CON EL ENEMIGO ADENTRO

Sra. Sotto · Capítulo 3 de 42

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CON EL ENEMIGO ADENTRO

Capítulo 1

Carolina despertó con la frente sudada y un

brazo adormecido, dado que otra de las

muchachas que viajaban con ella se había

quedado rendida prácticamente sobre su

hombro.

―Ey… ¡Ey!... Lorena, despierta, despierta.

―¿Qué sucede? ―despertó sobresaltada la que casi estaba encima de ella.

―Está por amanecer, ese tipo dijo que al amanecer tocaríamos tierra, finalmente; no aguanto más este encierro y este vaivén me tiene el estómago revuelto.

Media docena de chicas en la oscura bodega de un barco pesquero llevaban más de cuarenta y ocho horas sin ver la luz del sol.

―Tengo miedo, Carol... me quiero regresar a casa, por Dios ―se lamentó la de nombre Lorena mientras se abrazaba las rodillas y se mecía sobre sí misma―. Esto no es lo que quería, no es lo que me prometieron

―dos lágrimas se desprendieron de sus ojos verdes.

―Por... confiadas, estamos aquí ―Carolina se pasó una mano por el cabello castaño oscuro, tratando de peinarlo un poco con sus propios dedos.

―Yo solo quería un dinero extra para la universidad; por eso accedí a tomarme esas malditas fotos y entrar al supuesto casting ―no dejaba de llorar―. Jamás pensé que terminaría así.

Una chica que recién despertaba clavó sus ojos marrones en los de Lorena. ―Ah, ya basta de lágrimas, Lorena; tan inocente no eres... ¿Me dirás que nunca pensaste que esto podría suceder? ¿No lees diarios o qué?

―preguntó, al parecer ya resignada a su suerte.

―Ya basta de discutir entre nosotras, no es el modo en que saldremos de esto ―dijo Carolina y se alzó para asomarse por la escotilla.

La de ojos marrones siguió a Carolina con la mirada. ―Mejor hacernos ya a la idea de lo que realmente sucederá y dejen de darle vueltas, que en el fondo todas sabemos que si estamos así, en este lugar de polizontes, es porque viajamos ilegal; y porque nos han vendido como putas, o en el peor

de los casos, nos llevarán a algún salón clandestino para sacarnos los órgan...

―¡Shshsh… viene alguien! ―avisó Carolina y todas volvieron a hacerse las dormidas.

―¡Arriba, de pie! ―gritó el hombre fornido mientras abría la puerta de par en par―. En una hora atracaremos en tierra firme, levántense y vayan por un baño, y se me ponen esto ―espetó y tiró una bolsa de plástico que contenía algo de ropa―. ¡Pero es ya, holgazanas! ¡¿No querían trabajar?!

Pues ya casi ―soltó una estruendosa carcajada―. Andando, bajaré en media hora por ustedes.

Y mientras en alta mar sucedía una verdadera pesadilla para aquellas pobres desafortunadas, otros, muy privilegiados, se reunían en la mesa para tomar el desayuno caliente y bien servido en una residencia lujosa y rodeados de todas las comodidades del mundo.

―Buenos días, papá ―saludó la chica que vestía muy elegante, cruzando detrás del puesto principal en la mesa y ocupando luego uno a la derecha.

―Buen día, cariño ―el sujeto sonrió―. Muy arreglada, ¿vas a salir?

―¿Lo olvidaste? Hoy cierro el negocio de los Spa... Me reuniré temprano con el vendedor, la verdad no sé cómo cambió idea repentinamente; pero ayer te comenté que me llamó en la tarde, aceptando el precio.

―Oh, es que mi hija es muy buena en los negocios ―afirmó Lucio Conde, desbordando orgullo por todos los poros―. Habrá comprendido que es una buena oportunidad.

―Mj... puede ser, igual para nosotros sí que es una estupenda oportunidad; podremos blanquear varios millones ―dijo la chica de cabello muy largo y negro como azabache mientras se sirvió un café―. ¿Y tú qué harás hoy?

―Pasaré al casino y luego tengo que recibir... algunas entregas que me llegan hoy; nada importante, cariño.

―Te acompañaría; pero ya vez que hoy estaré liada. De hecho; me voy

―se disculpó la chica y se puso de pie terminando el café ya fuera de la mesa, soltó la tasa y, de paso junto a su padre, le besó la mejilla―. Nos vemos más tarde, papá. Buen día.

―¡Juliana, hija! ―la llamó él, haciéndola detener un instante―.

Cuídate mucho, ¿vale?

―Siempre ―respondió ella con una sonrisa en sus labios muy rojos, le lanzó un beso al aire y desapareció del comedor.

Carolina observaba atentamente las demás chicas, quienes al igual que ella, siguiendo las órdenes de sus secuestradores, se lavaban torpemente algunas partes del cuerpo usando una esponja, todas alrededor de algunos recipientes con agua limpia que había en el suelo de aquella asquerosa y maloliente embarcación. Todas tenían los ojos rojos y el rostro mojado por las lágrimas.

