CON EL ENEMIGO ADENTRO

Sra. Sotto · Capítulo 24 de 42

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CON EL ENEMIGO ADENTRO

Capítulo 22

Alas once de la noche Yasikov prendió un puro

y miró al reloj.

―Atentos, está por aparecer la perra; la

quiero viva... es un gusto que siempre he deseado darme, verla rogar ante mí ―dijo a sus hombres en una de las viejas oficinas abandonadas en uno de los muelles en donde solía hacer negocios.

―Menuda sorpresa se llevará, patrón.

―Esa perra siempre se las ha dado de lista. Ella y su padre osaron humillarnos en más de una ocasión; así que llegó el día... en cuanto llegue, da la orden de ejecutar su zorrita, y nosotros nos encargamos de ella.

Justo en ese instante, las sirenas de unas patrullas inundaron el sitio formando gran revuelo; la policía los cercaba de repente.

―¡Maldita perra! ¡Jugó sucio como siempre, nos entregó!

―¿Que hacemos, patrón? ―preguntó uno de sus hombres en medio de la loca carrera hacia los autos mientras ya se escuchaban algunos disparos.

―¡Comunícame con Oleg! ¡Que le meta una bala entre las cejas a la teniente!

En la construcción abandonada a algunos kilómetros de donde su gente llevaba a cabo un operativo, para atrapar al tan buscado Mijail Yasikov gracias a una llamada anónima vía internet, Karolyn Scott comenzaba a sentir cómo se le adormecían los brazos atados por horas tras su espalda.

―¿Ya habrá comenzado la fiesta en el puerto para atrapar la Condesa?

―preguntó Oleg, la mano derecha de los Yasikov.

―De seguro que sí... el intercambio era a las once ―respondió otro de los cinco tipos que habían quedado a cargo de Karolyn.

La teniente escuchaba en silencio, preocupada por lo que podría estar sucediendo; pero firme en no darles el gusto de verla sufrir. Estaba entrenada para resistir, y eso estaba dispuesta a hacer.

―Voy a mear, y de paso checaré a los chicos que hacen la guardia fuera. Ojo con esta perra, no olviden quién es ―pero en ese momento el teléfono del tal Oleg sonó, deteniéndolo antes de salir―. ¿Sí, patrón? ―sus ojos se desorbitaron en dirección a Karolyn y llevó una mano a su arma de inmediato.

No le dio tiempo a contestar nada, una bala hizo blanco en su mano volándole los dedos y haciendo añicos el celular.

―¡Maldición, cúbranse! ―gritó otro de los tipos mientras socorría al tal Oleg casi arrastrándolo tras un viejo armario de metal.

―¡La chica, maten a la chica… ha ordenado el patrón! ―gritó Oleg; mas cuando otro de sus hombres apuntó hacia el objetivo en la silla al centro del local, una bala se alojó en su cráneo, salpicando sangre a la pared violentamente.

―¡Al techo! ¡Está en las vigas del techo! ―gritó Oleg, señalando la silueta posesionada en lo alto con un rifle de gran calibre.

Karolyn cayó al suelo instintivamente, en medio de aquel fuego cruzado a la vez que irrumpían en el local los otros dos hombres que quedaban fuera. Ella no lograba ver absolutamente nada dada la posición incómoda en se hallaba en esos momentos; pero sus labios dibujaron una sonrisa cuando escuchó caer los otros dos tipos que entraron, y luego vio acercarse una silueta que reconocería entre miles. Era Juliana Conde vestida enteramente de negro y armada hasta los dientes, ante la vista de la teniente era una visión celestial.

―Ey… ―se agachó, haciéndole ver su rostro a la teniente―.

¿Contenta de verme, chiquita?

La teniente sonrió. ―¡Oh, sí! ―exclamó y correspondió con ardor al beso que se adueñó instantes después de sus labios―. Ahora corta estas cuerdas y vayámonos de aquí.

Juliana sacó una navaja de su cinturón e inició a cortar las cuerdas que le ataban las manos a la chica cuando un proyectil inesperado silbó muy cerca de su cabeza.

―Mierda ―exclamó, terminando de cortar las cuerdas a la vez que entregaba la navaja a la chica y aferraba el rifle, iniciando a disparar contra los tipos que entraron.

Karolyn cortó rápido las cuerdas que le ataban los pies a la silla y corrió tras Juliana que se escondió detrás de un muro. ―Estamos cercadas, no lograremos salir jamás de aquí. ¡Maldición! ―dijo, tomando la pistola que la otra tenía en el cinturón bien surtido de armas.

La Condesa la miró a los ojos y le robó un beso corto pero intenso mientras los disparos del enemigo impactaban contra el muro que las protegía.

