CON EL ENEMIGO ADENTRO

Sra. Sotto · Capítulo 21 de 42

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CON EL ENEMIGO ADENTRO

Capítulo 19

Juliana terminaba de arreglarse frente al espejo y sonrió satisfecha de su nuevo aspecto. Necesitaba salir, y para ello debía pasar desapercibida, sabía que la policía estaría muy pronto tras ella; pero lo que más le preocupaba eran los rusos. Cuando se colocó una gorra y gafas oscuras tomó un arma del cajón de su tocador y la escondió a su espalda, bajo la sudadera, luego caminó hasta la ventana de su quinto piso y recorrió la calle con la vista mientras hacía una llamada desde un celular.

―Soy yo, necesito verte... No, prefiero encontrarte... ¿Conoces el Parque de la libertad?... Perfecto… Media hora. Siéntate a leer el diario y espera por mí.

Seguidamente cortó la llamada y abrió su celular, retiró la SIM y la llevó a su boca, quebrándola y lanzando sus restos por la ventana.

Estaba decidida a reorganizar los hombres que le quedaban e ir por la cabeza de Yasikov. Para ello se había comunicado con Ricardo, uno de los hombres de su difunto padre y con quien sabía que podría contar; aunque no confiara en nadie... El dinero compraba lealtad en el mundo en que se movía y afortunadamente contaba con el suficiente para costear su propósito.

Salió del edificio con una bolsa oscura al hombro y caminó por varias cuadras con la cabeza baja; pero con todos sus sentidos bien aguzados, atenta a todo lo que se movía a su alrededor. Cruzó la calle, adentrándose finalmente en el parque donde había dado cita al tipo, y lo halló sentado en uno de los bancos, fingiendo leer el diario como ella le había dicho. Miró hacia todos lados y se sentó.

―Reúne a todos los hombres que puedas ―dijo ella mientras colocó la bolsa entre ambos―. Pronto iremos de cacería.

El tipo abrió un poco la cremallera de la bolsa oscura, viendo en su interior unos cuantos fajos de billetes, haciendo que sus ojos brillaran.

―Quiero ojos encima de nuestra presa las veinticuatro horas del día.

Quiero que me mantengan informada de cada paso que da ese pendejo, quiero saber absolutamente todos sus movimientos y las personas con quien

se encuentra; cuando cena, cuando duerme… y hasta cuando caga,

¿entendido?

El tipo asintió con una sonrisa. ―Sí, patrona.

―Bien. Dentro hay un teléfono, es el que usarás para comunicarte conmigo ―y tras estas palabras, Juliana se levantó y se marchó.

Karolyn llegó al departamento de policía, estaba cayendo la noche y sabía que a esa hora no quedaría casi nadie en las oficinas. En la entrada encontró el colega de turno sentado detrás del buró, llenando unos documentos.

―¿Teniente Scott? ―él alzó la mirada al sentir su presencia.

―¿Noche tranquila? ―preguntó ella con una sonrisa, viendo el poco ajetreo a su alrededor.

―Esperemos ―él le devolvió la sonrisa y luego la miró interrogante―. El capitán se marchó hace media hora…

―Sí, lo sé ―ella volvió a sonreír―. Vine porque olvidé algunas cosas en la oficina… no sé dónde tengo la cabeza.

El colega se rio viéndola encaminarse hacia el ascensor que llevaba al piso donde se hallaban las oficinas.

Karolyn miró a todos lados, viendo un par de agentes en uno de los burós en el fondo; pero estaban tan concentrados en lo que estaban haciendo que no se dieron cuenta de su presencia, y ella no se hizo notar. Se escurrió dentro la oficina del capitán y la abrió, usando la segunda llave que había tomado prestada en una gaveta del despacho en casa de sus padres. Se sentó en la poltrona y revisó algunos documentos del caso en cuestión y se detuvo en un file donde se hallaban algunas direcciones de las propiedades de los Conde, sea en el país que en el extranjero, casi todas habían sido confiscadas… Se quedó pensativa por un momento y luego sus ojos cayeron en la caja que se hallaba en una esquina y que al parecer nadie la había tocado aún. Se levantó y se arrodilló en el suelo, iniciando a revistar en esta y constatando que eran todos los documentos encontrados en la Villa; contratos falsos, documentos de las finanzas…

―Mierda ―se quejó, dándose cuenta que necesitaría un par de días enteros para controlar cada uno de los documentos en esa caja y que seguramente no hallaría nada, ni sabía exactamente qué era lo que estaba buscando.