Respiró hondo y cerró fuerte los párpados, alejando de sus oídos los sollozos de aquellas pobres almas condenadas a vivir una de las peores pesadillas que una mujer pudiera tener. Deseaba tocar tierra firme de una bendita vez. Necesitaba respirar aire limpio y sentir la dulce y cálida caricia de los rayos del sol en su piel... Deseaba despertar ya de esa maldita pesadilla; pero desgraciadamente sabía muy bien que aquello era solo el inicio y que aún no había visto lo peor.

Abrió los ojos de golpe cuando escuchó la puerta abrirse de nuevo.

Esta vez entraron dos tipos y las chicas se apresuraron en lo que estaban haciendo. Ella tomó una de las toallas limpias y secó sus partes mojadas.

Caminó hasta el centro, donde estaba la bolsa de plástica que contenía ropas limpias y aferró lo primero que halló. Un vestidito negro de tirantes muy sutiles.

―Ya nuestros hombres nos esperan en el puerto. Está todo listo para cuando atraquemos ―comentó en voz baja uno de los tipos que se habían quedado cerca de la puerta; pero que observaban con recelo la preciada carga que traían.

El otro encendió un cigarrillo. ―Ya estoy loco por llegar, no aguanto más esta peste a marisco.

Carolina desvió su atención y la centró en una de las chicas que tenía un aire bastante sospechoso. La vio escurrirse sigilosamente hasta una esquina con los ojos apuntados en algo parecido a una lanza, era una especie de arpón no muy grande.

―Mierda ―murmuró, presintiendo lo peor y visualizando en su mente un terrible escenario.

Miró hacia los tipos de mal aspecto que continuaban conversando distraídos, entonces deslizó de nuevo su mirada hacia la chica de pelo rojizo y muy corto y la vio aferrar con manos temblorosas el viejo arpón. Se precipitó hacia la pelirroja – que al parecer tenía instinto suicida – con la buena intención de persuadirla y evitar un irreparable daño; mas antes que pudiera siquiera rozarla con un dedo, la chica asustada y poseída por una buena dosis de adrenalina, arremetió contra los hombres mientras profería lo que pareció un rugido de batalla...

El estruendo de un disparo logró arrancarle un grito aterrador a cada una de las presentes, y la pelirroja cayó al suelo con un hoyo entre ceja y ceja. El arpón oxidado rodó de su mano hasta los pies del tipo que sujetaba el arma humeante y el ambiente de la pequeña habitación fue contaminado por el olor a pólvora y sangre.

―¡Ya dejen de gritar, carajo! ―ordenó el sujeto armado, apuntado ahora la pistola contra las demás―. Creo que tendrán que lavarse de nuevo...

Algunas gotas de sangre habían ido a parar encima de algunas chicas, sobre todo encima de Carolina, quien se hallaba a pocos pasos del cadáver...

―Maldita sea ―musitó el que fumaba, quien también había ya extraído su arma―. Esa puta casi me mata ―tiró el cigarrillo al suelo y lo apagó con el pie.

―Ey tú...

Carolina desvió la mirada del cadáver que yacía casi a sus pies y la deslizó hacia los secuestradores.

―Ayúdalo a mover el cuerpo ―ordenó.

Los ojos de la chica centraron el arma que tenía apuntándole.

―¿Eres sorda o qué? ―el tipo movió la pistola, llamando su atención―. Ayúdalo a llevar el cuerpo al exterior, lo tiraremos al mar y los tiburones se encargarán de desaparecerlo. ¡Andando! ―le gritó autoritario.

Ella no contestó, miró hacia las demás que lloriqueaban abrazadas las unas a las otras y se dispuso a acatar la orden; no tenía otra alternativa. Con mucho trabajo subieron el cadáver por la estrecha escalerilla y se dirigieron hasta la proa del barco.

«Perdón, Dios mío», pidió en silencio la chica mientras ayudaba a lanzar al agua el cuerpo de aquella pobre desdichada como si fuera un fardo. Era demasiado, aun siendo una mujer fuerte que había vivido tanto; no pudo contener la inesperada náusea y terminó apoyada a la barandilla, vomitando el asco que sintió.

―¡Ah, ya! ¡Ya que no es para tanto! ―exclamó el sujeto al que había ayudado mientras la jaloneó de un brazo―. Mejor métete con las demás y aséate nuevamente, ponte otra cosa, no puedes llegar así toda sucia a tierra.

Carolina lo miró sin alzar la cabeza, conteniendo las ganas de escupir en su cara. Se volteó para regresar y fue justo en ese momento que recibió una fuerte nalgada.

―Y qué lástima... esa ropa se te ve... mmmmmuy bien ―rezongó el tipejo y soltó una carcajada.

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