―No seas pesimista, mi amor ―le dijo sonriéndole y miró el reloj que llevaba en la muñeca―. Ahora, ¡corre! ―la aferró de una mano y la haló fuerte, iniciando una loca carrera al mismo tiempo que pequeñas bombas comenzaron a explotar una tras otra, derrumbando gran parte del techo del lugar y creando bastante confusión y desastre.

―¡Tú estás completamente loca! ―gritó la teniente, mirando hacia atrás y viendo el entero establecimiento envuelto en llamas y humo; pero ya ellas estaban fuera y bastante lejos, al seguro. Se volvió hacia Juliana―. ¡Y

cuanto te amo, mujer! ―se le lanzó al cuello y la besó como si no existiera un mañana.

Pero otros disparos no muy lejanos interrumpieron aquel beso que parecía interminable.

Juliana se colocó un casco y trepó a la moto que había escondido.

Lanzó el otro casco a la teniente. ―¡Monta! ―ordenó, haciendo rugir el motor.

Karolyn obedeció de inmediato sin dejar de disparar contra los tipos que se acercaban corriendo…

Media hora después, la moto donde viajaban las chicas se detuvo ante un garaje que se abrió cuando Juliana presionó un botón del pequeño control remoto que sacó de su bolsillo. La puerta se cerró en cuanto ellas entraron.

―¿Qué lugar es este? ―preguntó Karolyn, quitándose el casco y viendo todo a su alrededor.

―Un lugar seguro ―respondió Juliana, dejando los cascos encima la moto. La tomó por una mano―. Ven… seguramente estás necesitando un

baño caliente y una cama ―le guiñó un ojo y sonrió.

Karolyn sonrió a su vez y la siguió hacia unas escaleras en el fondo del grande garaje que alojaba unos cuantos vehículos costosos. Encima de estas había una puerta que daba a un pequeño apartamento de la misma grandeza del garaje. Era un ambiente único. En una esquina se hallaba la cocina, en el centro un hermoso diván de piel blanco frente a un televisor colgado en la pared, y en el otro extremo se hallaba el lecho. Era bastante acogedor no obstante fuera pequeño.

―Aquí está el baño por si… ―empezó a decir Juliana, abriendo una puerta cerca de donde se hallaba la cama; pero se interrumpió cuando vio la chica avanzar hacia ella.

―¿Y tú? ―Karolyn le rodeó la cintura con los brazos―. ¿Me acompañarás? ¿M? ―le rozó los labios con los suyos―. También necesitas un baño caliente.

―Mj ―asintió la heredera Conde, sintiéndola muy cerca de sí y sonriendo al ver con cuanta facilidad aquella chica lograba hacerle olvidar todo lo demás.

La teniente sonrió y la volvió a besar. ―Gracias ―murmuró.

―Más bien... perdóname tú, ha sido mi culpa que te vieras metida en este rollo ―dijo y le tomó el rostro entre las manos para darle un beso muy suave, tomándose unos cuantos segundos para saborear aquellos labios―.

Si te hubiera sucedido algo peor yo...

―Shshsh... ya pasó; estoy aquí, contigo ―respondió Karolyn, acariciándole la espalda mientras la veía a los ojos.

―Sí; pero... Yasikov no se estará tranquilo, yo... lo entregué a la policía. Me tendió una trampa y yo le puse otra, y entregué lo que tanto desea como pruebas en su contra... Si logra escapar no nos dejará en paz, ya se ha vuelto esto personal y ahora también te perseguirá a ti, no quiero que vuelva a...

―Shsh... no pienses en eso ahora, además no soy una mansa paloma, sé cuidarme; y además... ―respondió la teniente, jugando a zafar el cinturón de Juliana―. ¡También cuidaré de ti!

Aquella mujer lograba dominar su corazón que siempre pareció indomable. Con ella no había barrera infalible, con solo mirarla el frío de la

hija del Conde se volvía fuego y un torrente de ternura le inundaba hasta el alma.

―¡¿Ah sí, teniente?! ―preguntó Juliana, sonriendo e inició a sacarle la blusa lentamente.

―Mj... De todo y de todos...

―Ah... mi princesa valiente. Te amo ―dijo muy junto a sus labios Juliana e inició a besarla muy suave, mientras sus manos continuaban a desvestirla.

―Yo te amo más... mucho más...

Poco a poco las prendas cayeron y quedaron completamente desnudas.

No dejaban de besarse, de acariciarse con aquella necesidad de sentir la una a la otra. En esos momentos ni recordaron que minutos antes se le escaparon a la muerte, solo existían las dos en aquel lugar seguro y el deseo irrefrenable de fundirse en una. Sin desprenderse una de otra entraron a la ducha, en donde el agua de la regadera cayó sobre ellas, mojándoles el cabello en segundos mientras sus lenguas jugaban a acariciarse entre sus labios.

