CON EL ENEMIGO ADENTRO
Capítulo 4
Lucy abrió inmediatamente su puerta al
escuchar un par de toques no muy insistentes.
―Adelante ―sonrió, haciéndose a un
lado para dejar entrar a la chica nueva―. ¿Cómo te puedo llamar?
―Carolina ―respondió a secas, escrutando cada rincón de aquella habitación muy pintoresca para su gusto y más amplia que la que le habían asignado a ella.
―Ponte cómoda, Carolina ―tomó una cajetilla de cigarros y le ofreció uno a su invitada.
Carolina aceptó. Tomó una bocanada de humo, viendo como la otra abría la única ventana del cuarto y encendía también un cigarrillo. ―¿Cuál será mi función aquí? ―preguntó, quedándose de pie.
―¿Cuál crees que será? ―Lucy no la miró, su vista estaba perdida en algún lugar del entorno exterior.
Un hermoso y bien cuidado jardín, con enormes árboles de diferentes especies, bordeaba casi todo el perímetro de la enorme residencia en la que se hallaban. Era un lugar hermoso e inquietante a la vez.
―¿Estás aquí por… voluntad? ―Carolina exhaló una nube de humo mientras examinaba con atención aquella mujer que tendría unos treintaicinco años, o tal vez menos.
Lucy se rio y esta vez sí la dignó de una mirada. ―Ninguna ha llegado en este infausto lugar por voluntad propia. Al igual que tú, de una manera u otra, todas hemos sido engañadas… pero te aseguro que con el tiempo una se acostumbra, no existe más remedio que acostumbrarse, resignarse...
Algunas, como yo; apelamos a nuestro instinto de conservación.
―¿Cuánto tiempo llevas aquí? ―continuó con aquel interrogatorio sin poder controlar su sagaz espíritu policial.
―Cinco años… casi seis ―Lucy suspiró.
―¡¿Seis años?! ―Carolina bajó la mirada y algunas lágrimas se asomaron en sus ojos; pero las controló mandándolas al lugar de donde habían venido―. No logro siquiera imaginar cómo…
―He conocido muchas chicas como tú, Carolina ―la interrumpió―, con un espíritu rebelde, indomable… fuerte… también llamado estupidez, y la estupidez conduce a la muerte. A una muerte segura. Si quieres sobrevivir en este sitio, Carolina, lo único que te puede salvar es la sumisión
―caminó hasta el ropero y tomó un minúsculo vestido de falsa piel negra y se lo lanzó―. Ponte esto… y esto, creo que son de tu número ―le lanzó también ropa interior de encaje y un par de tacones muy altos y brillantes―. ¿Sabes… bailar?
―Yo… ―Carolina observaba aquella prenda de falsa piel, cuestionándose cuál era la parte delantera y cuál la trasera, y por qué demonios tenía tantos huecos.
―Iniciarás a atender las mesas, luego ya veremos ―Lucy también escogió sus vestimentas para esa noche y una peluca rubia―. Mantén un perfil bajo por el momento, no hables con nadie, si te dicen algo no contestes y ―se volvió a mirarla―, suceda lo que suceda; soporta y sonríe.
«Suceda lo que suceda; soporta y sonríe». Aquellas duras palabras se habían quedado haciendo eco en su cabeza mientras continuaba estudiando la prenda de ropa; si es que podía llamársele así.
―Oh, yo no sé si pued...
―Ya puedes ir a tu habitación a arreglarte. Te estaré esperando en el bar dentro de media hora. Ya es casi el momento de abrir ―respondió Lucy, conduciéndola hasta la puerta―. Ese traje se te verá estupendo ―le guiñó un ojo y luego que la dejó fuera cerró la puerta en su cara.
Cuando Juliana Conde llegó a su casa, después de un agotador día de negocios y transacciones, soltó su bolsa en el acogedor diván y se quitó los zapatos. Recogió su cabello muy en alto y caminó hasta el mueble en la esquina de la sala en donde había buena variedad de licores.
―¿Cómo ha ido tu día, cielo? ―preguntó Lucio mientras aparecía acomodándose los botones de su elegante saco.
―Bien... agotador; pero bien ―respondió la chica mientras se servía un trago―. ¿Gustas acompañarme un trago?
―No, cariño, esta noche no cenaré en casa; voy a la Villa de Felina.
―Jm... ―rezongó Juliana con cierto recelo―. No sé por qué, hoy no es el día de recoger las comisiones, además, de eso me encargo yo.
―Quiero checar de cerca que todo marche bien ―él le dedicó una sonrisa―. Y la verdad... necesito distraerme.
―Ya, no quiero saber más ―ella alzó su trago y lo bebió de un sorbo―. Cuídate mucho y me llamas si es necesario; no podemos fiarnos de los rusos... nos deben.
―No se atreverían a meterse conmigo, descansa tranquila ―respondió él antes de salir, dejándola sola.
Cuando bebió su trago, la chica fue hasta un equipo de música y presionó el play. Sonrió mientras bajaba el volumen a un tono agradablemente personal y movió con gracia la cabeza a la vez que fue por otro trago que no bebió; lo colocó en la mesita junto al diván y se recostó, cerrando los ojos.
