que tu amor me hace bien ―hundió una mano entre su cabello y la atrajo hacia ella―. Que precisamente es todo cuanto necesito para sanar cualquier herida... Que te amo y deseo lo mejor para ti, por lo cual voy a ser la persona que mereces. Y que... si me dices que sí... ―dijo mientras su mano abandonó el cabello de la mujer que amaba para tomar algo en el cajón junto a la cama.

Karolyn exorbitó los ojos. ―Oh.

―Mj ―asintió Juliana mientras ambas se arrodillaban sobre el lecho―. Es la promesa de que no pasaré un solo día de mi vida lejos de ti.

¿Te casas conmigo, bonita? ―preguntó, mostrando un anillo precioso.

―¡¿Y cómo no, mujer?! ―exclamó como una chiquilla emocionada y fue por sus labios, devorándolos con necesidad―. ¡Claro que sí!

Cuando se separaron, Juliana le colocó el anillo y la volvió a besar mientras la envolvió en sus brazos.

―Te amo ―murmuró la exteniente entre pequeños e incesantes besos.

―Yo más.

―Habrá que verlo ―Karolyn se rio.

―¡Mejor sentirlo! ―exclamó Juliana y la empujó contra el lecho.

―Creo que sí está usted bastante recuperada, paciente ―dijo Karolyn y sonrió mientras se mordía el labio inferior.

―Ya se lo había dicho, enfermera... Mi medicina está aquí; y voy por la primera de mis incontables dosis diarias ―respondió la Condesa, perdiéndose debajo de las sábanas...

Perdieron la noción del tiempo, de todo, como sucedía cuando estaban a solas; como sucedería toda aquella vida maravillosa que estaban comenzando, luego de tantas trabas y de lo que parecía un abismo entre ambas.

Una isla lejos del resto del mundo; un paraíso personal en que vivirían la historia de amor que iniciaron a escribir desde el primer momento en que se vieron. Todo cuanto necesitaban era una a la otra... Y finalmente se tenían para siempre. El pasado era ahora un recuerdo y había mucho al horizonte como para voltear a mirar hacia atrás.

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