―Yo... ya no me quiero; no puedo... separarme de ti ―confesó Juliana junto a su oído, rodando los labios a través de su cuello y tirando de sus caderas hasta sentir el calor de su pelvis junto a la suya.

―Y no lo hagas nunca, mi amor... ni yo jamás te dejaré hacerlo...

Mmmmm... ―gimió al contacto de aquella lengua alrededor de unos de sus senos, sintiendo una descarga eléctrica desde su pecho hasta su sexo.

Juliana la apresó con su cuerpo contra las frías losas blancas de la pared mientras sus labios continuaban a jugar en sus senos, y sus manos traviesas la aferraban fuerte de las caderas como si temiera que Karolyn se le escapara en algún modo. La necesidad de poseerla de la manera más intensa que existiera se hacía cada vez más incontrolable, sus manos, su boca, su piel… toda ella sentía la urgente necesidad del calor de aquella mujer.

Karolyn sintió las manos de Juliana agarrarla más fuerte y voltearla con cierta brusquedad que la hizo jadear. Apoyó las palmas de las manos contra las losas como si quisiera aferrase a ellas, y cerró los párpados al recibir las caricias de aquellos labios cálidos y ávidos en la piel de su cuello, haciéndole erizar cada vello del cuerpo. Su respiración se ralentizó cuando

recibió aquellos deliciosos y pequeños besos que fueron recorriéndole los hombros mientras una mano resbalaba despacio por su vientre y la otra acariciaba uno de sus senos.

―Te deseo, teniente ―murmuró Juliana muy cerca de su oído, arrancándole un gemido que las hizo temblar a ambas, mientras aquella mano que recorría el vientre de la teniente se deslizó suavemente hacia su pelvis y sus dedos resbalaron entre los pliegues húmedos.

Juliana le mordió el lóbulo de la oreja mientras le acariciaba el clítoris hinchado y lo sentía palpitar de ganas bajo la punta de sus dedos. La chica se estremecía presa de sus caricias que se hacían cada vez más intensas, fuertes y rápidas. La escuchó jadear de placer y abrir un poco las piernas cuando llevó su dedo medio hasta su abertura y dibujó pequeños círculos alrededor de esta mientras le presionaba la pelvis con la palma de la mano.

La teniente estaba a punto de explotar, sintiendo aquel dedo resbalar suavemente en su interior y aquellos labios recorrerle la piel con besos ardientes, con besos hambrientos…

La heredera Conde retiró ambas manos de donde las tenía y volvió a aferrarla fuerte de las caderas mientras iniciaba a arrodillarse sin dejar de besarle la espalda mojada… las nalgas… La volvió a girar con la misma brusquedad de antes, con urgencia, sentía urgencia de disfrutar y saborear con su boca el néctar de aquel sexo empapado de deseos; deseos de ella.

Posó un beso suave en su pelvis mientras le separaba los muslos, quedando extasiada ante la maravillosa vista de aquel sexo abierto que parecía tener algún poder hipnótico. Se humedeció los labios y se entregó por completo a sus propias ganas; ganas de quemarse los labios con su placer, de saciar aquella sed que la estaba matando, ganas de beber de ella hasta la última gota. Deslizó la punta de la lengua entre los pliegues, acariciándole el clítoris, lo succionó suavemente, sintiéndola estremecerse, gimiendo de gusto y tomarla del cabello exasperada. Lo volvió a lamer más fuerte, con más ímpetu mientras su saliva se mezclaba con el jugo delicioso de aquella mujer que la tenía totalmente loca de amor, y no se detuvo, continuó, acercándola cada vez más a la cumbre del orgasmo… y sonrió satisfecha solo cuando la sintió convulsionar y explotar de placer…

Con pasos torpes, entre besos y caricias famélicas, empapadas de agua y sudor cayeron sobre de la cama. Karolyn trepó a horcajadas sobre Juliana, hallando la posición en que sus sexos encontraron ese beso ardiente que

tanto ansiaban. No dejaban de besarse, de apretarse, de susurrarse cuanto se deseaban… hasta que sus cuerpos se tensaron y los gemidos de amabas se volvieron más fuertes, experimentando extasiadas la belleza de un largo e intenso orgasmo mutuo, un orgasmo sin igual.

―Te amo, Juliana Conde ―susurró la teniente, acurrucándose luego en su pecho y sintiendo los latidos acelerados de su corazón.

―Y yo te amo más, cosita mía ―respondió la otra, acariciándole el cabello mojado y tratando de controlar la respiración.

Permanecieron allí, quietecitas, una en brazos de la otra, disfrutando de la calma después de la tormenta. Entre caricias suaves y suspiros silenciosos se durmieron, envueltas en la intensa fragancia de aquel amor que las hacía esclava la una de la otra.

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