CON EL ENEMIGO ADENTRO

Sra. Sotto · Capítulo 30 de 42

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CON EL ENEMIGO ADENTRO

Capítulo 28

Anclaron la embarcación en un muelle que

sobresalía unos metros mar adentro de la

playa. Descendieron del yate, llevando solo una mochila y sonrieron al tomarse de la

mano.

―Te amo, teniente ―dijo Juliana, apretándole por un momento los dedos y viéndola a los ojos.

―Yo te amo más... amor de la vida mía ―respondió Karolyn y justo iba a besarla cuando la voz de un hombre maduro llamó la atención de ambas.

―¿Señora Julia Candy? ―preguntó el encargado de recibirlas.

―S-sí, hola... ¿cómo está? ―respondió Juliana y le extendió una mano que él se apresuró a estrechar.

―Como supuse viene usted acompañada, oh; mi esposa ha preparado unas habitaciones con vistas al mar que son una belleza, y la cena, ¡oh, les encantará la cena, ha preparado unas delicias que les fascinará!

―Oh, no lo dudo, señor...

―Paul, para servirles; permítanme sus equipajes para llevarlos a las habitaciones.

―Solo una bolsa, no se preocupe; yo misma la puedo llevar a nuestra habitación ―respondió Juliana y sonrió, dejando al tipo un tanto consternado; pero de inmediato sonrió―. Ella es Karolyn; la nueva dueña de este paraíso muy pronto ―sonrió debido al apretón de mano que recibió―, y es mi novia.

―Oh, casi como la isla ―bromeó el viejo y le extendió una mano a Karolyn que ella estrechó mientras le sonreía.

―B-bueno, señoritas, adelante... están en su casa.

―Literalmente sí, Paul... muy pronto ―contestó Juliana y apretó nuevamente la mano de la otra chica mientras avanzaban detrás del cuidador.

El camino hacia la casona, eran varios metros de una acera empedrada con hermosas y pequeñas palmeras a los lados de la misma clase que las

muchas esparcidas por el amplio jardín que rodeaba el inmueble. La casa era un tanto al estilo colonial, no se veía muy extensa; pero poseía dos plantas con un hermoso tejado rojizo y aleros en los cuales colgaban plantas exóticas de algunos diferentes colores. Estaba rodeada en ambos niveles por corredores techados, amplios ventanales y puertas de madera y cristal.

Ciertamente parecía un paraíso.

―Adelante ―dijo Paul, abriendo la puerta y haciéndose a un lado―.

No sé si deseen conocer sus, perdón ―sonrió―, la habitación en que dormirán o quieren pasar a la cocina por un jugo o cualquier cosa que deseen beber, ahí está mi esposa presta a prepararles lo que gusten.

―Oh, gracias, Paul ―dijo Karolyn y le sonrió, ciertamente apreciaba la hospitalidad con que las estaban recibiendo―. Pero creo que subiremos...

me gustaría darme una ducha y cambiarme, luego sí; beberemos algo antes de dar un paseo por los alrededores.

―Perfecto... hemos preparado las habitaciones al fondo del pasillo en el segundo piso; son las más extensas y como dan a un lateral, tienen unos hermosos balcones que dan a la playa, ya verán en cual deciden instalarse.

―Gracias por tu amabilidad, Paul ―dijo Juliana―. Por cierto... me estuvo comentando el dueño que vives aquí con tu esposa hace más de diez años... me gustaría que continuaran trabajando aquí... si les parece.

―¡Oh, señoritas! ¡¿De veras?! Nos preocupaba mucho dejar la isla, aquí está nuestra vida, le agradezco inmensamente, mi mujer estará feliz.

―Me alegro entonces ―dijo Juliana y sonrió―. Bueno... subiremos a instalarnos y bajaremos dentro de un rato por unas bebidas refrescantes, entonces conoceremos a su esposa.

―Como gusten las patronas.

―Gracias por todo.

Ya en la habitación del final del pasillo, Juliana soltó la mochila sobre una butaca de mimbre y abrió de par en par las puertas del balcón.

―Por dios... tanta belleza solo he visto cuando miro tus ojos ―dijo, contemplando el horizonte y luego se giró para ver a Karolyn despojándose de su ropa.

Karolyn sonrió con aquella tontez que la hacía parecer una chiquilla. El amor tenía ese efecto, y ciertamente Juliana era muy halagadora y la enamoraba siempre más, hasta con una simple mirada lograba hacer que el corazón de la chica se disparara a mil.

―Me encanta este lugar ―dijo la teniente mientras se le acercaba―.

Lo adoro.

―Y yo te adoro a ti, mi amor ―Juliana la tomó de la cintura cuando la tuvo enfrente, y sonrió cuando vio las mejillas de la otra sonrojarse.

―Seremos felices aquí ―se mordió el labio y luego la besó.