Puso todo en su lugar y se levantó del suelo, rascándose la cabeza, pensando. Tomó un profundo respiro mientras sus ojos se iluminaron y sus labios esbozaron una media sonrisa. Salió de allí y se marchó de inmediato.

Abordó su auto y manejó por unos veinte minutos hasta el lugar donde habían perdido los rastros del auto oscuro donde la heredera Conde había escapado aquella noche. Descendió del vehículo y miró a su alrededor hasta que sus ojos centraron las videocámaras de un bar enfrente. No le fue difícil obtener la grabación de aquella noche ya que tenía el distintivo de la policía encima… Sabía que, si seguía los pasos de aquel auto, la llevarían muy cerca del escondite de la chica que no salía de sus pensamientos. Y revisaría cada grabación de todas las videocámaras de la ciudad si fuera necesario; pero la tenía que encontrar…

La teniente Scott estuvo días enteros trabajando sobre indicios para dar con Juliana; pero tal parecía que se la hubiera tragado la tierra. Sabía que los rusos también la estarían buscando para rematar ese cabo suelto, además del departamento de policías de la ciudad al cual ella pertenecía, por eso no cabía en su cabeza la idea de darse por vencida... debía ser ella quien llegara a encontrarla antes.

Al cuarto día de búsqueda llegó a un parque y se bajó del auto, estaba frustrada. Temía que no lograra su objetivo o peor aún; que alguien con otras intenciones lo lograra primero. Caminó con las manos a la cintura, mirando a su alrededor hasta que sus ojos se fijaron en el tipo sentado en una banca al otro lado del parque; aquel rostro le resultó familiar, pese a la distancia y las gafas que llevaba el sujeto… algo en él despertó su instinto de policía.

Tomó los pequeños binoculares que llevaba en el bolsillo de la chaqueta y se ocultó un poco antes de enfocarlo...

«Oh... es...», entonces su mente regresó al día en que abandonó junto a las chicas aquel horrendo barco que las transportó hasta el puerto en la

ciudad y un tipo las recogió para llevarlas donde Felina... A duras penas exprimió su memoria y recordó su nombre; «Ricardo».

Tal vez aquello no tenía nada que ver y era una extraña coincidencia hallarlo; pero su instinto le decía que por algo estaba él ahí, así que cuando lo vio observar su reloj sonrió y se ocultó más, al acecho. Un chico con sudadera de gorro y gafas oscuras fue la única persona que vio acercarse, al principio no le pareció extraño; pero al enfocarlos nuevamente con los binoculares y a pesar de que el recién llegado estaba de espaldas, pudo percatarse de que llevaba esmalte de uñas, y no cualquiera; un color que conocía bien... «¡Mierda! No puede ser... te tengo».

Aguardó hasta que el tal Ricardo le entregó algo en sus propias manos, algo pequeño que podría ser quizás una USB o algo así. Luego los vio separarse y tomar sentidos opuestos, el tipo hacia una camioneta oscura y el desconocido o desconocida se alejó trotando como si se tratara de su rutina diaria. De inmediato la teniente regresó a su auto y lo siguió a una distancia prudente hasta verlo entrar a un edificio bastante común.

Aparcó un poco lejos y corrió hacia la entrada, no lo podía perder.

Llegó al ascensor segundos después de que este partiera y se fijó en que se dirigía al quinto piso. Cuando el aparato regresó, presionó la tecla con el número cinco. Su corazón latía rápido en su pecho a cada paso que daba por el corredor cuando salió de aquel ascensor... ¿Cómo adivinar su puerta entre las seis de aquel pasillo?

Al parecer la suerte estaba de su lado... Escuchó una puerta abrirse a sus espaldas y se ocultó, simulando que abría otra, cuando vio de reojo la chica que buscaba llevando la misma sudadera azul que sacaba una bolsa de nylon al pasillo, al parecer con algunos desechos. Era ella, la había encontrado…

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