Cualquiera que la viera, pensaría que era una mujer normal; pero hasta fuera de su vocabulario estaba la palabra “normal”. Juliana Conde era una chica joven que desde muy temprano vivió la vida como una mujer adulta; siempre tutelada por su padre y preparándose en los mejores colegios con el único fin de ser una auténtica heredera, merecedora del respeto que imponía su apellido y con las agallas para, aun siendo mujer, convertirse en la cabeza del imperio cuando inevitablemente faltara Lucio. Creció sin conocer a su madre, esta falleció al darle la vida, y no tenía más familia que su padre y una tía en otro país. Nunca tuvo relaciones serias; aunque no era secreto para ella la pretensión de varios hombres de convertirla en su esposa, sin embargo, jamás le había interesado el asunto y consideraba a cada uno de ellos un tórpido fracaso.
Pensando en los negocios y planeando el siguiente día, sin darse cuenta se quedó dormida, ya en paz; ya a salvo de esa personalidad fuerte que había creado para mostrarle a todos y defenderse en un mundo donde una mujer debía trabajar duro para ganarse un lugar... ya tranquila sin temor en una casa que era una fortaleza rodeada de guardias... ya satisfecha de sus inversiones... pero tan vacía.
El tono alto de la música y la media luz era algo a lo que debían acostumbrarse Carolina y las chicas que llegaron con ella en la mañana a aquel lugar de diversión nocturna. Carol y otras dos chicas, hacían de meseras esa noche, moviéndose entre tanto público masculino y con aquella poca ropa se sentían desnudas, vulnerables. Desde una esquina, Lucy observaba el movimiento de clientes en ausencia de Felina; algo importante al parecer la había alejado del salón esa noche.
«Tengo que hallar el modo de comunicarme con el capitán... necesito dar mi ubicación y recibir instrucciones...» Carolina iba tan entretenida en sus pensamientos que tropezó y la charola que llevaba cayó al suelo, causando un ruido estridente. Por suerte no cayó encima de ningún cliente en alguna mesa, y ella se agachó de inmediato a limpiar el desorden.
―Perdón... perdón... qué torpeza ―se disculpó y comenzó a recoger su desastre, justo cuando sintió una mano torpe manosearle el trasero.
―Estoy seguro que si te sentaras encima de mí te iría mejor que sirviendo mesas, muñeca ―dijo el atrevido que la tocaba sin ningún reparo, haciéndola ponerse de pie de inmediato y quitándole con brusquedad su mano.
―Lo siento por importunarles en su mesa, no sucederá más ―se excusó ella, llenándose de control para no romperle los dedos en ese preciso instante.
Creyó que se libraría alejándose; pero un fuerte agarre en su muñeca la hizo detenerse.
―Creo que no me entendiste, o fui yo quien no me expresé bien: Quiero que me acompañes a la mesa; sentada en mis piernas ―dijo el sujeto y la haló con fuerza mientras se ponía de pie para recibirla en sus brazos.
Todo pasó de repente. Como una descarga su sentido de autodefensa reaccionó y en segundos tenía al tipo doblado sobre la mesa mientras le torcía un brazo y le estrujaba la cara contra la superficie.
―No debiste hacer eso, linda ―lo escuchó amenazante y sintió el
“click” del seguro de un arma a sus espaldas, evidentemente era la seguridad del sujeto o algún guardia de la casa.
―¿Qué sucede aquí? ―reconoció la voz de Lucy que acudió de inmediato y soltó al sujeto―. Calmémonos, señores... es un malentendido.
Perdone, míster Walker; la chica es nueva, no termina de comprender exactamente en qué consiste su trabajo.
―¡Un par de horas con esta zorra y la enseño a respetar! ―rugió el tipo enfurecido, alisándose el cabello.
―¿Qué pasa míster? Es usted un caballero, además; conoce las reglas...
no se maltratan las chicas. Lo ocurrido fue... un malentendido, como le dije
―Lucy le sonrió al tipo, frotándole un brazo y luego lo fulminó con la mirada―. Le enviaré la mejor de nuestras chicas, con un pase gratis a la habitación por dos horas... correrá por cuenta de la casa, todo para que perdone este incidente. Yo me encargaré que sea bien atendido. ¿Qué me dice?
El sujeto de pelo entrecano resopló y le lanzó una mirada de rencor a Carolina, luego asintió con la cabeza y regresó a su puesto, mientras Lucy casi la arrastró hasta los corredores.
―¡¿Estás loca o quieres morirte esta noche?!
―Lo siento, no sé qué me pasó... yo... sentí que estaba en peligro con esas manos sujetándome en mi contra y perdí la cabeza. No sucederá más.
Lo siento.
―Desde que te vi tuve mis sospechas ―Lucy le habló, acercándose más a ella y cerciorándose que nadie podría escuchar―. Ahora estoy segura... no eres una chica común; no estás aquí como nosotras.
Carolina controló su expresión, quedando calma. ―¿A qué te refieres?
―Lo sabes a qué. Solo te diré algo; no eres la primera que llega con el mismo objetivo. Quien te envió te lo debió decir, que jamás ninguna antes que tú regresó... he visto antes con otras lo que podría sucederte si te descubren; así que, si quieres hacer la diferencia, aprende a “soportar”.
Carolina sacudió la cabeza, negando. ―No sé de qué me hablas.
―Solo te diré algo más; agradece que Felina está ocupada esta noche en algo muy importante, porque si hubiera sido ella y no yo quien está en el salón esta noche... te mueres, niña.
Luego le dio la espalda y se alejó.
―Mierda
―murmuró
Carolina,
apretando
la
mandíbula,
comprendiendo que había cometido un error y no se lo podía permitir.
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