―Oh… yo te prometo que viviré para hacerte feliz por toda mi vida

―Juliana la estrechó más fuerte en un dulce abrazo.

Media hora después, ambas descendieron y fueron hasta la cocina para saludar a Irma; la esposa de Paul. Una mujer bastante simpática y agradable. Decidieron dar un paseo por los alrededores mientras la señora Irma terminaba de prepararles la cena, y el olor que inundaba el ambiente de esa cocina era delicioso.

Salieron al exterior del inmueble, atravesando todo el inmenso y hermoso jardín con plantas exóticas y una piscina maravillosa en uno de los lados, hasta finalmente llegar a la playa con arena muy blanca y fina.

Ciertamente era un lugar paradisíaco…

Permanecieron por unos segundos contemplando el sol que ya se escondía para darle paso a la noche, a una noche que prometía ser inolvidable, y sería la primera de muchas en aquel maravilloso lugar.

―¿En qué piensas, mi amor? ―preguntó Juliana que la abrazaba por detrás.

Karolyn se giró entre sus brazos. ―En que estoy perdidamente enamorada de ti… y muero por un beso ―sonrió cuando Juliana se precipitó a besarla intensamente, con sentimiento, un sentimiento que crecía a cada segundo.

―Te amo ―murmuró la chica con los labios rosando aún los de la otra.

―Prométeme una cosa, Juliana ―llamó toda su atención, viéndola a los ojos―. Prométeme que estaremos juntas para siempre.

―Para siempre, mi amor ―la volvió a besar con más intensidad y la estrechó fuerte entre sus brazos―. Muy pronto todo lo pendiente será resuelto y viviremos aquí... en nuestro nuevo mundo.

―Aún estoy esperando... promete, prométeme que por nada de este mundo nos vamos a separar jamás.

Aquellos ojos de mirada limpia le parecieron a Juliana la cosa más hermosa que había visto en la vida, y aun comparados con aquella puesta de sol el astro rey quedaría debiendo. La petición de Karolyn sonaba a súplica y ella no halló cómo controlar el remolino de emociones que se formó en su pecho; si es que moría por aquella mujer, si es que prefería morirse que perderla.

―Lo prometo ―respondió y la besó en los labios con una ternura que estaba recién descubriendo dentro de sí, desde que se dio cuenta al conocerla que ella tenía en el corazón todo el fuego necesario para derretir la escarcha de su alma―. Por Dios... ―la estrechó muy fuerte luego para que no la viera enjugar un par de lágrimas y sus manos se deslizaron ávidas de su piel por su espalda―. Puedo jurar ante quien sea que soy la mujer más feliz de la tierra, solo por ti.

―Yo soy la mujer más feliz ―respondió Karolyn y sonrió, luego se hizo atrás para verla a los ojos un momento y comenzó a besarla, en los labios, en todo el rostro después, hasta que sus manos zafaron el nudo del sostén en su espalda y luego cubrió aquella desnudez con su propio cuerpo.

―¿Sabes que haremos el amor aquí mismo?... Te necesito ―dijo Juliana entre un beso y otro mientras la obligaba a agacharse con ella, halándola del pareo hasta caer de rodillas en la arena, una frente a otra.

―Eso es... justo lo que pretendo ―Karolyn fue al encuentro de aquellos labios que sabían a amor mezclado con deseos.

Una cayó encima de la otra, ahí en la arena, a orillas del mar, perdiéndose una en la otra... sintiendo la misma necesidad de poseerse. Sus labios se devoraban lentamente mientras, poco a poco, entre caricias y susurros en los cuales confesaban una y otra vez sus sentimientos, se despojaban de las pocas prendas que llevaban.

Se abrazaron con tanta fuerza y pasión que sus cuerpos desnudos parecían fundirse en uno solo. Las caricias se volvieron más intensas y los besos más ávidos al delicioso roce de los labios de sus sexos empapados de amor, un amor que las hacía esclava la una de la otra... un amor que devoraba en un incendio de hermosos y a la vez ardientes sentimientos no solo sus cuerpos, sino también sus almas...

―Eres el amor de mi vida ―jadeó Juliana, apretándola con fuerza, sintiendo los primeros y deliciosos espasmos sacudiéndola de placer.

Karolyn la siguió en aquel maravilloso viaje, tocando el cielo juntas.

―Te amo ―dijo, tratando de controlar su respiración. Sonrió y la besó en los labios suavemente―. Te amo, Juliana ―repitió, viéndola a los ojos.

―Eres todo lo que siempre soñé, hermosa… tú te has convertido en mi mundo ―Juliana le tomó el rostro entre las manos y la besó con ternura―.

Ya ni siquiera logro imaginar una vida sin ti… te amo… te amo… te amo…

―repitió una y otra vez, posando en sus labios besos cortos y delicados; pero a la vez muy intensos.

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